El secreto que compartí con mi compañera de piso
Lo que voy a contar me lo guardé durante meses, y todavía me arde la cara al escribirlo. Pero quien lo lea entenderá por qué necesitaba sacarlo de dentro. Es mi primer año fuera de casa, contado tal como lo viví, aunque haya cambiado algún nombre por pudor.
Me llamo Carla. Pelo castaño ondulado, pecas que salen con el sol, cuerpo de las que corren cada mañana junto al río. Tengo diecinueve años y el otoño pasado me mudé a un piso compartido en Ruzafa, ese barrio de Valencia que ya no es tan obrero pero todavía huele a horno y a calle estrecha. El edificio era viejo, fachada amarillenta, un ascensor que tardaba una eternidad y un portal que olía siempre a la freiduría de abajo.
Mis padres viven en Paterna. Mi madre es administrativa en una mutua, callada y obsesionada con que coma verdura. Mi padre repara coches, manos siempre negras, me llama «princesa» y se pone nervioso si menciono que salgo con alguien. Tengo una hermana tres años menor que me manda memes todo el día.
El primer día de clase de Periodismo entré al aula oliendo a café quemado. Me senté en la tercera fila porque odio las de delante. A mi lado se dejó caer una chica con mochila rosa pastel y los auriculares colgando del cuello.
Se llamaba Noelia. Mi edad, pero parecía de otro planeta. Pelo negro larguísimo y liso, piel morena de playa, ojos verdes enormes, labios carnosos con un brillo transparente y un cuerpo de bailarina: cintura fina, caderas que se movían solas, pecho alto que desafiaba la camiseta corta que llevaba aquel día. Un piercing diminuto en el ombligo asomaba cuando se estiraba.
—Madre mía, qué calor hace aquí dentro —dijo abanicándose con el horario.
Le sonreí. Olía a vainilla y a algo floral y caro.
—Soy Carla.
—Noelia. ¿Tú también vienes muerta de sueño o soy yo?
Nos pasamos toda la hora escribiéndonos por debajo de la mesa. Al salir ya habíamos quedado para tomar algo después de la última clase. Una semana más tarde, cuando supe que en mi piso quedaba libre la habitación del medio, fue ella quien la ocupó.
***
El piso era pequeño: tres dormitorios y un salón con un balcón minúsculo que daba a un patio de tendederos y gatos. Yo dormía al fondo, Noelia en el del medio, el más luminoso, y el tercero lo alquilaba un chico de intercambio que casi nunca aparecía. Pagábamos lo justo y nos turnábamos para limpiar el baño.
Las primeras semanas fueron un torbellino. Clases por la mañana, biblioteca por la tarde, cañas en alguna terraza al atardecer. Noelia salía con un chico de segundo, un tal Iván, alto y tatuado, que traía al piso alguna noche. Yo los oía a través de la pared fina. Ella gemía sin vergüenza, y yo me quedaba quieta en la cama, la mano dentro del pantalón corto del pijama, escuchando, imaginando.
Yo ligaba más suelto. Un chico de intercambio me besó hasta el cuello en el baño de un bar una noche de octubre. Otro, un compañero de clase, me llevó a su residencia una tarde de lluvia. Volvía al piso con el pelo revuelto, y Noelia me olía el cuello y se reía.
—Hueles a ganas, granuja —decía.
Yo me ponía roja, pero me encantaba.
***
Una noche de noviembre, después de un examen horrible, nos quedamos solas en el salón. Botella de vino barato, una serie de fondo que no mirábamos, las dos en camiseta enorme y poco más, las piernas enredadas sin darnos cuenta.
Noelia me miró fijo.
—¿Alguna vez has estado con una chica?
Negué con la cabeza, pero el corazón me latía en la garganta.
—Yo sí. En el instituto, con una amiga. Me ponía muchísimo.
Se acercó más. Su aliento sabía a vino blanco y a menta.
—¿Quieres probar?
No contesté con palabras. Me incliné y la besé. Labios suaves, lengua tímida al principio y después hambrienta. Sabía dulce. Me metió la mano por debajo de la camiseta y me pellizcó un pezón hasta que gemí contra su boca. Yo le bajé despacio la ropa interior de encaje y le separé las piernas. Estaba ya húmeda, la piel ardiendo, y cuando pasé los dedos por la raja de su coño sentí el calor pegajoso, la carne abierta esperándome. Ella levantó la cadera, impaciente, y me agarró la muñeca para guiarme.
—Así, joder… no pares.
