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Relatos Ardientes

La bibliotecaria me esperaba en el sótano de libros

A Lucía le faltaba una semana para el último examen del curso y ya soñaba con cerrar los libros para siempre. El calor de finales de primavera había convertido su habitación en un horno, así que cada tarde recogía sus apuntes, cruzaba el pueblo y se refugiaba en la biblioteca municipal.

El edificio era una vieja casona del siglo XVIII con paredes gruesas y techos altos. Por dentro lo habían reformado por completo: tubos de aire acondicionado discretos, lámparas regulables, mesas largas de madera oscura. Olía a barniz, a papel y a algo más, algo metálico que Lucía no había sabido identificar hasta esa semana.

El olor era el perfume de Helena, la bibliotecaria.

Helena había vuelto al pueblo hacía un año, después de casi dos décadas viviendo en Lyon. Era rubia, de la misma estatura que Lucía, con el pelo siempre recogido en un moño tan tenso que parecía dolerle. Lo que más impresionaba de ella eran los ojos: azul grisáceo, fríos como un cuchillo recién sacado del cajón. Cuando Lucía entraba y saludaba, Helena respondía con un movimiento mínimo de cabeza y una sonrisa que no llegaba a serlo.

Esa noche, como tantas otras, Lucía pasó delante del mostrador y se dirigió a la parte trasera de la planta baja. Allí casi nunca había nadie, y la lámpara de su mesa proyectaba un círculo de luz cálida sobre los apuntes. Sintió la mirada de Helena clavada en la espalda hasta que se sentó, y notó cómo el coño se le humedecía sin haber hecho nada, solo por saber que aquellos ojos grises la estaban desnudando desde el mostrador.

***

Lo que Lucía no sabía era que el viernes anterior, Helena la había visto en otro sitio.

Había sido en un local discreto de la ciudad cercana, uno de esos sitios sin cartel donde se entraba por una puerta lateral y se enseñaba un carné a la entrada. Helena había ido con Adriana, una amiga de juventud que se había quedado en el pueblo mientras ella se marchaba a Francia. Ambas compartían el mismo gusto por la Dominación, aunque cada una lo había refinado a su manera.

Adriana había encontrado a Lucía en la barra y, con esa paciencia de cazadora que tenía, la había convencido en menos de una hora. Cuando Helena volvió con dos refrescos, encontró a la chica con un antifaz puesto, sentada en un banco bajo, mientras Adriana le retiraba la blusa botón a botón con la punta de una pequeña daga.

Helena se quedó en las sombras, sosteniendo los vasos. Adriana trabajaba despacio, deteniéndose entre cada botón para acariciar con el filo plano la piel desnuda. Lucía respiraba cada vez más rápido, y bajo la falda subida hasta medio muslo se le notaba una mancha oscura en las bragas blancas. Cuando la blusa cayó, Helena entendió que la chica no llevaba sujetador. Los pezones se le habían puesto duros como piedras, dos puntas rosadas que Adriana se dedicó a pellizcar con dos dedos hasta hacerla gemir. Le retiró el cinturón y lo dejó sobre una silla. Helena lo recogió sin que Lucía la viera. Cuando la chica se inclinó para bajarse el pantalón, el primer azote vino del cinturón, no de la fusta. Le cruzó las nalgas con un chasquido seco y Lucía dio un respingo, arqueando el culo hacia atrás sin darse cuenta de que estaba pidiendo el segundo. Adriana aprovechó para meterle dos dedos en el coño desde delante, comprobar lo mojada que estaba y enseñárselos a Helena, brillantes, antes de metérselos en la boca a la propia Lucía. Lucía nunca supo, esa noche, que habían sido dos manos las que se ocuparon de ella, ni que la lengua que después le lamió el clítoris hasta hacerla correrse gritando contra la mordaza tampoco había sido la de Adriana.

***

Una semana después, Lucía intentaba concentrarse en un tema de derecho mercantil. No podía. A las diez de la noche se levantó y fue al baño. Cuando salió, Helena estaba en el pasillo, lavándose las manos. Sus miradas se encontraron en el espejo. Helena no la apartó. Lucía sí, y agachó la cabeza al pasar, sintiendo cómo el vestido veraniego de tirantes —el mismo que había elegido sabiendo que la espalda le quedaba descubierta— se le pegaba a las piernas.

