Lo que hicimos en la última fila del cine
Llevaba dos años y medio sin pareja y, contra lo que suele decir la gente, no me iba mal. Las aventuras de fin de semana me alcanzaban, los desayunos en silencio al día siguiente no me pesaban, y mi cama seguía siendo el lugar más cómodo del planeta. Aun así, una tarde de enero, mientras esperaba el autobús con frío y aburrida, abrí Tinder de nuevo, casi por inercia.
Al actualizar el perfil descubrí algo que me sorprendió: en las preferencias podía marcar «mujeres» además de hombres. La última vez que había usado la aplicación esa opción no existía, o yo no la había visto. Le di al botón sin pensarlo demasiado y empecé a deslizar.
Pasaron varias semanas de matches que no llevaban a ningún lado. Conversaciones que se apagaban a los tres mensajes, citas que no se concretaban, perfiles repetidos. Hasta que apareció Renata.
Castaña, pelo largo, lentes de pasta, una sonrisa de catálogo de librería independiente. Tenía dos años más que yo y, según su bio, trabajaba en algo de diseño que sonaba mucho más interesante de lo que después resultó ser. Le di «me gusta» sin esperar mucho. A los diez minutos saltó el match.
Hablamos esa misma noche hasta las tres de la madrugada. Y la siguiente. Y la siguiente. Pronto teníamos una rutina: ella me escribía al despertar, yo le contestaba en el café del trabajo, y volvíamos a hablar al final del día. Compartíamos canciones, capturas de libros, fotos de comida ridícula. Nada extraordinario, salvo que con ella todo me parecía importante.
—¿Y si dejamos de mensajearnos como adolescentes y nos vemos? —escribió un sábado.
Quedamos en un café cerca de la plaza de la catedral. Llegué quince minutos antes, di tres vueltas a la manzana para no parecer ansiosa, y aun así fui yo la primera en sentarme. Cuando entró, con un suéter de cuello alto que le quedaba grande y el pelo recogido a la mitad, me di cuenta de que las fotos no le hacían justicia. Era más bonita en persona. Y más bajita. Y olía a algo que no supe identificar pero que se me quedó pegado el resto del día.
Salimos cinco veces antes de que pasara nada. Paseos por el parque, una exposición aburridísima de un fotógrafo del que ella era fan, una cena con demasiado vino tinto. En todas esas citas hubo miradas largas, manos que se rozaban al pasarnos la sal, despedidas que se estiraban en la puerta del coche. Pero nada más. Yo no sabía bien cómo dar el paso con una mujer. Ella, intuí después, esperaba que lo diera yo.
Una tarde de febrero me escribió:
—Hay una película que me muero por ver. Voy a ir con quien sea. ¿Te apuntas?
Era el último estreno de un director surcoreano del que yo no había oído hablar nunca. Le dije que sí antes de leer la sinopsis. Después la busqué: dos horas y media de drama lento sobre una mujer que regresa a su pueblo. Ideal para quedarse dormida. Daba lo mismo. Habría dicho que sí a cualquier cosa que ella propusiera.
***
Quedamos a las siete en el cine del centro comercial. Llegué temprano, otra vez, esta vez con un vestido que me había costado decidir y un perfume que casi no uso. Cuando ella apareció, con una chaqueta vaquera sobre los hombros y los lentes que llevaba el primer día, sentí que el estómago se me apretaba de una manera que no recordaba desde hacía años.
Compramos palomitas, dos refrescos grandes que nunca terminamos, y entramos. La sala estaba prácticamente vacía. Cinco o seis personas dispersas, una pareja mayor en la primera fila, un chico solo en el centro. Renata había sacado las entradas para los asientos del fondo, en la esquina, los que están casi pegados a la pared.
—Mejor vista, menos gente cerca —dijo, encogiéndose de hombros con esa naturalidad estudiada que tienen las personas que sí saben lo que están haciendo.
Nos sentamos. Los anuncios todavía duraban diez minutos. Hablamos en voz baja de tonterías: del frío que hacía afuera, de un compañero suyo que se había peleado con su novia en plena oficina, del actor secundario que aparecía en la marquesina. Su brazo descansaba sobre el reposabrazos compartido. El mío también. Nos tocábamos sin tocarnos, esa frontera mínima de piel contra piel que se siente más que un abrazo.
