Lo que Lara me hizo en el probador ese sábado
Sabía que meternos juntas al probador no iba a terminar en una simple prueba de ropa. Con Lara nunca terminaba así.
Historias de pasion y deseo entre mujeres
Sabía que meternos juntas al probador no iba a terminar en una simple prueba de ropa. Con Lara nunca terminaba así.
Esa noche, sola en mi cama, recordé su piel desnuda y el calor de sus pechos hinchados, y supe que algo dentro de mí ya no podría volver atrás jamás.
Cuando entró sola al bar, solo quería entender qué sentía. No esperaba encontrarse con su ex profesora de matemáticas mirándola desde la barra.
Cerré la heladera despacio, con una jeringa en la mano. Solo yo sabía lo que estaba a punto de hacer en esa cocina.
Cuando las luces del escenario la iluminaron, dejé de verla como mi amiga. Solo veía a la mujer que llevaba años deseando sin atreverme a decírselo.
Su avatar se sentó junto al mío en aquella terraza pixelada y algo en su voz me hizo quedarme hasta las cinco de la mañana.
A las dos horas de mirar el techo, decidí que no iba a seguir esperando. Me arrimé a ella por detrás y empecé donde siempre termina el proceso.
Cuando Lucía me preguntó si me gustaban las chicas, supe que la noche en esa cabaña perdida entre los árboles iba a cambiar todo lo que éramos como pareja.
Cuando Daniela llevó a su amiga al cuarto del fondo, creyó que la estaba iniciando. No sabía que la inocente ya tenía su propio historial entre esas paredes.
Éramos siete mujeres en ese departamento, el vino ya había hecho lo suyo, y Camila empezó a hablar. Lo que nos contó esa noche ninguna se lo esperaba.
Estaba escribiendo una escena erótica cuando sonó el teléfono. Su voz al otro lado bastó para que dejara las teclas y empezara a tocarme.
Cuando entré por la puerta de su casa, mi mejor amiga me esperaba con el instructor sentado al lado y una sonrisa que no admitía marcha atrás.
Cuatro hombres poderosos muertos de la misma manera. Todos desnudos, exhaustos. Alguien los elegía, los seducía y los llevaba al límite exacto antes del final.
Bajó la copa, se me quedó mirando unos segundos largos y, sin decir una palabra, caminó hacia mi recámara. Yo ya sabía lo que ese silencio significaba.
Ella estaba de treinta y seis semanas y yo sola con ella toda la semana. Nadie sabía lo que cruzaba por mi cabeza cada vez que la ayudaba.
Una noche de verano, un juego de botella entre desconocidos en la playa y ninguna intención de parar. Lo que pasó después fue mucho más de lo esperado.
A los sesenta y tres años llevaba una década masturbándome sola. No esperaba que la chica del cuarto libre fuera a cambiar eso para siempre.
Fingí dormir mientras sus dedos me recorrían la piel. No sé en qué momento decidí que no quería que se detuviera, pero esa noche todo cambió entre nosotras.
Cuando el cerrojo se abrió esa mañana, supe que mi cuerpo ya no me pertenecía. Tampoco mi orgullo. Solo quedaba obedecer o romperse.
Sofía llevaba años imaginando cómo sería aquella noche. No imaginó que Camila estaría ahí, ni que Rodrigo tampoco querría que se fuera.