La niñera me esperaba despierta su última noche
La oí moverse por la casa durante toda la tarde. El secador zumbando en el baño, el roce de la ropa al doblarse, el chasquido de las cremalleras de las maletas que ya no volvería a abrir aquí. Después otra vez el grifo, el cepillo de dientes, y por último el crujido de la madera bajo sus pies camino de su cuarto.
Escuché, o quizá imaginé, no sabría decirlo, el clic del interruptor y el quejido de los muelles de su cama al recibir su peso.
Llevaba un año cuidando de mis hijos. A la mañana siguiente, antes de que despuntara el sol, un taxi se la llevaría al aeropuerto y de vuelta a Italia. Y yo, tumbada en mi habitación con los ojos abiertos en la oscuridad, sabía que no iba a soportar dejarla marchar sin más.
Entonces, como una adicta sin voluntad que reclama su dosis, me levanté y caminé hasta su puerta.
La abrí despacio y un triángulo de luz del pasillo trazó un camino amarillo desde el umbral hasta los pies de su cama. Nadia no se movió. Seguramente me había oído llegar y no se sorprendió.
Hasta que se incorporó apenas sobre un codo.
—Ven —dijo, retirando la manta y apartándose para hacerme sitio.
Sus labios entreabiertos dejaron ver el brillo de su sonrisa, y sus ojos atraparon el reflejo de la luz tenue que se filtraba desde las farolas de la calle. Me deslicé bajo la sábana sin decir nada, porque cualquier palabra me habría delatado.
Sus ojos divertidos sopesaban distintos modos de proceder. Al final recostó mi cabeza en la almohada, posó dos dedos sobre mis labios exigiéndome silencio y me besó con una dulzura que no esperaba. Sujetándome la barbilla, inclinó un poco mi rostro para obligarme a sostenerle la mirada.
Y presa de aquel influjo casi hipnótico permanecí inmóvil mientras su mano descendía por mi cara para acariciar mi mejilla. Recorrió el contorno de mi oreja, bajó por mi cuello y se entretuvo en mi nuca, jugando con los dedos en el nacimiento del pelo y levantando ligeramente mi cabeza.
Seguí quieta cuando volvió a acariciar el trozo de piel que asomaba por encima de la camisa del pijama, e incluso cuando su mano se coló por dentro para rodear mi hombro y subir por la parte alta de mi brazo.
Conseguí contener los temblores que me asaltaron al sentir que empezaba a desabrochar los botones, uno a uno. No me moví mientras los soltaba, hasta que el vello de mi piel se erizó entre las dos mitades de tela que ya no abrigaban mi pecho. Entonces no pude evitar un estremecimiento sutil que recé por que le pasara inadvertido.
Donde ya no pude permanecer impasible fue cuando su mano cruzó la franja de piel descubierta y la recorrió entera, desde el cuello hasta el ombligo, atravesando el valle entre mis pechos y mi vientre.
Y donde ya no pude sostener su mirada fue en el camino de vuelta, cuando se introdujo bajo la camisa abierta, que cayó rendida a un costado, y repasó con la palma el contorno de mi flanco, costilla a costilla, hasta delimitar la curva de mi pecho desde su base.
A partir de ahí cerré los ojos y ya no volví a abrirlos.
Su mano descubrió la otra mitad de mi torso, aún medio oculta por la tela, y quedé con los dos pechos al aire. Los recorrió despacio, como siempre, sin prisa, paladeando cada instante, como si cada centímetro de mi piel exigiera una atención reverente en la que no cabían las urgencias a las que yo me entregaba cuando estaba sola.
Y esa lentitud casi devota era una tortura para mi cuerpo, tan inexperto en este tipo de cosas.
Se me hacía evidente que su instinto había comprendido hacía tiempo lo fácil que era prenderme. Bastaba una caricia bien medida para que ardiera entera, y ella sabía exactamente dónde y cómo encender la mecha.
Mi cuerpo temblaba con su contacto, y mi respiración entrecortada delataba lo que ya no podía esconder.
