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Relatos Ardientes

Volví al pueblo por la mujer que nunca dejé de amar

«Última llamada para el vuelo…»

Tengo las manos heladas y un escalofrío me recorre la espalda, como si fuera la primera vez que subo a un avión. Todavía me acuerdo del día en que dejé mi ciudad. Parece mentira que ya hayan pasado cinco años. Extrañé a mi papá, a mi hermano, a mi prima Lucía y, aunque cueste creerlo, hasta a mi mamá.

La diferencia entre aquella vez y esta es sencilla. Entonces, en lugar del frío que siento ahora, estaba abrazada por ella en la terminal. Todavía recuerdo cómo me pasaba su calor, cómo yo le rodeaba la espalda con los brazos y escondía la cara en su cuello para quedarme con su olor. Ahora tengo la nariz congelada y nadie me acompaña. Todo es distinto. No dejo nada atrás que me duela de verdad: un par de camisas, unas zapatillas gastadas y mi radio viejo.

El miedo y la ansiedad no tienen nada que ver con el avión, ni con el invierno inclemente de Toronto, ni siquiera con el viaje. Es el destino lo que me da pánico. Saber que la voy a ver otra vez no me deja dormir desde hace días. ¿Cómo voy a mirarla sin salir corriendo a besarla? ¿Cómo me voy a contener?

Repiten la «última llamada» y esta sí parece la definitiva, así que junto mis cosas y camino hacia el pasillo. Me tiemblan las piernas, pero tengo que hacerlo, aunque no sé si estoy más feliz que aterrada o al revés.

Cuando por fin dejo de pensar y de perderme en los recuerdos, me doy cuenta de que la fila para abordar ya casi termina. Me apuro, me acomodo en el asiento e intento dormir. Horas después me despierta la auxiliar de vuelo para avisarme que llegamos. Estoy a un paso de mi ciudad natal, a pocas horas de ver a mi familia, a mis amigos y, si tengo suerte, a ella.

***

Tania.

Tenía que ser rápido. No era ni el lugar ni el momento, y aun así me sorprendió la prisa con la que la rubia se sacó la blusa. Aparecieron sus pezones rosados, pequeños, sensibles, erguidos, erizados quizás por el frío de mis manos. La ayudé con la falda, aunque le pedí que dejara puestos los stilettos negros: habría sido un pecado quitárselos.

—Ay… besame —pidió.

La besé con locura, porque era una locura hacer el amor en la bodega de un restaurante, con un grupo de gente pasando a menos de dos metros de la puerta de ese cuartito.

Mi lengua se enredó con la suya. Sus labios eran un dulce, y la abracé fuerte mientras le echaba la cabeza hacia atrás para tener libre su cuello. Amo besar el cuello de una mujer. Su olor me mareaba, sentía cómo se me erizaba la piel de las piernas y cómo me iba humedeciendo más. Ella acariciaba mi sexo por encima del pantalón, así que solté una mano, me saqué el cinturón y llevé sus dedos hacia mi entrepierna desnuda. Al principio se la notó tímida; después empezó un movimiento circular muy interesante.

Bajé con la lengua desde su cuello hasta sus pechos. Ella se movía desesperada, me despeinaba y jadeaba. Le recorrí el vientre con suavidad, le bordeé el ombligo, seguí besando hasta el filo de su sexo. Justo ahí me detuve.

—Ay… Tani, no pares…

Casi no podía hablar, se ahogaba en gemidos, pero yo quería tomarme un segundo para apreciar su cuerpo. Agachada frente a ella, le acaricié los muslos y besé el interior de cada uno. Su piel era tersa, muy suave, con un vello mínimo que reconocí con la lengua. Me subió la pierna al hombro. Estaba muy mojada. Le acaricié desde el pie hasta las nalgas, se las apreté fuerte y le di unas palmadas. Gimió más alto y yo me encendí todavía más.

Me tomó de la cara.

—Ya, por favor, hacelo, quiero ser tuya.

Besé su entrepierna y otro gemido se le escapó. Me empujó la cabeza contra ella, pero yo sonreí y no le seguí el juego. La tocaba lo mínimo posible: ese juego de hacerla perder la cabeza me gustaba. Tenía la tanga empapada. Como pude se la bajé y vi en todo su esplendor su clítoris hinchado, pidiendo que lo atendiera. Apenas posé los labios sobre él, sin moverme, y le metí dos dedos sin esfuerzo. Me mojó la palma de la mano.

Entraba y salía con el dedo medio y el anular mientras le besaba el clítoris, y ella soltaba gritos ahogados, consciente de que estábamos en un armario donde había al menos diez personas cerca. Aceleré. Ella se retorció, la sentí apretarme los dedos por dentro. Me puse de pie, la besé con fuerza para dejarle su propio sabor en la boca, me abrazó y tuvo un orgasmo. Fue hermoso.

Le toqué los pechos, suaves, lindos. Le apreté los pezones, se los acaricié, y ella, traviesa, me bajó el pantalón hasta las rodillas. Nuestros sexos se rozaron por primera vez y se sintió a gloria. Me acomodé para apretarme contra ella y empezamos un vaivén hipnótico. Me besaba el cuello mientras yo me movía, y se me escapó un gemido.

—Ah…

—¿Qué rico, te gusta? Hacelo como a tu chica, soy tuya…

Sentí la sangre correrme por las venas como si me hubieran inyectado algo. Era mía. Quería que sintiera que me pertenecía. La tomé del pelo, ella echó la cabeza hacia atrás y los movimientos se intensificaron. Más rápido. Al carajo el cuidado de no hacer ruido: ya no me importaba nada salvo acabar y mostrarle que era mía. Ella gemía, la mesita contra la que estábamos apoyadas ya no daba más, sentí que las piernas me fallaban y por fin terminé. La volví a besar, le apreté el trasero firme, le di una última palmada. Nos quedamos abrazadas unos minutos, recuperando el aliento.

