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Relatos Ardientes

Mi profesora particular me encontró a mitad de camino

Ilustración del relato erótico: Mi profesora particular me encontró a mitad de camino

Otra vez lo mismo. Otra profesora particular, otra ronda de verbos que se me escapaban de la cabeza como agua entre los dedos. A mis veintidós años había terminado la universidad siendo buena en casi todo, pero el inglés seguía siendo mi muro. Y ahora lo necesitaba de verdad: había aplicado a un puesto en el extranjero y solo me separaba de él un examen de idioma que llevaba meses postergando.

—Te lo digo, Mara, esta mujer es otra cosa —me había dicho mi hermana cuando me pasó el contacto—. Una amiga del trabajo estudió con ella y aprobó a la primera.

—Eso mismo me dijiste de la anterior —respondí, sin mucha fe.

—Esta es distinta. Abrí la mente, dale una oportunidad.

Si yo hubiera sabido lo literal que iba a ser eso de abrir la mente, me habría reído menos.

El día de la primera clase me arreglé más de lo que admitiría en voz alta. Me dije que era pura estrategia: si le caía bien, quizás fuera menos exigente. A veces mi cabeza inventa justificaciones absurdas para cosas que ni yo entiendo.

A las cinco en punto sonó el timbre. Abrí la puerta y me quedé sin aire.

Frente a mí había una mujer que no llegaría a los treinta y cinco. Alta, de cabello ondulado cayéndole sobre los hombros, delgada pero con esa firmeza que delata horas de gimnasio. Y los ojos. Verdes, profundos, con una manera de mirar que me encendió algo en el pecho sin que yo pudiera ponerle nombre.

—Hola, mucho gusto. Soy Renata Quiroga, voy a ser tu profesora a partir de hoy —dijo, y noté cómo su mirada bajó un instante de mis ojos a mis labios.

—Hola, soy Mara Belmonte —respondí, y los nervios me delataron la voz—. Y voy a ser tu nueva estudiante a partir de hoy.

Cerré los ojos por dentro. ¿Por qué dije eso? ¿Qué clase de presentación fue esa?

Ella se rió, suave.

—Sí, eso quedó claro. Disculpá, estoy acostumbrada a presentarme formal, pero contigo me parece que no hace falta tanta ceremonia, ¿no?

—Para nada —dije, intentando recuperar el control—. De hecho, podés decirme Mara a secas.

—Perfecto, Mara a secas. Y vos decime Renata. ¿Empezamos?

—Así me gusta, estudiantes con entusiasmo —agregó ella, sonriendo, sin tener la menor idea del verdadero motivo de mi entusiasmo.

Porque la verdad es que me gustó. Me gustó muchísimo. Me gustó que se viera femenina sin maquillarse de más, dejando a la vista sus rasgos naturales. Me gustó cómo le quedaban los jeans, marcándole unas piernas trabajadas que me hicieron imaginar el resto. Me gustó esa energía tranquila y dominante que irradiaba, y esa sonrisa que me recorrió la espalda como un escalofrío.

Yo había estado con un par de mujeres antes, lo suficiente para tener clarísimo que los hombres no me interesaban. Y esa noche, mientras Renata me explicaba la diferencia entre dos tiempos verbales que olvidé al instante, supe que su nombre era el que iba a gemir cuando me quedara sola.

***

Las clases resultaron mucho mejores de lo que esperaba. Explicaba con una paciencia que ninguna profesora anterior había tenido, y por algún motivo absurdo yo quería que se sintiera orgullosa de mí. Empecé a estudiar de más, a hacer ejercicios que ni me había mandado, solo para ver su gesto de aprobación.

Pasó un mes y mi obsesión no aflojaba. Aprovechaba cada segundo para mirarla: sus manos al señalar una página, la forma en que se acomodaba el pelo detrás de la oreja, el modo en que fruncía apenas la boca cuando yo me equivocaba. Y cada vez que la clase terminaba, me iba prácticamente corriendo a mi cuarto a calmar lo que ella encendía.

Con solo verla se me empapaba la ropa interior. Sentía los latidos del corazón directo entre las piernas, un revuelo en el estómago que no me dejaba concentrarme en nada. Esa última hora de inglés se me había vuelto la más difícil de soportar.

Y a veces creía notar algo en ella también. Una mirada que se quedaba un segundo de más, una pregunta personal de la nada, un roce que parecía buscado. O quizás todo me lo estaba inventando yo, hambrienta de que fuera verdad.

—Bueno, Mara, en este mes avanzaste un montón —me dijo una tarde, tomándome las manos entre las suyas—. Estoy muy orgullosa de vos.

—Gracias, Renata —respondí, tratando de disimular el temblor que su contacto me provocó—. Yo también estoy contenta.

—Nos vemos la próxima semana. Que tengas linda tarde.

—Igualmente, hermosa —solté, sin el menor pudor.

Ella levantó una ceja, con una sonrisa coqueta, y se marchó.

***

Apenas escuché la puerta principal cerrarse, fui directo a mi habitación. Mis padres no estaban y mi hermana vivía afuera hacía años, así que por una vez no tenía que tragarme los gemidos. Lo que no noté, con las prisas, fue que la puerta de mi cuarto había quedado mal cerrada.