Su mano seguía recorriendo todo mi torso desnudo sin detenerse en ningún punto concreto. Empezaba en el cuello, a veces se desviaba por mis brazos, otras pasaba como un roce casual por la parte alta del pecho. A ratos bajaba por mi costado regalándome el dorso de los dedos, luego abría la palma y dibujaba círculos sobre mi vientre, desde el arranque de las costillas hasta el límite que marcaba el elástico del pantalón.
A veces un par de dedos se colaban bajo ese elástico, juguetones, antes de volver a subir. Y siempre terminaba en mis pechos. Primero uno, luego el otro, dedicándose a recorrer su contorno, a poner a prueba su firmeza, a moldearlos con una mano caprichosa y, por fin, a atender mis pezones erguidos. Los rozaba con el dedo anular y después los golpeaba con un tacto mínimo mientras el resto de la mano sujetaba el pecho con firmeza.
Y el pezón respondía hinchándose, poniéndose duro, más duro cuanto más insistentes eran esos golpecitos. Hasta que la mano regresaba a mi cuello y la tortura empezaba otra vez desde el principio.
Yo me estremecía y mi respiración rota se debatía entre suspiros largos y jadeos sueltos. Las lágrimas volvieron a brotar, copiosas, y esta vez no las frené. Ya no eran tristeza, sino la única forma que encontraba mi cuerpo de desbordar un placer que no cabía dentro de él.
Hasta que en uno de sus viajes bajó el elástico de mi pantalón y ya no hubo vuelta atrás. En lugar de seguir su recorrido por el costado, la mano se hundió más abajo, y sentí la palma entera rebasar mi pubis, los dedos posados sobre el inicio de mi sexo, rozando apenas el clítoris que ya latía.
Noté una ligera presión cuando se incorporó, y enseguida cómo esa presión se aflojaba mientras su cuerpo se reclinaba sobre el mío. Sentí el calor de su torso desnudo contra mi flanco: se había quitado la camiseta. Sentí su rostro descansar sobre la parte alta de mi pecho, sus labios besar la piel suave, su lengua acariciar mis pezones, sus labios cerrarse sobre uno de ellos para lamerlo y juguetear sin clemencia.
Y sentí su mano deslizarse por la cara externa de mi muslo, bajar casi hasta la rodilla y volver por dentro, hasta que el dedo índice presionó el borde de mi sexo, lo recorrió ya húmedo, y subió empapado para empezar de nuevo el mismo viaje por el otro muslo.
Mis manos se aferraron a la sábana. Sentía los nudillos en tensión y las uñas clavándose en las palmas. Mi espalda se arqueaba, mi cadera se removía sin gobierno, mis piernas presa de temblores. Los jadeos eran ya continuos y se alternaban con gemidos profundos que me salían de muy adentro.
La boca de Nadia no daba tregua a mis pechos. Mis pezones soportaban un castigo ininterrumpido de besos, lametones y pequeños mordiscos.
Mis tobillos, que ella había recogido para abrirme las piernas y alzarme las rodillas, seguían presos en el enredo del pantalón. Sus manos transitaban ahora por el interior de mis muslos, y cada encuentro con mi entrepierna se volvía más intenso, más largo.
Ya no era un dedo, sino la mano entera la que en cada llegada se restregaba sobre mí, aplastando mis labios, impregnándose, colándose entre ellos para buscar el punto exacto. Y allí presionaba con una fuerza que amenazaba con arrastrarme hasta el cabecero.
Yo soportaba sus embates apoyando una mano detrás de mi cabeza, porque la otra ya no me pertenecía. Sedienta, buscaba desesperada cuanto cuerpo de Nadia quedara a su alcance. Acariciaba su espalda arqueada sobre mí, su nuca cubierta por el pelo que caía en cascada sobre mi pecho, su vientre encogido. Y, sobre todo, se vengaba del tormento aferrando sus pechos, que se amoldaban a mi mano, conteniéndome a duras penas para no estrujarlos y devolverle así una parte mínima del suplicio que me estaba infligiendo.
Y en aquel frenesí, mi mano buscó por fin profanar su intimidad. Abandonó su pecho, dejó atrás su vientre y unos dedos sin obediencia se introdujeron apenas unos centímetros bajo la tela de su pantalón.
