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Relatos Ardientes

El bisturí la devolvió a los labios de su amante

El reloj marcaba las cuatro de la mañana.

Adriana ya estaba despierta. Lo estaba desde mucho antes que sonara la alarma, desde que el insomnio dejó de ser excepción para convertirse en costumbre. Calzó las zapatillas, ató los cordones como quien ata un ancla al presente y salió a la calle vacía.

Una hora exacta de carrera. Solo el golpe de las suelas contra el asfalto, solo el viento helado lamiéndole una piel que ya no sentía el frío. Solo su mente, persiguiendo un silencio que nunca llegaba.

A las cinco regresó. En el patio practicó esgrima sin oponente, estocadas al aire, repitiendo cada movimiento como si pudiera apagar a golpes el pensamiento. No lo lograba. Nunca lo lograba.

A las seis se duchó. Camisa blanca, pantalón sobrio, la placa de identificación colgada al cuello, el cabello recogido en una coleta tensa como otro uniforme militar. Adriana, la forense. Adriana, la oficial. Adriana, la mujer que escapaba del dolor enterrándose en horas de trabajo hasta no tener fuerzas ni para llorar.

El frío de la morgue le resultaba más llevadero que el frío de su cama vacía. Por eso prefería estar allí.

Llegó al edificio antes que cualquier auxiliar. No por urgencia, sino porque el insomnio la había arrastrado hasta esa puerta, y porque necesitaba recordar quién era cuando nadie la observaba. Colgó la chaqueta militar en el perchero, se enfundó la bata, ajustó los guantes y se acercó a la primera camilla sin titubear.

Dos cuerpos femeninos. Dos jóvenes. Sin identificar todavía. La brutalidad, en cambio, no necesitaba expediente.

Cuerpo número uno: laceraciones múltiples, hematomas viejos. Cuerpo número dos: incisiones limpias, una herida abdominal precisa, casi quirúrgica. Ambas mujeres, abandonadas como basura.

Adriana cerró los ojos un instante. No para rezar. Para controlar el temblor de adentro.

Patricia le había dejado una nota sobre la mesa de trabajo. Decía: «Tengo audiencia en el tribunal. Yo te cubro el informe de campo a la tarde. P. D.: no te encierres tanto. Aunque el mundo duela, todavía queda luz».

Adriana esbozó una sonrisa mínima, de esas que no llegaban a los ojos. Patricia sabía más de lo que decía, y aun así la dejaba sola, porque entendía que Adriana funcionaba mejor sola. Porque no sabía hacerlo de otra forma.

Encendió la grabadora.

—Inicio de protocolo. Hora: siete y treinta y cuatro. Víctima femenina. Aproximadamente veinticinco años…

El bisturí se deslizó como si la mano no temblara por dentro. Uno, dos, tres cortes. El cuerpo hablaba. Siempre hablaba. Solo había que saber escucharlo.

Cuando pasó al cuerpo número dos, las manos seguían firmes, el rostro sereno. Pero por dentro se abría un abismo. No era la violencia. No eran las marcas. Era la memoria.

Cada incisión rasgaba una vieja costura interior. Y por esa costura volvió, como volvía siempre, Renata.

***

Renata tenía la costumbre de morderle el hombro cuando reía. Lo recordaba con tanta nitidez que casi podía sentirlo ahí, sobre la camilla, mientras la grabadora seguía corriendo. Esa última tarde, antes del combate final, habían entrenado juntas en el gimnasio de la academia, dos horas de esgrima a fondo, hasta dejar los uniformes pegados a la espalda. Después, en los vestuarios, Renata la había arrinconado contra los azulejos fríos sin mediar palabra.

—Me debes una —le había dicho, con esa voz baja que solo usaba para ella.

Adriana había sentido el aliento caliente contra su cuello mientras Renata le bajaba el cierre de la chaqueta. La boca de Renata le recorrió la clavícula despacio, ascendió hasta la mandíbula y se detuvo justo antes del beso, como detenía siempre todo, para que fuera ella la que cerrara los milímetros que faltaban.

Adriana los cerró. Siempre los cerraba.

