La desconocida del metro que despertó a Daniela
Daniela había conocido a Andrés en la universidad y se habían hecho novios sin proponérselo, casi por inercia. Llevaban cinco años juntos y, ahora que los dos trabajaban, habían decidido compartir piso. El siguiente paso, la boda, estaba ya marcado en algún punto cercano del calendario. Si alguien le hubiera preguntado a Daniela cómo se sentía en ese momento de su vida, habría respondido que feliz, y lo habría dicho sin mentir.
Una mañana, camino del trabajo, una desconocida la sorprendió en el metro. Era una mujer de pelo oscuro y corto, delgada, con unos ojos negros que parecían demasiado vivos para esa hora. Se abrió paso entre la gente que llenaba el vagón como si flotara sobre los hombros de todos. Se detuvo a un par de metros de ella y, por un instante, sus miradas se cruzaron. La mujer la observaba con una curiosidad descarada, sin disimulo, hasta que Daniela tuvo que apartar los ojos, incómoda.
Pasaron dos estaciones y ella no logró dejar de mirarla de reojo, comprobando que la otra hacía exactamente lo mismo. Cuando la desconocida bajó del vagón, le dedicó una sonrisa breve y se perdió entre el gentío. Durante buena parte del día, Daniela se descubrió pensando en esa mujer a la que, casi con seguridad, no volvería a ver.
Pero unos días más tarde volvieron a coincidir. Esperaban el metro, cada una en un andén opuesto. Otra vez las miradas se encontraron, y esta vez Daniela no la retiró. Aquellos ojos parecían meterse dentro de ella y rebuscar algo que ni ella misma sabía que escondía. De pronto, la mujer sonrió y echó a correr.
Daniela supo que venía a su encuentro. Su tren entraba ya en la estación. Se quedó parada frente a la puerta abierta, dudando entre subir e irse a casa con Andrés, como cada noche, o esperar. La duda le pareció absurda. Y, sin embargo, no pudo subir. Dejó que las puertas se cerraran y vio partir el vagón asombrada de sí misma.
La mujer llegó al andén unos segundos después, sin aliento.
—Gracias —le dijo.
—¿Gracias por qué?
—Por esperarme. —Y señaló el túnel por donde aún se oía el tren alejándose.
—Iba muy lleno —improvisó Daniela.
—Mejor. Me llamo Vera. —Y le tendió la mano.
—Daniela. Mucho gusto.
Tenía la piel suave y le apretó la mano con firmeza. Vera llevaba unos vaqueros ceñidos que dibujaban unas piernas larguísimas y una camiseta de tirantes con una frase impresa: Las niñas buenas no existen. Daniela tragó saliva.
—Me gusta cómo vistes —dijo Vera.
—Gracias. Tú también vas bien.
—Otro estilo. El tuyo es más clásico, más elegante. Eres una mujer muy elegante.
—Vaya. Gracias.
Era evidente que Vera se sentía atraída por ella desde el primer cruce de miradas. Daniela, en cambio, estaba confundida. Vera era guapísima, sin duda, pero ella estaba prometida con Andrés y a su lado era feliz. Y, aun así, delante de aquella desconocida se sentía nerviosa, insegura, expuesta.
—Te invito a un café —propuso Vera.
—No puedo, tengo que irme.
—¿Adónde?
—A casa.
—¿Y no puedes retrasarlo media hora? ¿Se te quema algo en el horno?
—No, pero me esperan.
—¿Tu novio?
—Sí.
—¿Vivís juntos?
—Sí.
—¿Y qué tal?
—Muy bien.
—Pues entonces ese café no le hace daño a nadie. ¡Vamos!
—No, lo siento. Se me ha hecho tardísimo.
Vera le agarró la mano y, con un bolígrafo, le anotó unos números en la palma.
—Mi teléfono. Quizá otro día tengas más tiempo. Me encantaría tomar algo contigo.
—Vale.
—Y si no nos volvemos a ver… que sepas que eres preciosa.
Antes de que Daniela pudiera responder, Vera la besó. Duró apenas un par de segundos, pero ella sintió la suavidad y la dulzura de esa boca y notó que las mejillas le ardían como brasas.
