La desconocida de la app me llevó a un motel
¿Qué soltera no termina, tarde o temprano, descargando una de esas aplicaciones de citas? Yo me resistí mucho tiempo, pero el aburrimiento siempre gana. Y fue ahí, entre fotos y perfiles a medio llenar, donde me crucé con ella.
Su foto me detuvo el dedo en seco. Ojos grandes color miel, la nariz pequeña y respingada, unos labios gruesos que parecían dibujados a propósito para distraer. En la imagen solo se le veía la cara, pero había algo en su mirada que prometía el resto. Cuando por fin nos conocimos comprobé que no había exagerado: estatura media tirando a alta, buenas curvas, la piel clara sin llegar a pálida. No era una modelo de revista, pero estaba para detener el tráfico.
Conviene que aclare cómo soy yo, porque toda esta historia depende de un detalle que tardé en entender. Soy tranquila. Lenta, dirían algunos. No tengo un prototipo de mujer que ando buscando ni una lista de requisitos; me dejo llevar por lo que siento y ya. Nunca fui de sexo casual. Esas cosas, pensaba yo, no iban conmigo.
Llevaba dos años sin tocar a nadie. Dos años en seco, que se dicen rápido pero pesan como una losa. Y no era por falta de oportunidades, sino por una herida que tardaba en cerrar. Mi última relación había durado tres años y yo era feliz, o creía serlo, hasta que una tarde me llamó una mujer que no conocía.
—Quitamaridos —me soltó apenas atendí, sin saludar.
No entendía nada. Le pedí que se explicara, y entre frases entrecortadas me contó que llevaba dos años con Romina —mi pareja de entonces— y que había visto un mensaje mío en su teléfono. Le respondí que la quitamaridos era ella, porque yo llevaba tres años con Romina. Tardamos un rato en armar el rompecabezas, pero cuando lo hicimos quedó claro: Romina nos había estado mintiendo a las dos, y quién sabe a cuántas más, jurándole fidelidad a cada una por separado.
Desde esa llamada me encerré en mí misma. Desconfiaba de todas las mujeres, como si cada sonrisa escondiera otra traición. Y esa desconfianza me impedía siquiera acercarme a alguien.
Pero la soledad cansa. El cuerpo reclama, el ánimo se apaga, y una mañana decidí que ya estaba bien de castigarme por culpa de otra. Me registré en varias aplicaciones. Estaba a punto de rendirme, porque lo normal era escribir y no recibir respuesta —nunca entendí para qué se registra alguien si después no piensa contestar—, hasta que ella me escribió.
Se llamaba Lucía, y fue directa desde la primera línea.
—Hola. ¿Cuándo nos conocemos?
Le propuse que habláramos un poco por chat antes de vernos. Me dijo que no, que a ella le gustaba conocer a la gente en persona, y que eligiera yo el lugar. Mi primer impulso fue desconfiar otra vez: seguro estaba llena de candidatas y yo era una más en la fila. Pero algo me empujó a aceptar. Le propuse ir al teatro y, después, a tomar una cerveza. Le pareció bien.
***
Quedamos un cuarto para las siete frente al teatro. Las siete y nada. Las siete y cuarto y nada. A las siete y veinte apareció, sin prisa, con una sonrisa que no pedía perdón. Mucho después supe que llegó tarde a propósito, para que se nos cerraran las puertas del teatro y no nos quedara más opción que ir directo al bar. Lo había planeado todo.
En persona era todavía mejor que en la foto. Apenas nos sentamos empezó con los piropos, uno detrás de otro, mirándome como si ya me conociera de antes. No hizo falta ser muy perspicaz para entender qué buscaba. A la tercera cerveza dejó caer la pregunta.
—¿Qué es lo que más te gusta cuando tienes sexo?
—Es algo muy personal —respondí, removiéndome en la silla—. ¿Para qué quieres saberlo?
—Pura curiosidad. ¿Te da vergüenza hablar de eso?
—Soy bastante tímida.
—¿Y qué tiene que ver la timidez? Si no estamos haciendo nada. Cuéntame.