La besó con un hambre que no se permitía en ninguna otra parte de su vida, con la lengua, con los dientes, mordiéndole el labio inferior hasta arrancarle un gemido. Renata le arrancó la camiseta de un tirón, le desabrochó el sostén deportivo y le atrapó un pezón entre los dientes, mordisqueándolo, chupándolo con hambre hasta dejárselo duro y enrojecido. Adriana ahogó un jadeo. Renata pasó al otro pecho y lo trabajó igual, con la lengua ancha y luego con la punta, dibujándole círculos alrededor de la aureola mientras le pellizcaba el pezón libre entre dos dedos.

—Cállate, van a oírnos —le susurró Adriana, y Renata se rio contra su piel.

—Entonces no gimas, forense.

Le bajó el pantalón junto con la ropa interior, de un solo movimiento, hasta las rodillas. Adriana quedó apoyada contra los azulejos, medio vestida, con el coño ya mojado antes de que Renata le tocara nada. Renata le pasó dos dedos por la vulva, lentos, separándole los labios, sintiendo cómo se le pegaba la humedad a la palma.

—Estás empapada. Toda la clase de esgrima pensando en esto, ¿verdad?

—Cállate y hazlo.

Renata se arrodilló. Le levantó una pierna, se la puso sobre el hombro, y sin más preámbulo enterró la lengua entre sus piernas. La lamió de abajo hacia arriba, de la entrada al clítoris, larga, dura, insistente. Adriana echó la cabeza atrás contra los azulejos y se mordió el dorso de la mano para no gritar. Renata le chupó el clítoris, se lo atrapó entre los labios, jugó con él usando la punta de la lengua como quien afila una hoja. Al mismo tiempo le metió dos dedos, curvándolos hacia arriba, buscándole ese punto interno que hacía que a Adriana se le abrieran los muslos sin permiso.

—Renata, joder, así, así…

La otra aumentó el ritmo. Metía y sacaba los dedos con un chapoteo obsceno, chupándole el coño mientras se lo follaba con la mano, y Adriana sintió que se le vencían las rodillas. Se corrió contra su boca de un latigazo brutal, apretando el muslo alrededor de la cara de Renata, temblando de arriba abajo, mordiéndose los labios hasta hacerse sangre para no gritar el nombre que le quemaba en la lengua.

Renata subió besándole el vientre, las costillas, el esternón, con la barbilla brillante y los labios hinchados. Le buscó la boca y Adriana se probó a sí misma en esa lengua, salada y espesa, y le devolvió el beso con hambre nueva.

—Te toca —jadeó Adriana, dándole vuelta contra la pared.

Le bajó los pantalones a Renata con impaciencia, le hundió la mano entre las piernas y la encontró tan mojada como ella. Le metió tres dedos de una, hasta el fondo, y Renata gimió con la boca contra el azulejo. Adriana la folló así, de pie, con la palma golpeándole el clítoris a cada embestida, mordiéndole la nuca, la oreja, el hombro. Le siseó al oído toda la basura que jamás se permitía decir en voz alta.

—Mírate, cómo aprietas. Toda mía. Este coño es mío, ¿lo oyes? Mío.

Renata asintió, incapaz de hablar, apretando el culo contra la pelvis de Adriana, moviéndose ella misma sobre los dedos que la penetraban. Cuando Adriana le sumó el pulgar sobre el clítoris, frotándoselo en círculos rápidos, Renata se corrió empapándole la muñeca, con un grito ronco que ninguna de las dos alcanzó a callar.

Se quedaron un instante así, jadeando, con la frente pegada a los azulejos y los cuerpos ardiendo. Renata giró la cara.

—Te amo —le dijo Renata contra la boca.

—Después del combate —respondió, sonriendo. Era la promesa de siempre. Después del combate hablamos. Después del combate me lo repites. Después del combate no me dejas.

Salieron del vestuario riéndose, todavía con el sabor de la otra en la lengua, vestidas de civil, sudadas, creyendo que aún podían ser felices.

Y entonces la camioneta negra. Los cinco hombres bajando. La certeza brutal que Adriana había aprendido desde niña, esa que su padre le había clavado a fuego: nada que ames es jamás solo tuyo.

Esta emboscada era para mí.

Recordaba el primer golpe, el primer forcejeo, la pistola apuntando, y a Renata gritando.

—¡Mi amor!

Después, el disparo. No uno. Dos. Renata se había arrojado sobre ella, empujándola, protegiéndola, convirtiéndose en escudo. En blanco. En cuerpo abierto sobre el suyo.

