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Relatos Ardientes

Mi madrastra se sumó a la cama que compartía con mi novia

Esa Navidad decidí invitar a Mariana a pasar unos días en casa de mi padre y de Renata, su mujer. Cuando se lo comenté a Renata por teléfono, hubo un silencio raro al otro lado, un par de segundos de más antes de que dijera que sí. No le di importancia. Mariana y yo nos veíamos seguido desde hacía meses, me gustaba demasiado, aunque ella no se tomaba nada en serio y yo tampoco buscaba nada que sonara a compromiso. Era sexo y nada más. Buen sexo, eso sí.

Ella seguía bailando en el bar de siempre, y seguía encerrándose con el dueño en la oficina del fondo cuando terminaba su turno. Nunca me había gustado ese arreglo, pero no era quién para opinar. Hasta que una madrugada, después del cierre, me preguntó si podía dormir conmigo. La llevé a casa sin pensarlo dos veces.

Se metió a la ducha apenas llegamos. Estuve a punto de entrar con ella, pero la noté distinta, encerrada en sí misma, así que esperé. Cuando salió, envuelta en la toalla, se sentó en el borde de la cama esquivándome la mirada.

—¿Estás bien? —le pregunté.

Asintió sin convicción. Se levantó a buscar su ropa y, al girarse, la toalla se deslizó un poco. Le vi la espalda. Me acerqué y terminé de bajarla. Tenía marcas largas, arañazos, moretones que le cruzaban los hombros y las caderas.

—¿Quién te hizo esto?

Bajó la cabeza y se le llenaron los ojos de lágrimas.

—Damián —murmuró—. El del bar.

—Mariana, por favor, no vuelvas a quedarte con él.

—Si me niego, me echa.

—Nos vamos las dos. Conseguimos otra cosa.

—¿Y si no aparece nada mejor? No puedo dejar de pagar la facultad.

No valía la pena discutir esa noche. Fui al baño, busqué una crema y volví. No puede seguir así, pensé mientras le untaba la espalda con cuidado. Ella se acostó de costado, encogida, y yo me acomodé detrás y la abracé hasta que se durmió. Me prometí en silencio que cuando terminara la carrera dejaría ese lugar de una vez.

***

Desde ese día empezó a evitar quedarse a solas con el dueño. Terminaba de bailar e inventaba cualquier excusa para irse, o se quedaba conmigo detrás de la barra ayudándome a servir tragos. Una noche llegamos temprano a mi departamento, pedimos algo de cenar y pusimos una película en el sofá.

La tenía abrazada cuando se giró y empezó a besarme. Las caricias se volvieron urgentes enseguida. Le saqué la blusa y le besé el pecho despacio, con una delicadeza que no era habitual entre nosotras, atenta a no rozar las marcas que todavía no terminaban de borrarse. Nos quitamos el resto de la ropa y nos quedamos pegadas, piel contra piel. Su cuerpo era suave, el pelo le olía a flores, como siempre. Bajé la mano entre sus piernas y, justo cuando empecé a acariciarla, se tensó y me frenó.

—Perdón, ¿todavía te duele? —pregunté.

—No, es que por un segundo me asusté.

—Me dan ganas de denunciarlo.

—No hace falta. No te metas en líos por mí.

Volvimos a besarnos y nos deslizamos hasta la alfombra. Estábamos acostumbradas a un sexo desesperado, casi violento, pero esa noche ella necesitaba otra cosa. Fui bajando los besos por su vientre con calma. Le tomé el clítoris entre los labios y tiré apenas, mientras con la punta de los dedos la penetraba muy despacio, sin soltarla. Sus gemidos se volvieron rápidos, entrecortados. Cuando se vino, subí hasta su boca y nos besamos. Después acomodé mi sexo contra el suyo y empezamos un vaivén lento que fue ganando ritmo, sus pechos moviéndose con cada empuje, su clítoris rozando el mío hasta que el orgasmo me alcanzó también. Nos quedamos abrazadas en el piso, sin hablar.

—Vení a pasar la Navidad conmigo, a casa de mi padre —le dije al rato.

—No sé, Cami. A lo mejor incomodo.

—No quiero que estés sola. Son dos días, nada más.

Me besó de nuevo y dijo que sí.

***

Unos días después llegamos. A mi padre mi vida le daba bastante igual, así que presenté a Mariana como mi pareja y ni se inmutó. Renata, en cambio, sabía perfectamente qué clase de relación teníamos, y aunque al principio la idea no le había gustado, terminó aceptándola. O eso creí.

Esa tarde, después del almuerzo, subí a la habitación a buscar el cargador. Había dejado a Mariana en el living con mi padre y Renata. Mientras me lavaba las manos en el baño, escuché la puerta cerrarse. Pensé que era Mariana y salí. No era ella. Era Renata, que me besó con una decisión que no me dio tiempo a reaccionar.

Renata siempre me había puesto la cabeza al revés con solo mirarme, y sabía de sobra el efecto que tenía sobre mí. Terminé devolviéndole el beso, apretándole los pechos por encima de la blusa.

—No me importa que hayas traído a esa nena —me dijo contra la boca—. Sos mía.

—Renata, está abajo. Por favor, paremos.

—Necesito que me lo hagas como solo vos sabés.

