La morena del gimnasio me esperaba en el vestuario
Desde aquel encuentro fugaz con la madre de una compañera de la universidad descubrí que me atraen las mujeres con curvas marcadas, esas que llenan la ropa y caminan como si supieran lo que llevan encima. La morena del gimnasio no fue la excepción.
Antes de que sigan leyendo, conviene que me ubiquen. Tengo veinticinco años, llevo casi cuatro experimentando con otras mujeres y nunca con un hombre. Mido un metro setenta, soy de piernas largas y bien torneadas, pelo negro lacio hasta la mitad de la espalda y un piercing pequeño en el ombligo. Mis pechos no son grandes, pero los pezones se me marcan bajo cualquier remera. Soy delgada, con cadera definida, y desde los veintitrés entreno casi todos los días sin saltarme ni uno.
Esa rutina la había hecho mil veces. Llegaba al gimnasio del barrio de Bellavista a las siete de la tarde, cuando empezaba a vaciarse de hombres sudados y quedaba un puñado de chicas dispersas entre las máquinas. La primera vez que la vi por el reflejo del espejo perdí el ritmo del press de hombros y se me escapó la mancuerna al piso.
Era alta, más alta que yo, morena de piel cobriza, con el pelo negro recogido en una cola que le caía hasta los omóplatos. Llevaba un top deportivo negro y unas calzas grises que se le ajustaban como una segunda piel. Los pechos no eran grandes —dos copas, calculé al vuelo— pero abajo era otra historia. El culo se le levantaba con cada paso, redondo, firme, exagerado en esa proporción que solo unas pocas tienen sin parecer caricatura.
Me di cuenta de que la estaba mirando con la boca entreabierta cuando un tipo a mi lado tosió fuerte. Bajé la vista, fingí estirar el cuello, volví a la serie. Pero cada cinco minutos los ojos se me iban hacia ella como si tuvieran voluntad propia.
Los siguientes días empecé a calcular sus horarios. Si yo entraba a las siete menos cuarto, ella aparecía a las siete y diez. Se quedaba una hora exacta y desaparecía hacia el vestuario. Yo terminaba mi serie a las ocho y la seguía con la excusa de ducharme. Siempre la encontraba tapada con una sudadera oversized, cepillándose el pelo frente al espejo o atándose los cordones para irse. Ni una mirada. Ni un gesto. Solo esa sonrisa de costado que me hacía pensar que sabía exactamente que yo estaba ahí por ella.
Una tarde llegué temprano y, contra mi costumbre, no la vi en la sala. Hice la rutina con un humor agrio, como si me hubieran cancelado una cita que nunca había pactado. Cuando entré al vestuario para cambiarme la remera empapada, escuché tacones detrás de mí. Era ella.
Venía vestida de oficina. Una falda de tubo gris que le abrazaba las caderas, una camisa blanca abierta dos botones de más, blazer al brazo y tacones bajos color hueso. Hablaba por teléfono con alguien y la voz le salía contenida, como si estuviera discutiendo en susurros. Me clavé la mirada en mi propio reflejo y fingí buscar algo dentro de la mochila.
Ella se sentó en el banco a tres metros, sin cortar la llamada. Dejó el blazer a un lado, soltó los tacones y empezó a desabrocharse la camisa con una mano mientras sostenía el teléfono con la otra. Yo no me animaba a respirar fuerte.
—Te dije que no vuelvas a llamarme a esta hora —murmuró al auricular, con un tono que me apretó algo muy adentro—. Estoy en el gimnasio. No, no me interesa.
La camisa cayó sobre el banco. Debajo llevaba un sostén de encaje negro que contrastaba con la piel oscura de los hombros. Lo desabrochó como si nada, como si yo fuera invisible o como si no lo fuera y eso fuera precisamente la idea. Los pechos se le soltaron, pequeños pero perfectos, con los pezones erectos y oscuros. Tragué saliva tan fuerte que estoy segura de que se escuchó hasta la recepción.
Después vino la falda. La bajó por las caderas con una sola mano, y cayó alrededor de los tacones como un trapo descartado. Llevaba una tanga negra mínima, que se perdía entre las nalgas como si nunca hubiera estado puesta. El culo era una obra de arte. Redondo, lleno, sin una sola estría, dividido por esa línea oscura que la tanga apenas insinuaba.
No me importa que me vea mirándola. Quiero que me vea.
—Tengo que cortar —dijo de pronto al teléfono, y cortó sin esperar respuesta.
Me puse rígida. Sentí cómo se ponía de pie y caminaba hacia donde yo estaba. No me animé a girarme. Por el espejo vi que se había puesto las calzas y un top, pero seguía descalza. Se acercó hasta que su reflejo quedó al lado del mío. Olía a un perfume cítrico mezclado con un dejo suave de transpiración limpia.
—¿Te gustó lo que viste? —dijo, mirándome a través del espejo.
Abrí la boca para responder, pero no me salió la voz. Ella sonrió esa sonrisa de costado y siguió hablando.