Adriana la había sostenido en sus brazos, había apretado las dos heridas con las manos desnudas, había sentido la sangre tibia colándosele entre los dedos hasta empapar la camiseta. Trató. Trató con todas sus fuerzas. No bastó.

Y lo peor, lo peor de verdad, no fue eso. Lo peor fue que cuando llegó su padre no la abrazó, no la dejó llorar, no le permitió desplomarse. La obligó a competir esa misma tarde. La final nacional. Y la ganó. Como si un podio pudiera tapar dos heridas que no eran suyas.

Desde entonces, cada vez que abría un cuerpo, el pensamiento volvía con la misma puntada antigua. No debiste ser tú. Tenía que ser yo.

***

—…incisión transversal de aproximadamente catorce centímetros, ausencia parcial del riñón izquierdo —siguió dictando, con la voz neutra que le había costado años perfeccionar.

Apoyó los dedos enguantados en el borde metálico de la camilla y el frío le devolvió algo parecido a la realidad. La grabadora seguía registrando. La mano izquierda no temblaba. La derecha tampoco.

Pero ahí estaba Helena también, instalada justo en el pliegue del pecho, donde no quería tocarse a sí misma desde hacía una semana.

Helena había aparecido tres meses atrás en una conferencia sobre identificación forense en víctimas de crimen organizado. Le hablaba en un español de acento extraño, mezclado con algún resto de otra lengua, y tenía la costumbre de mirarla a los ojos un segundo más de lo socialmente cómodo. Bebieron whisky tibio en el bar del hotel hasta las tres de la madrugada. Ninguna de las dos se decidía a subir. Hasta que Helena le rozó el dorso de la mano sobre la mesa y le preguntó, sin sonreír:

—¿Vas a hacerme dormir sola otra vez?

Subieron.

Adriana no le dejó encender la luz. Le pidió que se quedara así, vestida, contra la pared, y le bajó el cierre del vestido con la misma lentitud con la que Renata le había bajado a ella una chaqueta militar diez años antes. Pero esta vez no temblaba por miedo. Temblaba por permitirse, por primera vez en años, sentir.

Helena tenía un cuerpo tibio, los hombros pecosos, los pechos pequeños y los pezones siempre un poco más oscuros de lo que su piel clara dejaba prever. Adriana le empujó el vestido hasta la cintura y se los mamó de pie, uno y otro, con la lengua plana primero, después con succión larga, dejándoselos brillantes de saliva. Helena le clavó las uñas en los hombros y jadeó su nombre en la oscuridad. Adriana le mordió suavemente cada pezón, le sopló encima, se los volvió a chupar, hasta que Helena empezó a mover las caderas contra el aire, buscando fricción donde no había nada.

—Por favor —susurró Helena—. Bájame las bragas.

Adriana obedeció, arrodillándose despacio. Le bajó las bragas negras hasta los tobillos, se las hizo pisar y sacar, y se quedó a la altura de su coño, respirando encima sin tocarlo. Helena tenía el pubis rasurado, los labios menores sonrosados, ya brillantes de excitación. Adriana le separó las piernas con los hombros, le puso una pantorrilla sobre la espalda, y le lamió el coño de una sola pasada larga, sintiéndole el sabor limpio, apenas salado.

—Dios, sí —Helena echó la cabeza contra el papel pintado y le enterró los dedos en la nuca—. No pares, forense, no pares.

No paró. Le trabajó el clítoris con la punta de la lengua, primero suave, después rápido, después chupándoselo entre los labios como si fuera un pezón más. Le metió dos dedos y le folló despacio, sintiendo cómo se le apretaba el coño alrededor, cómo Helena empezaba a temblarle contra la boca. Cuando notó que estaba cerca, retiró la lengua y le sopló encima.

—Adriana, cabrona —jadeó Helena, riéndose y llorando a la vez—, no me hagas esto.

Adriana sonrió contra su muslo y volvió a lamerla, ahora más fuerte, moviendo los dedos con el ritmo que le pedía la respiración de la otra. Helena se corrió con un espasmo largo, apretándole la cabeza contra su pubis, mojándole la barbilla, la garganta, el escote. Adriana no se apartó. Siguió con la lengua, más suave ahora, hasta hacerla temblar por segunda vez, más corto pero más profundo, y Helena tuvo que empujarla, sensible, medio riéndose de dolor.

