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Relatos Ardientes

Lo que pasó en el ascensor con mi vecina

Siempre había escuchado los comentarios. En un bloque como el nuestro, donde las paredes tienen oídos y las miradas dicen más que las palabras, no tardas mucho en enterarte de todo. Y lo que se murmuraba sobre Lorena, mi vecina del quinto, era que le gustaban las mujeres. Así de directo, sin rodeos. Que se follaba a tías. Que había hecho gemir a más de una vecina del bloque, incluidas dos casadas del segundo. Cosas así.

Yo me llamo Sonia. Tengo treinta y dos años, me separé hace dos, y desde entonces vivo con mi madre en el cuarto. No es el plan de vida que imaginé, pero tampoco es tan terrible. En ese tiempo, Lorena y yo habíamos construido una amistad cómoda y sin pretensiones: café cuando coincidíamos en el rellano, ingredientes prestados en momentos de urgencia culinaria, planes espontáneos los sábados cuando ninguna de las dos tenía nada mejor que hacer.

Lorena nunca me había hecho ni un gesto fuera de lugar. Pero había momentos —una mirada que duraba un segundo más de lo necesario, una sonrisa que tardaba demasiado en disolverse, una forma de inclinarse hacia mí cuando hablaba que hacía que el aire entre las dos se espesara un poco— en los que me preguntaba si algo de lo que se susurraba en el portal no sería cierto. Y luego me decía que eran imaginaciones mías, producto de haberlo oído demasiado, y seguía con mis cosas.

Esa mañana de abril habíamos quedado para ir al mercado. Yo llevaba un vestido floreado que no me había puesto desde el otoño anterior porque el buen tiempo había tardado en llegar. Era precioso, pero tenía un defecto considerable: la espalda se cerraba con una hilera de ojales diminutos y botones que costaban un mundo abrochar solos. Mi madre tardó casi diez minutos en dejarlos bien colocados. Debajo llevaba un sujetador nuevo que había comprado esa misma semana, de encaje negro con cierre delantero. Me gustaba porque realzaba el pecho sin parecer exagerado. Siempre he considerado ese mi mejor atributo —tetas grandes, firmes todavía, con los pezones tirando a oscuros— y el sujetador hacía exactamente lo que tenía que hacer.

Lorena apareció puntual a las once. Llevaba una falda vaquera corta, una camiseta de tirantes blanca y unas sandalias planas. Sin sujetador, como de costumbre: sus pechos pequeños no lo necesitaban, aunque el aire todavía fresco de la mañana dejaba los pezones marcados como dos puntas duras a través de la tela fina. No le dije nada. Nunca se lo había dicho.

La vi guapa. Lo pensé en ese momento, con la objetividad de quien observa un hecho evidente, y lo dejé pasar sin darle más vueltas.

Entramos juntas al ascensor. El bloque tiene ocho plantas y el aparato es lento, uno de esos modelos viejos con moqueta azul desgastada en el suelo y un espejo empañado en el fondo que devuelve imágenes borrosas de todo lo que pasa dentro. Pulsé el botón de la planta baja y me apoyé contra la pared lateral. El ascensor arrancó con su traqueteo habitual.

Y fue entonces cuando el cierre cedió.

Lo noté al instante: un chasquido seco, el aro izquierdo que se aflojaba, y de repente tenía las tetas completamente sueltas bajo el vestido, meciéndose con cada pequeña sacudida del ascensor. Una sensación de lo más incómoda.

—Madre mía —dije en voz alta.

—¿Qué pasa?

—El sujetador. Se me ha soltado el cierre.

Lorena no dudó ni un segundo. Paró el ascensor con el botón de emergencia y se giró hacia mí con expresión práctica, como si resolver este tipo de situaciones formara parte de su rutina diaria.

—¿Dónde está el cierre?

—En la espalda —le expliqué—. Debajo de todos los botones del vestido. Lo más seguro es que tengamos que subir a casa para arreglarlo bien.

—Espera. A lo mejor no hace falta llegar a esos extremos.

