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Relatos Ardientes

Lo que Vera le confesó antes del último asalto

La sala de reuniones del complejo deportivo tenía una luz blanca que esa mañana parecía más cruda que nunca. Eran poco más de las siete y nadie hablaba. Solo se oía el roce de las chaquetas de calentamiento y el chasquido de una carpeta al abrirse. El coronel Vargas caminaba de un lado a otro, como si tuviera enfrente a un pelotón antes de una operación.

—Escúchenme bien —dijo al fin, con esa voz que no admitía réplica—. Hoy no estamos aquí solo por una medalla. Esta final no es un combate cualquiera.

Sus ojos se posaron en Renata. No con dureza, sino con algo peor: expectativa.

—Hoy una atleta nacional puede conseguir el pase olímpico directo por primera vez. ¿Saben lo que eso significa para la federación? ¿Para el país?

Hubo un murmullo breve, incómodo.

—Y tú, Duarte —siguió, sin rodeos, con el índice señalándola como si fuera un blanco—, no tienes opción. Esta vez vas a ganar. No repitas el error de hace cinco años, ni mucho menos el de hace unos días.

Renata alzó la vista, conteniéndose. El corazón le latía con una furia conocida. Sabía perfectamente a qué se refería: el torneo posterior a la muerte de Dafne, cuando compitió en automático, ganó y después desapareció dos temporadas.

—La última vez te quebraste y te retiraste como una cobarde —continuó él, sin piedad—. ¿Para qué? ¿Por una muerte? ¿Cambiaste algo con eso?

La pregunta la rozó como una hoja afilada. Renata no pestañeó. No respondió. Sabía que, si lo hacía, la furia o el dolor se le escaparían por los ojos.

—Volviste solo porque tu padre te obligó, y aun así el país confió en ti otra vez. Hoy no peleas por ti. Peleas por nosotros. Ganar es tu deber.

Cerró la carpeta y caminó hacia la puerta.

—Prepárense. La final es en dos horas. Y tú, Duarte… si esta vez no ganas, no vuelvas al equipo.

La puerta se cerró tras él. La sala quedó congelada en un silencio helado. Renata respiró hondo. Sus compañeros la evitaron con la mirada. Nadie se atrevía a decir nada. Ella tragó en seco, no por miedo a perder, sino a que ganar significara seguir siendo alguien que ya no reconocía.

***

Una hora y media después, ya vestida para calentar, con la chaqueta abierta y el florete colgado a la espalda, Renata recorría uno de los pasillos cercanos a la zona de práctica. Su mente era un remolino de frases del coronel, imágenes del pasado y la sombra inconfundible de Dafne.

Fue entonces cuando vio a Vera.

Sola, sentada en un banco de concreto, ajustando las cintas de su zapatilla. Parecía tranquila, aunque Renata sabía que era pura fachada. El corazón de una esgrimista antes de una final siempre baila al borde del abismo.

Al notarla, Vera levantó la vista y sonrió. No con arrogancia, sino con esa calidez tímida que descolocaba a Renata más que cualquier ataque frontal.

Renata dudó un segundo. Después caminó hacia ella. Vera se puso de pie. Por un momento, ninguna dijo nada.

—Me alegra muchísimo haber llegado hasta aquí contigo —dijo Vera al fin, con la voz suave pero firme—. Quería decirte algo antes del combate.

Renata la miró en silencio.

—No sé bien cómo explicarlo, pero voy a intentarlo. —Suspiró—. Hace años, la primera vez que te vi competir, admiré todo de ti. Iba a verte siempre que podía. En ese entonces no eras la mejor, porque había alguien que te ganaba una y otra vez.

Hizo una pausa al notar cómo cambiaba el rostro de Renata. Supo que no era por la derrota, sino por quién la había causado.

—Una vez, esa persona se acercó a mí —continuó—. Me vio observándote y se sentó a mi lado mientras tú peleabas. Me preguntó si eras mi ídolo o mi amor platónico. Me dio vergüenza que lo dijera tan directo.

Renata sintió que el nombre que venía era como un eco prohibido.

