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Relatos Ardientes

Lo que las amigas de mi Miss me hicieron debajo de la mesa

Se notaba que las tres se conocían desde hacía años. No era solo la manera en que compartían silencios cómplices, ni el hecho de que cada una luciera el mismo anillo con una esmeralda diminuta engarzada en oro. Era el trato que me estaban dispensando: cuidadoso, atento, con una falsa naturalidad que delataba el guion ensayado. Tres gatas con la panza llena jugando con un ratón entre las zarpas.

Yo, en esa escena, era la forastera y, al mismo tiempo, el centro absoluto de su atención.

Los cócteles entraban y salían de nuestra mesa en uno de esos locales del centro a los que yo había servido mesas más veces que las que las había ocupado. El camarero saludaba a las amigas de mi Miss con un gesto que hablaba de muchas noches, y nos había buscado un reservado apartado, casi seguro porque ya conocía el volumen de Beatriz y de Vega. Sentadas frente a nosotras, ambas iban por el cuarto trago y se reían como si llevaran toda la vida esperando esa cena. Eran gamberras, descaradas, naturales. Mi Miss y yo, a su lado, parecíamos dos novicias. Yo, atrapada entre la pared del reservado y el cuerpo de mi Miss, intentaba seguir la conversación con la sensación creciente de que algo se cocía bajo el mantel.

—Qué collar tan bonito llevas, Renata —dijo Beatriz, incorporándose para estirar la mano hacia mi cuello sin pedir permiso.

Que al hacerlo me ofreciera una panorámica perfecta de su escote no era ninguna casualidad.

—Qué mal se te da hacerte la inocente —respondí, divertida.

Tomé la mano de mi Miss, que hasta ese momento descansaba sobre mi falda, y la puse encima de la mesa para que se viera bien la pulsera. Era exactamente el mismo trabajo de orfebre que mi collar: un lariat de oro discreto que ella me había regalado y que llevaba siempre en público. Cualquiera que supiera mirar entendía lo que significaba: pertenencia. Compromiso. Mi lugar dentro de una relación que no se anunciaba en redes ni en cenas familiares.

—A mí no me engañas, Beatriz. Sabes sumar.

Vega se rió a mi lado y se llevó un codazo de Beatriz que casi le hizo derramar el martini.

—Cuenta, cuenta. ¿Cómo es tu Miss en ese apartado oscuro y pequeñito que compartís en la intimidad? —insistió Beatriz, sin bajar la voz lo suficiente para mi gusto.

Que hablara con esa soltura en un sitio lleno de gente me descolocaba. Me coloqué un mechón detrás de la oreja, ganando segundos, y traté de salir airosa de la encerrona.

—Pues te lo puedes imaginar —comencé con un tono dulce, ensoñador, antes de cambiarlo a uno seco—. Horrible. Egoísta, solo piensa en ella misma, y encima me arrastra a cenas con sus maleducadas amigas para presumir de mí como si fuese un caniche.

Las cuatro nos reímos. A mi Miss le guiñé un ojo y le saqué la lengua a mi manera, asomándola apenas entre los dientes. La broma no salió gratis. Sin perder la sonrisa, ella alargó dos dedos y me pellizcó el lóbulo con la firmeza justa para recordarme dónde estaba el límite.

—¿Qué se dice? —preguntó mi Miss.

—Perdón, Miss. Perdón, Beatriz. Perdón, Vega.

—Qué bien educada la tienes —silbó Vega, con admiración sincera.

—Yo no la he educado. Te juro que ya venía así de casa —respondió mi Miss.

A las dos amigas se les cayó la mandíbula. Se miraron una a la otra, casi consternadas. Yo, orgullosa, pasé el brazo por la cintura de mi Miss y hundí la mejilla contra la suya con una ternura medio infantil.

—¿Educada, obediente y respondona cuando le da la gana? —se apresuró a decir Vega—. Compártela, tía. Está muy feo venir con semejante monada del brazo y restregárnosla por la cara.

Ahogué una carcajada y negué con la cabeza muy despacio. Cogí el collar por la y griega que le daba forma de lariat y lo sacudí frente a Vega, haciéndolo titilar.

