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Relatos Ardientes

Mi asistente, mi clienta y yo en la misma cama

Llamé a Tomás por interno y le pregunté si Daniela ya había vuelto del almuerzo. Los cité a los dos en el despacho con la excusa de cerrar el briefing definitivo antes de salir.

Tomás llegó con camisa de lino y pantalón gris, casual pero impecable. Daniela me sorprendió: falda vaquera más ajustada de lo habitual y una camisa blanca de algodón fino que insinuaba el sostén sin descaro. Unos botines abiertos en el empeine remataban el conjunto. Me miró buscando aprobación. Asentí con una sonrisa.

—Bajamos al coche, salimos en quince —dije.

Octavia nos esperaba en su finca a las afueras de la ciudad. Era nuestra clienta más exigente y, desde hacía tres semanas, también la que más espacio ocupaba en mi cabeza. La había conocido el viernes anterior, en la reunión donde firmamos contrato. Al darle la mano sentí algo que no supe nombrar entonces y que ahora prefería no nombrar: una corriente tibia que me bajó por la espalda y se quedó ahí, esperando.

En el coche, Daniela ocupó el asiento de atrás conmigo; Tomás se sentó delante. Él era moreno, no demasiado alto, fibrado de gimnasio diario. Miró a Daniela por el espejo retrovisor más veces de las necesarias durante el trayecto.

Hablamos poco. Yo conducía pensando en la mano de Octavia y en cómo se me había quedado caliente la palma durante el resto de aquel viernes.

***

La verja de hierro forjado se abrió sola en cuanto detuve el coche frente al sensor. La casa apareció detrás de una hilera de olivos: piedra clara, ventanas altas, una piscina visible desde la entrada. Tomás soltó un silbido bajo. Daniela no dijo nada, pero le brillaron los ojos.

Octavia esperaba en el porche. Llevaba una túnica color hueso que le caía hasta los tobillos y, debajo, evidentemente nada. Los pezones se le marcaban suaves contra la tela. Tendría unos cuarenta, quizá menos. Cuesta calcular la edad de las mujeres que no necesitan disimularla.

—Bienvenidos —dijo.

Presenté primero a Tomás. Octavia le sostuvo la mirada el tiempo justo y nada más. Cuando le presenté a Daniela, en cambio, algo cambió en su cara. Le tomó la mano con las dos suyas y la miró como quien evalúa una pieza. Daniela se puso colorada y bajó los ojos.

A mí me dio la mano última. Volví a sentir aquella corriente, más fuerte ahora, y noté cómo se me apretaba el sostén sin razón. Octavia sonrió como si lo supiera.

—Pasad. La mesa está puesta en la terraza.

***

Comimos en una mesa para cuatro decorada con jazmines blancos. Apareció una chica con uniforme negro de doncella, falda corta y blusa de un material tan fino que se le transparentaba el sostén. Octavia la presentó como Yasmín, su asistenta. Tomás dejó de comer durante medio minuto.

Yasmín servía despacio, demasiado despacio para ser eficiente. Cada vez que se inclinaba sobre la mesa, Tomás encontraba un nuevo motivo para mirar hacia su lado. Daniela me lanzó una mirada cómplice. Yo le di la patada bajo la mesa que se merecía.

Octavia, durante toda la comida, le habló casi exclusivamente a Daniela. Le preguntó por su carrera, por sus referencias, por las marcas con las que había trabajado antes de fichar conmigo. Daniela respondía con la espalda recta y los hombros echados hacia atrás, como ella sabe ponerse cuando quiere parecer mayor de lo que es.

—Mi mejor decisión del año —dije yo, intentando interrumpir aquella entrevista improvisada.

—Una de tus mejores decisiones —corrigió Octavia, sin mirarme.

***

Pasamos al salón para el café. Octavia nos ofreció jerez. Tomás aceptó por costumbre; Daniela y yo íbamos a declinar cuando Octavia, sin esperarnos, le pidió a Yasmín cinco copas. Cinco. Una para la doncella también.

Yasmín volvió con las copas en una bandeja de plata y se quedó de pie junto a la puerta como si esperara orden. Octavia se la dio con un gesto: ven, siéntate, eres una más esta tarde.

Entendí entonces que aquella casa no funcionaba con las reglas de fuera.