—Se llamaba Dafne —dijo Vera, y vio cómo Renata apretaba la mandíbula—. Se rió de mi cara roja y me dijo: «Todas la aman en la pista». Y luego algo más.

No digas su nombre así, pensó Renata, pero no la interrumpió.

—Dijo: «Al final te das cuenta de que no te enamoras solo de cómo pelea. Te enamoras de ella entera, de sus sentimientos… aunque se esfuerce por esconderlos». Confiaba tanto en ti. Estaba segura de que llegarías lejos, pero decía que primero tenías que aprender a competir por amor, no por deber.

Renata bajó la mirada. Ese recuerdo dolía como un corte limpio. Las palabras eran tan de Dafne que escucharlas en otra boca le abría algo en lo más profundo del pecho.

Vera dio un paso más. Le tomó la mano, justo donde el guante todavía no cubría la piel, y le acarició el dorso con el pulgar. Le rozó la muñeca, y bajó los dedos hasta la palma, presionando despacio. Renata sintió el calor de esa mano subirle por el brazo, meterse por debajo de la chaqueta, instalarse abajo, entre los muslos, con una franqueza que no supo cómo llamar.

—Solo quería que recordaras eso hoy. Que no pelees por los que te exigen ni por los que te quieren invencible. Hazlo por ti. O… por ella.

Entonces, sin pedir permiso, Vera levantó la otra mano despacio. Renata no se apartó. Vera le rozó la mejilla para que levantara la mirada. Le pasó el pulgar por el labio inferior, muy despacio, hasta abrirlo apenas. Renata sintió cómo se le contraía el vientre, cómo el coño se le humedecía dentro de la malla ajustada, cómo los pezones se le endurecían bajo el sujetador deportivo.

Ese contacto fue como una descarga. Las dos lo sintieron.

Vera miró por encima del hombro. El pasillo estaba vacío. Al fondo había una puerta entreabierta, un vestuario de mantenimiento en desuso. Sin decir nada, tiró de la mano de Renata y la arrastró adentro. La puerta se cerró con un chasquido seco. Olía a cloro, a metal frío, a toallas viejas. Una sola bombilla amarilla colgaba del techo.

—Vera, la final es en… —empezó Renata, con la voz rota.

—Cuarenta minutos —respondió Vera, empujándola contra los azulejos—. Alcanza.

La besó. No fue un beso tímido: fue una boca que se abría entera, una lengua que buscaba la otra, dientes que se rozaban. Renata gimió dentro de esa boca, sorprendida de sí misma, y le devolvió el beso con la misma furia con la que atacaba en la pista. Le agarró la nuca a Vera y la apretó contra ella, hasta sentirle los pechos aplastados contra los suyos.

—Llevo años imaginándome esto —jadeó Vera contra su cuello, mientras le bajaba el cierre de la chaqueta de calentamiento—. Años, Renata.

—No hables —murmuró Renata—. Ya no.

Vera le bajó la malla hasta la cintura de un tirón. Debajo, el sujetador deportivo blanco marcaba dos pezones oscuros, tensos, que se transparentaban a través de la tela. Vera le apartó el elástico con los dedos y le liberó las tetas: pequeñas, firmes, con las areolas fruncidas por el frío y por el deseo. Se agachó y le atrapó un pezón con los labios, chupándolo despacio primero, y después con más hambre, hasta que Renata soltó un gemido ronco y le clavó las uñas en los hombros.

—Joder —susurró Renata—. Joder, Vera…

Vera pasó al otro pezón, lo mordió apenas, lo lamió con la punta de la lengua, lo chupó entero. Renata sentía que las piernas le fallaban. Vera le pasó la mano por la barriga plana, se demoró en el ombligo y siguió bajando hasta meterla dentro de la malla. Renata gimió con la boca abierta cuando esos dedos le encontraron el coño empapado, sin ropa interior debajo, resbalando por unos labios ya hinchados.

—Estás chorreando —dijo Vera, mirándola a los ojos, con los dedos moviéndose en círculos sobre el clítoris.

—Cállate —jadeó Renata—. Sigue.