Encontró el lazo trasero del vestido, lo deshizo con facilidad, y sin más preámbulos se agachó y se deslizó por debajo de la tela.

La sensación fue extraña desde el primer momento. Noté su rodilla antes que sus manos —se colocó entre mis piernas, que separé instintivamente para darle espacio, y la presión de su muslo contra la tela de mis bragas fue inmediata. Debería haber dicho algo en ese instante. No dije nada. Sentí cómo su muslo se frotaba con lentitud calculada contra mi coño por encima de la tela, y noté también cómo la humedad empezaba a nacer ahí abajo, traicionera, sin permiso.

Sus manos buscaron el sujetador a tientas. Subieron por mis costados rozándome la piel desnuda, palpando de paso los laterales de las tetas antes de encontrar el aro suelto. Sentí su aliento cálido subiendo desde el vientre hacia el pecho, y cómo pasaba muy cerca de mis pezones, tan cerca que me pareció distinguir el roce de su nariz contra uno de ellos. Se me pusieron duros al instante. Cuando cerró el cierre, lo hizo con cuidado, casi con delicadeza, pero antes ahuecó las manos un segundo debajo de las tetas, sopesándolas, como quien mide algo que le pertenece. Y cuando empezó a salir de debajo del vestido, su rodilla presionó un momento más de lo estrictamente necesario contra mi entrepierna, moviéndose de arriba abajo con un ritmo mínimo pero inconfundible.

No fue accidental. Lo supe en ese instante, aunque me lo negué a mí misma.

Cuando asomó la cabeza, su expresión era completamente neutra. Me sonrió, pulsó el botón verde y el ascensor volvió a moverse. Yo tenía las bragas mojadas y las piernas temblando, y me odié un poco por eso.

Duramos exactamente dos plantas.

El cierre volvió a ceder. Esta vez el chasquido fue más audible, y me quedé mirando al frente sin saber muy bien qué hacer con lo que estaba sintiendo.

—Otra vez, ¿verdad? —dijo Lorena. No era una pregunta.

Asentí con la cabeza.

Paró el ascensor. Se agachó. Volvió a meterse debajo del vestido.

Pero esta vez no fue directa al sujetador.

Sus manos empezaron en mis rodillas. Subieron despacio por el interior de los muslos, sin prisa, tomándose el tiempo que quisieron. Sentí cómo sus dedos dibujaban pequeños círculos en la piel más blanda, cada vez más arriba, cada vez más cerca. Cuando llegaron a la cinturilla de las bragas no siguieron hacia arriba: se detuvieron, y sus dedos presionaron suavemente sobre la tela, justo encima del coño. El tejido era fino y estaba empapado, y noté cómo ella lo notaba también: soltó un pequeño soplido de aliento cálido contra mi vientre, y separó los dedos para trazar la forma de los labios por encima de las bragas, arriba y abajo, apretando un poco más en el clítoris cada vez que pasaba por ahí. Se me escapó un suspiro que traté de disimular tosiendo.

Sus manos subieron entonces hacia mis tetas, las rodeó con ambas palmas, las sostuvo un momento, pellizcó los pezones entre el pulgar y el índice con una presión seca que me hizo cerrar los ojos, y solo después cerró el cierre del sujetador. Luego, antes de salir, volvió a deslizar la mano hacia abajo. Metió dos dedos por debajo de la cinturilla de las bragas —solo dos, solo un segundo—, los pasó por la raja empapada del coño de arriba abajo, se los llevó a la boca cuando salió y los chupó despacio, con los ojos entrecerrados, mirándome fijo mientras el ascensor arrancaba.

—Está buenísimo —murmuró en voz muy baja, casi para sí misma.

Me puse colorada hasta las orejas. No supe dónde mirar. En el espejo empañado del fondo vi una versión borrosa de mí misma con las mejillas encendidas, las tetas subiendo y bajando dentro del vestido, y la respiración algo más acelerada de lo habitual.

Dos plantas más abajo, el cierre cedió por tercera vez.