***

Me despertó la mano de un auxiliar en el hombro, avisándome con amabilidad que ya habíamos aterrizado. Miré por la ventanilla y vi, por primera vez en años, el cielo de mi tierra. Se me hizo un nudo en la garganta. Por más que todos lo digan, los colores del cielo de mi ciudad de verdad no tienen comparación: esas auroras rosadas que lo adornan, el aroma a flores y a café que baja del campo.

Del aeropuerto a la casa son unos quince minutos. Habría pedido un taxi, pero mi hermano se empeñó en buscarme. Lo llamé y le noté la emoción en la voz. Mi hermanito, también lo extrañé muchísimo. Mi compañero de aventuras y mi defensor fiel. Desde que mamá se fue de la casa nos volvimos más unidos que nunca, cómplices en todo, en travesuras de niños y de no tan niños. La primera vez que besé a una chica corrí a contárselo. Todavía recuerdo lo que me dijo: «No es tu culpa sentir esto, las chicas son demasiado lindas». Y cuando conoció a Tania casi le hizo un examen antes de dejarnos solas; tres días después eran mejores amigos.

También estoy emocionada por verlo a él y a Romina, mi cuñada. En el colegio éramos los tres mosqueteros, todo el tiempo juntos, para arriba y para abajo.

Pedí un café en el restaurante del aeropuerto y me senté a esperar. Por alguna razón —quizás en el fondo sé cuál— no podía sacarme a Tania de la cabeza. Sabía que la iba a volver a ver y no tenía idea de cómo iba a reaccionar cuando la tuviera enfrente. Solo de pensarlo se me enfriaban las manos. Fue mi primer amor y, en el fondo, sé que será el último, porque por más que haya querido a otras, nunca volveré a amar como la amé a ella.

Apenas terminé el colegio empecé a estudiar administración acá, pero al poco tiempo se me dio la chance de entrar a una universidad importante en Toronto. Era una oportunidad única, aunque significaba estar lejos de mi familia al menos tres años que al final fueron cinco. Una experiencia sin igual: yo venía de un pueblo chico y, bueno, era otra ciudad enorme.

En ese entonces tenía una relación estable con Tania. Éramos muy jóvenes, pero estábamos centradas, cada una en lo suyo. Ella amaba el campo, la tierra, el olor de las plantas por la mañana. Nos veíamos a diario, pasábamos horas hablando. Era mi lugar seguro, el amor de mi vida. Podía tener un día terrible y, con solo escucharla, todo volvía a tener color. De las tantas veces que discutí con mi mamá, ella era mi refugio. Irónico, porque mi mamá no la soportaba; aun así, Tania nunca me habló mal de ella ni intentó ponerme en su contra. Al contrario, siempre mediaba para que no quedáramos peleadas.

Su primera vez fue conmigo. La primera vez que tuve sexo fue con un muchacho, pero la primera vez que hice el amor fue con ella. También fue la primera persona a la que amé.

Nos separamos por la distancia y, a los seis meses, vino a visitarme. Fue terrible. Desde ese día no volví a saber de ella, como si me hubiera borrado de su vida. No sé cómo le resultó tan fácil; yo sentí que me desgarraba. Aun sabiendo que todo fue culpa mía, nunca me dejó pedirle perdón, nunca me dejó volver a hablarle. Le mandé mensajes, perdí la cuenta de los correos que le escribí rogándole una oportunidad, una explicación, aunque sea su perdón. No sé si los leyó o si los borró antes de abrirlos. Le envié cartas escritas a mano y no las recibió; lo sé porque hasta le pedí a mi papá que se las entregara en sus propias manos y ella no las quiso aceptar. Ahí entendí de verdad que la había perdido, por una estupidez, por alguien que no valía la pena.

—¡Mari, qué bien que te ves! —me sacó de mis pensamientos una voz que conocía de memoria.

Sentí un abrazo fuerte por la espalda. Era Romina. Detrás venía mi hermanito con un ramo de flores. Se me cayeron las lágrimas.

—Romi, qué felicidad volver a verlos —la abracé fuerte.

—¡Hermanita! —fue lo único que Sebastián alcanzó a decir antes de que se le quebrara la voz.

A mí también se me escaparon las lágrimas. Me emocionó muchísimo tenerlo de nuevo enfrente después de tanto tiempo.

—No hay flores más lindas que vos, te ves radiante —dijo él, sonriendo—. Debe ser el aire de acá.

—Sí, será eso —reí—, el olor a hogar.

Salimos al estacionamiento. Mi hermano me llevó la maleta y yo cargué mi ramo de rosas rojas, sintiendo que estaba dentro de un sueño. Por fin volví a ver el cielo y el horizonte de mi tierra. Estoy de nuevo en casa, y en algún lugar de este pueblo está ella, esperando sin saberlo a que me anime a buscarla.

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Comentarios (4)

LectoraDelSur

Dios, que historia mas hermosa. Me dejaste sin palabras!!!

Valentina_Baires

Quede con el corazon apretado al final... necesito saber que pasa despues, por favor seguí!

PaolaFigueras

Me recordó tanto a algo que viví hace unos años que casi llore leyendo. Muy bien escrito, gracias.

CuriosaYoli

El inicio con las manos heladas en el aeropuerto... increible como con dos lineas ya me tenías enganchada. Muy bueno.

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