Necesitaba venirme pensando en ella. Otra vez. Me saqué el pantalón y la ropa interior, me tiré en la cama y, sin pensarlo demasiado, me hundí dos dedos.

—Ah, sí, Renata —murmuré—. Así, justo así.

Con la mano libre me busqué los pechos, me apreté los pezones hasta que la punzada se volvió placer. Aceleré el ritmo, arqueé la espalda. Ya sentía que iba a tener que cambiar las sábanas de lo mojada que estaba.

—Ya casi… ya casi, Renata —jadeé—. Me vas a hacer venir si seguís así.

—Mara, me olvidé de decirte que…

La voz no estaba en mi cabeza. La voz estaba en la puerta.

Abrí los ojos de golpe. Renata estaba ahí, parada en el umbral, con las llaves del auto todavía en la mano y una expresión que tardó en pasar de la sorpresa a otra cosa muy distinta.

—Me había dejado el cargador y tu mamá me dijo que pasara… —dijo, sin terminar la frase, sin moverse.

—Renata, yo… disculpá, no sé cómo… —Me tapé con la sábana de un tirón, con la cara ardiendo.

—¿Llegaste a terminar? —preguntó, y noté cómo sus ojos se oscurecían mientras daba un paso hacia la cama.

—¿Eh?

—Me escuchaste bien, Mara. ¿Terminaste?

—No —titubeé, sin poder sostenerle la mirada—. No alcancé.

—Puedo ayudarte con eso.

Se sentó en el borde de la cama, me corrió un mechón de la cara y me besó. Despacio, apenas un roce, pero ese beso me hizo ver las estrellas, las constelaciones y el sistema solar entero.

—Sí —gemí contra su boca.

Lo siguiente que sentí fueron sus dedos bajando por mi vientre, encontrando mi clítoris ya inflamado y dibujando círculos lentos mientras me besaba el cuello. Besos profundos, mezclados con mordidas suaves que me arrancaban temblores. No iba a aguantar mucho con todo lo que llevaba acumulado.

—No tenés idea de cuánto tiempo soñé con esto —susurró, y cada palabra me subió un grado más—. De todo el deseo que tenía guardado para vos.

—Entonces no te contengas —le pedí, agarrándole la muñeca para que no parara.

—Como ordenes.

Y así me sentía: como una mujer en celo que cada vez quería más, más fuerte, más profundo. Renata aumentó la velocidad, explorándome entera, sin dejar de atender ese punto con el pulgar. Me mordía los pechos, me besaba el abdomen, me sujetaba la cintura con una firmeza que me volvía loca. Sentía que iba a desfallecer.

—Vení para mí, Mara —dijo, agitada, mirándome a los ojos y besándome de la forma más primitiva que nadie me había besado nunca.

La manera en que mi nombre salió de su boca terminó de romperme.

—Ahhh… sí, Renata —fue lo único que pude decir antes de que todo se desbordara.

Mi respiración era un desastre, el pecho me subía y bajaba sin control, la vista se me nublaba. Sin ninguna duda, había sido el mejor orgasmo de mi vida.

—Espero haberte ayudado, aunque sea un poco —dijo Renata, sacando los dedos lentamente y llevándoselos a la boca.

—No me puedo quejar —respondí, todavía sin aire.

—¿Ah, no? —Se rió de la forma más sensual que le había escuchado.

—Estuvo… increíble.

Pero por dentro no quería que terminara ahí. Quería saber a qué sabía ella, quería probarla, quería comprobar si estaba tan mojada como yo. Me incorporé, decidida, y justo entonces escuché la puerta de entrada abrirse.

—Mi mamá —murmuré.

—Tranquila, ya me iba —dijo Renata, acomodándose el cabello y recuperando la compostura como si nada hubiera pasado.

—Esperá. —Me levanté detrás de ella, la tomé de la mano y la besé. Despacio, saboreando cada centímetro de su boca, mordiéndole apenas el labio. La escuché suspirar y sonreír en pleno beso. El corazón se me disparó otra vez.

—Gracias, Renata —dije, apartándome a regañadientes.

—No hay nada que agradecer. —Y se marchó de mi habitación dejándome flotando, sin creer del todo lo que acababa de pasar.

Desde el pasillo la escuché despedirse de mi madre.

—Hoy dimos la clase en el cuarto de Mara, se sentía un poco cansada pero insistió en seguir.

—Ay, sí, conozco a mi hija, es más terca que una mula —respondió mi mamá, riendo—. Te agradezco la dedicación.

—Para mí es un placer, señora. Hasta la próxima semana.

Hasta la próxima semana. Me dejé caer en la cama con una sonrisa idiota, ya contando los días. De algo estaba segura: el inglés había dejado de ser la asignatura más difícil del año.

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Comentarios (4)

CarlaBS

Que bueno!! me encanto de principio a fin, no pude parar de leer

Moni_Ros

esperando ansiosa la continuacion!! excelente relato

lectora_curious

Me recordo a algo que viví en la facultad, esa tension de saber que el otro tambien siente algo pero ninguno se anima a dar el primer paso... muy bien escrito

PilarN_

La descripcion del nerviosismo al principio es increible, se siente muy real. Seguí escribiendo!

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