Esta vez ninguna de las dos dijo nada. Lorena me miró. Yo la miré. En esa mirada había una pregunta completa, enunciada con absoluta claridad, a la que yo asentí sin hablar, sin saber del todo a qué estaba diciendo que sí, pero sintiéndolo con bastante certeza.

Paró el ascensor.

Se arrodilló frente a mí.

Y esta vez no hubo ningún pretexto.

Sus manos fueron directas a mis muslos, los empujaron hacia afuera para ganar espacio, y sus dedos encontraron la cinturilla de las bragas. Las bajó lentamente, centímetro a centímetro, hasta dejarlas en mis tobillos. Sentí el aire frío de la cabina en la piel expuesta, y también en el coño empapado, y ese contraste me arrancó un escalofrío que Lorena tuvo que notar porque sonrió.

Lorena se tomó un momento para mirar. Solo mirar. Se quedó con la cara a un palmo de mi coño, respirando lento, mirando cómo brillaba, cómo los labios se abrían por sí solos, cómo la humedad se me escurría un poco por el muslo. Esa atención tranquila y concentrada, sin urgencia, me hizo temblar más que cualquier otra cosa que hubiera pasado hasta ese momento.

—Llevo dos años imaginándome este coño —dijo, sin apartar los ojos—. Y es mejor de lo que me lo imaginaba.

No supe qué contestar. No hizo falta.

Después puso los dedos.

Empezó con uno solo, el corazón, resbalándolo por el surco de arriba abajo, extendiendo la humedad, embadurnándose bien antes de entrar. Cuando lo hundió, lo hizo hasta el fondo de un empujón limpio, y yo tuve que agarrarme al pasamanos del ascensor con las dos manos. Sacó y volvió a meter, primero despacio y luego más rápido, doblando el dedo hacia arriba dentro de mí, buscando algo. Cuando lo encontró soltó un pequeño ruido de aprobación con la garganta y añadió otro dedo. Los dos entrando y saliendo con un chapoteo que resonaba en la cabina cerrada del ascensor, imposible de disimular. El pulgar encontró el clítoris al mismo tiempo y empezó a trabajarlo en círculos apretados.

No había torpeza en sus movimientos, ni tanteos. Sabía exactamente lo que hacía y cómo hacerlo. Encontró el lugar preciso sin buscarlo, estableció un ritmo, y tardé menos de un minuto en seguirlo con las caderas, sin pensarlo, sin decidirlo. El cuerpo tomó sus propias decisiones. Empujaba contra su mano, la follaba yo a ella con los dedos que ella me metía, y ella me lo dejaba hacer, quieta, dejándome cabalgarla.

Al mismo tiempo, su boca libre llegó hasta mis tetas. Con la otra mano abrió el sujetador del todo, tiró del vestido hacia abajo para dejarlas al aire y les dedicó a cada una la atención que merecía: la lengua, los labios, los dientes con una presión exacta que bordeaba el dolor sin cruzarlo. Me chupaba un pezón con la boca entera, tiraba con los dientes justo antes de soltarlo, pasaba al otro, y mientras tanto los dedos no paraban de entrar y salir del coño. Tenía una mano aferrada a su pelo y la otra tapándome la boca cuando el primer orgasmo llegó, doblándome hacia delante en una sacudida que me obligó a agarrarme a sus hombros para no caer. Sentí cómo me apretaba contra sus dedos, cómo los ordeñaba dentro, cómo se me escapaba un chorro de humedad caliente que le mojó la muñeca.

Lorena no se detuvo.

Siguió con los dedos y fue bajando la cabeza, despacio. Su lengua llegó donde habían estado sus manos, y lo que siguió fue completamente diferente: más lento, más paciente, construyendo una segunda oleada capa por capa. Me abrió los labios del coño con los pulgares, dejó el clítoris al descubierto y empezó a lamerlo con la punta de la lengua en golpes cortos y regulares, sin variar el ritmo, sin ceder ni un milímetro. De vez en cuando bajaba a hundir la lengua entera dentro de mí, la sacaba llena de mis jugos y volvía a subir al clítoris. Los dedos entraban y salían mientras tanto, dos, luego tres, ensanchándome. Aprendió mi ritmo con una rapidez que me sorprendió, supo cuándo acelerar y cuándo detenerse justo antes del límite, cuándo cerrar los labios en torno al clítoris y chupar suave, cuándo soltarlo y volver a lamer.