Vera metió dos dedos hasta el fondo. Renata echó la cabeza hacia atrás, contra los azulejos, y soltó un grito ahogado. Los dedos entraban y salían con un sonido líquido, obsceno, que resonaba en el vestuario vacío. Vera le mordía el cuello mientras la penetraba, mientras el pulgar le seguía frotando el clítoris con una precisión enloquecedora.

—Así, no pares —gemía Renata, moviendo la cadera contra esa mano—. Más adentro.

Vera metió un tercer dedo. Renata gimió más alto, y Vera le tapó la boca con la mano libre.

—Silencio, capitana —le susurró al oído, con una sonrisa que Renata no le conocía—. Van a oírte todos.

Renata mordió la palma de esa mano y siguió cabalgando los dedos que la abrían. El coño le apretaba a Vera los nudillos, y Vera le curvaba los dedos hacia arriba, buscándole ese punto que la hacía temblar. Cuando lo encontró, Renata dejó escapar un quejido largo, casi doloroso, y todo el cuerpo se le sacudió.

—Voy a correrme —jadeó—. Vera, voy a correrme…

—Córrete —le contestó Vera, con la boca pegada a su oreja—. Córrete en mis dedos.

Renata se corrió con un temblor que le subió desde los muslos hasta la nuca. El coño le pulsó apretando los dedos de Vera, empapándole la mano hasta la muñeca. Se aguantó el grito mordiéndose el labio hasta hacerse sangre. Vera la sostuvo contra la pared, dejándola bajar del orgasmo, sacándole los dedos muy despacio.

Vera se llevó los dedos a la boca y los chupó uno por uno, mirándola.

—Sabes riquísimo —dijo.

Renata todavía jadeaba. La miró, y algo en ella se rebeló contra la pasividad. La agarró de la nuca, la giró y le puso ella la espalda contra los azulejos. Le bajó el cierre del chándal, le arrancó la camiseta interior de un tirón. Vera tenía las tetas más grandes que ella, blancas, con pezones rosados que se pusieron duros en cuanto los tocó el aire frío. Renata se los mordió sin miramientos, primero uno, después el otro, chupándolos con hambre atrasada, tirando de ellos con los dientes hasta arrancarle a Vera un gemido agudo.

—Cállate tú ahora —le dijo Renata.

Se arrodilló en el suelo de baldosas. Le bajó el pantalón del chándal y las bragas de una vez. El coño de Vera estaba depilado, brillante de humedad, con los labios internos asomando gordos y rosados. Renata le abrió las piernas con las manos y se hundió con la boca abierta. Le pasó la lengua entera de abajo hacia arriba, desde la entrada empapada hasta el clítoris, y volvió a bajar, chupando cada pliegue.

—Ay, Renata —gimió Vera, agarrándole la cabeza—. Ay, sí, así…

Renata le clavaba la lengua en el agujero, sacaba y volvía a meter, y después subía a chuparle el clítoris hinchado con los labios. Vera tenía una pierna apoyada en un banco lateral, para abrirse más, y con la otra mano se apretaba una teta, retorciéndose el pezón. Renata la miró desde abajo, con la barbilla brillando por sus jugos, y le metió dos dedos. Vera arqueó la espalda.

—Más —jadeó—. Más adentro.

Renata le metió tres. Vera gimió tan alto que Renata tuvo que subir la mano libre a taparle la boca. Los dedos entraban y salían del coño de Vera con un chapoteo que llenaba el cuarto. Renata le chupaba el clítoris al mismo ritmo, en círculos, con la lengua plana. Sentía a Vera contrayéndose alrededor de sus dedos, cada vez más apretada.

—Voy a… —empezó Vera, con los ojos cerrados—. Voy a correrme, Renata, joder, no pares…

Renata no paró. Le curvó los dedos hacia adelante, le chupó el clítoris con más fuerza, y Vera se vino de golpe, empujando la cadera contra su boca, chorreándole por la barbilla. Un grito ahogado se le escapó por entre los dedos que Renata le apretaba contra la boca. El coño se le apretaba y le soltaba, pulsando, escupiendo humedad. Renata se lo lamió todo, sin dejar una gota.

