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Relatos Ardientes

Lo que pasó en el probador con mi mejor amiga

Después de lo que pasó en mi departamento la otra tarde, no parábamos de provocarnos. En cualquier lado: en la cola del café, en la mesa de un bar, en mensajes a las tres de la mañana cuando se suponía que dormíamos. Me encantaba ese juego. No había dejado de coger con mi novio, lo amo y eso es otra cosa, pero también me había vuelto adicta a Camila. A veces fantaseaba con juntarlos a los dos en la misma cama, aunque enseguida se me venía el pecho a la garganta. Soy una niña egoísta y lo quiero a él solo para mí. Lo que sí daría todo por hacer es chupársela a él mientras ella me come a mí. Punto. Nada más.

Un sábado salimos a recorrer tiendas. Entramos a un local grande de tres pisos, ese que está sobre la avenida principal y tiene la fachada espejada. Eran las cinco de la tarde y no había casi gente. Música baja, perfumes en oferta, dos vendedoras chateando con el celular detrás del mostrador.

—Mira este vestido, ¿qué te parece? —Camila se lo puso sobre el cuerpo, pegándoselo a las caderas para medir.

—Creo que te quedaría lindo.

—¿A ti no te gusta?

—Sabes que no es lo mío. Además, no me van a entrar las tetas ahí —solté el comentario sin maldad, pero la mirada que me devolvió me hizo querer corregirme.

—¿Por qué no te mides un jean entonces? Esos sí te gustan, reina.

—¿Sabes qué? Tienes razón.

Junté tres jeans, dos remeras y una camisa, más por las dudas que por ganas. Camila armó su propia montaña: ese vestido, un short, dos blusas, un body con encaje en la espalda. Le mostramos la ropa a la dependienta, una chica joven con flequillo y delineado grueso, y nos dejó pasar a los probadores del fondo. Eran probadores chicos, con cortina por afuera y una puerta de madera blanca por dentro. Espejo de cuerpo entero. Luz cálida. Perfectos, en otras palabras.

Camila se metió en uno y yo en el de al lado. Esperé un minuto. Escuché crujir las perchas, el cierre de un short, su respiración entrecortada cuando algo no le entraba. Saqué el celular y le escribí por WhatsApp: «¿Jugamos?». Vi los dos tildes ponerse azules de inmediato. La respuesta llegó en cinco segundos: «Ven». Sonreí. Espié por la rendija de la puerta. La dependienta seguía afuera, lejos, atenta a otra clienta que preguntaba talles. Salí de mi probador en dos segundos, cerré rápido la puerta, abrí la suya y me metí.

—Hola, amor —susurré.

Le agarré la cara y la besé. Le mordí el labio inferior y escuché un jadeo bajito, casi un quejido. La empujé contra la pared del probador, con la espalda apoyada en el espejo.

—Vas a necesitar quedarte calladita —le dije al oído—. Si nos escuchan, nos echan. O peor.

Ella estaba en ropa interior y una camisa abierta. Le apreté las tetas por encima de la tela del corpiño, le pellizqué un pezón a través del encaje, lo sentí endurecerse en un segundo. Bajé la mano por su abdomen, le metí los dedos por debajo del elástico de la bombacha. Estaba empapada. Le hice círculos suaves sobre el clítoris, lentos, con la yema del dedo medio. Le mordí el cuello y le di tres lamidas largas. Camila apretó los puños contra mis hombros para no gemir.

—Ahora soy yo la que necesita probarte —dijo bajito, jadeando contra mi oreja.

Yo estaba en bombacha y corpiño. Me saqué el corpiño y lo colgué de la percha como si fuera ropa de prueba. Camila se arrodilló frente a mí sobre la moqueta del probador. Me bajó la bombacha hasta los tobillos, despacio, y acercó la cara a mi sexo. Cerró los ojos. Aspiró hondo. Leí en sus labios un «hueles riquísimo, amor». Después pegó la boca a mis labios de abajo y me dio besos suaves, cerrados, como si fueran besos en la boca.

