La amiga del videojuego con la que crucé los límites
Hace unos ocho años, después de mucho darle vueltas, terminé una relación que me había marcado más de lo que estaba dispuesta a admitir. Era una dinámica de ama y sumisa, completamente virtual, que había sostenido durante casi seis meses con una chica de Guadalajara a la que nunca llegué a ver en persona. Se llamaba Mariela, y al principio fue una experiencia preciosa: aprendí sobre mí, sobre mis límites, sobre cuánto podía aguantar y cuánto podía pedir. El bdsm me abrió una puerta que ni siquiera sabía que existía, y todavía hoy le agradezco a esa primera relación el haberme enseñado a hablar de mis ganas sin disculparme.
El problema fue que, con el paso de los meses, lo que era un juego compartido empezó a oler raro. Mariela quería más control del que habíamos acordado y yo empezaba a sentirme atrapada incluso a través de una pantalla. Discutíamos por audios, ella se ofendía por silencios míos de pocas horas, me revisaba la última conexión en cada aplicación. Lo que debía ser un espacio seguro se había convertido en una cárcel pequeñita y muy ruidosa.
Tomé la decisión de cortar de la forma más madura que pude. Le escribí un mensaje largo, sin reproches, explicando que necesitaba aire y que no quería que termináramos peleadas. Ella me respondió con frialdad, pero respetó la salida. Cerré la pestaña, apagué el teléfono y me quedé mirando el techo de mi cuarto durante un rato muy largo.
Después vino el luto. Porque sí, una relación virtual también se llora. Estuve dos o tres meses bastante apagada, sin ganas de buscar a nadie, dedicada al trabajo y a series que me hicieran reír sin pedirme nada a cambio. Pensé que tardaría mucho más en volver a interesarme por otra mujer.
***
Y entonces apareció Renata.
La conocí en un videojuego de realidad virtual parecido a los Sims, donde la gente arma su casa, decora su avatar y se junta en bares falsos a hablar de cosas reales. Yo había entrado a matar el aburrimiento, sin más intención que probar el visor que me había regalado mi hermano. Llevaba apenas veinte minutos paseando por una plaza pixelada cuando vi un avatar acodado contra una farola, fumando un cigarrillo virtual con una pose que no podía ser azarosa.
El avatar era una chica de pelo corto, hombros anchos, jeans rotos y una camisa de cuadros abierta sobre una camiseta blanca. La estética me hizo sonreír. Me acerqué, le mandé un saludo y ella me respondió con un emoji y una invitación a sentarme en el banco de al lado.
Hablamos casi dos horas esa primera noche. Me dijo que se llamaba Renata, que tenía veintiséis años, vivía en Rosario y trabajaba en una librería independiente. No era mucho mayor que yo. Tenía esa forma de escribir directa, con humor seco, sin emojis innecesarios, que me hizo sospechar que la persona detrás del avatar valía la pena.
Al tercer encuentro virtual ya nos habíamos pasado el número de una aplicación parecida a Messenger para seguir hablando fuera del juego. Ahí empezó otra cosa.
***
Renata me mandó la primera foto suya real una semana después, sin que yo se lo pidiera. Era una selfie en el espejo del baño de su casa, con el pelo mojado y una toalla rodeándole el torso. No era una foto pretenciosa, pero a mí me hizo cortar la respiración en el colectivo en el que iba.
Físicamente era distinta a todas las chicas que me habían gustado antes. Yo siempre había caído por mujeres muy delgadas, casi etéreas, ese estereotipo de modelo que una se traga sin darse cuenta. Renata era lo opuesto: curvy, con caderas anchas y brazos fuertes, con esa actitud de jugadora de fútbol femenino que entrenaba tres veces por semana y se notaba. Tenía la mandíbula marcada, las cejas espesas, un piercing pequeño en el labio inferior. Era lo que algunas llaman tomboy, y yo nunca me había permitido reconocer cuánto me gustaba ese tipo de mujer hasta que tuve su foto en la pantalla.
Le respondí con un audio.
—No tenés idea de lo que me hiciste —le dije, riéndome para disimular.
Ella me devolvió otro audio.
—Algo me imagino. Mandame una vos.
Lo hice. Una foto cualquiera, en mi cuarto, con la luz amarilla del velador y una remera grande que me llegaba a media pierna. No estaba intentando seducirla y aun así, cuando ella respondió con un «no quiero pensar en lo que estoy pensando», entendí que la línea ya estaba más fina de lo que admitíamos.
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Las semanas siguientes fueron una pendiente suave. Pasamos de hablar todos los días a hablar todo el día. Nos mandábamos audios mientras una iba al supermercado y la otra cocinaba. Nos contábamos los sueños raros apenas nos despertábamos. Nos quejábamos del trabajo con un nivel de detalle que solo se le dedica a alguien con quien se está construyendo algo, aunque ninguna de las dos quisiera ponerle nombre.
Una noche, después de un día largo, me escribió un mensaje que decía simplemente «¿podemos llamarnos?». Era la primera vez. Hasta entonces, todo había sido por audios o por texto. Le dije que sí.
Su voz en directo era más grave de lo que esperaba, y se reía más seguido. Hablamos de pavadas durante una hora hasta que me pidió que apagara la luz. Le pregunté por qué.
—Porque quiero escucharte mejor —dijo, y noté cómo cambiaba el tono.
Apagué la luz. Me quedé en silencio, mirando el techo, esperando.
—Contame qué tenés puesto.
Se lo conté. Después me contó ella. Después dejamos de contarnos cosas para empezar a hacérnoslas. Yo había tenido sexo telefónico antes, pero nunca había sido así, con alguien que parecía saber exactamente cuándo bajar la voz y cuándo callarse para que mi imaginación llenara el silencio. Cuando colgué, estaba temblando, con el corazón en la garganta, sin entender muy bien qué acabábamos de cruzar.