Suspiré y bajé la guardia un poco.
—Lo que más me gusta es que me acaricien por todo el cuerpo, despacio. ¿Y a ti?
—A mí, cuando me besan ahí abajo —dijo sin pestañear—. Soy muy sensible. ¿En qué parte eres más sensible tú?
—En los pezones.
—Yo también, pero más entre las piernas. ¿Cómo te gusta que te los chupen? A mí me encanta que me den mordiscos pequeños.
—A mí, que me los dejen mojados.
—¿Y que te besen el cuello? A mí eso me enciende del todo.
—Eso me vuelve loca —admití, y sentí que me ardían las mejillas.
Así estuvimos un buen rato. Ella conducía la conversación hacia el mismo terreno una y otra vez, sacándome confesiones que yo no le hacía a nadie. Y mientras hablaba empezó a tocarme: la mano sobre la mía, los dedos en mi pelo, la palma apoyada en mi muslo. Me decía cosas que me hacían reír, y entre la risa, las cervezas y sus manos, sin darme cuenta empecé a excitarme.
—¿Yo te gusto? —preguntó de pronto.
—Me parece que eres muy linda.
—¿Te acostarías conmigo?
—No lo sé. ¿Para qué quieres saberlo? —dije, otra vez tímida.
—Porque me tienes caliente. Me encantaría estar contigo ahora mismo.
Me lo dijo sosteniéndome las manos, mirándome fijo. Me quedé callada, dándole vueltas a la propuesta. Llevaba un rato excitada, ella era preciosa, y dos años de sequía pesaban más que todos mis principios. Lucía aprovechó el silencio.
—No lo pienses tanto. Sé que tú también quieres. Vamos a un motel. Te prometo que te voy a hacer gozar.
—Pero si apenas nos conocemos —opuse, sin demasiada convicción.
—Eso da igual. Deja de negar lo que sientes.
Y yo dejé que mandara la excitación y no la cabeza. Le dije que sí. Apenas lo dije, me besó y me apretó los muslos con las dos manos.
***
En la habitación me agarró de la nuca y me empujó hacia su boca. Nos besamos largo, sin prisa, y me gustó que quisiera empezar por ahí, por los labios, antes que por cualquier otra cosa. Cuando se separó fue directa a mi cuello, lamiéndolo y chupándolo mientras me acariciaba la espalda por debajo de la camisa.
Había escuchado cada palabra que solté en el bar y la estaba usando contra mí, al pie de la letra. Recorría mi piel con la yema de los dedos, despacio, exactamente como le había contado que me gustaba. Yo también busqué su cuello y lo recorrí con la lengua mojada.
Me quitó la camisa, me giró de espaldas y me besó los hombros, la nuca, la columna. Me soltó el sostén y, sin dejar de besarme, me tomó los pechos y empezó a acariciarlos. Después me empujó y caí sobre la cama, tal como yo había confesado que me gustaba que hicieran. Se montó encima y bajó a mis pezones, chupándolos, mordiéndolos apenas. Estiré las manos, le quité la camisa y el sostén, pero ella volvió a empujarme contra el colchón y regresó a mi cuello.
—¿Te gusta estar aquí conmigo? —murmuró—. ¿Te gusta que te recorra con la lengua?
—Mucho —jadeé—. Me encantan tus labios sobre mi piel.
—Estás tan buena que me caliento solo de mirarte. No te imaginas lo que siento al tocarte.
Cada cosa que hacía me encendía más. Estaba concentrada en darme placer, y cada vez que yo intentaba incorporarme para abrazarme a su cuerpo, ella me dominaba y me devolvía a la cama. Y yo la dejaba, porque eso —que me dominaran así— siempre me gustó. Me desabrochó el pantalón y me lo quitó, dejándome solo la ropa interior. Dejaba caer saliva sobre mis pezones y los chupaba, mientras presionaba con los dedos por encima de la tela. Saliva, chupada, presión, mordisco, su mano en mi cuello, su boca en la mía. Me recordaba en cada gesto quién llevaba el control.
