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Relatos Ardientes

La tarde que Mariana cruzó la línea conmigo

Me llaman Vera, aunque ese no es mi nombre real, y este es el primer relato que comparto. Tengo treinta y dos años, dos hijos pequeños y un matrimonio que terminó hace dos veranos. Desde entonces vivo sola con los niños en un departamento del barrio sur, y aprendí a robarle horas a la noche para ser otra cosa que madre.

Quien me conoce de pasada me imagina una mujer recatada. Cara redonda, labios pequeños, cejas arqueadas que heredé de mi abuela. Cuando cruzo la calle con una falda corta, siento las miradas pegándose a mis caderas como una segunda tela. Mi cuerpo nunca acompañó a mi cara: soy ancha de atrás, con piernas torneadas de tanto subir escaleras cargada de bolsas, y un trasero que llena cualquier licra que me ponga para correr por el parque. Me gusta lo que provoco. Me gusta más todavía lo que nadie sospecha de mí.

Antes del matrimonio había estado con otras mujeres, en la facultad, más por curiosidad que por urgencia. Después de tener a los chicos guardé esa parte mía en un cajón. La saqué la noche que voy a contar.

Mariana es mi vecina del tercer piso. Tiene veintidós años, una hija de tres y un novio que aparece y desaparece sin avisar. Es más baja que yo, con la piel del color del trigo y unos pechos enormes que ella misma a veces odia. Nos hicimos amigas en el patio del edificio, hablando de pañales y de exparejas, y desde hace meses tenemos la costumbre de juntarnos a tomar algo cuando los chicos están con los abuelos.

Aquel sábado hacía un calor pegajoso. Mariana subió a casa con dos botellas frías de vino blanco, una pollera ligera y la cara recién lavada. Mi hija se había ido con el padre. Su hija dormía en lo de la abuela. La tarde era nuestra.

—Necesito olvidarme de Damián una hora —dijo, dejándose caer en el sillón.

—Yo te puedo ayudar con eso —contesté, sirviéndole la primera copa.

Hablamos al principio de cosas sin importancia. La maestra de mi hijo, el patio del edificio, una serie que ella estaba mirando. Pero a la segunda copa el aire cambió. Empezamos a contar intimidades. Cuántos meses llevábamos sin que nadie nos tocara. Cuándo había sido la última vez que un beso nos había dejado el cuerpo tibio.

—Yo ya no me acuerdo qué se siente —confesó ella, mirándose las uñas.

—Mentirosa.

—En serio. Damián, cuando viene, no me besa. Va al grano. Termina y se va a fumar.

—Te creo, pero te falla la memoria. Un beso bien dado se recuerda toda la vida.

Ella levantó la vista. La pregunta estaba ahí, suspendida entre las dos, sin que ninguna se animara a decirla.

—Demostrámelo —dijo al fin, casi en broma.

Yo dejé la copa sobre la mesa.

—¿En serio?

—En serio.

Me acerqué despacio para darle tiempo a arrepentirse. Le aparté el pelo de la cara, le sostuve la nuca con la mano y la besé como hacía años que no besaba a nadie. Al principio se quedó quieta, con la boca apenas entreabierta, igual que una nena que prueba algo nuevo. Después se animó. Me devolvió el beso con la lengua y con los dientes, y se subió el pulgar al borde de mi remera buscando piel.

—Esto es raro —murmuró cuando se separó.

—No tiene que serlo.

—Entonces no me detengas.

Tampoco pensaba detenerme.

***

La llevé al borde del sillón y me arrodillé entre sus piernas. Le bajé los breteles del top sin apuro, dejando que la tela se rindiera sola. Sus pechos eran tan grandes como me los imaginaba: redondos, con la areola oscura y los pezones ya tensos por la espera. Los tomé en las manos como quien sopesa algo precioso. Después bajé la cabeza y empecé a recorrerlos con la lengua, sin tocar todavía la punta, dibujando círculos amplios que se iban cerrando.

—No te detengas —repitió ella, ahora con la voz quebrada.

Cerré los labios alrededor de un pezón y lo succioné con fuerza. Mariana arqueó la espalda y se aferró al respaldo del sillón. Pasé al otro pecho, mordí con cuidado, soplé sobre la piel mojada. Cada respuesta suya me alentaba a ir más lento, a darle el placer en cucharaditas hasta que estuviera pidiéndolo.

Le desabroché la pollera y la tiré al piso. Llevaba una bombacha de algodón blanco, sencilla, que se le pegaba al pubis. La mancha de humedad ya se notaba en el medio. Le pasé un dedo por encima de la tela y la sentí estremecerse de la cintura para abajo.

—Vení —le dije.

—¿A dónde?

—Al baño. Antes de seguir, quiero algo.

***

La metí en la ducha conmigo. Hice correr el agua tibia, justo a la temperatura del cuerpo, y nos quedamos las dos un rato bajo el chorro, sin tocarnos, mirándonos. Enjabonarla fue la parte más larga y la más necesaria. Mariana había llegado tensa, avergonzada, repitiendo que no entendía cómo había terminado desnuda con su vecina. Yo necesitaba bajarle ese ruido de la cabeza antes de seguir.