Cuando se levantó, tenía la cara empapada. Vera la agarró y la besó, saboreándose en su boca, sin ninguna vergüenza. Se abrazaron un instante, pecho contra pecho, temblando las dos. Después Vera bajó la mano y volvió a colarla en la malla de Renata.

—Otra vez —le dijo—. Rápido. Contra el banco.

La empujó hasta un banco de madera pegado a la pared, la sentó en él y le bajó la malla hasta los tobillos. Renata quedó con las piernas abiertas, apoyada hacia atrás sobre los codos. Vera se puso de rodillas entre esas piernas y le hundió la cara en el coño. Renata soltó una carcajada nerviosa, casi sollozo, cuando esa lengua le empezó a subir y bajar por el clítoris con una velocidad que la volvió loca al segundo.

—Ay, hija de puta —jadeó Renata, agarrándole el pelo—. Cómo lo haces…

Vera le chupaba el clítoris con los labios entero, se lo sacaba y se lo volvía a meter en la boca, se lo mordía apenas. Le metió dos dedos otra vez, y Renata empezó a temblar enseguida. Le costaba mantenerse callada. Se llevó su propia mano a la boca y se la mordió mientras se corría por segunda vez, arqueada sobre el banco, con el coño explotando alrededor de esos dedos.

Cayó hacia atrás jadeando. Vera le besó los muslos temblando, el vientre, la cadera. Le subió la malla despacio, le acomodó el sujetador, le cerró la chaqueta.

—Ahora vas a ganar —le dijo, mirándola a los ojos—. Con esto en el cuerpo.

Renata se rió, ronca.

—Eres una tramposa.

—Ya lo sabías.

Vera se vistió a toda prisa. Se peinó con los dedos frente a un espejo pequeño y roto. Renata la miraba, todavía respirando fuerte, con el olor de las dos pegado a la piel debajo de la ropa deportiva.

—Además, recuerda que voy a estar ahí, contigo —murmuró Vera. Una pequeña sonrisa se posó en los labios de Renata.

—Nos vemos en la pista —añadió, con un hilo de emoción contenida.

—Sí —respondió Renata, por fin—. Esta vez… voy a estar presente.

Le soltó la mano y las dos se quedaron mirándose. No como rivales. No como compañeras. Sino como dos mujeres que, sin saberlo, llevaban años entrelazadas por la memoria, la admiración y hasta la herida.

Mientras se alejaban en direcciones opuestas, el cielo empezaba a despejarse sobre el complejo. El sol asomaba tímido entre las nubes. No era un día cualquiera. Ese combate no solo decidiría si Renata iría a los Juegos Olímpicos: pondría en juego algo mucho más peligroso para ella, la posibilidad real de volver a sentir.

***

Cerca de las diez, los focos del pabellón caían como lanzas de fuego sobre la pista metálica. El silencio era casi sagrado. Ni los pasos de los jueces ni el murmullo del público lograban romperlo del todo.

En un extremo, Vera ajustaba su careta. Respiraba a un ritmo medido, pero las manos le temblaban apenas. No por miedo, sino por lo que estaba en juego. No una medalla. No el pase olímpico. Era Renata. Le ardía todavía el coño de haberse corrido dos veces contra la lengua y los dedos de la mujer con la que ahora se batía a florete.

Del otro lado, Renata parecía una estatua: la malla impecable, la postura erguida, el florete como una extensión del brazo. Pero debajo de la chaqueta el corazón le golpeaba el pecho, y entre las piernas todavía sentía el pulso caliente de lo que acababa de pasar. Llevaba contra la piel el collar con el anillo que había sido de Dafne, y sentía que así ella también estaría presente.

—Combate final. Primer asalto —anunció el juez.

Se saludaron. El toque de los floretes fue casi un susurro entre los metales. Después, los pasos hacia atrás. La señal.

—¡En garde! ¡Prêt! ¡Allez!

Vera se lanzó con velocidad. Renata la recibió con firmeza y bloqueó el primer toque. Ya no era la esgrimista perdida de los días anteriores. Era ella otra vez: concentrada, feroz, viva.