Le metí dos dedos despacio, notando cómo me tragaba los nudillos, cómo se apretaba y se aflojaba alrededor de mí. Se arqueó, me agarró del pelo y me besó más fuerte mientras yo marcaba el ritmo, entrando y saliendo, hundiéndolos cada vez más hondo hasta que empezó a jadear con la boca entreabierta. Ella me quitó la camiseta, me chupó el pecho como si tuviera hambre, mordió suave la punta del pezón y me dejó la piel ardiendo. Después bajó la cabeza, me abrió las piernas y me lamió lenta, sin prisa, apartando los labios de mi coño con la lengua, primero alrededor, luego directo sobre el clítoris, mojándome entera. Yo le sujeté la cabeza cuando empezó a meterme dos dedos otra vez, empujando al mismo tiempo con la boca, una tortura deliciosa que me hizo perder el aire. Cuando me corrí fue temblando, las piernas cerrándose sobre sus hombros, el cuerpo entero sacudiéndose mientras ella no paraba de lamerme y de meterme los dedos hasta que me vacié en su boca. Después me puse encima, froté mi sexo contra el suyo, clítoris contra clítoris, piel caliente y resbaladiza, y nos corrimos casi a la vez, mirándonos a los ojos, respirando como si hubiéramos corrido una maratón.
***
Desde esa noche todo cambió, pero sin dramas. Seguíamos saliendo con chicos cuando nos apetecía, y a veces la otra miraba desde la puerta entreabierta. Otras noches éramos solo nosotras: ella me ponía a cuatro patas en su cama y me decía cosas al oído que me hacían empujar hacia atrás pidiendo más.
En Navidad volví a Paterna. Mi madre me preguntó por unas marcas en el cuello y mentí, dije que era un chico. Mi padre gruñó algo sobre tener cuidado. Noelia se fue a Sagunto, donde su madre le hizo comida casera y le preguntó si ya tenía novio; ella se rio y dijo que tenía a alguien especial. Volvimos en enero más unidas que nunca. El piso seguía oliendo a café, a calle y ahora también a nosotras.
***
Febrero llegó como un bofetón frío. El viento se colaba por las rendijas y, si no encendíamos la calefacción, el termómetro caía en picado. Pero el barrio empezaba a encenderse: era temporada de fiestas de invierno, calles con luces y terrazas a pesar del frío, y nosotras dos teníamos el cuerpo cargado de ganas tras las vacaciones.
El primer fin de semana salimos solas, abrigos gruesos sobre ropa corta porque nos daba igual el frío si era por morbo. Caminamos entre instalaciones de luz que cambiaban de color sobre las fachadas, y nos besábamos en cada esquina oscura, la lengua lenta, las manos colándose bajo la ropa. En un túnel estrecho de luces de neón, con la gente a pocos metros, Noelia me empujó contra la pared.
—Quítate la ropa interior aquí —me susurró, la voz ronca.
Me reí, nerviosa, miré alrededor. Pero le hice caso. El aire frío me golpeó cuando ella deslizó la mano entre mis piernas, dos dedos directos, moviéndolos despacio mientras me besaba el cuello. Me abrió bien los labios del coño con la mano, buscó mi humedad y se la llevó en un gesto lento a la boca, mirándome con una sonrisa sucia.
—Te encanta que puedan vernos, ¿verdad?
Asentí, mordiéndome el labio para no gritar. Alguien pasó cerca y nos miró raro, pero siguió. Noelia me hizo deslizarme el abrigo abierto y me lamió por encima de las medias, luego me metió los dedos otra vez, profundo, sin dejar de besarme. Yo me corrí rápido, temblando contra su mano, con las luces parpadeando tras mis párpados cerrados.
Volvimos al piso empapadas de lluvia y de nosotras. Nos quitamos la ropa en el pasillo, dejando un rastro de abrigos y botas, y caímos en su cama, la grande, contra la ventana del patio. Esa noche fue larga y lenta: me tumbó boca arriba, me abrió las piernas y me folló con los dedos hasta dejarme temblando, luego me puso encima de su cara y me hizo correrme otra vez lamiéndome sin descanso, mientras yo le agarraba el pelo y le decía que me comiera mejor, más duro, que no aflojara. Nos quedamos dormidas abrazadas, todavía con la respiración entrecortada.
***
El carnaval llenó el barrio de disfraces y fiestas improvisadas. Una noche acabamos en un local temático cerca del centro. Yo de diablilla, Noelia de ángel caído, bailando pegadas entre cuerpos sudados. Un chico disfrazado de pirata se acercó, alto, sonrisa confiada, y nos invitó a copas. Terminamos los tres en un rincón apartado: él me besaba el cuello mientras Noelia me lamía el pecho, después intercambiaron. Me abrió la falda, me metió la mano entre las piernas y me encontró empapada; el pirata me metió dos dedos mientras Noelia se desnudaba el pecho y le chupaba la boca a él, turnándose sin vergüenza. Luego Noelia se arrodilló delante de mí y me devoró el coño con ganas, la lengua firme y los dedos de él entrando y saliendo por detrás de mis muslos hasta que me corrí casi a la vez, él con cuidado y con protección, nosotras la una en la mano de la otra. Volvimos a casa al amanecer y nos duchamos juntas, el jabón resbalando, besos lentos bajo el agua caliente, sus manos resbalosas recorriéndome las tetas, el vientre y el coño hasta hacerme volver a respirar fuerte.