—Mmm. Preciosa de verdad —murmuró Vera, y se marchó justo cuando otro tren entraba en la estación.
Daniela subió al vagón y se quedó mirando cómo se alejaba aquella mujer, con esas piernas que no parecían tener fin.
***
Durante el trayecto a casa miró el número escrito en su mano como si quisiera memorizarlo. No pensaba llamarla, pero tampoco lo borró: al llegar, lo copió en un papel.
—Hola, cariño. ¿Qué apuntas? —preguntó Andrés desde el sofá.
—Nada, el teléfono de un cliente.
—¿Qué tal el día?
—Bien, como siempre.
No contarle nada a Andrés sobre Vera era, en el fondo, lo más revelador de todo. Si de verdad no hubiera tenido importancia, lo habría comentado sin pensar; quizá hasta se habrían reído juntos del atrevimiento de la desconocida. Al callarlo, Daniela le estaba dando exactamente la importancia que había tenido para ella, aunque no quisiera reconocerlo.
Tenía el número, pero no se decidía a usarlo. Cada vez que subía al metro, sin embargo, la buscaba. Vera no aparecía. Pasaron varios días así, sin lograr sacársela de la cabeza. Y sabía que llamarla era asumir un riesgo: no solo por las intenciones evidentes de esa mujer, sino porque ella misma no estaba segura de cómo reaccionaría ante un segundo beso.
Al final tuvo que admitirlo: se sentía atraída por Vera. Era extraño. Nunca le había pasado nada parecido… bueno, una vez, siendo muy joven, había sentido algo así por Carla, si es que entonces sabía lo que era el deseo. Se besaron una tarde, a escondidas. Pero Carla se mudó de ciudad poco después y todo terminó antes de empezar. Daniela enterró aquel recuerdo y empezó a salir con chicos, como todas sus amigas, haciendo lo que se esperaba de ella. Y no le había ido mal. Iba a casarse, incluso. ¿Por qué me obsesiona una desconocida?, se preguntaba.
Entonces Andrés le anunció que debía viajar tres días por trabajo. Solo tres días, una eternidad para Daniela en ese momento. Lo acompañó al aeropuerto y, de regreso, encontró el papel doblado en un bolsillo del abrigo. Ya no pudo resistirse.
—¿Vera?
—Sí, ¿quién es?
—Daniela.
—¿Daniela? ¿La del metro?
—Sí.
—Qué alegría. Dime.
—Había pensado… que tal vez podríamos tomar ese café.
—Estupendo. ¿Cuándo? ¿Dónde?
—¿Te viene bien esta tarde, a las cinco, en la Plaza del Reloj?
—Ahí estaré. Un beso.
***
Daniela pasó antes por su piso y se puso un vestido azul oscuro, corto y ceñido. Se pintó los ojos, se arregló los labios, se lavó el pelo. Al verla llegar, Vera no pudo contenerse.
—Madre mía. Estás para quitar el aliento.
Daniela se ruborizó.
—No exageres.
—Así que te decidiste a llamarme. Pensé que no lo harías.
—Me pareció lo correcto.
—¿Solo me llamaste por cortesía?
—Claro.
—Qué pena. Pensé que había algo más.
—Vera, imagino que eres lesbiana, pero yo no lo soy y tengo novio. Solo he venido a tomar un café.
—Si tú lo dices… Pero el otro día, en el metro, aquel beso…
—Me pillaste por sorpresa.
—Vale. Pero entonces sé sincera: ¿siempre te arreglas así de guapa para tomar café con una amiga?
—Soy presumida —dijo Daniela, esquivando la mirada.
—Y preciosa.
—Para, ¿quieres ponerme roja?
—Querría mucho más. Si me dejas.
Daniela estaba nerviosa, pero en el fondo le gustaba lo que oía. Se sentía valorada, deseada, viva. ¿Cuánto hacía que no me sentía así?
—¿Damos un paseo? —propuso Vera.
—De acuerdo.
Vera la tomó de la mano y ella no la retiró. Caminaron un buen rato hasta llegar a la orilla del río y se sentaron en el césped a ver pasar alguna barca rumbo al mar.
—¿Y qué tal el sexo con tu novio? —soltó Vera de repente.
—¿Cómo? ¿Por qué tendría que contestarte eso?