—Llevás semanas mirándome. ¿Pensabas que no me había dado cuenta?
—No, yo… —tartamudeé.
Me puso un dedo sobre los labios. Estaba tibio y olía a crema de manos.
—No expliques nada. Salí, hacé tu rutina. Después volvé acá. Te espero.
Se calzó las zapatillas sin atárselas, agarró su botella y salió del vestuario como si no acabara de prenderme fuego con dos frases.
***
No sé cómo aguanté esos cuarenta minutos. La veía moverse entre las máquinas, levantar peso muerto con una facilidad que me daba vergüenza, hacer sentadillas profundas que me dejaban sin aire. Las calzas grises se le transparentaban en la parte más tensa, y yo, desde la cinta, no podía dejar de mirarle el contorno de la tanga marcándose bajo la tela.
A las ocho menos cuarto se fue hacia el vestuario. Esperé cuatro minutos exactos, conté las pulsaciones del reloj, dejé los guantes en la cesta y la seguí. Entré con el corazón golpeándome contra las costillas.
Estaba apoyada contra el lavabo del fondo, brazos cruzados, mirándome venir. El vestuario estaba vacío. Los últimos cubículos quedaban en el rincón más oscuro, lejos de la puerta principal y de cualquier oído indiscreto.
—Pensé que no ibas a venir —dijo.
—Pensaste mal.
Caminé hacia ella sin frenar. La empujé contra los azulejos fríos y la besé. Fue un beso que no tenía suavidad. Ella me agarró del pelo, me devolvió el mordisco, me clavó las uñas en la cintura por encima de la remera. Su boca sabía a menta y a algo más oscuro, como sed contenida durante semanas.
—¿Cómo te llamás? —le susurré entre besos.
—Renata. ¿Importa?
—No.
La empujé hacia el último cubículo. Trabé la puerta con el pestillo. El espacio era apenas el suficiente para los dos cuerpos. La giré de cara a la pared y le bajé las calzas hasta los tobillos de un solo tirón. La tanga se le había hundido todavía más en la raja del culo. Le pasé la lengua desde la base de la espalda hasta la nuca, sintiéndole el escalofrío recorrerle la piel.
—Mirá lo mojada que estás —le dije, deslizando dos dedos por encima del encaje. Ella gimió bajito, conteniéndose.
Me arrodillé. Le bajé la tanga lo justo para tener acceso completo. El culo le quedó a la altura de mi cara, dividido, tibio, oloroso a piel y a perfume mezclado con su propia humedad. Le abrí las nalgas con las dos manos y le pasé la lengua de abajo hacia arriba, lento, con toda la lengua extendida, recogiendo el sabor salado. Ella se aferró al borde del inodoro para no resbalarse.
—Por favor —pidió en un susurro—. Más.
La obedecí sin discutir. Le hundí la lengua entre los labios desde atrás, le rocé el clítoris con la punta, le mordí la nalga izquierda con cuidado de no dejarle marca. La sentí temblar entera. Le metí dos dedos en la vagina mientras seguía lamiéndola, y con el pulgar le rodeé el otro agujero sin presionar, solo dibujando círculos suaves. Renata se mordió el antebrazo para no gritar.
Cuando sentí que estaba a punto, me puse de pie y la giré. Le subí una pierna sobre la tapa del inodoro, le quité la tanga del todo y volví a arrodillarme. Tenía el sexo brillante, los labios hinchados, el clítoris asomado y rojo. Le acerqué la boca sin tocarla, le soplé apenas, y ella me empujó la cabeza contra su pubis con las dos manos, sin paciencia para más juegos.
La devoré. Le chupé el clítoris con un ritmo regular, le metí tres dedos primero y al rato cuatro, le acaricié el otro agujero con el meñique mojado de saliva. Ella levantaba la pelvis, contenía los gritos contra el dorso de la mano, decía cosas que yo apenas entendía. «Así, no pares, así, así». A los pocos minutos sentí que se le tensaba todo el cuerpo, que se le acalambraba la pierna apoyada, que un torrente tibio me bañaba la barbilla. Se vino con el cuerpo arqueado contra los azulejos, y a mí me corrió un cosquilleo desde la nuca hasta la base de la espalda.
Le di unos segundos para que recuperara el aire. Le besé el interior del muslo. Le subí la tanga, le acomodé las calzas, le acaricié la cadera con la palma abierta.
—Tu turno —dije.
Renata me agarró de los hombros y me hizo apoyar la espalda contra la puerta del cubículo. Se arrodilló frente a mí con la misma decisión con la que yo me había arrodillado segundos antes. Me bajó las calzas con un solo movimiento limpio, me corrió la bombacha hacia un costado y dejó la mano apoyada sobre mi muslo sin tocar todavía nada más. Levantó la vista. Sonrió.
—La próxima vez vení a las siete menos cuarto —dijo—. Tenemos una hora entera antes de que empiece a llegar la gente.
Y enterró la cara entre mis piernas como si no quisiera salir nunca más de ahí.