Saltar al contenido
Relatos Ardientes

La tarde en casa de Lucía cambió nuestra amistad

La oficina zumbaba con la actividad habitual del jueves por la mañana. Carla y Noelia, ambas del departamento de compras de una distribuidora textil del polígono norte, aprovecharon una pausa breve para acercarse a la máquina de café del fondo.

—¿Te diste cuenta de que hace siglos que no sabemos de Lucía? —dijo Carla mientras llenaba su taza.

Noelia asintió, removiendo un sobre de azúcar.

—Tienes razón. Hablamos por mensajes, pero nada más. Desde que se cogió la baja por embarazo no la hemos vuelto a ver.

—Tiene que estar pasándolo regular. Con lo que le ocurrió con Dani, encima sola en casa, debe de sentirse fatal.

Noelia bajó la mirada hacia la taza. Lucía y su marido se habían separado en silencio, sin escándalos, justo antes de que ella se enterara del embarazo. Nadie en la oficina había preguntado los detalles; bastaba con ver la cara que traía la última semana antes de coger la baja.

—Deberíamos pasar a verla esta tarde —propuso Noelia—. No solo llamar. Pasar.

—Eso pensaba yo. Le compramos algo en la pastelería del centro y nos plantamos en su puerta. Seguro que le viene bien.

Volvieron a sus mesas con la decisión tomada, y la jornada se les hizo eterna. Al salir, Carla marcó el número de Lucía desde el aparcamiento.

—¡Carla! Qué sorpresa —contestó la voz al otro lado.

—Hola, guapa. Estoy con Noelia. Te pongo en altavoz, ¿vale?

—¡Sí, perfecto! ¿Qué tal estáis?

—Aquí, peleando con proveedores, lo de siempre —dijo Noelia—. Pero cuéntanos tú. ¿Cómo llevas el embarazo?

—Pues regular. Me duele la espalda casi todo el día y duermo a ratos. Pero bueno, queda menos.

—Oye, ¿te apetece que nos pasemos por tu casa en una hora? Llevamos algo de la pastelería y merendamos contigo.

—¡Me encantaría! De verdad, gracias. Me estaba volviendo loca aquí sola.

Se despidieron y subieron al coche. Una parada rápida en la pastelería de doña Eulalia y, una hora más tarde, aparcaban con dificultad al final de la calle de Lucía.

Subieron al segundo piso. Lucía abrió la puerta con una sonrisa cansada pero genuina y las abrazó a las dos a la vez, con esa torpeza dulce que da la barriga de siete meses.

—Pasad, por favor. El salón está al fondo.

Carla miró alrededor mientras avanzaba por el pasillo. Había fotos enmarcadas, una lámpara de pie con tulipa de tela, una manta doblada sobre el respaldo del sofá. Una casa de adulta.

—Lucía, tu piso es precioso. La pena ha sido aparcar, eh.

Noelia le tendió la bandeja de pasteles a Lucía con un guiño.

—Para ti, reina. Esperamos que te gusten.

—Sois un sol, chicas. Voy a hacer café. Vuelvo enseguida.

En cuanto Lucía desapareció hacia la cocina, Carla bajó la voz y se inclinó hacia Noelia.

—¿La has visto? —susurró—. El pecho le ha crecido una barbaridad.

Noelia abrió mucho los ojos y asintió.

—Antes usaba una 100, calculo. Ahora… ahora eso es una 115 como mínimo.

Lucía volvió con la cafetera y tres tazas. Sirvió con cuidado y se dejó caer en el sofá entre las dos, soltando un suspiro de alivio.

—Madre mía, qué gusto estar sentada con alguien. Llevo demasiado tiempo hablando sola.

Charlaron sobre la oficina, sobre los jefes, sobre quién se había marchado y quién había entrado nuevo. Lucía se rio por primera vez en semanas. A media merienda, hizo un gesto de incomodidad y se llevó la mano al riñón.

—¿Te duele? —preguntó Carla.

—Es el pecho. Pesa el doble. Me tira de la espalda todo el rato.