Volvió a su mesa y abrió el libro. Las letras se le movían. Veinte minutos después, Helena pasó camino al almacén y, al pasar junto a ella, hizo un gesto sutil con dos dedos. Ven.

No iba a ir. Claro que no iba a ir.

Lucía cerró el libro y la siguió.

***

La puerta del fondo daba a una sala enorme que ella no había visto nunca. Hileras y más hileras de estanterías de madera oscura subían hasta el techo, llenas de libros que olían a polvo antiguo. Helena la esperaba en el primer pasillo con una tableta en la mano.

—Mira lo que has estado pidiendo, Lucía —dijo con voz baja, mostrándole la pantalla.

Era una lista. La lista de préstamos asociada a su carné. Lucía la miró y notó cómo se le iba la sangre de la cara. Las obras del Marqués de Sade. Historia de O. Venus de las pieles. Tres ensayos sobre prácticas BDSM contemporáneas. Diarios de una sumisa.

—Si quieres, me puedes explicar este —dijo Helena tocando con la uña el título de Pauline Réage.

Lucía abrió la boca, pero no le salió nada.

—También te diría que el viernes pasado te vi en el local que ya sabes —añadió Helena, apoyando una mano en la estantería y reduciendo a un palmo escaso el espacio entre sus bocas—. Una amiga muy querida me ayudó con tu blusa. Y yo te lamí el coño hasta que te corriste como una perra en celo. ¿Te acuerdas de esa lengua? Era la mía.

Lucía sintió cómo se le aceleraba todo. La cara, las manos, la respiración, el coño, que empezó a latirle con fuerza contra la costura de las bragas. Helena olía a aquel perfume metálico que llenaba la biblioteca entera. Antes de que pudiera contestar, la otra mujer le metió tres dedos por debajo del vestido, apartó la tela de las bragas y hundió el corazón dentro de ella. Lucía gimió con la boca abierta contra la madera de la estantería. Helena la sacó, se llevó los dedos empapados a la nariz, los olió y sonrió.

—Como el viernes. Sígueme.

***

En el suelo, entre dos estanterías, había una trampilla con un aro de hierro. Helena la levantó. Una escalera de caracol bajaba a oscuras. Lucía descendió detrás de ella, agarrándose al pasamanos frío, mientras los peldaños de madera crujían a cada paso. A medio camino notó dos manos en su espalda. Los corchetes del vestido cedieron con un chasquido seco y la tela cayó hasta la cintura. Helena le pellizcó los dos pezones a la vez, tirándolos hacia atrás hasta arrancarle un jadeo, y se los retorció con una crueldad tranquila mientras le lamía el cuello de arriba abajo.

—Sigue bajando —dijo Helena desde abajo.

Cuando llegó al sótano, las mismas manos terminaron de bajarle el vestido por las caderas y le ordenaron quitarse las bragas. Lucía obedeció, descalza, en una habitación cuyo techo no veía. El suelo de piedra estaba sorprendentemente caliente. Helena le recogió las bragas del suelo, se las pasó por la cara y comprobó, con una sonrisa despectiva, que estaban empapadas de arriba abajo.

—Chúpalas —dijo, metiéndoselas en la boca—. Quiero que sepas a lo que sabes tú.

Lucía obedeció, con la tela de algodón empapada de su propio flujo entre los dientes.

—Las manos delante.

Lucía dio dos pasos hacia la voz. Sus muñecas se apoyaron en algo que parecía una tabla con dos semicírculos tallados. Helena cerró la pieza superior con un golpe firme. Era un cepo. Lucía quedó inclinada hacia delante, con la cabeza y las manos inmovilizadas y el resto del cuerpo expuesto: el culo en pompa, las piernas separadas, el coño abierto a la altura perfecta de las manos de cualquiera que pasara por detrás.

—Estás temblando —dijo Helena—. Y empapada. Mírate esos muslos, tienes los dos pringosos hasta la rodilla. Eres muy poco discreta para alguien que estudia tanto.

Lucía sintió una lengua entre las nalgas, sin previo aviso, lamiéndole desde el clítoris hasta el ojete con una lentitud desesperante. Helena se detuvo justo cuando Lucía empezaba a empujar el culo hacia atrás pidiendo más. Después oyó pasos y algo silbó en el aire antes del primer impacto. La vara de avellano le dejó una línea de fuego que le subió por la columna hasta los dientes. Lucía gritó, y Helena le encajó una mordaza de cuero entre los labios antes del segundo azote. Llegaron diez en total. Lucía contó los primeros cinco; después perdió la cuenta. Entre azote y azote, Helena le pasaba dos dedos por el coño y comprobaba en voz alta cómo la muy zorra estaba cada vez más mojada.

