Lo que vi en el espejo durante mi primera guardia
Me llamo Camila y aquella historia ocurrió durante mi primera semana de internado en un hospital provincial al que nadie quería ir. Tenía veintisiete años, acababa de terminar la carrera de medicina interna y, después de meses de espera, me asignaron una plaza en un edificio enorme y casi vacío a las afueras de una ciudad que prefiero no nombrar.
Soy bajita, apenas un metro sesenta, de piel muy blanca y caderas más anchas de lo que mi torso sugiere. Tengo el pelo color caoba a la altura de los hombros y unos pechos pequeños que se enderezan a la mínima brisa. Esos detalles —que parecen tontos al principio— terminaron siendo importantes esa noche.
Llegué al hospital pasadas las once. La fachada me dio un escalofrío: ladrillo descascarado, ventanas con rejas oxidadas y una sola farola encendida en toda la calle. El doctor Bermúdez, mi tutor durante los próximos dos años, salió a recibirme con una sonrisa amable que no terminaba de cuadrar con el lugar. Era un hombre alto y delgado, de unos cincuenta y tantos, con manos enormes y voz suave. Me presentó al equipo de enfermería y a mis dos compañeras de internado, una rubia de pelo corto y otra que apenas levantó la vista del celular.
Después de una cena rápida en el comedor, Bermúdez me dio un recorrido por el edificio. Recuerdo en particular un pasillo largo en el ala vieja, con espejos antiguos en una sola pared. Espejos de cuerpo entero, de marcos negros, separados por unos dos metros entre uno y otro. Era el camino obligado entre la habitación de descanso y el quirófano.
—Es un poco siniestro, lo sé —dijo, sin dejar de caminar—. Pero te acostumbras.
Yo no me iba a acostumbrar.
Mi primer turno fue una pesadilla logística: papeles, fichas, traslados, una urgencia que no era urgencia y dos llamadas a las que el tutor me pidió que respondiera con un guion aprendido. Quince horas seguidas. A la una de la madrugada ya tenía la pechera pegada a la espalda. El uniforme de internas es ajustado, de una tela liviana que se transparenta si una se descuida, y a esas alturas yo estaba más allá del decoro.
Bajé al subsuelo, recorrí el pasillo de los espejos —miré al suelo, lo confieso— y entré en la habitación que iba a ser mi refugio durante los próximos meses. Era pequeña, sin aire acondicionado, con literas pegadas a una pared y un baño minúsculo en la otra. El baño tenía un espejo de tocador enorme, de marco dorado, que en la tarde estaba junto a la puerta. Ahora, al volver, lo encontré apoyado en la pared frente a las literas, ladeado en un ángulo que devolvía el reflejo completo de ambas camas.
Mi compañera, Valeria, dormía en la cama de abajo. La había visto sólo unos segundos en el comedor: alta, muy delgada, de pelo negro recogido en una trenza. No había hablado conmigo más de tres frases. La oí respirar pesadamente bajo la sábana y supuse que estaba profundamente dormida.
Saqué del bolso la camisa de dormir que el hospital nos proveía —una especie de blusa larga, del mismo material del uniforme, que llegaba hasta las rodillas— y un calzón limpio. Entré al baño en puntas de pie.
Al quitarme el pantalón sentí una corriente de aire frío en la espalda baja. No tenía sentido: la ventana estaba cerrada y afuera hacía calor. Me quedé un segundo mirando la puerta entornada, esperando ver algo, pero no había nada. Sólo el ronroneo del extractor.
***
Me duché rápido, con agua fría para sacarme de encima el cansancio. Cuando me estaba enjuagando el pelo, los ojos cerrados, volví a sentir el aire en la base de la espalda. Esta vez juraría que era un aliento, suave, justo donde la columna se curva antes de las nalgas. Me sobresalté, abrí los ojos y no había nadie. La cortina estaba quieta. El extractor seguía haciendo lo suyo.
Pensé que estaba sugestionada por el pasillo. Me sequé, me puse el calzón blanco y la blusa de dormir, y trepé despacio a la litera de arriba para no hacer crujir las maderas.
Quedé acostada boca arriba, con los brazos extendidos a los lados, mirando el cielorraso. Y, sin proponérmelo, mi vista cayó en el espejo.
Desde mi posición se veían perfectamente las dos camas. La mía, vacía salvo por mi silueta tendida en sombras. La de abajo, con Valeria de costado, cubierta hasta la cintura. La luz de la única farola repuesta entraba por la ventanita y le marcaba apenas el contorno del hombro.
Pasaron veinte minutos largos antes de que la viera moverse.
Primero fueron las piernas. Las flexionó como si tuviera un calambre y las volvió a estirar. Después se movió hacia un lado, hacia el otro. La sábana se le bajó hasta el muslo y noté que llevaba unas calzas cortísimas, ajustadas, negras. Su mano derecha empezó a deslizarse por su vientre, despacio, hasta colarse por debajo del elástico. La oí respirar más hondo. Después oí algo más explícito: ese sonido apenas audible, mojado, de unos dedos moviéndose donde no llega la vista.
Yo había congelado el cuerpo. Tenía un ojo cerrado y el otro fijo en el espejo, haciéndome la dormida. Soy lesbiana desde siempre, no es ningún secreto que llevo dentro, pero nunca me había encontrado de golpe con una escena así. La chica seria del comedor, la que no había levantado la vista del celular, se estaba tocando a un metro y medio debajo de mí, sin saber —pensaba yo— que la estaba mirando.