Noelia, sin pensarlo, le pasó la mano por el hombro.

—Pobrecita. Tiene que ser incomodísimo.

—Lo es. Pero ya queda menos.

Carla la miró con una sonrisa pícara, dándole un sorbo al café.

—Pues a pesar de todo, Lucía, estás guapísima. El embarazo te sienta bien. Lo digo en serio.

Lucía se sonrojó y bajó la mirada hacia su taza.

—Gracias. Aunque a veces me siento un poco rara con mi cuerpo. El otro día, en el supermercado, había un chico que se quedó mirándome el pecho durante medio pasillo. No supe si reírme o tirarle un melón a la cabeza.

Noelia soltó una carcajada.

—Pobre chaval. Es comprensible.

—Oye —dijo Carla, con un brillo travieso en los ojos—, ¿y qué talla usas ahora?

—¡Carla! —Noelia se llevó la mano a la frente—. Cómo le preguntas eso.

—¿Qué? Si tú misma has dicho hace un rato que le han crecido.

Lucía soltó una carcajada limpia.

—No pasa nada, mujer. Si somos amigas desde hace años. Una 115, Carla. Antes era una 100.

—Vaya cambio. Oye, ¿y si nos las enseñas? —propuso Carla, medio en broma medio en serio—. Por pura curiosidad técnica.

Lucía la miró un instante, dudó, y luego se encogió de hombros con una sonrisa.

—Entre nosotras no hay secretos.

Se levantó con cierta dificultad, se quitó la blusa y, sin titubear, se desabrochó el sujetador. La prenda cayó al suelo y allí estaban: dos pechos pesados, con los pezones oscurecidos y la piel surcada por una venilla azul.

—¡Tetas! —anunció Lucía con una risa, los brazos abiertos, antes de volver a sentarse entre las dos.

—Lucía, estás impresionante —murmuró Noelia.

Carla la observaba con la boca entreabierta. Noelia, sin esa risa nerviosa de hacía un momento, se inclinó un poco hacia adelante.

—¿Puedo? Solo para sentir el peso. Tengo curiosidad.

—Claro —dijo Lucía—. Son todas vuestras.

Noelia y Carla colocaron, cada una desde su lado, una mano debajo de un pecho y lo levantaron con suavidad.

—Vaya, sí que pesa —comentó Carla—. No me extraña que te duela la espalda.

—Es otro mundo —añadió Noelia.

Lo que empezó como un gesto curioso fue cambiando de naturaleza sin que ninguna se atreviera a frenarlo. Carla, casi sin darse cuenta, había pasado del peso a las yemas de los dedos, acariciando el contorno, y el pezón de Lucía respondía, endureciéndose contra su palma.

Lucía cerró los ojos un instante.

—Lucía —dijo Carla, en voz baja—, ¿esto está bien?

Lucía tardó en contestar. Cuando abrió los ojos, había algo distinto en ellos.

—Sí. Llevo meses sin que nadie me toque. Ni siquiera un abrazo largo. Me había olvidado de lo que era esto.

Carla, sin retirar la mano, se acercó más.

—Pues eso puede cambiar ahora mismo. Si quieres.

Noelia, que había seguido la escena en silencio, tragó saliva.

—Lucía, esto no estaba previsto, te lo juro. Pero si tú quieres, podemos pasar la tarde aquí. Nadie tiene por qué saberlo. Solo nosotras.

Lucía las miró a una y luego a la otra. Sus ojos se humedecieron y, al mismo tiempo, sonrió.

—Necesito sentirme deseada. Llevo demasiado tiempo viendo películas y tocándome sola en esta casa. Ya sabéis lo que pasó con Dani. Y desde entonces…

No terminó la frase. No hizo falta.

***

Carla y Noelia se inclinaron a la vez, casi coreografiadas, y sus bocas encontraron los pechos de Lucía. Lucía dejó escapar un suspiro largo, echando la cabeza atrás contra el respaldo del sofá. La lengua de Carla trazaba círculos lentos alrededor del pezón izquierdo, mientras Noelia mordisqueaba con cuidado el derecho.