—Entonces, ¿mal?
—No he dicho eso. Digo que no es asunto tuyo.
—Pues me gustaría que lo fuera. Conmigo lo pasarías mejor, te lo aseguro.
—Ya te he dicho que no soy lesbiana.
—Di lo que quieras. Yo sé que te gusto. Dime que no te gusto.
—No.
—¿No qué? ¿No te gusto o no me lo quieres decir?
—No me gustas. Ya está.
—Repítelo mirándome a los ojos.
Daniela giró la cabeza dispuesta a repetirlo, pero al encontrarse con aquellos ojos negros se quedó muda. Vera se acercó despacio. Ella veía venir el beso y, aun así, fue incapaz de moverse; en realidad llevaba deseando esos labios desde el metro. Vera la besó con dulzura, sujetándola de la nuca para que no se apartara, aunque no hacía falta. Daniela abrió los labios y sus lenguas se buscaron, nerviosas. Lo que empezó tierno se transformó en un beso húmedo, hondo, hambriento.
—Para. Tengo que irme —dijo de pronto, separándose de golpe.
—Quédate. Vamos a mi casa.
—No. Adiós, Vera.
—¿Nos volveremos a ver?
—No lo creo.
Y lo pensaba en serio. O quería pensarlo. El problema era el miedo a adónde podía llevarla un nuevo encuentro. Nunca le había sido infiel a Andrés y sabía que junto a esa mujer estaba a un paso de serlo.
***
Pero Vera tenía su número y no era de las que se rinden. Al día siguiente llegó un mensaje:
Los fines de semana suelo ir al Violeta, un local en la zona del puerto. A las siete. Por si te apetece.
Daniela lo borró.
Llegó el sábado y recordaba el mensaje palabra por palabra. Pero ese día volvía Andrés y se quedó en casa esperándolo. Decidió que esa noche se acostaría con él. Estaba caliente, sí, aunque no precisamente por su novio, sino pensando en Vera. Después de cenar empezó a acariciarlo en el sofá, pero él solo quería dormir. Tras un rato sin respuesta, Daniela se metió en la ducha. El agua caliente avivó la excitación y terminó masturbándose, apoyada en los azulejos, mordiéndose el labio. No pensaba en Andrés. Se corrió con una intensidad que la dejó temblando y, al mirarse en el espejo, se asustó de sí misma. ¿Cómo es posible que un par de besos me dejen así?
Pasó toda la semana pensando en el sábado siguiente. Poco a poco fue comprendiendo que iría al Violeta, que su deseo de ver a Vera pesaba más que cualquier razón sensata. El miércoles hizo el amor con Andrés en la cocina; él disfrutó y terminó pronto, pero ella no llegó al orgasmo.
El sábado le mintió: le dijo que iba de compras al centro con una amiga. En cambio, tomó el metro hacia el sur de la ciudad.
***
No le costó encontrar el Violeta. Tenía una fachada llamativa, iluminada con luces moradas y rosas. Eran las siete y media y el local estaba lleno. Solo mujeres: algunas en parejas, en mesas en penumbra; otras bailando en la pista central; otras en la barra, buscando compañía. Daniela se hizo un hueco y empezó a buscar a Vera con la mirada. No la veía. Una rubia muy llamativa se acercó.
—Buenas noches. No te conozco. ¿Vienes mucho por aquí?
—¿Eh? No, no suelo venir.
—Eres muy guapa. ¿Bailas conmigo?
—No, lo siento. Gracias.
—Está conmigo —dijo Vera, apareciendo de la nada.
—Oh, perdona, cariño. Que lo paséis bien —respondió la rubia, y las dejó tranquilas.
—Buenas noches, Daniela. Has venido. Estupendo.
—Pues sí. Bonito sitio.
—Caramba, estás impresionante.
Llevaba una blusa blanca y una minifalda roja, y era cierto que estaba espectacular: ojos verdes, melena castaña ondulada, una figura que no pasaba desapercibida y unas piernas que le gustaba lucir. Pidieron algo de beber.
—¿A qué te dedicas? —preguntó Daniela.
—Soy tatuadora. ¿Y tú?
—Trabajo en una editorial. —Sonrió—. Algún día tendré que dejar que me tatúes.
