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Relatos Ardientes

Una desconocida me sacó a bailar la lambada

Me llamo Mariana, tengo veintiséis años y nunca me dio vergüenza decir que me gusta provocar. Soy de piel clara, ojos color miel, el pelo castaño hasta los hombros. Estoy orgullosa de mi cuerpo: buenas piernas, buen pecho, una cintura que sé mover cuando suena la música correcta. Lo que voy a contar pasó hace poco, y todavía me sorprende lo fácil que fue todo.

Llevaba un mes sola. Había terminado con mi novio sin demasiado drama, más por aburrimiento que por otra cosa, y los días se me hacían largos en casa. Por eso, cuando mi amiga Bianca me llamó para invitarme a una fiesta, ni siquiera la dejé terminar la frase.

—Va a ir mucha gente —me dijo—. Capaz hasta conoces a alguien.

—No estoy buscando a nadie —mentí.

—Eso decís siempre. Arréglate, paso por vos a las ocho.

Me bañé sin apuro, me puse crema en todo el cuerpo y me perfumé en los lugares donde me gusta que me huelan. Me hice unos rizos sueltos al frente y me recogí el resto con una hebilla. Tanga roja, un sostén ligero que apenas se notaba bajo la tela. Falda de cuero negra, corta, y una blusa blanca con un escote que dejaba adivinar más de lo que mostraba. Encima, una campera de pana negra para combinar. Tacones. Me miré al espejo y sonreí: estaba para causar problemas.

Bianca pasó puntual con otras dos amigas en el auto. Cuando me vio subir, soltó un silbido.

—Guau. Venís con todo, ¿eh?

—Solo lo que cualquier mortal merece —le contesté, y las cuatro nos reímos.

Llegamos cerca de las nueve. Yo pensaba que era un boliche, pero resultó ser una casa grande, particular, con las luces bajas y la música saliendo por las ventanas. Desde la puerta ya se sentía el bajo en el pecho. Entramos las cuatro juntas y varios hombres nos siguieron con la mirada, esa cosa de evaluarte de arriba abajo sin disimular.

Las otras dos chicas tenían a sus novios esperándolas, así que enseguida desaparecieron. Quedamos Bianca y yo. La cocina funcionaba como barra: amplia, llena de botellas, vasos por todos lados. Nos sirvieron tequila en caballito y brindamos sin motivo, solo por estar ahí.

En el cuarto de al lado, la gente bailaba. Se veía gente prendida, moviéndose pegada, con esa energía de una noche que recién empieza. Me quedé mirando un rato desde la barra, copa en mano. Parecían personas normales, nada del otro mundo, y eso me tranquilizó.

Al rato Bianca ya estaba charlando con un tipo, riéndose de todo lo que él decía. Yo me quedé sola, aburriéndome de nuevo. Los hombres me miraban, pero ninguno se animaba a acercarse. Al tercer tequila decidí ir al baño, que estaba al fondo del pasillo.

Para llegar tuve que pasar por la puerta del cuarto donde bailaban. Adentro habían colgado una esfera de espejos y las luces giraban en puntos por las paredes, como en una vieja pista disco. La gente estaba motivada, entregada a la música.

***

En el baño me arreglé un poco más. Me solté un par de botones del escote, casi como un experimento, a ver qué pasaba. Me miré a los ojos en el espejo y me dije que esa noche no me iba a aburrir.

Cuando salí, empezaba a sonar una canción que me encantaba, una de esas que me hacen mover sin pensar. Caminé los pocos pasos que me separaban del cuarto y entré directo a la pista. Había unas veinte personas bailando bajo la esfera de luces.

Bailé sola un buen rato, con los ojos medio cerrados, dejándome llevar. No necesitaba pareja para pasarla bien. Terminó esa canción y arrancó una cumbia. Ya estaba por retirarme cuando alguien me tomó de la mano.

—Vení, bailemos —me dijo una voz.

Me tomó tan de sorpresa que no atiné a responder. Me dejé llevar sin más. Cuando levanté la vista, me encontré con otra chica, y no cualquiera: piel apiñonada, el pelo negro rizado, delgada, con un trasero firme y unos pechos medianos que se le marcaban bajo la blusa negra. Pantalón ajustado, mirada directa. Era hermosa, de esas mujeres que no necesitan esforzarse para que las mires.

Empezamos a bailar la cumbia. Ella me llevaba con una seguridad que me desarmó: me hacía girar, me traía de vuelta, me marcaba el ritmo con la mano en mi mano. Tenía los ojos negros, enormes, y se me quedaba mirando fijo, sin pudor. Yo me movía y le sostenía la mirada, divertida, sin entender todavía hacia dónde iba todo eso.

Y entonces cambió la canción.

Sonaron los primeros acordes de una lambada y algo en el aire se puso espeso. Yo me solté de su mano, dispuesta a irme, porque la lambada se baila de otra manera y no sabía si quería. Pero ella me agarró de la muñeca.

—Hey… ¿a dónde vas? —me dijo, con media sonrisa.

Me atrajo de un tirón suave y me puso la mano izquierda en la espalda baja. Por un segundo me quedé paralizada, sin saber qué hacer con mis brazos, con mi cuerpo, con el calor que me subía por el cuello. Después supe que se llamaba Renata, pero en ese momento era solo una desconocida hermosa que había decidido que yo iba a bailar con ella.

Empezó a moverse, cintura contra cintura, llevándome despacio. Yo solté el aire que tenía atascado y empecé a seguirla, primero tímida, después con más ganas. Movía las caderas al ritmo de la lambada y sentía su pierna metiéndose entre las mías a cada vuelta. Nuestros muslos se rozaban, se separaban, se volvían a encontrar.