—Se mira pero no se toca, Vega.

Entonces, sin previo aviso, los dedos de mi Miss se colaron entre mi pelo y atraparon el lóbulo de mi otra oreja. No tiró, no presionó. Solo lo sostuvo. Pensé que iba a castigarme por la chulería, así que giré la cara para enfrentarme a su mirada. Pero en sus ojos no había severidad, solo una calma traviesa detrás de unas pestañas largas que me conocía de memoria.

El silencio cayó sobre la mesa como una cosa física. Beatriz y Vega dejaron de hablar y posaron la vista en mí. Mi Miss me acarició la mejilla con el dorso de los dedos, y al mismo tiempo enganchó con el dedo gordo de su pie el talón de mi zapato, deslizándolo hasta que cayó al suelo con un golpe seco y blando.

—Hasta donde tú quieras llegar, y donde quieras parar, Sweet Little Girl.

Su mano se deslizó por la cara interna de mi muslo desnudo como una serpiente mansa, mientras su pie subía por mi pantorrilla hasta la rodilla. Mis ojos pidieron cerrarse para abrazar todo aquello, y solo el saber que estábamos en plena terraza interior de un bar me obligó a mantenerlos abiertos. Mi Miss me puso un dedo vertical sobre los labios y acercó la boca a mi oreja.

—A partir de ahora no te permito hablar. Solo nuestros códigos de colores.

Lo habíamos pactado meses atrás: verde para seguir, amarillo para frenar antes del límite, rojo para parar de inmediato. Lo tenía grabado a fuego.

Beatriz y Vega se habían inclinado sobre la mesa, expectantes, devorando con la mirada lo poco que se podía ver de mi reacción. La expectación que generaban era tan obscena que no pude evitar morderme el labio para alargar mi respuesta. Miré a una, después a la otra, y finalmente asentí con solemnidad.

Fue como dar un pistoletazo de salida. Lo que sucedió bajo el mantel a partir de ese instante parecía un tango a tres bandas, ejecutado con disimulo y precisión. El dorso de los dedos de mi Miss me golpeó la cara interna del muslo más lejano, pidiéndome que abriera. Con la otra mano me recorrió la pierna entera, desde la entrepierna hasta la rodilla, estirándomela hacia ella. Vega atrapó mi pie descalzo entre sus manos como si fuera un objeto delicado, mientras Beatriz se deslizó hacia abajo en su asiento hasta que sentí el roce de las uñas pintadas de su pie sobre mi sexo.

Actuaron de un modo tan coordinado que me sentí abrumada en menos de un segundo.

Estaba pasando. Sin haberlo previsto, sin haberlo pedido en voz alta, mi fantasía estaba pasando. Lo había hablado con mi Miss semanas atrás: el deseo de ser el centro de una audiencia selecta, de sentirme sobrepasada por unas manos que decidieran por mí. En mi cabeza yo estaba desnuda y atada a una mesa larga, rodeada de desconocidos. La realidad no se parecía tanto a aquella imagen, y al mismo tiempo se parecía más de lo que yo me atrevía a admitir.

Sin saber dónde mirar, hundí la boca en el borde de mi copa sin llegar a beber. Solo quería esconder la cara. Soy demasiado transparente, siempre lo he sido, y cualquier mesa cercana que mirase hacia nosotras se daría cuenta de que algo me estaba pasando.

—Relájate, Sweet Little Girl —murmuró mi Miss, girando todo el torso para taparme de cualquier mirada ajena. Su mano izquierda subía por el muslo que tenía más cerca; con la derecha tomó el pie de Beatriz y guió su dedo gordo hasta la entrada de mi sexo.

—Depilada y sin braguitas —comentó Beatriz, con una sonrisa de admiración, mientras me frotaba arriba y abajo con la uña lacada.

—Beatriz y Vega tienen un fetiche enorme por los pies —me explicó mi Miss, peinándome distraída.