—Daniela, ven a este sofá conmigo y cuéntame lo que habéis pensado para la campaña.

Daniela me miró pidiendo permiso. Asentí.

Durante los cuarenta minutos siguientes, Octavia escuchó la propuesta entera con una atención que rara vez recibo de un cliente. Hacía preguntas precisas y, cada vez que Daniela le contestaba bien, le tocaba el antebrazo en señal de aprobación. Daniela dejó de retirarlo a la tercera vez.

Tomás miraba a Yasmín. Yasmín miraba al suelo, pero sus labios se curvaban cada vez que él suspiraba. Yo miraba a Octavia y trataba, sin éxito, de descifrar qué hacíamos los cuatro allí.

—Habéis elegido un buen equipo —dijo al final—. Vamos a celebrarlo. He preparado el estudio junto a la piscina para que sigáis trabajando si os apetece. Y si os queréis bañar antes, hay ropa para todos en los vestuarios.

Encontramos dos bikinis colgados, de tallas exactas para Daniela y para mí, y un bañador para Tomás. Cómo había averiguado mis medidas era una pregunta que decidí no formular.

***

Trabajamos hasta cerca de las nueve. Yasmín apareció dos veces con bebidas frías y, ambas, se demoró más con Tomás que con nosotras. A las nueve y media volvió para anunciar que la cena estaba servida junto a la piscina.

Tomás llamó a su mujer desde la terraza. Le oí decir que se quedaba a dormir porque la reunión se había alargado. Cuando colgó, me miró con cara de niño que ha hecho una travesura sin consecuencias todavía. Daniela, soltera, no tenía a quién avisar.

Octavia nos anunció durante la cena que nos quedábamos como sus huéspedes hasta el día siguiente. Nadie protestó. Tomás soñaba con la doncella, Daniela quería seguir impresionando a la clienta y yo tenía la garganta seca por motivos que no podía decir en voz alta.

Hacia las once, Yasmín se sentó con nosotros. Poco después, Tomás se levantó con la excusa de enseñarle el jardín. Se perdieron entre los olivos. Octavia se retiró diciéndonos buenas noches sin teatralidad. Daniela y yo quedamos solas con las copas vacías.

—¿Subimos? —dijo ella.

***

Por el pasillo, a medio camino de las habitaciones, Daniela se paró en seco y me agarró del brazo.

—Aquí pasa algo raro, ¿no?

—¿Qué quieres decir?

—No sé. Esta mujer tiene algo. Llevo todo el día sintiendo como una… —se rió de sí misma— como una electricidad. Mira, no es miedo. Pero tampoco es normal. ¿Te importa si duermo contigo esta noche?

Me lo preguntó pegada a mi cara, con el aliento a jerez todavía dulce. No supe contestar. Me dio un beso sonoro en la mejilla y siguió tirando de mi brazo.

Al entrar en mi dormitorio entendí por qué Octavia nos había alojado juntas. Sobre la cama de matrimonio, a ambos lados, había dos picardías casi idénticos, uno azul marino y otro negro, plegados con un cuidado que parecía burla.

—¿Lo ves? —dijo Daniela.

—No lo veo. No quiero verlo todavía.

Se rió. Empezó a desnudarse delante de mí sin pedir permiso. Se quitó la camisa, después la falda, después el sostén. Se quedó sólo con las bragas y se las bajó hasta los tobillos sin dejar de mirarme.

—¿Yo te gusto? —preguntó.

Bajé la cabeza. No supe qué cara poner. Cuando la levanté, sus manos ya estaban en los botones de mi blusa.

***

Salimos del dormitorio sin ponernos los picardías. Cogidas de la mano, descalzas, atravesamos el pasillo hacia la habitación de Octavia como si nos llamaran desde dentro.

Por el otro extremo del pasillo aparecieron Tomás y Yasmín, también cogidos de la mano, también desnudos. Ninguno se sorprendió. Era como si los cuatro hubiéramos firmado un acuerdo del que sólo Octavia tenía copia.

Yasmín empujó la puerta entornada. Octavia estaba sentada en el centro de su cama enorme, con una túnica turquesa abierta hasta la cintura y los ojos verdes brillándole en la penumbra.

—Os esperaba.

Las tres mujeres subimos a la cama. Daniela a su izquierda, yo a su derecha. Yasmín se ovilló a los pies como una gata que ya conoce el lugar. Tomás se quedó de pie, sin saber dónde meterse.

