La desconocida del bar solo para mujeres
Era una noche de chicas. Salimos a celebrar mi cumpleaños, cuarenta y dos años recién cumplidos, y aunque todas estábamos llegando o pasando esa edad, nadie lo diría al vernos. Yo me cuido. Entreno casi todos los días, levanto pesas, corro cuando puedo, y a esta altura de mi vida tengo un cuerpo del que no me avergüenzo.
Me llamo Renata. Soy morena, con el pelo corto a la altura de los hombros y los ojos verdes. Mido un metro setenta y peso lo que tengo que pesar, casi todo músculo. Tengo los pechos grandes y unas curvas que la gente suele mirar más de lo que debería. Estoy separada hace años, y esa noche, sin saberlo, iba a vivir algo que jamás imaginé que podría pasarme.
Salí con Camila y Noelia, una pareja de amigas que llevaban juntas casi una década. Nos arreglamos para la ocasión. Yo me había comprado un vestido rojo, ajustado, corto y escotado. Lo vi en la vidriera de una tienda del centro, entré casi por impulso, me lo probé y supe que era mío en cuanto me miré al espejo. Mis amigas me lo confirmaron esa noche.
—Estás imposible, Renata —me dijo Camila al verme bajar—. Vas a romper corazones.
—O algo más —agregó Noelia, y las tres nos reímos.
Cenamos en un restaurante tranquilo, de buen ambiente, con velas en las mesas y música baja. Brindamos varias veces, comimos despacio, nos pusimos al día con todo lo que el trabajo y la rutina no nos dejaban contar. Hacía mucho que no me sentía tan liviana. Después de la separación me había encerrado en mí misma, y volver a salir con amigas tenía algo de reencuentro conmigo.
—¿Te animás a seguir la noche? —me preguntó Camila mientras pagábamos.
—Dale, a ver qué tal —contesté—. No quiero que esta noche se termine todavía.
—Hay un lugar a unas cuadras —dijo Noelia, mirándome con una sonrisa que no terminé de entender—. Pero te aviso una cosa: es una disco de mujeres. Solo mujeres.
Me encogí de hombros. Nunca había pisado un lugar así, pero la idea no me molestaba. Al contrario, sentí una curiosidad nueva, un cosquilleo de no saber qué iba a encontrar.
—Vamos —dije—. Hoy me animo a todo.
***
El cumpleaños cayó un viernes, así que el festejo podía estirarse hasta donde aguantáramos. La disco era distinta a las que yo solía frecuentar. Las luces eran más cálidas, la música más densa, con esos graves que se sienten en el pecho. Apenas entré, algo en el aire me puso alerta. No era miedo. Era otra cosa.
—No está nada mal este sitio —le comenté a Camila al oído—. Voy a pedir unos tragos.
Nos abrimos paso hacia la barra. En el camino vi a dos chicas besándose contra una columna, sin disimulo, como si el resto del mundo no existiera. Me quedé un segundo más de lo correcto mirándolas y seguí caminando con el corazón un poco acelerado.
—¿Estás cómoda? —me preguntó Noelia—. Si querés nos vamos a otro lado.
—No, para nada —respondí enseguida—. Tampoco se está tan mal acá.
—Como quieras. No queríamos que te sintieras rara —dijo Camila.
La disco estaba repleta. Yo me dediqué a mirar, a dejar que la vista paseara. Había mujeres de todos los tipos, todas las formas, todas las maneras de moverse. Y entonces, en la fila de la barra, la vi a ella.
Estaba apoyada en el mostrador con un trago en la mano y los ojos clavados en mí. No fue una mirada de reojo. Fue una mirada directa, descarada, de las que no necesitan permiso. Era alta, rubia, de ojos azules muy claros. Tenía un cuerpo trabajado, fuerte, de brazos firmes que tensaban la tela del vestido blanco que llevaba puesto. La piel apenas dorada por el sol. Se la notaba dueña de sí misma, segura de cada centímetro de su cuerpo, y esa seguridad era lo más perturbador de todo.
Me sostuvo la mirada hasta que fui yo la que tuvo que bajar los ojos. Me mordí el labio sin darme cuenta. Sentí calor, un calor que no venía del gentío ni del alcohol, sino de algo más profundo que no me animaba a nombrar.