—Basta, basta, por Dios.

La levantó. La llevó a la cama. Se dejó desvestir por fin, se dejó abrir de piernas, se dejó, por primera vez en años, tocar sin cronómetro. Helena le devolvió cada beso con la boca todavía mojada de ella misma. Le lamió los pechos, el vientre, le mordió la cara interna de los muslos hasta hacerla jadear, y le comió el coño despacio, minucioso, con la paciencia de quien sabe leer un cuerpo tan bien como Adriana leía los suyos en la morgue. Le hundió la lengua en la entrada, le chupó el clítoris con succión sostenida, le metió tres dedos y le buscó el punto interno curvándolos hacia arriba. Adriana, que llevaba años follando rápido, en cuartos ajenos, sin permitirse gemir, esa noche gimió alto, sin miedo, y se corrió con la espalda arqueada y las dos manos apretándose los pechos, con el nombre de Helena en la boca en vez de un silencio.

Después Helena se acomodó encima de ella, montándole el muslo, y le pidió otra. Adriana le clavó las uñas en el culo, se lo apretó, se lo abrió, le pasó un dedo mojado entre las nalgas y le rozó el ano sin llegar a entrar. Helena tembló, se frotó el coño mojado contra el muslo firme de Adriana, y se corrió otra vez, cabalgándola, mordiéndose los labios, con la frente pegada a la de la otra.

Esa noche durmieron piel contra piel. Helena le dijo, antes de cerrar los ojos: «No te enamores, forense. No conviene».

Adriana se rio sin contestarle.

Pero hacía una semana que Helena se había marchado sin explicación. Un abrazo seco en la puerta de la morgue, una promesa de llamada que no llegó, un vuelo a otro país por un caso que tal vez ni existía. Y otra vez la voz vieja de su padre, instalada en la nuca como una astilla. El amor es una debilidad. Si amas, protege. Si fallas, asume.

Tal vez había sido un impulso. Tal vez Helena la había usado. O tal vez había sido ella, Adriana, la que falló una vez más en proteger.

—¿Y si Helena también se convierte en un fantasma? —se preguntó en voz baja.

Tragó saliva. No podía quebrarse. No ahora.

Volvió la mirada al cuerpo en la camilla. Herida transversal. Ausencia de un riñón. Y entonces, sin saber por qué, lo entendió. El dolor siempre dejaba un hueco. Pero también dejaba un mapa. Uno que, si aprendía a leerse, podía guiarla de regreso a sí misma.

Tomó el bisturí otra vez.

No me voy a detener. Ni por miedo. Ni por amor. Pero ojalá ella vuelva. Porque por primera vez, después de Renata, me permití imaginar un después.

Y aunque el silencio reinaba en la sala, en algún rincón profundo de Adriana vibraba una certeza fina como un hilo de luz en la oscuridad: el amor, cuando era real, encontraba siempre una forma de volver.

O eso quería creer.

Aunque otra parte de ella, más bajita, más vieja, más parecida a la voz de su padre, susurraba la única pregunta que no se atrevía a contestar.

¿Y si lo que tuviste con Helena no fue tan real como te dejaste creer?

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Comentarios(8)

Amorosita

Increible. Me quede sin palabras al terminar, una mezcla rara de sensaciones que no se bien como explicar. Muy bien escrito.

lecturaNocturna

Por favor que haya una segunda parte!!! quede con ganas de saber mas de estas dos

SolMontiel

El ambiente que lograste crear es lo que mas me gusto. Oscuro y sensual al mismo tiempo, se me puso la piel de gallina.

Fabri_23

tremendo relato, de lo mejor que lei en mucho tiempo en esta categoria

RaulMza

No estoy muy acostumbrado a leer relatos de esta categoria pero me lo recomendaron y la verdad que vale la pena. Se nota que hay trabajo detras, la narracion engancha desde el principio. Espero que sigan subiendo cosas asi.

Viviette_22

Que inicio tan atrapante!! me lo lei dos veces y todavia no lo proceso del todo. Felicitaciones

LectorSecreto_77

Me gusto mucho el contraste que planteas. Sigue asi!

Inquieto68

Esto no es un relato cualquiera, tiene algo que no se ve seguido por aca. Muy recomendable.

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