Vega mantenía mi pie apoyado sobre sus rodillas y la mirada absorta, como si estuviera memorizando cada uno de los pliegues de mi planta. Acariciaba las líneas de flexión con la yema de los dedos como si recorriera un mapa secreto. Yo siempre he tenido muchas cosquillas, pero su tacto no era malicioso: era reverente. Me sobaba el pie con el mismo recogimiento con el que yo, en la cama, le toco los pechos a mi Miss. Una idolatría táctil. Recorría cada dedo como si dibujara su silueta, me arañaba apenas el empeine y yo me ruborizaba sin remedio. Bebí del cóctel como si el alcohol pudiera apagar lo que ese contacto me estaba haciendo por dentro.

—Me apuesto algo a que Vega ya está jugosísima por dentro —dijo mi Miss—. ¿Serías tan amable de demostrárselo, por favor?

—Faltaría más —respondió Vega, sin pestañear, los ojos clavados en mí.

La vi llevarse la mano bajo la falda, y un segundo después empezó a pintarme la planta del pie con la humedad de sus propios jugos. Cerré los ojos y un suspiro se me escapó del alma sin permiso. Mi Miss, que me conoce mejor que nadie, le puso voz a lo que yo no decía.

—Te excita excitar, ¿verdad, my Own Girl? Muchísimo.

—Verde —susurré.

Me quedé mirando a mi Miss con los ojos abiertos de par en par, sin terminar de creerme que esa palabra hubiera salido de mi boca. Mi cuerpo me había traicionado por completo. No me dio tiempo ni a sentir cómo me subían los colores: las tres se volcaron sobre mí con la coordinación de una manada de lobas que llevaban cazando juntas toda la vida.

Vega me inmovilizó el pie entre sus muslos y tiró del talón hacia ella para que no pudiera escapar. Mi Miss guió el dedo gordo de Beatriz hacia mi interior con la misma calma con la que hubiera puesto una llave en una cerradura. Mi respiración llenó de vaho el cristal de la copa. Las pestañas se me cayeron solas sobre los párpados. Hacía mucho que no jugaba a esto. Demasiado tiempo desde la última paja en la última fila de un cine, desde la última mamada en los baños de un bar. Volvía a aquellos años locos de adolescencia, los de la exploración sin freno y sin miedo a las consecuencias.

Aferré el muslo de mi Miss con la mano libre, solo para que supiera el estado en el que me encontraba. La apretaba más fuerte a medida que el dedo de Beatriz se hundía y se retraía en mí, juguetón, chapoteando. Mi cuerpo entero estaba rígido, conteniendo cualquier señal de cintura para arriba. Los ojos cerrados y las uñas clavadas en su pierna me delataban. Me sentí tentada de morder el cristal y no lo hice solo por miedo a partirlo entre los dientes. Estaba tan cerca de correrme que el deseo empezó a vencer a la vergüenza, y entonces…

—Hasta aquí está bien, amigas —dijo mi Miss, con una sonrisa que le llenaba la cara.

Gruñidos de protesta. Quejas. No supe la tensión que cargaba mi cuerpo hasta que las tres me soltaron y me derretí sobre el asiento como cera fundida. Si no añadí mis propias quejas a las de Beatriz y Vega no fue por falta de ganas: estoy demasiado acostumbrada a los edges como para creer que iban a permitirme acabar ahí.

—Mira qué poco rezonga —presumió mi Miss—. Mucho menos que vosotras dos.

—Para lo que me sirve… —murmuré, lo bastante alto como para que las tres lo oyeran.

Lo dije con malicia, para congraciarme con las otras dos. Funcionó: Beatriz y Vega se rieron encantadas con mi pulla. Pero a mi Miss eso no la amedrentó. Al contrario. Le dio alas. Me agarró de la barbilla, giró mi cara hacia ella, y vi sus pupilas brillar como brasas. Una sonrisa de depredadora se le instaló en los labios. Me excité y me puse nerviosa al mismo tiempo.

—En privado no eres tan bravucona, Sweet Little Girl —apretó los labios entre sí, marcando el carmín rojo, y miró a Vega antes de hablarle—. Llama a un taxi, por favor.

—¿Dónde vamos? —preguntó Beatriz, expectante.

—A un sitio donde no tengamos que amordazar a Renata para que nadie la oiga.

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Comentarios (1)

SofíaDelR

increible relato, me dejo sin palabras!!!

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