—Tienes unas tetas increíbles —susurró Carla, con los labios pegados a la piel.

Lucía hundió los dedos en el pelo de las dos, sin saber a quién apretar más fuerte. La mano de Carla se deslizó hacia el interior del muslo, sobre la malla que se ajustaba a su cadera, y empezó a acariciar despacio por encima de la tela. Lucía gimió bajito.

—Chicas, por favor… quiero más.

Noelia levantó la cabeza, los labios brillantes.

—¿Qué quieres, Lucía? Dilo.

—Quiero que vayamos al dormitorio. Quiero sentiros a las dos.

Se levantaron casi a la vez. Lucía, con la barriga por delante, las guio por el pasillo cogiéndolas de la mano. La habitación olía a sábanas limpias y a esa colonia floral que ella siempre usaba.

Se desnudaron sin pudor. Lucía, con las caderas más anchas, los pechos pesados, los pezones oscurecidos, un triángulo cerrado de vello negro entre las piernas. Carla, más menuda, con el pecho firme y pequeño, las caderas estrechas, completamente rasurada. Noelia, en el medio, con un cuerpo de curvas suaves, un pequeño triángulo de vello recortado, los muslos llenos.

Se abrazaron las tres, de pie, junto a la cama. Lucía buscó la boca de Carla y, casi al mismo tiempo, la mano de Noelia se cerró sobre su nuca. Se besaron en triángulo, pasando lenguas y respiraciones, riéndose entre besos cuando se cruzaban las narices.

—Túmbate, Lucía —murmuró Carla—. Quiero comerte.

Lucía se dejó caer sobre la cama, abriendo las piernas con dificultad por la barriga. Noelia, con una sonrisa pícara, se colocó a horcajadas sobre su rostro.

—¿Te puedes con las dos cosas? —preguntó.

Lucía respondió tirando de sus caderas hacia abajo y hundiendo la lengua entre sus muslos.

Carla, mientras tanto, se acomodó entre las piernas de Lucía. El olor era denso, íntimo. Empezó por la cara interna del muslo, subiendo con la lengua despacio, hasta apartar con la nariz el vello húmedo y encontrar el clítoris. Lucía dio un respingo.

—Sí, Carla, así, no pares —gimió, con la voz amortiguada por el cuerpo de Noelia.

Noelia se aferraba al cabecero de la cama con una mano y con la otra agarraba el pelo de Lucía, marcando el ritmo. Cada vez que Lucía aceleraba la lengua, Noelia dejaba escapar una palabrota entrecortada.

—Lucía… tu lengua es… joder…

Carla introdujo dos dedos despacio, con cuidado por el embarazo, y siguió lamiendo. Lucía cerró los muslos en torno a su cabeza durante un segundo, y luego los volvió a abrir.

Noelia fue la primera en correrse. Se inclinó hacia adelante, apoyando las manos en el cabecero, y un grito grave le subió desde el vientre. Bajó las caderas con fuerza, restregándose contra la boca de Lucía, hasta que se quedó temblando.

—Joder… joder, Lucía…

Se deslizó hacia un lado, apoyándose en el codo, jadeando. Carla redobló el esfuerzo entre las piernas de Lucía. Lucía empezó a mover las caderas más rápido, marcando su propio ritmo contra la cara de Carla.

—Me corro, me corro, no pares —jadeó.

Y se corrió, larga y profunda, con un gemido que terminó en risa, como si no se lo creyera del todo.

***

Se quedaron las tres tumbadas, sudorosas, riéndose por nada. Lucía pasó la mano por la mejilla de Noelia, después por la de Carla, como si quisiera confirmar que estaban allí.

—Y ahora me toca a mí dároslo a vosotras —dijo, incorporándose con dificultad.

Carla se tumbó boca arriba en el centro de la cama, abriendo las piernas. Lucía se acomodó entre ellas, con la barriga apoyada en el colchón. Noelia se colocó a horcajadas sobre el pecho de Carla, mirándola desde arriba, y se inclinó para capturar uno de sus pezones con los labios.