—Córrete en mi boca —murmuró contra mí, y las vibraciones de su voz llegaron directas donde tenían que llegar—. Vamos, mi amor. Dámela toda.

Cuando al final llegué la segunda vez, me mordí los nudillos para no hacer ruido y sentí que las piernas se me abrían solas, que las caderas se me disparaban hacia delante, contra su cara, y que ella se dejaba, se pegaba más, se lo tragaba todo. Cuando por fin paró y levantó la cabeza tenía la barbilla y las mejillas brillantes, y una sonrisa tranquila que no había visto nunca antes en su cara.

Tardé casi dos minutos en poder articular algo coherente. Las piernas me temblaban tanto que tuve que apoyarme contra la pared del ascensor mientras ella, sin dejar de mirarme, se limpiaba la boca con el dorso de la mano y luego se chupaba los dedos uno a uno.

—No sé qué acaba de pasar —dije al fin, sin demasiada originalidad.

Lorena se incorporó lentamente y me miró con una calma que contrastaba con todo lo anterior.

—Lo que tenía que pasar —respondió.

Y había algo en su tono que sonaba a que llevaba mucho tiempo esperando poder decir exactamente eso.

***

No fuimos al mercado.

Subimos al piso de Lorena y no bajamos hasta que anocheció. En esas horas aprendí cosas sobre mi propio cuerpo que los treinta y dos años anteriores no me habían enseñado. Me la follé con la lengua en su cama, torpe al principio, mejorando después, aprendiendo a leer sus caderas como ella había leído las mías. Ella me montó la cara sentada encima, apoyada en el cabecero, y me enseñó a chuparle el clítoris así, desde abajo, con ella marcando el ritmo. Me follé con sus dedos hasta perder la cuenta de las veces que me corrí. Descubrí lo que era comerle el culo a otra mujer y descubrí también que me gustaba. Lorena era paciente, metódica, sin prisa. Tenía esa habilidad poco común de leer lo que necesitabas antes de que tú misma lo supieras, y actuaba en consecuencia sin hacer aspavientos.

Ya era de noche cuando estábamos tumbadas en su cama con las piernas entrelazadas, todavía desnudas, las sábanas empapadas debajo de nosotras, mirando el techo en silencio. Le pregunté si había planeado lo del sujetador.

—El primer fallo fue real —dijo—. La segunda y la tercera vez, tampoco es que pusiera mucho de mi parte para arreglarlo correctamente.

Me reí. Ella también. Fue la primera vez en todo el día que me reí de verdad.

Llevamos juntas más de un año. El bloque entero lo supo antes que nosotras, supongo, porque en un portal como este nadie guarda un secreto más de cuarenta y ocho horas. Los vecinos de más edad nos miran con esa mezcla particular de desaprobación y curiosidad de quien no comprende del todo la situación pero tampoco quiere perderse los detalles.

A mí me da igual. Nunca he dormido mejor en mi vida. Y nunca me han follado mejor tampoco.

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Comentarios(7)

PatriRo22

Dios mio... me quede enganchada desde la primera linea. Quiero mas!!!

Sole_Mdq

La tension en esa situacion tan cerrada y tan cotidiana... perfecta. Muy bien escrito.

CarlaBS

Que final!!! Por favor que haya segunda parte, me quede con muchas ganas de saber como continua

Vecino_ansioso

jaja con razon el nick que uso hoy... excelente relato, de verdad

martina_lectora

Me encanto como va creciendo la historia sin que nada se sienta forzado. Se nota que tenes talento para esto

Lector_CR

buenisimo!!! sigan subiendo cosas asi :)

Clarita_BA

Esas situaciones inesperadas son las mejores. Me recordo a algo parecido que me paso hace tiempo... tremendo jaja. Muy bueno!

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