El contraste de temperaturas era brutal. El probador estaba helado por el aire acondicionado y su boca venía tibia, casi caliente, en pequeños toques. Me agarré del marco de la puerta para no perder el equilibrio. Camila abrió mis labios con dos dedos y sacó la lengua, plana, suave. Empezó a lamer despacio, de abajo hacia arriba, terminando siempre en el botoncito con una chupadita corta. Lamida, chupadita. Lamida, chupadita.

Le agarré el cabello con una mano y se lo enrosqué en el puño.

—Saca la lengua —le susurré—. Y déjala ahí.

Tan obediente. La sacó. La dejó quieta, plana, lista para mí. Empecé a restregarme contra ella, moviendo las caderas adelante y atrás, usándola como me daba la gana. Camila sonreía sin cerrar la boca, los ojos hacia arriba, mirándome. Yo me toqué las tetas con la otra mano, me pellizqué un pezón hasta que me dolió. Ella tenía la carita empapada con mis flujos y se los tragaba feliz.

Levanté la vista buscando el techo, concentrándome en la sensación. Justo en ese momento Camila me metió dos dedos de un solo golpe, hasta el fondo. Me mordí la mano para no gritar. No lo esperaba. Paré de moverme y ella aprovechó para pegar la boca al clítoris y empezar a chuparlo duro, mientras los dos dedos entraban y salían rápido, curvándose hacia adelante. Carajo, me voy, pensé.

Miré hacia el espejo y la vi: tenía la mano libre metida adentro de su propia bombacha, la había corrido hacia un costado y se estaba tocando con dos dedos al mismo ritmo que me dedeaba a mí. Se escuchaba ese chapoteo bajito de su sexo mojado y el pensamiento de que en cualquier momento alguien podía golpear la puerta me hizo terminar. Me corrí durísimo en su boca, mordiéndome la palma de la mano. Ella no paró. Siguió chupándome. A los pocos segundos me corrí otra vez, más corto, más eléctrico. Se apartó un instante y me pasó por el clítoris la mano que tenía mojada con su propia humedad. Yo le solté el cabello y me apreté los dos pezones con fuerza, hasta que el dolor me cruzó como un latigazo. Vino un tercer orgasmo, raro, casi seco, que me hizo lagrimear de placer.

***

Camila se detuvo. Me dio un beso pequeño justo en el clítoris, como cierre, y se incorporó. Le susurré que ahora era mi turno. No teníamos mucho tiempo y necesitaba hacerla acabar antes de que la dependienta empezara a preguntarse por qué tardábamos tanto.

La giré de espaldas a mí y la apoyé contra el espejo. La hice agacharse un poco, separar los pies, sacar el culo hacia atrás. Me paré detrás de ella, le pasé los brazos por debajo de los hombros y le agarré las tetas con las dos manos. Le mordí la nuca. Ella entreabrió los labios y dejó escapar un jadeo antes de morderse el labio inferior.

—Saca la lengua, mami —le dije al oído, mirándola fijo en el reflejo—. Y tienes prohibido dejar de mirarme a través del espejo. Si lo haces, paro.

Sin perder el contacto visual ni un segundo, rocé mi lengua con la de ella, despacio. Era un beso raro, sin labios, solo puntas de lengua, y juro que lo sentía en la cosita igual de fuerte que cuando me había dado oral hacía un minuto. Ella también lo sentía: vi cómo se le contraía el abdomen.

—Mira lo puta que te ves —le susurré—. Desnuda en un probador, teniendo sexo con tu mejor amiga. ¿Qué pasa si alguien abre la puerta ahora?