—Mira esto —le decía, enseñándole los dedos brillantes por delante—. Cuanto más te pego, más te empapas. Eres exactamente lo que pensaba que eras.

Lo que vino después no lo vio venir. Notó las manos de Helena en sus caderas y, luego, algo grueso y frío empujando despacio entre sus piernas. Helena se había puesto un arnés que Lucía nunca llegaría a ver, con una polla de silicona de un tamaño que le hizo abrir mucho los ojos cuando la sintió estirarle el coño. El grosor del juguete crecía hacia la base. Entró lubricada por el propio flujo de Lucía, centímetro a centímetro, hasta hacerle gemir contra la mordaza. Helena la tomó con calma al principio, con embestidas largas y profundas que le rozaban el fondo, y después con una brusquedad cada vez mayor, mientras una mano le agarraba el moño que ella tenía deshecho y la otra le repartía cachetes rápidos y sonoros en las nalgas ya marcadas por la vara.

—Así, perra —le decía Helena entre embestidas, con la voz apenas alterada—. Aprieta ese coño, apriétalo bien, que se note que llevas semanas pidiéndomelo. Te leí en los ojos el primer día que entraste en mi biblioteca. Sabía que eras una zorra sumisa. Lo sabía cuando pedías esos libros. Lo supe cuando te vi el culo el viernes. Y ahora te lo estoy demostrando yo a ti.

Sacó la polla entera, la volvió a empujar de golpe hasta el fondo y Lucía chilló contra el cuero. Helena mantuvo el ritmo, cada vez más duro, chocando el pubis contra las nalgas rojas de Lucía con un sonido húmedo y carnoso que resonaba en el sótano. Con la mano libre le buscó el clítoris por debajo y se lo empezó a frotar en círculos rápidos, sin dejar de follarla.

—Por ser la primera vez en mi sótano —dijo Helena, con la respiración apenas alterada—, te dejo correrte. Córrete en mi polla, delante de mí, y hazlo fuerte.

Y la dejó. Lucía se corrió contra la madera del cepo con un sonido sordo, apretando el coño alrededor del juguete en oleadas largas, casi orinándose, con un hilo de saliva escapándose por debajo de la mordaza. Helena la mantuvo empalada mientras el orgasmo la sacudía entera, sin dejar de mover el dedo sobre el clítoris hinchado, alargándoselo hasta hacerla sollozar. Después se retiró despacio, con un chasquido húmedo, y Lucía notó cómo un chorro tibio le resbalaba muslos abajo.

—Mira lo que has dejado en mi suelo —dijo Helena.

Le abrió el cepo, le sacó la mordaza y, antes de nada, la obligó a arrodillarse. Se quitó el arnés, cogió la polla brillante de flujo y se la puso delante de la boca.

—Límpiala. Con la lengua. Entera.

Lucía la lamió de arriba abajo, con los ojos cerrados, saboreándose a sí misma. Cuando terminó, Helena le pasó dos dedos por el mentón, recogió lo que le había caído y se lo metió en la boca. Después le pasó el vestido por la cabeza y se lo abrochó por la espalda como una madre que viste a una niña, sin darle bragas: las suyas se las guardó Helena en el bolsillo del pantalón.

—Te vas manchada a casa. Sin bragas. Que se te note en la falda cuando cruces la biblioteca. Eres una perra.

Lucía asintió.

—Por cierto, estás bien musculada. ¿Vas al gimnasio?

Le tendió una tarjeta blanca con un número de teléfono y una palabra: Camila.

—Unas amigas mías han abierto un sitio. Tienen un horario reservado a chicas bisexuales o lesbianas, preferiblemente sumisas. Las dos monitoras vienen del mundo militar. Pregunta por Camila y enséñale la tarjeta. Ahora vuelve a estudiar.

***

Lucía dejó pasar el examen final. Aprobado o suspenso, ya le daba igual. Tenía el verano entero por delante.