Los primeros intercambios fueron rápidos, tensos, limpios. El marcador avanzó punto a punto. Dos iguales. Tres iguales. Cinco iguales. Cada toque era una danza peligrosa, cada respiración un eco de algo más hondo que el deporte.

En uno de los puntos, Vera se adelantó y Renata cayó hacia atrás, rodando para evitar el toque. Al levantarse, sonrió. Una sonrisa leve, de esas que no mostraba desde hacía años. Estaba disfrutando la pelea.

Vera la vio y también sonrió. Había vuelto. Renata había regresado.

Desde la grada reservada al cuerpo técnico, Noa apretó los puños. Le brillaban los ojos, porque por fin veía a su amiga completa.

Pero el combate no se detenía. Renata cambió el ritmo y empezó a presionar. Su velocidad se volvió casi implacable. Vera retrocedía sin ceder; no iba a ganar por nostalgia, iba a ganar con dignidad o no lo haría.

Ocho iguales. Nueve iguales. Diez iguales. Quedaban treinta segundos del primer tiempo. Ambas jadeaban, cubiertas de sudor.

Renata buscó los ojos de Vera tras la malla. Esa mirada color miel no era la de Dafne. Era única. Era suya.

—¿Estás lista? —preguntó, rompiendo el silencio por primera vez.

—Siempre —respondió Vera.

Se lanzaron al mismo tiempo. El choque fue limpio, elegante, casi brutal. El sonido del toque llegó nítido y una luz del marcador se encendió. El punto fue para Renata.

Final del primer tiempo. Las dos bajaron la guardia y se quitaron la careta a la vez. Y entonces ocurrió algo que no estaba en el reglamento.

Vera dio un paso y, sin decir nada, la abrazó.

Renata se quedó rígida un instante. Después, muy despacio, correspondió. Apoyó la frente en el hombro de Vera y sintió algo que no recordaba desde que el duelo había empezado: una rendición sin herida. No peleaban por ser mejores. Peleaban por merecerse.

Desde el palco, Noa apretó los labios. Durante años había visto a Renata levantar trofeos, despedir compañeros, fingir emociones. Ese gesto no era fingido. Había ternura. Había vida.

—Nunca pensé volver a verlo —susurró para sí.

Pero no todos lo tomaron igual. Desde la zona de la federación, el coronel Vargas se puso de pie con gesto adusto. Su voz, sin necesidad de gritar, cayó como una orden.

—¡Capitana Duarte, esto no es una función de teatro! ¡Concéntrese!

Renata giró apenas el rostro y se quitó la careta del todo. Habló tranquila, firme, sin una gota de insolencia.

—Estoy concentrada, mi coronel. Por eso estoy aquí. Y si gano hoy, será por mí. No por usted ni por lo que cree que debo ser.

El hombre apretó la mandíbula, pero no la contradijo. Vera sonrió, orgullosa. Noa también, aunque lo disimuló.

El segundo tiempo arrancó con once a diez, ventaja para Renata. Volvieron a la pista con otros rostros: ni odio ni rivalidad, solo respeto y una voluntad de hierro.

Vera ajustó la guardia. Había notado algo: Renata atacaba distinto. El ritmo, el ángulo, hasta los pasos. No era su estilo de siempre.

—¡Allez!

El intercambio fue feroz. Vera se adelantó, Renata esquivó, giró sobre su eje y atacó desde un ángulo invertido. Touché. Doce a diez.

Noa se cubrió la boca. Reconocía ese movimiento. Era de los que Renata había practicado con Dafne, en la intimidad de los entrenamientos, y que jamás había usado en competencia. Hasta ahora.

Vera retrocedió, sacudiendo la cabeza, asombrada, y sonrió.

—Tramposa —murmuró—. Me estás mostrando lo que no le mostraste a nadie.

—¿No querías encontrarme de verdad? —respondió Renata, alzando apenas una ceja.