Le pasé la esponja por los hombros, por la espalda, por la curva de la cintura. Le levanté un pecho con la mano y le froté el costado con espuma. Ella cerró los ojos. Cuando se relajó del todo, mi mano dejó la esponja y se metió entre sus muslos. Le abrí los labios con dos dedos y los recorrí, sin entrar, sin presionar el clítoris, sólo midiendo cuánto me esperaba ya por dentro.

Estaba empapada de un modo que no tenía nada que ver con el agua de la ducha.

—Salí —le ordené—. Andá al living. Te quiero ahí esperándome.

—¿Y vos?

—Yo busco lo que me falta.

***

En mi cajón guardo dos cosas que no muestro a nadie. Un vibrador chiquito de color violeta, que cabe en la palma de la mano y succiona el clítoris en lugar de estimularlo por contacto. Y un consolador negro de silicona con ventosa, grueso como mi muñeca, de unos treinta centímetros. Lo compré una noche de insomnio y al principio me asusté de su tamaño. Después aprendí a usarlo conmigo. Esa noche quería usarlo con ella.

Volví al living envuelta en una toalla. Mariana estaba tirada en la alfombra, con las piernas separadas y la mano izquierda apoyada sobre el pubis, sin tocarse pero a punto. La luz de la lámpara le pintaba la piel de un dorado tibio.

—Sacá la mano —le dije.

—Me estaba aguantando.

—Aguantá un poco más.

Me arrodillé entre sus piernas. Aparté la toalla, le mostré el vibrador violeta y se lo apoyé entre los muslos sin encenderlo todavía. Bajé la cabeza y le pasé la lengua por toda la vulva, de abajo hacia arriba, lento, con la parte ancha de la lengua. Ella soltó un quejido largo. Lo repetí. Y otra vez. Después cerré los labios alrededor del clítoris y empecé a marcar un ritmo, primero suave, después más insistente, mientras dos dedos míos entraban y salían en un compás distinto, deliberadamente desacompasado, para que el cuerpo no se acostumbrara.

Encendí el vibrador en el nivel más bajo y se lo apoyé donde estaba mi lengua. El cambio fue inmediato. Mariana se puso a temblar de las rodillas para arriba, levantó la cadera del piso, me agarró del pelo. Yo la mantuve ahí, al borde, sin dejarla terminar. Cuando la sentía a punto, bajaba la intensidad o cambiaba de zona. La quería desesperada antes de pasar al consolador.

—Por favor —pidió, y la palabra le salió rota.

—¿Por favor qué?

—Lo que sea. Algo. No me dejes así.

Saqué el consolador negro de atrás del sillón, donde lo había dejado escondido al volver del cuarto. Cuando lo vio, los ojos se le abrieron grandes.

—No me va a entrar.

—Te va a entrar todo. Confiá en mí.

Lo apoyé sobre su vulva sin meterlo. Empecé a frotarlo de arriba hacia abajo, dejando que la silicona se mojara con ella misma. Ella levantaba la cadera buscándolo, queriendo tragárselo, y yo lo retiraba apenas un milímetro. Ese juego duró largo rato. Cuando ya no podía más, cuando tenía la frente brillante de sudor y la boca abierta para respirar, le introduje la punta. Despacio. Mirándole la cara. Centímetro a centímetro, esperando que su cuerpo me dijera cuándo seguir.

Entró completo. Lo dejé adentro un momento, quieto, mientras ella se acostumbraba. Después empecé a moverlo. Salidas largas, entradas firmes, sin apuro. Con la otra mano volví a apoyarle el vibrador violeta sobre el clítoris, esta vez en un nivel más alto. La combinación la hizo gritar.

—Voy a explotar —dijo, casi sin voz.

—Explotá.

Las piernas se le pusieron rígidas. La cadera se arqueó hacia arriba y se quedó suspendida un segundo. Y entonces sentí el chorro tibio empapándome la mano y la alfombra. Mariana se llevó las dos manos a la cara, mitad placer mitad incredulidad, y dejó escapar una risa que era casi llanto.

—Nunca me había pasado —murmuró cuando recuperó el aire.

—Lo sé.

—¿Cómo lo sabés?

—Se nota.

***

La dejé dormida sobre la alfombra, tapada con la toalla, con el pelo pegado a la frente y la respiración todavía irregular. Saqué el consolador con cuidado, lo enjuagué en el bidet y lo guardé otra vez en el cajón. Después me senté en el sillón, abrí las piernas y me ocupé de mí misma. Lo necesitaba. La había tenido en mi boca casi una hora y no había recibido nada a cambio, pero no me importaba demasiado: el placer de manejarla así, de llevarla al borde y devolverla, había sido suficiente para tenerme húmeda desde el primer beso.

Tardé poco. Una mano abajo, la otra en un pecho, los ojos cerrados y la imagen de ella temblando contra mi lengua. Cuando terminé me quedé un rato mirando el techo, escuchándola respirar a mi lado, sabiendo que la mañana siguiente íbamos a tener que hablar de esto.

Esa conversación, y todo lo que vino después, va a ser tema de otro relato.

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Comentarios (1)

Eli_Cba

Buenísimo!!! me encantó, seguí publicando por favor

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