Al día siguiente fue al gimnasio. Era un local discreto en un polígono industrial, sin cartel a la calle. Detrás del mostrador apareció una mujer de pelo rubio rapado al cero, camiseta verde militar y pantalones cargo con muchos bolsillos. Tenía los antebrazos llenos de venas y los ojos color miel.

—Tú debes ser la nueva recluta —dijo, leyendo la tarjeta—. Ven al despacho, zorrita.

Le susurró la última palabra al oído, y de paso le mordió el lóbulo hasta hacerle daño.

En el despacho, Camila se sentó al borde de la mesa y la dejó de pie. Sin avisar, le metió una mano por debajo de la falda y comprobó que seguía sin bragas.

—Helena me ha avisado. Buena chica.

Le hundió dos dedos hasta los nudillos, los movió dentro con una lentitud desesperante, se los sacó y los olió.

—Imagino que Helena te ha contado lo justo. Si estás aquí y vienes de su parte, eres sumisa. Las reglas son simples. Durante la hora de entrenamiento estás desnuda. Puedes ser usada por mí, por Sabrina —la otra monitora— o por cualquiera de las sumisas con las que entrenes. Helena y Adriana pueden venir cuando quieran. Tu culo recuerda a Adriana, ¿verdad?

Lucía bajó la mirada y asintió.

—El grupo es solo de Amas y sumisas. Todas tenéis gustos parecidos. Si quieres entrenar fuera del horario también puedes venir, pero entonces llevas leggins y camiseta verde como las nuestras. ¿Aceptas?

—Sí, Señora.

—Buena chica.

Le hicieron la ficha, pagó la cuota del mes y le dieron la primera convocatoria: esa misma tarde, presentación a las nueve.

***

Llegó media hora antes y se cambió en el vestuario. Salió desnuda al gimnasio, con el corazón latiéndole en las orejas y los pezones tiesos por el aire acondicionado. Camila la esperaba apoyada en una barra olímpica. Sin decir nada le cogió el mentón y la besó con una calma que Lucía no le había visto, metiéndole la lengua hasta el fondo y mordiéndole el labio inferior al retirarse. Con la otra mano le agarró un pecho entero y le pellizcó el pezón hasta arrancarle un gemido. Luego apareció Sabrina, morena, ojos azul claro, con un cuerpo más estilizado que el de Camila pero igual de duro. Le dio un azote casi cariñoso en una nalga, después se agachó y le pasó la lengua por la raja del culo, de abajo hacia arriba, con una calma tranquila.

—Qué grupa más bonita —dijo, sin mirarla a la cara—. Y qué coñito más mojado. Bienvenida.

Lucía se sintió como un trozo de carne expuesto en un mostrador, y le sorprendió descubrir que esa sensación le encantaba.

Llegaron las demás. Con Lucía eran seis: una pelirroja muy delgada, una morena con tatuajes en las costillas, una mujer de unos cuarenta con el pelo gris cortado a navaja, otra muy joven con cara de no saber dónde se había metido, y otra que parecía llevar meses entrenando, porque saludó a las monitoras como si las conociera de toda la vida, y de hecho, al saludar a Camila, se arrodilló y le lamió las botas antes de levantarse.

—Cinco kilómetros en la cinta. Empezamos —ladró Camila.

***

La primera media hora fue de calentamiento, pesas y series de cuerpo. El sudor empezó a brillar sobre las pieles, y con él aumentó el olor del gimnasio, un olor a feromonas espeso y dulce, a coños abiertos y a piel caliente. Camila y Sabrina se paseaban entre las máquinas corrigiendo posturas. Una mano en la cadera para enderezar una sentadilla. Un dedo bajo el mentón para subir la mirada. Caricias rápidas en un pecho cuando alguien lo hacía bien. Un dedo que entraba dos centímetros en un coño y salía brillante, para comprobar el estado. Cada gesto era a la vez una corrección y una recompensa.

A la media hora exacta, Sabrina detuvo el cronómetro.

—Pausa de cinco minutos. Acercaos.

Las seis se reunieron en círculo. Sabrina sacó de una caja seis balas vibradoras pequeñas, plateadas, y un bote de lubricante. Camila se lo iba pasando a cada una. Lucía se la introdujo despacio, mordiéndose el labio para no hacer ruido, notando cómo el metal frío desaparecía dentro de su carne caliente. Sabrina recogió los seis mandos y los dejó en un cestito de mimbre sobre una banqueta.