—Tus tetas son perfectas, Carla —murmuró Noelia, amasando con cuidado.

Lucía empezó a lamer despacio, leyendo cada gesto del cuerpo de Carla. Carla apretaba los muslos contra sus orejas y volvía a abrirlos en respuesta. Las manos de Noelia bajaban por sus costillas y volvían a subir hacia el pecho.

—Vais a hacer que me corra ya —gimió Carla.

Lucía añadió los dedos, despacio, mientras seguía con la lengua. Carla arqueó la espalda, agarró las sábanas con las dos manos y, con un grito ronco, se corrió en la boca de Lucía. Su cuerpo se sacudió un par de veces y se quedó quieta, respirando hondo.

Noelia rodó hacia un lado y se acurrucó contra el costado de Carla.

—Me toca a mí ahora —dijo, mirando a Lucía—. Te quiero comer yo.

Lucía se sentó en el borde de la cama, abriendo las piernas. Noelia se arrodilló frente a ella, le apartó el vello con los dedos y se sumergió. Carla, todavía recuperándose, se incorporó detrás de Lucía, la abrazó por la espalda y le besó el cuello mientras le acariciaba los pechos. Lucía no sabía a quién mirar.

—Qué bien sabes, Lucía —murmuró Noelia, levantando un segundo la cabeza.

Lucía cerró los ojos. La boca de Noelia, las manos de Carla, los labios sobre su nuca. Se rindió.

—Me voy a correr otra vez, chicas, me voy a correr…

Y se corrió, esta vez más despacio, más larga, con los párpados temblando y un suspiro que se le escapó al final como una risa.

Noelia se levantó, se relamió y se dejó caer en la cama junto a las otras dos. Las tres se quedaron de rodillas, frente a frente, respirando todavía agitadas.

—Ha sido increíble —dijo Carla, rompiendo el silencio.

—Yo nunca pensé que algo así pasaría entre nosotras —añadió Noelia.

Lucía las miró a las dos. Tenía los ojos húmedos.

—Gracias, chicas. De verdad. Llevaba mucho tiempo sintiéndome rara con mi cuerpo, fea, gorda, sola. Esto ha sido… esto ha sido mejor que cualquier cosa que haya visto en una pantalla.

—Mejor que el porno, ¿eh? —bromeó Carla.

Lucía se rio.

—Mucho mejor. Esto era de verdad.

Noelia le cogió la mano.

—Pues no tiene por qué quedarse en una tarde. Si tú quieres, podemos seguir viéndonos así. Cuando puedas, cuando te apetezca.

Lucía sonrió. Por primera vez en meses, no parecía cansada.

—Me gusta cómo suena eso.

Se quedaron un rato más en la cama, las tres tapadas con la misma manta, hablando en voz baja sobre nada en particular, sobre todo al mismo tiempo. Fuera ya había anochecido. Dentro, solo se oía el ronroneo de la calefacción y, de vez en cuando, una risa baja.

Cuando Carla y Noelia se vistieron por fin para volver a sus casas, Lucía las despidió en la puerta con una sonrisa distinta a la que había puesto al recibirlas. Más entera. Más suya.

—El jueves que viene —dijo Carla desde el rellano— traemos vino.

—El jueves que viene —repitió Lucía— os abro yo.

Ver todos los relatos de Lésbicos

Valora este relato

Comentarios (5)

Carlita_mza

increible!! me quede sin palabras

SoleMdp

Por favor que haya una segunda parte, quede con ganas de saber como siguio todo entre las tres despues de esa tarde.

Flor_Entre

Me recordo a una tarde con mis amigas en la secundaria, aunque la nuestra no termino asi jajaja. Muy bien narrado!

LoreLectora

Que tension tan bien lograda desde el principio. Se siente real, sin ser burdo en ningun momento.

MarinaLT

Lo que mas me gusto es como describe esa incomodidad del principio, esa mezcla de nervios y algo mas que ninguna queria nombrar. Muy bien escrito.

Deja un comentario

Iniciar sesión o crear cuenta

Elegí cómo querés continuar.