Volví con mis amigas y los tragos. Hablamos, nos reímos, bebimos. Pero cada tanto, sin buscarlo, mis ojos volvían a ella, y ella ya estaba esperándome con esa mirada fija que parecía leerme por dentro.
—Vengan, chicas, vamos a bailar un poco —les pedí, más para distraerme que por otra cosa.
Nos metimos en la pista. Era extraño estar rodeada solo de mujeres, pero la estaba pasando bien, mejor de lo que esperaba. La música nos envolvió y por un rato me olvidé de todo.
Hasta que la sentí.
***
Una mano se apoyó en mi cintura. Firme, segura, sin titubear. Detrás de mí, una pelvis se acomodó contra mis nalgas y unos pechos se apretaron contra mi espalda. Me quedé inmóvil, sorprendida, sin saber si darme vuelta o seguir. La mano en mi cintura tiró de mí, me pegó más a ese cuerpo desconocido, y yo, en lugar de apartarme, me dejé llevar.
Seguimos bailando así, ella detrás, yo adelante, los dos cuerpos moviéndose al mismo ritmo. Después de un rato, una de sus manos subió despacio, muy despacio, hasta rozarme un pecho por encima del vestido. Cada vez que la cadera de ella se frotaba contra la mía, sus dedos se cerraban un poco más sobre mí. La otra mano bajó hasta mi muslo y se clavó ahí, marcando territorio.
Yo temblaba. Era una mezcla de nervios y de algo que no sentía hacía años, una excitación que me subía por la espalda como una corriente. No sabía hasta dónde iba a llegar esto, y esa incertidumbre era parte de lo que me encendía.
Apretó mi pecho derecho y empezó a jugar con él mientras me besaba el cuello. Como no me moví, como no la frené, se animó a más. Me mordió suave la piel justo debajo de la oreja y un escalofrío me recorrió entera. Entonces, con un movimiento firme, me dio vuelta para quedar frente a frente.
Era ella. La rubia de la barra.
—Me llamo Dominique —dijo, con la boca a centímetros de la mía—. ¿Y vos, hermosa?
—Yo… Renata —alcancé a decir, con la voz quebrada.
Bajó las manos hasta mis nalgas y me acercó a ella sin pedir permiso. Sus caderas se frotaron contra las mías. Una parte de mí gritaba que esto era una locura, que apenas la conocía, que debía irme. La otra parte, la que estaba ganando, no quería que se detuviera por nada del mundo.
Volvió a tocarme los pechos y se me escapó un suspiro. Con la otra mano me acariciaba el muslo, subiendo y bajando, lenta, paciente, como quien sabe que tiene todo el tiempo del mundo.
—Esperá —le pedí, sin fuerza—. Esperá un poco.
Pero ella no esperó. Puso sus labios sobre los míos y al principio me resistí, apreté la boca, intenté zafarme. Sin embargo, sus caricias no paraban, y en el fondo yo no quería que pararan. Quería que siguiera, que recorriera cada parte de mí.
Me besó los labios, el cuello, otra vez los labios. Yo ya no podía más. Mis manos se aferraron a su espalda ancha, mis caderas buscaron las suyas, y abrí la boca dejando que su lengua entrara. Nuestras lenguas se buscaron, se enredaron, y no sé cuánto tiempo estuvimos así, besándonos y acariciándonos en medio de la pista, rodeadas de gente que ni siquiera veíamos. Yo solo quería más. La quería para mí esa noche entera.
***
Me despedí de Camila y Noelia con una mirada que lo decía todo. Camila me guiñó un ojo. Salimos a la calle, Dominique pidió un auto, dio su dirección y en pocos minutos llegamos a su casa. Apenas cruzamos la puerta me llevó directo a su habitación.
Ahí nos sacamos los vestidos. Quedamos en ropa interior, mirándonos, agitadas. Su cuerpo era todavía más impresionante desnudo, todo firmeza y curvas. Nos tumbamos en la cama, una sobre la otra, y volvimos a besarnos como si fuera lo único que importara. Rodamos un par de veces sobre el colchón, riéndonos entre beso y beso, hasta que ella quedó arriba.