En la universidad las cosas se pusieron intensas: parciales, trabajos en grupo hasta tarde. Una tarde, en una mesa apartada de la biblioteca, Noelia llevaba falda corta y nada debajo, según me dijo al oído. Me metió la mano bajo la mesa y me masturbó despacio mientras yo fingía leer apuntes, tapándome la boca para no gemir, las piernas temblando en silencio. Sus dedos iban y venían, encontrando el punto exacto, y cuando me rozó el clítoris con la yema del pulgar tuve que cerrar los muslos para aguantarme.
***
Marzo y abril pasaron en un borrón de trabajos, noches de estudio y escapadas a bares donde nos besábamos sin disimulo. Por la diada del libro paseamos entre puestos de novelas y rosas. Noelia me regaló un poemario con anotaciones suyas y una rosa blanca; yo le di un colgante con una llave diminuta y le dije que era la de mi cuerpo. Acabamos el día en una bodega de tapas, achispadas de vermut, y volvimos al piso a querernos despacio sobre una pila de libros abiertos, oliendo a papel y a rosas aplastadas. Nos desnudamos sin prisa, dejando caer la ropa al suelo, y ella me hizo sentarme a horcajadas sobre su cara; me sujetó por las caderas y me lamió con una paciencia cruel hasta que me temblaron las piernas. Luego la hice girarse, le separé las nalgas y le metí los dedos en el coño mientras le mordía el cuello, oyéndola jadear entre risas y juramentos.
En mayo apareció una tercera. Se llamaba Sandra, veinte años, compañera de Noelia en otra asignatura. Menuda, pelo rubio muy corto, ojos claros, pecas por toda la cara y el pecho, cuerpo delgado de curvas suaves. Venía de un pueblo del interior y se declaraba bisexual desde el instituto. Nos había visto besarnos en un pasillo y, en vez de apartarse, sonrió y dijo que le parecía bonito.
Una tarde la invitamos al piso. Empezamos con cervezas en el balcón, hablando de chicos, de chicas, de fantasías. Sandra confesó que le ponía la idea de un trío con una pareja estable. Noelia y yo nos miramos. La besé a ella primero, después a Sandra, y terminamos las tres en el salón, turnándonos manos y bocas hasta corrernos en cadena: primero Sandra temblando, después Noelia, y yo mirándolas hasta acabar también. Le bajamos los pantalones a Sandra, le chupamos las tetas una cada una, y mientras una le metía los dedos la otra le besaba el coño por encima de los muslos. La dejamos jadeando contra el sofá, y cuando me tocó a mí me follaron entre las dos, una con la boca en mis pezones y la otra lamiéndome abajo hasta que vi blanco. Desde entonces se unió alguna noche, nunca fija, pero siempre con alguna idea nueva bajo el brazo.
***
Junio llegó como un incendio. El calor pegajoso, las noches sin dormir por los exámenes finales. Cuando acabaron las clases lo celebramos en una fiesta junto al puerto, aprovechando que la ciudad estaba tomada por la música. Íbamos las tres, vestidas con lo mínimo, el sudor brillando en la piel mientras retumbaban los altavoces sobre la arena.
Allí conocimos a Gonzalo. Cuarenta y cinco años, divorciado, arquitecto, dos hijos que vivían con su exmujer. Alto, pelo corto con canas en las sienes, barba recortada, una sonrisa calmada que contrastaba con el caos de la fiesta. Nos invitó a copas porque, dijo, parecíamos las que mejor se lo estaban pasando. Olía a colonia cara y a mar. Acabamos los cuatro en una zona apartada, cerca del agua.
—¿Subís a tomar la última con más calma? —propuso, sin prisa.
Subimos. Empezó con besos repartidos, las manos por todas partes, y terminamos los cuatro enredados en la penumbra, con cuidado y con protección siempre. A mí me tomó despacio primero y duro después, mientras Noelia y Sandra se besaban mirándome y se tocaban. Sus dedos me abrieron el coño y él me folló con una cadencia firme, sacándome gemidos que me hacían arquear la espalda; luego me giró, me puso de espaldas y me volvió a entrar, la respiración pesada en mi oído. Cuando todo terminó nos pidió que acabáramos juntas frente a él, y eso hicimos, las tres a la vez, tocándonos y lamiéndonos hasta corrernos otra vez. No fue posesivo; solo nos dejó su número por si alguna vez queríamos repetir, sin compromisos.
***
El curso acabó a mediados de junio. Aprobé por los pelos. Volví unos días a Paterna: mi madre me abrazó fuerte, mi padre gruñó un «bien hecho, princesa», mi hermana me pidió cotilleos y le conté una versión muy descafeinada. Noelia se fue a Sagunto, Sandra se quedó de camarera para el verano.
Noelia y yo nos quedamos una semana más en el piso, antes de que terminara el contrato. Nos despedimos despacio, habitación por habitación, riéndonos y llorando un poco a la vez.
Casi nueve meses después, todavía huelo su vainilla en mis dedos algunas noches. Ella me escribe desde Sagunto, mensajes que me hacen sonreír sola en la cama. Sandra manda audios diciendo que el próximo curso habrá más. Y Gonzalo escribió ayer, por si andamos por la ciudad este verano.
El primer año se acabó. Pero esto, lo que descubrí de mí misma, creo que no ha hecho más que empezar.