—No podemos, en serio…

Seguimos un poco más, hasta que oímos pasos en la escalera. Renata se separó y fingió ayudarme a doblar una remera justo cuando Mariana asomó la cabeza.

—Me duele un poco la cabeza —dijo—. ¿Puedo recostarme un rato?

—Claro, descansá. Debe ser el viaje.

Cuando bajamos, mi padre ya se había ido a lo de un amigo y teníamos el resto de la casa para nosotras. Renata me llevó hasta su baño y cerró con pestillo. Nos desnudamos entre besos y me arrodillé frente a ella. Le hice sexo oral despacio, hundiendo la lengua y subiendo hasta el clítoris, mientras me tocaba a mí misma. Después me sentó en una silla, me abrió las piernas y me devolvió la atención: me chupaba mientras jugaba con un dedo en mi entrada trasera, estimulándome de a poco. Buscó un consolador en un cajón y me lo metió con un ritmo que me hizo morderme la mano para no gritar y despertar a Mariana. Me vine en cuestión de minutos. Luego la puse en cuatro, me acomodé debajo y la dejé apoyarse casi sentada sobre mi boca. Su cuerpo se tensaba con cada movimiento de mi lengua hasta que se le escapó un gemido largo.

Cuando volví a mi cuarto, Mariana estaba sentada en la cama, despierta.

—¿Estás bien? —pregunté, conteniendo el aire.

—Sí. Salí a buscar agua y, al pasar por la puerta de tu madrastra, me asomé. Te vi con ella.

—Mariana, yo…

—No digas nada. Es lo más caliente que vi en mi vida. Quiero que me lo hagas a mí ahora.

Me besó con una furia distinta, marcando territorio. No iba a resistirme. Saqué del bolso el arnés con el dildo, me lo ajusté y le hice sexo oral hasta dejarla temblando, sus manos clavadas en mi nuca para que no me apartara. Después la penetré, y ella subía la voz a propósito, gemía fuerte, gritaba mi nombre, quería que Renata escuchara desde el otro lado del pasillo que estaba conmigo. Salí de ella, me acosté boca arriba y la dejé montarme. Me fascinaba verla así, el pelo cayéndole sobre la cara, los pechos moviéndose con cada embestida, sin importarle nada. Llegó al orgasmo, me quitó el arnés y terminamos en un sesenta y nueve que me hizo perder la noción del tiempo.

Esa noche volvimos a hacerlo dos veces más. Mariana estaba insaciable. Y al día siguiente, junto a la pileta, mientras Renata nos miraba con cara de pocos amigos desde su reposera, Mariana se me colgaba del cuello, me besaba, me dejaba claro a quién pertenecía. Yo me dejaba consentir.

***

Pero lo que pasó la noche de Navidad me voló la cabeza.

Mi padre se había ido de fiesta con sus amigos, y cuando hacía eso no volvía hasta el amanecer. Mariana y yo estábamos en la habitación, ella encima de mí con un consolador de doble punta que nos unía a las dos, moviéndose con un ritmo perfecto que me tenía al borde. De pronto la puerta se abrió. Entró Renata, segura, imponente, con un arnés puesto y un dildo enorme colgando de la cintura. Me quedé helada. Las tres nos miramos un segundo eterno, hasta que ella simuló acariciar el juguete y preguntó:

—¿Hay lugar para una más?

Mariana se levantó despacio, deslizando la pieza fuera de mí, y sentí cómo un calor líquido me corría entre las piernas. La vi caminar hasta Renata y besarla. No podía creer lo que estaba viendo. Se besaban con ganas, Mariana apretándole los pechos, antes de arrodillarse y empezar a lamer el dildo como si fuera real. Yo me tocaba mirándolas, incapaz de moverme. Después Mariana se dio vuelta y le ofreció su trasero, y presencié cómo mi madrastra se la cogía mientras ella me sostenía la mirada. No aguanté más: fui hasta ellas y besé a Mariana, que me pidió que le diera mi sexo. Me acomodé para que pudiera lamerme sin dejar de recibir a Renata.

En algún momento las dos se dijeron algo al oído. Mariana se acostó con el doble punta puesto y me pidió que me sentara sobre ella. Lo hice, y entonces sentí a Renata acomodándose detrás, reclamando mi entrada trasera. La sensación fue imposible de describir. La doble penetración siempre había sido una de mis fantasías, y ahí estaba, entre mi madrastra y mi novia, atrapada en un vértigo que me dejaba sin aire. No tardé en venirme, y ellas siguieron, sin frenar. Perdí la cuenta de los orgasmos. Hubo un instante en que el placer fue tan intenso que sentí que iba a desmayarme, y después no recordé nada más.

Me desperté desorientada, sola con Mariana en la cama. Por un momento dudé de que hubiera sido real. Pero el cuerpo todavía me ardía, sensible en cada rincón, y supe que sí, que aquellas dos mujeres me habían dejado deshecha de la mejor manera posible. Afuera ya empezaba a aclarar, y yo no podía dejar de sonreír.

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Comentarios (4)

Florencia_ba

Dios mio que relato!! Me quede sin palabras

Sandra_BS

El comienzo ya me tenia con el corazon acelerado, y el resto no decepciono para nada. Muy bien escrito, gracias por compartirlo.

LolaMar_22

Navidad memorable jajaja, yo quiero esa familia

NoraPampa

Por favor segunda parte!! No puede terminar ahi, quede con ganas de mas

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