Mi mano actuaba por instinto, sin voluntad, sometida yo a un orgasmo que se prolongaba desde lo que se me antojaba una eternidad. Reclamaba retorcer mi cuerpo para alcanzar su destino. Mis nudillos cruzaron la frontera de tela, y la mano se debatía furiosa contra ese impedimento que le negaba el centro de Nadia, su humedad, su calor…
Dos labios jadeantes sofocaron mis gritos. Y otra mano se deslizó junto a la mía, soltó un lazo y liberó su pantalón, dándole por fin paso libre.
Mi corazón desbocado alcanzó el límite y aparté la cara para dar salida a unos gritos que, de no encontrar escape, amenazaban con ahogarme. Mi mano tiró de la tela hasta descubrir sus caderas, y mi brazo se estiró más allá de lo que permitían mis articulaciones, palpando con un frenesí irracional. Entre la carne tersa de sus muslos encontró, por fin, la humedad de su sexo: empapado, cálido, ardiente, latiendo contra mis dedos.
La mano de Nadia se detuvo. Sus labios quedaron inmóviles. Su cuerpo se tensó, sus rodillas se separaron y su pelvis se apretó contra el animal ansioso en que se había convertido mi mano. Tres de sus dedos se hundieron apenas en mi interior y yo aullé, mientras mis piernas amenazaban con descoyuntarse por el esfuerzo de mantenerlas abiertas. Mi mano respondió presionando con toda la fuerza de mi orgasmo, y sentí cómo gemía y cómo extrañas palabras en italiano resbalaban contra mi pecho.
Tras otra descarga irresistible recogí los dedos y alojé tres de golpe en su interior, mientras con los otros dos apretaba sus ingles para atraer su cuerpo contra el mío.
Gritó de placer sin control. Su cuerpo volvió a tensarse para responder y hacer más honda mi penetración, y su cabeza, ladeada sobre mi pecho, perdió toda capacidad de dar para entregarse a lo que recibía. Pero sus manos seguían actuando por instinto: una se posó en mi rostro y sus dedos se colaron en mi boca entreabierta; la otra inició un frotamiento descontrolado de mi clítoris, alternado con la entrada y salida de dos, de tres dedos, apenas un par de falanges.
Mi cuerpo se convirtió en algo cuyos movimientos me resultaban tan ajenos como inexplicables. Mi cadera subía y bajaba a un ritmo desenfrenado, persiguiendo su mano como si fuera a escapárseme, reclamando ávida el roce y la penetración. Y mi mano apretaba su sexo como si quisiera exprimirlo, tres dedos dentro y la palma aplastada contra ella, restregando desatada, tratando sin saberlo de reproducir la misma tortura que me consumía.
Y en aquel estado irracional, perdida toda conciencia, fue mi cuerpo el que, obedeciendo al más primario de los instintos, convulsionó de tal modo que mis rodillas se cerraron en un espasmo. Con un estertor sentí abandonar mi cuerpo cualquier resto de energía y caí desfallecida, mientras mi mano seguía aferrada a ella y Nadia gemía hasta que sus gritos se fueron sofocando y quedó rendida sobre mí.
***
Poco a poco, según recuperábamos las fuerzas, nuestros cuerpos se buscaron y se ovillaron uno contra el otro. Ninguna de las dos dijo nada. No hacía falta, o quizá temíamos lo que las palabras pudieran romper.
Una sensación de paz y plenitud absoluta se apoderó de mí, y concilié pronto un sueño plácido al calor de su contacto, empapándome de su olor, respirando al ritmo de cada aliento que escapaba de sus labios.
Antes de que amaneciera, sin embargo, me despertó una alarmante sensación de ausencia. Abrí los ojos y comprendí que despertaba dentro de una pesadilla.
La sábana de su lado estaba fría. La maleta ya no estaba junto a la pared. Solo quedaba, en el aire de la habitación, el rastro de su perfume y el eco de un taxi alejándose calle abajo.
Nadia se había marchado.