—Cuando quieras. Te haría algo precioso. —Y, al decirlo, Vera apoyó la mano en su rodilla.
—¿Ligas mucho aquí?
—No me quejo. Pero hasta ahora solo follaba. No había encontrado lo que buscaba.
La mano subió despacio por el muslo de Daniela, que empezaba a ponerse muy nerviosa y, a la vez, disfrutaba del roce.
—¿Y qué buscabas?
—A ti.
La mano de Vera estaba ya bajo la falda, muy cerca de la ropa interior. Daniela posó la suya sobre el brazo de Vera para detenerla, pero no apretó, no la frenó de verdad.
—No… me conoces —su voz temblaba.
—Creo que sí. Eres lo que deseaba. Y ya no pienso dejarte marchar.
Vera acariciaba por encima de la tela y Daniela ardía. De pronto fue consciente de dónde estaba, sintió vergüenza, le apartó la mano y salió a la calle. Se apoyó en la pared para recuperar el aliento. Vera la alcanzó y la besó en los labios. Esta vez Daniela no se resistió: le devolvió el beso y notó que la excitación volvía a apoderarse de ella. Comprendió que esa noche iba a serle infiel a Andrés y que ya no podía, ni quería, evitarlo.
—Vivo a dos calles. ¿Vienes?
—Sí.
***
El trayecto era corto, pero a las dos se les hizo eterno. Iban de la mano, en silencio, nerviosas. Daniela estaba excitadísima imaginando lo que iba a pasar con aquella mujer fascinante.
Nada más cruzar la puerta del apartamento, Vera se lanzó sobre ella, besándole los labios, el cuello, las mejillas. Daniela recibía los besos con los ojos cerrados y la cabeza echada hacia atrás. Vera empezó a desabrocharle la blusa con dedos torpes, devorada por las ganas. Le quitó después el sujetador y se quedó un instante quieta, contemplándola. Al segundo ya tenía la boca en sus pechos, mordisqueando los pezones duros mientras Daniela jadeaba.
La tumbó sobre la mesa de la cocina, incapaz de esperar a llegar a la cama. Le bajó la falda y la ropa interior. Daniela quedó desnuda ante ella, y Vera la recorrió entera con la mirada.
—Eres increíble. Te deseo, Daniela. No sabes cuánto.
—Y yo a ti. Ven.
Vera se arrodilló y hundió la cara entre sus piernas. Su lengua exploraba cada rincón mientras una mano le acariciaba el pecho. Daniela, entregada del todo, estiró los brazos por encima de la cabeza y se dejó hacer. Su cuerpo se arqueaba al ritmo de la boca de Vera, que no paraba de besarla, lamerla, presionar con la lengua justo donde más lo necesitaba. Los gemidos se volvían más altos, entrecortados, hasta que un orgasmo brutal la sacudió y aprisionó la cabeza de Vera entre sus muslos.
Durante unos segundos solo se oyó su respiración agitada, recuperándose del placer más intenso de su vida.
Vera la llevó después a la cama. Allí volvieron a besarse mientras ella se desnudaba. Cuando al fin juntaron los cuerpos, el calor y la suavidad de la piel contra la piel las encendió de nuevo. Daniela empezó a acariciarla con los dedos, descubriéndola, buscando lo que ya conocía de sí misma. Vera gemía, le indicaba con la voz dónde, cómo, cuánto. Daniela aprendía rápido, y la mujer que la había perseguido durante semanas terminó retorciéndose bajo sus manos hasta correrse con un grito ahogado contra su hombro.
Después se quedaron abrazadas, en silencio, escuchándose respirar en la penumbra.
—Sabía que vendrías —dijo Vera al fin, acariciándole el pelo.
—Yo no lo sabía —admitió Daniela—. O no quería saberlo.
***
Lloró en silencio esa noche, ya de madrugada, mientras Vera dormía. Odiaba hacerle daño a Andrés. Odiaba haberle mentido. Pero no podía negar lo que sentía, ni fingir que no había pasado nada, ni volver a meter dentro de sí lo que aquella desconocida del metro había sacado a la luz.
Al día siguiente, un domingo cualquiera del calendario, Daniela empezó su nueva vida.