Cuando se apagaron las luces, la sala se quedó en penumbra. La pantalla iluminó la cara de Renata con un azul frío. Mi corazón ya iba más rápido de lo que la película justificaba.
Al principio fingimos ver lo que estaba pasando en pantalla. Hubo un par de comentarios susurrados sobre el vestuario de la protagonista, una risa contenida cuando un personaje secundario dijo una frase ridícula. Pero entre comentario y comentario, los dedos de Renata se habían colado entre los míos sobre el reposabrazos. Yo no recordaba el momento exacto en que habíamos pasado del roce a tomarnos la mano. Simplemente, en algún punto, estaba hecho.
Bajé nuestras manos entrelazadas a mi pierna. Ella me siguió. Su mano se quedó allí, sobre mi muslo, encima del vestido, sin moverse, como si esperara permiso. Yo, que había pasado cinco citas sin atreverme, esa noche me sentí valiente. Le solté la mano y la dejé suelta sobre mi pierna, libre. Y le puse la mía en el muslo a ella.
Su respiración cambió.
***
No sabría decir en qué momento dejé de ver la película. Tal vez fue cuando sus dedos empezaron a dibujar círculos pequeños sobre la tela del vestido. Tal vez cuando los míos subieron, milímetro a milímetro, hasta encontrarse con el borde de su falda. Mi mano se metió debajo. Su piel estaba caliente y suave, y al rozarla con la yema de los dedos sentí cómo ella se contraía un segundo, como si contuviera el aliento.
Subí más. Despacio. Mirando la pantalla. Fingiendo que la conversación entre dos personajes en una cocina coreana era lo más interesante del mundo. Llegué hasta el borde de su ropa interior. Ahí me detuve, esperando que ella diera la señal.
Renata abrió un poco las piernas. Solo un poco. Lo suficiente.
Mientras tanto, sus dedos habían encontrado mi muslo desnudo y subían por dentro, con esa misma calma calculada. Cuando llegaron a mi entrepierna por encima del vestido, presionó apenas, lo justo para que yo apretara los labios.
—¿Aquí? —susurró, sin mirarme.
—Aquí —respondí.
Empecé por encima de la tela. Tracé la forma de ella con los dedos, sintiendo el calor a través del algodón, la humedad que ya empezaba a marcarse. Ella se movió un milímetro hacia adelante en el asiento, dándome más espacio. Aparté la tela a un lado y la encontré ya empapada.
Mis dedos resbalaron por sus pliegues con una facilidad que me sorprendió. Empecé arriba, sobre su clítoris, con círculos lentos. Ella se mordió el interior de la mejilla. Yo lo vi de reojo y casi me río de pura tensión acumulada.
Su mano, mientras tanto, había encontrado el camino bajo mi vestido. Apartó mi ropa interior con una habilidad que delataba que ya había hecho aquello antes, en otros cines, con otras mujeres, en otras vidas. Sus dedos me recorrieron de arriba a abajo, recogiendo mi humedad y esparciéndola por todas partes, hasta que toda yo era un solo nervio expuesto.
El chico solo del centro se rio de algo. Las dos nos quedamos quietas un segundo, con los dedos detenidos pero sin retirar, como si la escena de la pantalla nos hubiera robado la atención. No nos había robado nada. Cuando confirmé que nadie nos miraba, volví a moverme.
Renata metió un dedo dentro de mí. Solo uno, hasta el fondo, sin avisar. Mordí la manga de mi suéter para no hacer ruido. El cine se llenó por un momento con el sonido de un piano triste, y agradecí en silencio a ese director surcoreano cuyo nombre nunca recordaré por haber elegido una banda sonora que tapaba mi respiración.
Yo le metí dos dedos a la vez. Ella se aferró a mi muñeca por un segundo, como si quisiera frenarme, pero después aflojó. Empecé a moverlos despacio, curvándolos hacia adentro, buscando ese punto que tarda en aparecer y que, cuando aparece, no hay forma de confundir con otra cosa. Lo encontré a la tercera embestida. Lo supe porque su cabeza se inclinó hacia mí y se hundió en mi hombro, y porque sus uñas se clavaron en la tela de mi vestido a la altura de la cadera.
—No pares —dijo en mi oído, sin voz, solo aire.
No paré.