Camila cerró los ojos un segundo y los volvió a abrir, conteniéndose. Pasé la mano derecha por el costado de su cuerpo y le toqué el clítoris por encima de la tela de la bombacha. Le di tres palmaditas suaves que corté al toque por el ruido. Cambié a movimientos de lado a lado, después a círculos lentos, los que ya sabía que eran sus favoritos. En el reflejo se le veía la humedad chorreando por la cara interna del muslo. Me dieron unas ganas tremendas de probarla.

Me agaché detrás de ella. Le lamí los muslos limpiando el reguero, despacio, recogiendo cada gota. Me encanta tragarme sus flujos, me encanta lo dulce que sabe. Le aparté la bombacha hacia un costado y le abrí los labios con los pulgares. Estaba toda rosada por dentro, brillante, apetecible. Mojé el pulgar con su propia humedad y le hice círculos suaves sobre el ano, sin dejar de lamerla. Sentí el escalofrío que la atravesó. Camila nunca me había dejado tocarla ahí. Esa tarde, en cambio, separó un poco más las piernas y se inclinó hacia adelante.

Quise más. Le agarré una mano y se la puse sobre la nalga izquierda. Yo agarré la derecha. La abrí. Reemplacé el pulgar por la lengua y le di un beso largo, mojado, en el ano, mientras con la otra mano seguía estimulándole el clítoris. Camila apoyó la frente contra el espejo y trató de no hacer ruido. Lo que se le escapó fue un quejido grave, apretado, que me hubiera gustado escuchar a todo volumen. Se vino a chorros. Sentí la contracción en la lengua, en los dedos, en todo el cuerpo. Tuve que sostenerla por la cadera para que no se cayera.

Paré. Si seguía, no salíamos vivas de ese probador.

Me incorporé con la cara empapada igual que ella. La miré en el espejo: sonreía con la mirada cansada, el flequillo pegado a la frente, las mejillas rojas. Le di un beso en el cachete, suave, casi de hermana.

—Límpiate, nos vamos —le dije al oído sin dejar de mirarla en el reflejo.

Sacamos las toallitas húmedas que las dos siempre cargamos en el bolso. Nos limpiamos como pudimos: la cara, los muslos, las manos. Nos vestimos en silencio, riéndonos con la mirada. Espié por la rendija. La dependienta estaba en la puerta de los probadores, charlando con otra clienta sobre un vestido rosa. Salí rápido, me metí en mi probador, terminé de vestirme, recogí lo mío. Agarré la ropa que en teoría había venido a probarme.

Abrí la puerta y me asomé de nuevo. La dependienta estaba en el pasillo. Levantó la vista cuando me oyó salir. Le sostuve la mirada un segundo. Ella me dedicó una sonrisa chiquita, curiosa, casi cómplice, como diciéndome «sé lo que pasó ahí adentro y no me importa». Sentí calor en las orejas. Salí con la ropa colgando del antebrazo. Camila salió detrás de mí, peinándose con los dedos.

—No me llevo nada de esto —dije, dejando todo en el perchero de devoluciones.

—Yo solo me llevo este vestido —respondió Camila, separando la prenda que se había probado primero.

—Está bien. Vuelvan pronto —dijo la dependienta, con la misma sonrisa. Qué linda, qué buena onda, pensé.

Pagamos en la caja del fondo. Sumamos en el camino dos perfumes mini, un brillo de labios y un par de medias de red que ninguna de las dos necesitaba. Salimos a la calle. El sol de la tarde nos pegó en la cara y nos miramos. Camila se rio. Yo me reí. Nos despedimos con un beso en la boca, corto, en plena vereda, como si fuera la cosa más normal del mundo.

Qué rica salida.

Nos vemos.

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Comentarios (2)

GabrielMex

que bueno!!! me encanto de principio a fin

Sombra_Lect

Lo que mas me gusto es la naturalidad con la que fluye todo. Nada forzado, nada de mas. La situacion se da sola y eso lo hace mucho mas convincente que la mayoria de lo que se publica por aca. Muy bien logrado.

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