Al día siguiente, ella me escribió primero.
—No me arrepiento de nada.
Yo tampoco. Y así, sin firmar ningún papel, nos convertimos en amigas con derecho.
***
Durante casi diez meses fuimos exactamente eso: dos amigas que se acostaban a la distancia. Hablábamos todos los días de cosas serias y de boludeces. Nos mandábamos memes a las tres de la tarde y fotos sin ropa a las dos de la mañana. Aprendimos los tiempos de la otra, sus ciclos, qué noches estaban demasiado cansadas y qué noches necesitaban algo concreto para no pensar en el día siguiente.
Renata era generosa de una forma que a mí me daba vértigo. Me preguntaba qué me gustaba, lo apuntaba, lo repetía después. Me leía en voz alta capítulos de libros que sabía que yo no había leído, solo para escucharme suspirar cuando llegaba a una frase que me iba a tocar. Una vez me mandó una lista de canciones con un orden tan específico que me hizo llorar la primera vez que la escuché entera.
Yo le devolvía lo que podía. Sobre todo le devolvía espejo. Renata llegaba a esta historia con la autoestima hecha tiritas. Tenía una relación complicada con su cuerpo, con esas curvas que a mí me volvían loca y que ella había aprendido a odiar en algún momento entre la adolescencia y los veinte. Le costaba sacarse fotos enteras, prefería los pedacitos: el cuello, una clavícula, una rodilla. Y yo me dediqué, sin teorizarlo demasiado, a nombrarle todo lo que veía. A decirle por qué la quería desnuda, qué partes me hipnotizaban, cómo se le marcaban los músculos cuando levantaba los brazos para acomodarse el pelo.
No era estrategia. Era verdad. Pero entiendo, con el tiempo, que ese tipo de verdad sostenida también es una forma de hacer crecer a alguien. Y Renata creció. Empezó a mandarme fotos enteras, sin filtros, sin disculpas. Un día me dijo que había vuelto a entrenar dos veces por semana, no para adelgazar, sino porque le gustaba sentirse fuerte. Otro día me mandó una foto en bikini en una pileta de un amigo, con una sonrisa que no le había visto nunca antes.
—Gracias —me escribió esa tarde.
—¿Por qué?
—Vos sabés por qué.
Y sí, yo sabía.
***
El final llegó como llegan estas cosas: sin anuncio y con muchísima delicadeza.
Una tarde de jueves me escribió que necesitaba contarme algo. Yo estaba en el trabajo y le pedí que esperara hasta la noche. Cuando volví a casa, abrí la conversación con un nudo que ya no me dejaba el estómago.
Me contó que se había encontrado por casualidad con Lorena, una ex pareja con la que había vivido tres años y que la había dejado muy mal. Se habían cruzado en un cumpleaños, habían hablado durante horas, y Lorena le había pedido perdón por cosas que Renata creía que iba a esperar toda la vida en silencio.
—Quieren volver a intentarlo —escribió.
Me quedé mirando la pantalla mucho tiempo. Sentí varias cosas al mismo tiempo, ninguna fácil. Tristeza, obvio. Algo parecido a la rabia, también, pero más sorda. Y, debajo de todo eso, una especie de orgullo raro, porque la Renata que volvía con Lorena no era la misma Renata que se había sentado conmigo en el banco de la plaza pixelada. Esta Renata sabía lo que quería y, sobre todo, sabía lo que merecía.
—¿Estás segura? —le pregunté.
—Sí.
—Entonces andá. En serio.
Hablamos un rato más. Le dije que lo nuestro siempre había sido casual, sin compromiso, y que era verdad. Que no le debía explicaciones a nadie por haberse permitido sentir lo que sintió conmigo, y que tampoco me las debía a mí. Que yo me iba a apartar para que su relación tuviera espacio para respirar, y que no la iba a buscar más por privado.
—¿Vamos a seguir siendo amigas? —preguntó.
—Algún día sí. Ahora no.
Cerré la aplicación, apagué el visor de realidad virtual que llevaba meses sin usar y me serví una copa de vino. Me senté en la cama y me permití llorar un rato, no demasiado, lo justo para reconocer que la quería más de lo que había estado dispuesta a admitir mientras la tenía.
***
De Renata no supe casi nada durante los meses siguientes. Una vez vi una foto suya en una historia compartida por un amigo en común: estaba abrazada a Lorena, con la cabeza apoyada en su hombro y esa misma sonrisa que me había mandado en la foto de la pileta. La cerré rápido y seguí caminando.
Yo, por mi parte, conocí a un chico unos meses después. Salimos casi tres años, vivimos juntos un tiempo, terminamos bien. Pero esa es otra historia, y la voy a contar en otro relato, porque merece su propio espacio y no ser un anexo de este.
Lo que sí quiero dejar acá, porque es lo que se me quedó pegado todos estos años, es esto: Renata fue la primera mujer con la que entendí que el deseo no necesita papeles ni etiquetas para ser real. Que se puede querer a alguien con todo el cuerpo y, al mismo tiempo, soltarla cuando lo que necesita está en otro lado. Que ayudar a otra mujer a quererse no te convierte en su salvadora ni en su dueña, te convierte simplemente en alguien que pasó por su vida y dejó algo bueno.
A veces, cuando me cruzo con alguna chica curvy y tomboy en el subte, con jeans rotos y una mandíbula que me recuerda a la suya, sonrío para adentro y le mando un saludo silencioso a Renata, esté donde esté. Y vuelvo a casa con la certeza de que lo nuestro, aunque haya pasado a través de pantallas y avatares, fue tan real como cualquier otra cosa que me haya tocado vivir.