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Relatos Ardientes

Mi alumna nueva me dio una lección que no olvidaré

Me llamo Aurora y tengo cuarenta y dos años. El pelo castaño me llega hasta la cintura, los ojos los tengo claros y conservo un cuerpo menudo que la genética me ha cuidado mejor de lo que merezco. Doy clases de historia del arte en una academia privada del centro de Valverde, una de esas escuelas que preparan a adultos para el acceso a la universidad y atraen también a gente que quiere retomar estudios que dejó a medias hace años.

Aquel lunes de finales de septiembre comenzaba el curso. Me desperté temprano, me duché y me puse una camiseta color vino de manga larga, una falda negra ajustada y unas botas cortas. Me cepillé el pelo, me maquillé apenas y me enganché los aros que mi madre me regaló cuando aprobé la oposición. Me miré al espejo más rato del necesario. No era vanidad. Era pánico al primer día.

Cuando llegué al aula, los estudiantes ya estaban entrando. Casi todos rondaban los veinte años. Algunos venían en grupos, otros pegados al móvil. Y entonces entró ella.

Era pequeña, quizá un metro cincuenta, delgada como una rama joven. Llevaba el pelo rubio liso hasta la cintura, los ojos castaños grandes y la piel muy blanca. Se sentó al final del aula, sola, con la mochila apretada contra el pecho. No miró a nadie. No buscó conversación. Saqué la lista y empecé a pasarla.

—Lucía Aldecoa —leí.

Levantó la mano sin levantar la vista. Hasta el nombre le sienta bien, pensé, y me asusté de pensarlo.

Lucía tenía veinte años, había aprobado el bachillerato a duras penas y se había mudado sola a Valverde para preparar el acceso. Lo descubrí en su ficha, durante una de esas tardes que me quedé en el despacho fingiendo corregir exámenes y, en realidad, repasando una y otra vez el suyo. Sacaba notas mediocres. Eso no me importaba.

Durante dos semanas la observé. Cuando se levantaba para tirar un papel, le miraba el contorno de los muslos por debajo del vaquero corto. Cuando hablaba con la única amiga que parecía haber hecho en el aula, una chica de pelo rosa, le estudiaba la forma en que se mordía el labio. Cuando se reía, contenía la risa contra la palma de la mano, como si tuviese vergüenza de su propia alegría.

Una tarde, al salir de clase, me las crucé en el pasillo. La chica de pelo rosa le decía algo que la hizo sonrojarse, y oí a Lucía contestar:

—Te lo he dicho mil veces. Me gustan los tíos y las tías. Déjame en paz de una vez.

Me detuve dos pasos más allá, con el corazón galopando. Esperé a que la amiga se despidiera, le diera un beso en la mejilla a Lucía y se fuera por el pasillo. Entonces me acerqué.

—Lucía, necesito hablar contigo del examen de la semana pasada. Ven un momento al despacho.

Asintió sin preguntar nada. La tomé del brazo, quizá con más firmeza de la cuenta, y la guié por el pasillo. Notaba mi propia respiración alterada, como si fuese yo la alumna y ella la profesora.

El despacho era pequeño, con un escritorio de madera vieja, una estantería repleta de libros de arte y una ventana que daba al patio interior. Cerré la puerta. Pasé el pestillo.

—¿Qué pasa con mi examen? —preguntó. Tenía la voz más grave de lo que esperaba.

—Quería darte la nota en persona —mentí—. Has sacado un diez.

En realidad había sacado un cuatro raspado. Esa nota me la inventé al cerrar la puerta.

—¿Un diez? —Frunció el ceño y soltó una risa breve—. Yo nunca saco un diez. He llegado hasta aquí copiando en todos los exámenes que me han puesto delante. Lo de las chuletas es lo mío.

Su sinceridad me desarmó. No supe qué responder. Di un paso hacia ella. Otro.

—Te he oído antes en el pasillo. Decías que te gustaban también las chicas.

Lucía levantó la mirada y, por primera vez desde el primer día de clase, sostuvo la mía.

—Sí.

—¿Y las mayores?

Sonrió. No fue una sonrisa tímida. Fue otra cosa, algo que tardé en reconocer porque no encajaba con la chica callada que llevaba dos semanas observando.

—Depende de cuánto mayores.

Le levanté la barbilla con dos dedos. Me temblaba la mano.

—¿Puedo?

—Pruebe usted, profesora.

La besé. Hacía siete años que no besaba a nadie en la boca, desde que terminé con Marisol y me prometí no volver a meterme con alguien que pudiese complicarme la vida. Lucía supo besar. Demasiado bien. Sus manos me agarraron las nalgas por encima de la falda y tiraron de mí contra ella.

—Quítate la camiseta —me ordenó.

No fue una pregunta. Obedecí. Yo, que llevaba dos semanas planeando cómo seducirla con paciencia, cómo besarla por el cuello, cómo desnudarla con la lentitud de un cuadro que se va revelando, obedecí. Me quité la camiseta. Después la falda. Me quedé delante de ella en sujetador y bragas.