Sentí cómo se me endurecían los pezones por debajo de la blusa. Me apretó el roce del algodón y noté la humedad empezar a marcarse en el calzón.
Valeria se detuvo de golpe. Miró hacia el espejo. Cerré rápido el ojo. La oí moverse, sentí el chirrido suave de la litera de abajo, y cuando volví a abrir el ojo había cambiado de posición.
Se había sacado las calzas y la camiseta. Estaba completamente desnuda, en cuatro patas sobre el colchón, con las dos almohadas apiladas debajo de ella. Tenía el trasero apuntando hacia el espejo, las nalgas pequeñas y firmes que brillaban con el sudor, y entre ellas se le veía con total claridad el sexo abierto. Arqueó la espalda, bajó la cabeza y empezó a frotarse contra las almohadas con un movimiento corto, rítmico, casi inocente.
***
No me lo podía creer.
No era sólo el cuadro. Era que estaba colocada justo, justo, en el único ángulo en el que yo podía verla entera desde arriba. El espejo, la cama, el cuerpo: todo formaba un triángulo demasiado perfecto. En ese momento entendí, con un golpe en el pecho, que ella había acomodado el espejo cuando supo a qué hora llegaba yo. Que el espejo no era un descuido. Era una invitación.
Bajé la mano derecha por debajo de la sábana. Pasé los dedos por encima del calzón y comprobé lo que ya sabía: estaba empapada. Lo aparté hacia un lado y deslicé el dedo medio entre los labios, lento, mientras seguía mirándola moverse. Mi propio sonido me sobresaltó: el roce de mis dedos contra mí misma se mezcló con el de ella y, por un segundo, no supe distinguir cuál era cuál.
Las piernas se me empezaron a abrir solas. Doblé las rodillas y la sábana se levantó en una cúpula evidente sobre mí. Si Valeria estaba mirando el espejo, no podía no verlo.
Y lo vio.
Cambió la dirección de su cuerpo. Giró las almohadas, se colocó otra vez encima, pero esta vez quedó de frente al espejo. Sus pechos pequeños, idénticos a los míos en tamaño, se sacudieron con cada movimiento. Apoyó las palmas sobre las almohadas y aceleró. Tenía los ojos entrecerrados, fijos en el reflejo, y la lengua jugando con su labio inferior.
Aquella mueca fue una invitación tan clara que dejé de fingir. Levanté la sábana, la corrí hacia el costado, me bajé el calzón hasta los tobillos y me quedé tal cual: piernas flexionadas y abiertas, dos dedos hundidos, el otro brazo subiéndome la blusa para descubrir el vientre y los pechos.
Valeria me devolvió la mirada en el espejo. Por primera vez sonrió. Aceleró el ritmo de sus caderas contra las almohadas, dejándolas crujir, dejando que la litera tuviera un balanceo apenas perceptible. Yo entré en el mismo compás. La oía respirar, ella me oía dedearme: el cuarto entero olía a sudor y a humedad y a esa cosa eléctrica que sólo aparece cuando dos cuerpos se reconocen sin haberse tocado.
No duré mucho. Llegué con un calambre que me subió desde los pies, cerrando las piernas alrededor de la mano, mordiéndome la mano libre para no gemir. Tiritaba. Sentí cómo se me empapaban los muslos. Cuando logré abrir los ojos, ella ya se había detenido y me miraba con los suyos muy abiertos en el reflejo. Tenía las mejillas rojas y el pecho todavía agitado.
Sin decir una palabra, bajó las almohadas. Se puso de pie al lado de la litera, completamente desnuda, y caminó al baño. La oí ducharse en silencio. Salió desnuda, se acostó así, se cubrió hasta el cuello con la sábana y se quedó quieta.
Me costó moverme. Tenía las piernas entumecidas y el corazón como un tambor. Fui yo también al baño, me lavé sin mirarme al espejo y volví a la cama. Por primera vez en mi vida me dormí desnuda.
***
Me despertó el celular a las seis y media. La litera de abajo estaba vacía y prolijamente tendida, como si nadie hubiera dormido ahí. Bajé con esfuerzo, encendí la luz del baño y me planté frente al espejo del tocador para juntar fuerzas antes del nuevo turno.
Entonces lo vi.
Sobre mi nalga derecha, justo encima del borde donde termina la curva, había una marca clara de labios. Rouge rojo, intacto, perfecto. Valeria se había acercado en silencio mientras yo dormía y me había dejado su firma sobre la piel.
Me senté en el borde de la bañera y me reí sola. Una risa rara, mitad pudor, mitad orgullo. Después fui a vestirme con la marca todavía intacta, decidida a no tocarla en todo el día.
Esa primera mañana esperaba encontrármela en el pasillo y no aparecía por ningún lado. Trabajábamos en pabellones distintos: ella en pediatría, yo en clínica. Cruzarnos dependía de la suerte del turno. Estuve toda la jornada con la sensación de tener los labios pintados todavía en la piel, debajo del pantalón, escondidos para todo el mundo menos para mí.
Pasaron tres días antes de que la volviera a ver en la habitación. Y ahí pasó otra cosa, más larga, más tranquila, más completa. Pero esa la cuento otro día.
Lo único que entendí esa primera noche, mirándome al espejo con la marca de su boca en el cuerpo, fue que el espejo no se había movido solo. Y que el aire frío que sentí en la espalda, en el baño, era ella, espiándome desde la rendija de la puerta entornada antes de meterse en su cama y empezar lo que estaba esperándome.