Fue entonces cuando me di cuenta de lo que Octavia llevaba bajo la túnica. Un arnés con un consolador largo, oscuro, atado a sus caderas con tres correas de cuero. Lo había estado escondiendo durante toda la cena.

—Tomás —dijo, con voz baja—. Quiero que las poseas. Una por una, aquí, delante de mí. Empieza por quien tú elijas.

Le tendió la mano y a mí me hizo bajar del lecho.

***

Lo que siguió pertenece a otra mujer, no a la que había firmado el contrato la semana anterior. Tomás vino hacia mí transformado, con una autoridad que no le había visto nunca en la oficina. Me agarró por la muñeca, me hizo arrodillarme y me dio órdenes que en horario laboral le habrían costado el puesto. Octavia, sentada en la cama, dirigía con monosílabos.

Después le tocó a Daniela. La sacó de la cama del pelo, sin violencia real pero sin pedir disculpas, y la dobló sobre el colchón delante de Octavia. Daniela cerró los ojos y se dejó hacer.

Cuando Tomás estaba a punto de terminar, Octavia levantó una mano. Él se detuvo en seco, como si el gesto le hubiera apagado un interruptor.

—Ahora ella —dijo Octavia, señalando a Yasmín.

Y Tomás, que un minuto antes nos había tratado como muñecas, se acercó a la doncella con una ternura que dolía mirar. La besó despacio, le acarició la cara, se acostó con ella en el suelo junto a la cama. Octavia los observó hasta que Tomás se vino con un gemido largo y se quedó tendido, dormido como un crío al lado de Yasmín.

Octavia lo empujó con el pie hasta dejarlo aparte, en la alfombra. Después se volvió a mirarnos a las tres.

—Y ahora —dijo, abriéndose la túnica del todo—, ahora ya os puedo decir a qué habéis venido en realidad.

***

De aquella madrugada con Octavia, Daniela y Yasmín no voy a contar los detalles. No por pudor: porque hay cosas que se cuentan mal y prefiero no estropearlas. Diré sólo que descubrí en una noche más sobre el cuerpo de las mujeres que en treinta y dos años de vida obediente, y que la boca de Daniela en el interior de mis muslos canceló, definitivamente, una versión anterior de mí misma.

A las seis de la mañana arrastramos a Tomás entre las tres hasta su habitación. Pesaba más dormido que despierto. Lo dejamos sobre la cama, le pusimos un brazo cruzado sobre el pecho para que tuviera buena pinta al amanecer y volvimos a nuestros cuartos.

Daniela y yo nos duchamos juntas. Nos dimos los besos lentos que no nos habíamos podido dar antes, con tiempo, sin público, con el agua tibia cayéndonos encima. A las siete bajamos al desayuno.

Tomás ya estaba allí. Cara de niño que ha dormido bien, sonrisa amable, ningún rastro de la noche anterior en los ojos. Le acariciaba la pierna a Yasmín por debajo de la mesa con una discreción que no engañaba a nadie.

—¿Habéis dormido bien? —nos preguntó—. Yo como un bebé.

Yasmín, Daniela y yo nos miramos. Él no recordaba nada, o casi nada. Recordaba a Yasmín en el jardín, recordaba haber subido con ella a una habitación. El resto se lo había llevado Octavia, fuera lo que fuera lo que sabía hacer.

***

Octavia bajó la última. Llevaba un vestido negro y los ojos despiertos de una mujer que ha dormido las horas justas.

—Buenos días. ¿Cómo estamos hoy, chicas? —Y mirando a Tomás, que se había levantado caballerosamente a apartarle la silla, añadió—: Usted, ya veo, perfectamente.

Tomás sonrió sin entender la ironía.

La campaña fue un éxito. Tomás se ofreció esa misma mañana para volver a la oficina y coordinar desde allí, decisión que aceptamos sin comentarios. Daniela se convirtió en mi mano derecha y, el fin de semana siguiente, en algo más que no me apetece poner por escrito todavía.

Pero eso, como decía siempre mi madre cuando se quedaba sin manera de explicar las cosas, es otra historia.

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Comentarios (1)

Maru_reads

Que buen relato!!! Me dejó enganchada desde el primer párrafo y no pude parar hasta el final.

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