Sentí su peso sobre mí. Me besó el cuello, paseó la lengua por la piel, y se me escapó un gemido. Su boca bajó por mi cuerpo mientras sus manos me recorrían los pechos, los acariciaban, los apretaban. Después su lengua los encontró, y me chupó con una calma que me volvía loca.
—Me encantan tus tetas —murmuró contra mi piel.
—Y a mí me encanta cómo las besás —contesté, casi sin aire.
Siguió bajando. Besó mi vientre, mi ombligo, se acercó al borde de mi tanga y me la quitó despacio. Me abrió las piernas con sus manos firmes y hundió la cabeza entre ellas. Cuando su lengua me encontró, arqueé la espalda. Lo hacía con una destreza que me dejó sin palabras, y no tardé en sentir que todo se tensaba dentro de mí hasta soltarse en un orgasmo largo que me sacudió de pies a cabeza.
Subió y me besó, mezclando todo, y yo me dejé hacer todavía temblando.
—Ahora vos —dije, cuando recuperé un poco el aliento.
Se sentó en el medio de la cama y me pidió que me ubicara frente a ella. Enredamos las piernas, una variante de las tijeras, sus muslos sobre los míos, los míos sobre los suyos, hasta que nuestros sexos quedaron juntos. Empezamos a movernos despacio, después con más fuerza, ella empujando, yo respondiendo. El roce era intenso, húmedo, eléctrico.
—Así, no pares —me dijo, mordiéndose el labio.
—No voy a parar —le contesté entre gemidos.
Me apretaba contra ella con pasión, y yo no podía hacer otra cosa que gemir. Estaba en otro lado, perdida en una nube de placer que no quería que terminara. Seguimos así hasta que las dos llegamos casi al mismo tiempo, temblando, aferradas a las piernas de la otra.
Cuando nos repusimos, Dominique se levantó, fue hasta un mueble y volvió con un arnés y un consolador grueso que se ajustó a las caderas con una soltura que me hizo entender que aquello era parte de ella. Se subió de nuevo a la cama, me abrió las piernas y se acomodó entre ellas.
—¿Lo querés? —preguntó, mirándome a los ojos.
—Sí —dije, sin dudarlo—. Lo quiero.
Entró despacio al principio, y después con embestidas firmes y profundas que me hacían cruzar las piernas alrededor de su cintura. La cabecera de la cama golpeaba contra la pared con cada movimiento. Yo le pedía más, le pedía que no se detuviera, y ella obedecía cada palabra.
—Así, dame así —le decía, agarrada de sus hombros.
—Eso me gusta —respondía ella, acelerando.
En un momento rodamos sobre la cama y quedé yo arriba. Marqué mi propio ritmo, moviéndome sobre ella, mirándola desde lo alto mientras me sostenía las caderas con sus manos fuertes. Me sentía libre, dueña de un placer que hacía mucho no me permitía. Las dos gemíamos sin pudor, llenando la habitación de sonidos que no me reconocía capaz de hacer.
Terminamos gritando, agotadas, deshechas. Me corrí tantas veces que perdí la cuenta. Después nos quedamos abrazadas, las piernas enredadas, la respiración entrecortada, y nos dormimos casi sin darnos cuenta.
***
Cuando me desperté era cerca del mediodía. Estábamos de costado, abrazadas, su cuerpo tibio contra el mío. Abrí los ojos y la encontré mirándome con una sonrisa tranquila. Nos besamos, esta vez sin urgencia, con la calma de quien todavía no quiere volver a la realidad.
—Feliz cumpleaños atrasado —me dijo, y las dos nos reímos.
No podía creer que hubiera pasado la noche con una desconocida que apenas el día anterior no existía en mi vida. Y sin embargo, no sentía culpa. Sentía algo nuevo, una puerta que se había abierto y que no pensaba volver a cerrar.
Dominique me llevó de la mano al baño y nos duchamos juntas, sin apuro, riéndonos bajo el agua. Después salimos a almorzar a un lugar cercano. Antes de despedirnos, intercambiamos los números de teléfono.
—Te voy a buscar —dijo, mirándome de esa forma que ya empezaba a conocer.
—Más te vale —contesté.
Volví a casa en otro auto, con el vestido rojo arrugado en el bolso y una sonrisa que no se me borraba. Ese cumpleaños no lo voy a olvidar mientras viva. Y algo me dice que fue solo el principio.