Aproveché un momento en que se incorporó para desabrocharle el pantalón y bajárselo. La apreté contra mí y le chupé los pechos; tenía los pezones hinchados, tensos, y eso me decía más que cualquier palabra: estaba tan excitada como yo. La oía gemir mientras llevaba mi mano entre sus piernas.
—Ahora vas a saber lo que es gozar —me advirtió.
Me quitó la última prenda y me tiró de nuevo sobre la cama. Me besó con la mano entre mis piernas, bajó al cuello sin dejar de tocarme, volvió a los pechos, y de ahí fue descendiendo con la lengua. Me separó las piernas y empezó a chuparme los muslos, acercándose y alejándose, amagando con llegar sin llegar nunca. Yo me moría de ganas, y ella lo sabía, y lo estiraba a propósito.
En ese momento me cruzó un pensamiento, de esos que pasan en un parpadeo: lo mucho que me estaba haciendo gozar una completa desconocida, lo entregada y dominada que estaba, abriéndole las piernas a alguien que había conocido hacía unas horas. Lejos de avergonzarme, esa idea me prendió todavía más.
Y entonces, por fin, su boca llegó adonde yo la quería. Un beso suave primero, después la lengua recorriéndome entera. Tenía razón con su promesa: estaba gozando como no recordaba. Después de dos años, me sentía casi virgen otra vez, y ahí estaba esa desconocida volviéndome a estrenar, mientras yo gemía sin control. Sus dedos me recorrían el vientre, los pechos, siempre con la yema, sin dejar de chuparme. Me llevó hasta el borde y, desde el borde, al orgasmo, con su boca pegada a mí.
***
La jalé de la cabeza hasta encontrar sus labios y la besé. Ahora me tocaba a mí tomar el mando: tenía unas ganas irrefrenables de recorrer su cuerpo y devolverle todo. La hice a un lado, me subí sobre ella y empecé por la boca, como debe empezarse todo. Le acaricié los pechos, le chupé el cuello —Dios mío, cómo gemía— y, tal como ella me había hecho esperar, decidí hacerla esperar más. Bajé hasta sus pies, le chupé los dedos, la planta, y fui subiendo con calma por las piernas, por los muslos, hasta llegar adonde quería.
No dejé un solo rincón sin recorrer con la lengua. Ella no paraba de gemir y yo estaba tan encendida como antes; ahora tenía a una desconocida temblando bajo mi boca. Después la penetré con los dedos, despacio primero y luego con ritmo, mientras le chupaba el clítoris, succionando y soltando. Mis dedos entrando y saliendo, su cuerpo arqueándose, sus gemidos subiendo de tono hasta que se vino con un grito que llenó la habitación.
—Ahora súbete —ordenó, recuperando el aire—. Siéntate sobre mi boca.
Obedecí. Se aferró a mis caderas y empezó a mecerme sobre su lengua, marcando ella el vaivén, deteniéndome a veces con un apretón para chupar más hondo y volviendo a empujarme después. Ahora la que no paraba de gemir era yo. Qué manera de hacerme gozar. Y así, meciéndome sobre su boca, me vine por segunda vez encima de ella.
Como si nada de eso hubiera sido suficiente, juntamos los cuerpos. Quedó ella arriba y empezó a moverse contra mí, duro y rápido, sin pausa, agarrándome la cabeza para besarme mientras se frotaba. Gemíamos las dos al mismo tiempo, perdidas, y después de un buen rato terminamos juntas, abrazadas, sin aire.
—¿Te gustó? —preguntó cuando volvimos al mundo.
—¿Lo dudas, después de oírme gemir así?
—No lo dudo. Solo quiero oírtelo decir.
—En ese caso, quiero que sepas que me subiste hasta las nubes —confesé.
Fue entonces cuando me contó la verdad: que había llegado tarde a propósito para que no fuéramos al teatro y termináramos en el bar, porque desde el momento en que vio mi foto se había muerto de ganas de tenerme. Yo, que juraba no ser de sexo casual, me reí contra su hombro. A veces el corazón —o lo que sea que mande en una noche así— sabe más que la cabeza.