—Segunda media hora. Mismo programa. Si me equivoco yo, lo siento. Si os equivocáis vosotras, lo sentís vosotras.

***

Los errores leves se castigaban con un fustazo en la espalda alta. Los errores graves, con un fustazo que dejaba marca. Pero los aciertos también se premiaban. Camila o Sabrina cogían un mando del cesto y activaban la bala de la que había ejecutado bien el ejercicio. Dos segundos al principio, cuatro segundos después, ocho segundos cuando llevaban veinte minutos.

A Lucía la corrigieron tres veces. Las tres fueron suaves. La premiaron seis. En la sexta, la bala vibró doce segundos seguidos mientras estaba en plancha, con los codos temblando, y casi se cayó al suelo. Sintió cómo el clítoris se le hinchaba contra la carcasa vibrante y cómo el coño empezaba a apretarlo por dentro sin permiso.

—Aguanta, recluta —dijo Camila, agachada a su lado, metiéndole dos dedos por debajo para comprobar cómo estaba de mojada—. No te corras todavía. Te aviso yo cuándo. La primera zorra que se corra sin permiso se lleva la fusta entera.

Lucía apretó los dientes y aguantó. La bala se apagó justo cuando iba a explotar.

La última serie fue un circuito completo. Cinco estaciones, dos minutos en cada una. Cuando terminó, Camila levantó la mano.

—Ahora.

Las seis balas se activaron a la vez, al máximo. Lucía se dejó caer sobre las colchonetas, con las piernas abiertas y las manos agarrándose el pelo. El orgasmo le subió desde los pies, la atravesó entera y la dejó gritando contra el hombro de la pelirroja delgada que se había desplomado a su lado. Algunas chicas se corrieron en silencio, otras gritaron, una se echó a reír. Lucía no supo en qué grupo había caído porque dejó de oírse a sí misma. Cuando por fin abrió los ojos, tenía los muslos empapados hasta las rodillas y a Sabrina de pie encima de ella, mirándola con los brazos cruzados y una media sonrisa.

—Buena recluta.

***

Las duchas eran comunes y largas. Las monitoras se ducharon con ellas. Sabrina la enjabonó de arriba abajo, deteniéndose mucho en los pechos y en la raja del culo, metiéndole dos dedos jabonosos en el coño para «limpiarla por dentro», mientras Camila se acercaba por detrás, le mordía la nuca y le pellizcaba los pezones bajo el chorro caliente. Una de las otras sumisas —la pelirroja delgada— se arrodilló frente a Lucía sobre las baldosas mojadas, le abrió las piernas con las manos y le clavó la lengua en el clítoris. Lamió con hambre, chupó, metió la lengua dentro, volvió a subir. Camila le agarró el pelo a Lucía por detrás y le echó la cabeza hacia atrás para obligarla a mirar al techo mientras se corría otra vez, con la boca abierta, con un gemido largo que rebotó en los azulejos. Salió del gimnasio con las piernas flojas, el pelo mojado, el coño palpitando y una sonrisa que no le cabía en la cara.

En la calle, el móvil le vibró en el bolso. Era un mensaje sin saludo y sin firma.

«Casa de campo. Viernes a las ocho. Tres días. Trae poca ropa.»

Lucía releyó el mensaje. ¿Quién se había creído Helena? ¿Que era su sumisa? Sonrió mirando la pantalla y, antes de guardarse el móvil, escribió una sola palabra de respuesta.

Sí, Señora.

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Comentarios(9)

LauraF_88

Que relatazo!! me dejo sin palabras de verdad

MiradaFurtiva

De los mejores que lei en esta categoria, tiene tension y un ritmo que te atrapa. Felicitaciones

SandraOct

Me encanto! aunque se hizo corto, quiero saber que paso despues :)

Wanderer_74

jaja me recordo a algo que me paso en una biblioteca hace años, aunque no tan interesante como esto xD

Cintia_RO

Muy bien escrito, tiene ese morbo justo que no se hace pesado. Espero mas relatos asi

NatiLectora

Dios mio que final, no me lo esperaba para nada. Tremendo!!

SofiaRB

Me encanto el ambiente que creaste, se siente tan real. Sigue escribiendo asi!

GabrielaBsAs

Saludos desde Buenos Aires, muy lindo relato. Me gusto como planteas la tension desde el primer parrafo, sin apurarse

DiegoSR92

increible, lo lei de un tiron

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