***
Lo que vino después fue una coreografía a ciegas. Cada una intentando concentrarse en la otra sin perder el control de sí misma. Yo le pedía con la mirada que aflojara, que fuera más lenta, porque estaba a punto de gemir en una sala de cine y eso no iba a quedar bien en ninguna versión de mi biografía. Ella obedecía. Después era yo la que aceleraba. Nos íbamos turnando, sin acordarlo, como si lleváramos años haciéndolo así.
Renata terminó primero. Lo sentí porque su cuerpo se puso rígido a mi lado, porque su mano se cerró sobre mi muñeca con una fuerza que no había mostrado en cinco citas enteras, y porque algo cálido y húmedo me cubrió los dedos. Apretó los labios, cerró los ojos, y dejó escapar un sonido que entre la banda sonora del cine y mi propia respiración me pareció el ruido más íntimo que había escuchado nunca.
Cuando ella terminó, no retiré los dedos. Me quedé dentro de ella, sintiendo cómo se relajaba en oleadas pequeñas. Y entonces ella, todavía temblando, aumentó el ritmo en mi cuerpo. Sus dedos se movieron más rápido, sin abandonar mi clítoris, con un pulgar que sabía exactamente dónde y con cuánta presión.
Yo aguanté lo que pude. Cuando llegué al final, lo hice con la cara hundida en su cuello, mordiendo la tela del suéter, las piernas tensas como cuerdas de guitarra y la otra mano agarrada al borde del asiento. Duró más de lo que esperaba. Tal vez fueron diez segundos, tal vez veinte. Cuando volví a la sala, los personajes de la película estaban llorando en una mesa de cocina y no tenía la menor idea de por qué.
***
Nos quedamos quietas. Las dos respirando hondo, intentando volver al pulso normal. Renata se sacó los dedos despacio, se llevó la mano a la boca y se chupó las yemas sin disimulo. Yo la miré, sin atreverme a hacer lo mismo, y solté una risa nerviosa que casi nos delata.
Limpiamos lo que pudimos con las servilletas de las palomitas. Nos arreglamos el vestido y la falda. Cuando la película llevaba veinte minutos más, ella apoyó la cabeza en mi hombro y yo le acaricié el pelo, fingiendo que éramos dos novias normales en una cita normal.
Esperamos a que se encendieran las luces. Esperamos a que saliera la pareja mayor de la primera fila, el chico solo del centro, las otras tres personas. Cuando solo quedábamos nosotras, nos levantamos. El asiento de Renata estaba mojado. Lo vi y no supe si me dio risa o vergüenza. Tampoco hicimos nada al respecto.
Caminamos por el pasillo del centro comercial sin decir una palabra. El neón de las tiendas todavía abiertas nos daba en la cara. Ella me tomó la mano un segundo cuando salimos al aparcamiento. No dijo nada, y yo tampoco. Era el tipo de silencio que se siente como una conversación.
Me llevó a casa. Se despidió con un beso largo en la puerta del coche y se fue.
***
Al día siguiente quedamos para desayunar. Yo había dormido fatal, repasando la noche escena por escena, con una mezcla de orgullo, vértigo y una tristeza que no sabía explicar. Ella llegó con cara de no haber dormido tampoco.
—Tenemos que hablar de lo de ayer —dijo, antes de pedir el café.
Y hablamos. Las dos pensábamos lo mismo, aunque ninguna lo había dicho hasta ese momento. Que habíamos ido demasiado rápido. Que nos habíamos saltado las cinco citas anteriores con una sola noche en el cine. Que el calentón nos había nublado el juicio y que aquello no tenía a dónde ir, porque ella se iba a vivir fuera en tres meses y yo no estaba dispuesta a empezar algo solo para verlo terminar.
Me costó aceptarlo. Más de lo que esperaba. Mientras ella hablaba con esa serenidad de quien ya ha tomado la decisión antes de sentarse, yo iba descubriendo, con horror, que me había enamorado en cinco citas y una sesión de cine. Asentí mucho, no dije casi nada, y pagué la cuenta para no tener que seguir mirándola a los ojos.
Nos volvimos a ver dos veces más, como amigas. La tercera vez ella no apareció, y yo entendí que era el final. No tengo nada malo que decir de ella. Era una mujer hermosa, inteligente, con esa rara mezcla de timidez y descaro que solo aprenden las que se han equivocado mucho. Espero que sea feliz. Aunque no sea conmigo.
A veces, cuando paso por delante de aquel cine, todavía pienso en la última fila. Y en la película surcoreana cuyo título no me molesté nunca en aprender.