Lucía me miró de arriba abajo, sin prisa.

—No estás tan mal para cuarenta y pico —dijo.

La frase me cruzó por el centro como una bofetada, pero también me cruzó algo más, algo que no me había dado tiempo a nombrar. Quise desnudarla a ella despacio, ir besándole los hombros, el ombligo, la cadera. Empecé a hacerlo y me detuvo.

—Déjate la cursilada, Aurora. Aquí mando yo.

Me empujó con las dos manos contra el escritorio. La madera me golpeó la rabadilla. Me apartó las bragas a un lado y, sin previo aviso, me metió dos dedos hasta el fondo. Grité y me mordí el dorso de la mano para no gritar más. Me embistió con un ritmo seco, mecánico, mirándome a los ojos todo el rato, como quien comprueba un instrumento.

—¿Esto es lo que querías?

No pude contestar. Me corrí en su mano a los tres minutos, con la nuca chocando contra una carpeta de fichas. Me corrí avergonzada y aliviada y confusa al mismo tiempo.

Lucía se quitó el pantalón corto y las bragas con la indiferencia de quien se quita los zapatos. Se subió encima de mí. Pegó su sexo contra el mío y empezó a frotarse, sosteniéndose con los antebrazos a los lados de mi cabeza. Estuvo en ello menos de un minuto. Cuando se corrió, lo hizo en silencio, mordiéndose el labio igual que en clase. Después se incorporó.

—Espera —dije, porque yo seguía sensible, porque la quería encima un poco más, porque la quería besar otra vez sin que me llamara cursi.

Lucía vio mi cara. Sonrió con esa sonrisa que ya no me parecía tímida y alargó la mano hasta el bote de rotuladores de mi escritorio. Sacó dos. Uno me lo metió por delante, lentamente, mirándome a la cara. El otro lo apoyó contra el otro orificio.

—Cariño, espera, por ahí nunca…

—Calla.

Me besó la frente con una ternura que no encajaba con lo que estaba haciendo. Lo introdujo despacio, lo justo. Era ambidiestra. Lo descubrí cuando empezó a moverlos a la vez, cada uno con su ritmo, y vi que sus manos trabajaban en paralelo con la precisión de una pianista. Uno me molestaba y el otro me hacía perder la cabeza. Me corrí por segunda vez, esa vez llorando.

—¿Ves? —dijo, sacando los rotuladores y dejándolos otra vez en el bote como si fuesen lápices cualquiera—. Lo que pasa con las que se hacen las románticas es que en realidad necesitan que las traten así. Eso es todo.

Me quedé tumbada, con las piernas abiertas y el escritorio frío contra la espalda. No supe levantar la cabeza.

—¿Y tú? —pregunté con un hilo de voz—. ¿Tú quieres algo conmigo?

Lucía se subió las bragas. Después el pantalón. Buscó la camiseta por el suelo.

—Aurora, tengo novio.

—¿Novio?

—Sí. Lleva esperándome todo el verano. Esta tarde voy a verlo.

Se puso la camiseta. Se ató los cordones de las zapatillas. Se peinó con los dedos. Yo no me había movido.

—No le digas a nadie esto —añadió antes de salir—. Por ti, no por mí. A mí me da igual.

Cerró la puerta despacio.

***

Estuve quieta un rato muy largo. No sé cuánto. Cuando me incorporé, el escritorio estaba húmedo y a mí me dolían sitios que no esperaba. Recogí la ropa del suelo, me vestí y ordené las fichas contra las que me había golpeado. Tiré los dos rotuladores a la papelera y luego, pensándolo mejor, los saqué, los envolví en un papel y los metí en el bolso para tirarlos en otro contenedor de otra calle.

El resto del curso, Lucía no me volvió a mirar. Ni cuando le devolvía exámenes, ni cuando le hacía una pregunta directa, ni cuando coincidíamos en la cafetería. Se sentaba al fondo, sola otra vez, y se reía con su amiga de pelo rosa como si yo no existiese. Empecé a faltar a clase un par de veces al mes alegando migrañas que la dirección no me discutió, porque siempre había sido cumplidora. Llegué a plantearme pedir traslado.

No sé todavía si arrepentirme por haberlo hecho con una chica que no me quería, o alegrarme de que al menos sucediera, después de siete años sin tocar a nadie. Quizá las dos cosas a la vez. Lo único que sé es que cuando llegó junio y comprobé que no tendría a Lucía Aldecoa en mis listas del curso siguiente, respiré.

Respiré, y después estuve toda la noche llorando en el sofá, con un rotulador olvidado entre las manos.

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Comentarios (2)

Dani_Lectora

Increible!!! Me quede sin palabras al final, de verdad que no me lo esperaba. Muy buen relato

MartinBA_R

Por favor una segunda parte, quede con ganas de mas!

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