Vera intentó un contraataque rápido, pero Renata cambió de dirección en el último instante. Touché. Trece a diez. La emoción de Vera era evidente: había estudiado durante años cada movimiento de Renata, y descubrir que tenía otros la fascinaba aún más.

Entonces, entre el bullicio, reconoció una voz.

—¡Hija, tú puedes! ¡No te rindas!

Vera giró un instante. Y allí estaba, en la última fila, de pie: la mujer que no había podido acompañarla en años, de quien a veces dudó si entendía su pasión. Y sin embargo estaba ahí, llorando en silencio, mirándola.

Vera cerró los ojos. Sintió algo encenderse dentro del pecho. La acción siguiente fue brutal: logró un toque limpio. Trece a once. El público estalló en vítores.

Las dos respiraban como si cargaran el peso del mundo. Quedaban segundos.

—¡Allez!

El siguiente toque fue simultáneo. Doble. Catorce a doce. Punto de partido.

Renata levantó el florete y miró a Vera. En esa fracción de segundo recordó la voz de Dafne en una tarde lejana: «Algún día vas a encontrar a alguien que no te rete por vencer, sino por ser tú misma».

Vera, jadeando, se puso en guardia una última vez.

—Si vas a ganarme, que sea con todo lo que eres —dijo.

—Entonces prepárate —respondió Renata.

El ataque fue limpio, preciso, inesperado y, sobre todo, elegante. Renata recreó un pase imposible: diagonal, bajo, con rotación del torso. Una técnica que nunca había usado en torneo. Dafne la llamaba «el pulso», porque para hacerla bien había que sentir el momento exacto, como si el corazón guiara la mano.

Touché. Quince a doce. Victoria para Renata.

El marcador se encendió, el juez alzó el brazo y el público estalló. Vera bajó la cabeza, jadeando, y luego sonrió. Estaba derrotada, pero no vencida. Lo había dado todo. Y en el fondo sabía que había sido parte del renacimiento de alguien que llevaba demasiado tiempo apagada.

Renata se le acercó.

—Gracias —dijo.

—¿Por qué? —preguntó Vera.

—Por no dejarme huir.

Y esta vez fue Renata quien abrazó primero. Le habló bajito, contra la oreja, para que solo ella lo oyera.

—Y esta noche —le susurró— te toca a ti debajo.

Vera se rió contra su cuello. Nadie más lo escuchó.

Desde la grada, Noa lloró en silencio. Y la madre de Vera, apretando el bolso con fuerza, vio cómo su hija sonreía entre lágrimas. No por haber perdido, sino por haber encontrado algo. En esa pista no se jugaba solo una final: se jugaba el duelo con el pasado, la valentía de amar y el derecho a volver a sentir. Y las dos, en distintos lenguajes, ganaron.

***

Nota de la autora: este capítulo no lo escribí con las manos, sino con el pulso. Quería que Renata dejara de ser invencible y empezara a ser real, que el combate no fuera solo físico sino emocional, una batalla entre el deber y el deseo de sentir. En el fondo no se enfrentó a Vera, sino a todo lo que había enterrado para seguir respirando.

Por eso cada toque de esta final es más que una técnica: es memoria, pérdida, admiración y esa grieta que se abre cuando el amor aparece en medio de la exigencia. Gracias por leer y por sentirlo conmigo. Nos vemos en el próximo combate.

—Vania R.

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Comentarios(7)

LunaCba

Que relato tan hermoso, me llegó al corazón. No esperaba encontrar algo así por acá.

Valentina_CR

Increible como mezcla el deporte con lo emocional. La escena antes del asalto me puso la piel de gallina. Espero que haya continuacion!!

Marisol_BCN

Se me hizo corto jajaja quiero saber si Renata gano el combate

NocheEscrita

Me recordó a algo que yo viví hace tiempo. Esa presion de decirle algo importante a alguien justo antes de que todo cambie. Muy bien escrito.

Caro_rdz

¿va a tener segunda parte? quede con ganas de mas

Elisa77

Buenisimo!!!

SilviaRM

Pocas veces leo algo acá que tenga tanta emocion sin necesitar ser explicito. La referencia a Dafne me mató. Sigue asi.

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