En una de esas, Renata me giró y se colocó detrás de mí. Me tomó del torso con las dos manos y se apretó contra mi cola, restregándose al compás. Sentí su aliento en la nuca y, sin poder evitarlo, una corriente eléctrica me bajó directo al sexo. Esto no es solo un baile, pensé, y el pensamiento, en lugar de asustarme, me prendió más.

Levanté los brazos y los enredé hacia atrás, alrededor de su cuello, ofreciéndole todo el frente de mi cuerpo. Ella aprovechó para subir las manos y rozarme apenas por debajo del pecho. Mis senos brincaban con el movimiento y noté que no me quitaba los ojos de encima. Bailábamos para nosotras dos; el resto del cuarto se había vuelto un manchón de luces que giraban.

Alguna vez había tenido sueños con otras mujeres, sueños húmedos de los que despertaba confundida. Nunca pensé que me fuera a pasar despierta, en una pista, con la respiración agitada y la ropa interior empezando a humedecerse.

En un movimiento audaz, Renata me hizo girar de nuevo y se puso frente a mí. Sexo con sexo, las dos agarradas de la cintura, seguíamos el ritmo de la lambada como si lleváramos años haciéndolo. Cada vez que ella empujaba la cadera contra la mía, se me escapaba un gemido bajo que la música tapaba. Bajó la vista a mi escote, sin disimular, y yo le sonreí. Le di permiso con esa sonrisa.

Cuando la lambada terminó, yo estaba al borde de algo. Me separé de golpe, con las piernas temblando, y me fui rápido hacia el pasillo tratando de recuperar el aire. El corazón me golpeaba en los oídos.

***

No llegué lejos. Renata me alcanzó antes del baño y me apoyó contra la pared del fondo, donde la música era apenas un murmullo y la luz casi no llegaba.

—No te ibas a escapar tan fácil —me dijo, muy cerca de la boca.

No le contesté. La besé yo, porque ya no aguantaba más. Su boca era suave y firme a la vez, y cuando su lengua encontró la mía me agarré de su nuca para que no se alejara. Sentí sus manos meterse bajo mi blusa, recorrerme la espalda, soltar el sostén con una facilidad que me dio un poco de envidia y mucho más de deseo.

—Acá no —alcancé a decir.

Me tomó de la mano y me metió en el baño, el mismo donde un rato antes me había soltado los botones sin saber para qué. Cerró con traba. El espejo nos devolvió la imagen de las dos, despeinadas, con los labios hinchados.

Renata me subió la blusa y me la sacó por la cabeza. Se quedó mirándome los pechos un segundo, como quien confirma algo, y después bajó la boca. Cuando su lengua rodeó uno de mis pezones, se me doblaron las rodillas. Me sostuvo de la cintura mientras me lamía, despacio primero, después con más hambre, alternando entre uno y otro. Yo le hundía los dedos en el pelo rizado y dejaba salir los gemidos que en la pista había tenido que tragarme.

Bajó las manos a mi falda de cuero, encontró el cierre y la dejó caer al piso. Me miró la tanga roja y sonrió.

—Roja. Sabías lo que querías.

—No tenía idea —admití, y era verdad.

Me corrió la tela a un costado con dos dedos y me tocó por primera vez. Estaba tan mojada que su dedo resbaló sin esfuerzo. Solté un quejido largo y me agarré del borde del lavabo para no caerme. Ella jugó despacio, dibujando círculos, aprendiendo cómo respondía mi cuerpo, mientras me besaba el cuello y me hablaba bajito al oído.

—Tranquila. Disfrutá. Nadie va a venir.

Cuando me metió dos dedos, eché la cabeza hacia atrás. Renata se arrodilló sin dejar de moverlos y reemplazó la mano con la boca. La primera vez que su lengua me recorrió entera pensé que me iba a desarmar ahí mismo. Nunca una mujer me había hecho eso. Sabía exactamente dónde y cómo, sin titubear, como si conociera mi cuerpo mejor que yo.

Le apoyé una pierna sobre el hombro para abrirme más y la dejé hacer. El placer me subía en oleadas, cada vez más cerca, mientras yo me mordía el dorso de la mano para no gritar y que medio cuarto me escuchara. Renata me agarró de las caderas y me apretó contra su boca, sin piedad, hasta que todo lo que había empezado en la pista estalló de golpe. Me corrí temblando, con las piernas apretándole la cabeza, repitiendo su nombre que recién aprendía.

Se levantó despacio, con la boca brillante, y me besó para que me probara. Me reí contra sus labios, todavía agitada.

—Por culpa de la lambada —dije.

—Por culpa de la lambada —repitió ella—. Ahora te toca a vos.

Y esa noche, en ese baño de una casa que no era mía, descubrí que el deseo no entiende de etiquetas ni de planes. Había ido a esa fiesta para olvidar a un hombre y terminé aprendiendo, contra el azulejo frío, todo lo que mi cuerpo había estado esperando sin que yo lo supiera.

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Comentarios (4)

Pili_stgo

Me encanto!!! uno de los mejores que lei este mes. Sigue escribiendo por favor

Marisol_67

Por favor una segunda parte, quede con ganas de saber que paso despues de la lambada jajaja

Vicky_SC

Qué buena ambientación, se siente que eras vos ahí en esa pista. Los relatos con baile dan un plus muy especial

CarinaOK

Me recordó a una noche en Montevideo, hace años. Una desconocida se pegó a mí en la pista y termine quedándome hasta las 5 de la mañana. Buenos tiempos jaja

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