Saltar al contenido
Relatos Ardientes

El baúl que me reveló a la amante secreta de mi bisabuela

La casa de Valldosera llevaba dos generaciones pasando de mano en mano dentro de mi familia, y cuando por fin cayó en las mías yo apenas había subido al desván un par de veces. Polvo, vigas comidas por la carcoma, muebles desfondados y ropa apolillada: no había nada allí que pareciera valer la pena. Hasta que las primeras lluvias del otoño abrieron una gotera en el tejado y el albañil me dijo que tenía que despejarlo todo para trabajar.

Así que pasé una tarde entera subiendo y bajando trastos. La mayoría fue directa al garaje. Pero hubo una pieza que aparté: un baúl de madera oscura, pesado, con cerraduras de latón ennegrecido. Lo bajé yo sola, peldaño a peldaño, hasta mi estudio, y lo dejé junto a la ventana, donde la última luz de la tarde caía sobre la tapa.

Lo abrí esperando manteles viejos. Encontré otra cosa.

Encima de todo había una bolsita de terciopelo granate. Dentro, colgado de una fina cadena de plata, un guardapelo. Lo abrí con la uña y, en el óvalo, una fotografía descolorida mostraba el rostro de una mujer hermosa de mirada serena. En el otro lado, sujetos con un cristal diminuto, unos pocos rizos de un rojo encendido. La mujer del retrato llevaba el pelo liso y recogido. Los rizos rojos eran de otra persona. ¿De quién guardas tú un mechón pegado al pecho?, pensé, y noté un cosquilleo absurdo en la nuca.

Yo también soy pelirroja. Quizá por eso me quedé tanto rato mirando aquel mechón.

Debajo de la bolsa había ropa, sorprendentemente bien conservada gracias a una montaña de naftalina. Doblada con cuidado, separada del resto, reposaba la ropa interior. Lencería de otro siglo: lazos, corchetes, sedas que se habían vuelto color marfil con los años. En su época debió de ser algo escandaloso. Hoy resultaba casi un fetiche, y al pasar los dedos por los bordes bordados sentí que la tela aún guardaba calor.

Por debajo, una hilera de libros. Reconocí algunos lomos: obras maestras de la literatura erótica del siglo XIX, varias de ellas primeras ediciones. Quedarían magníficas en mi biblioteca. Y entre ellos, un diario manuscrito con una caligrafía hermosa y retorcida, trazada a pluma. En la primera página, una sola línea: «Para que nadie sepa lo que fui, salvo quien encuentre esto». Firmaba con una inicial, una C grande y curvada.

Casilda. Más adelante el diario me daría el nombre completo, pero esa noche solo tenía la inicial y una sospecha que crecía con cada objeto.

En el fondo del baúl, dos fajos de cartas atadas con cinta de seda y un álbum encuadernado en cuero negro. Las fotografías eran copias en papel de antiguos negativos en placas de cristal. Y, medio deshecha entre los restos de una caja de cartón, asomaba —nunca mejor dicho— una verga tallada en madera oscura, ébano pulido, de un realismo que me hizo apartar la mano por instinto y volver a acercarla un segundo después.

Dejé el diario y las cartas para más tarde. Primero quería ver las fotos.

Casilda aparecía en ellas con cada vez menos ropa. La cámara la había desnudado despacio, página a página, como si quien apretaba el obturador estuviera tan hechizado como yo. Tenía un cuerpo de líneas firmes, no exuberante: pechos altos y cónicos, de areola amplia y pezón oscuro, la piel clarísima de quien nunca tomaba el sol. La cintura, estrechada por años de corsé, daba paso a unas caderas anchas y a un trasero generoso que en una de las fotos ofrecía a la cámara, a cuatro patas, mirando por encima del hombro con una sonrisa que no tenía nada de inocente.

Pasé las páginas más despacio. La piel se me había encendido sin permiso.

En las últimas hojas del álbum, Casilda ya no estaba sola. Había otra mujer con ella. Una melena rizada que el blanco y negro no dejaba ver, pero que yo, con el guardapelo todavía abierto sobre la mesa, supe de qué color era. Estaban desnudas, besándose, las manos de una recorriendo el cuerpo de la otra. En una se acariciaban los pechos. En otra, una tenía la cara hundida entre los muslos abiertos de su amante, y la postura de la espalda, la tensión de los dedos clavados en la sábana, no dejaban lugar a dudas sobre lo que estaba ocurriendo.

Eran pocas fotos. Demasiado pocas para mi gusto. Cómo me habría gustado ser yo quien sostuviera la cámara aquella tarde. Pero bastaban para entenderlo todo: aquellas dos mujeres se habían amado en una época en la que amarse era un secreto que se guardaba en un baúl, bajo llave, bajo la naftalina, bajo cien años de silencio familiar.

El sofá sobre el que Casilda exhibía su cuerpo en las fotografías era el mismo que yo había bajado al garaje dos días antes. La misma madera, los mismos remates. La casa entera, de pronto, dejó de ser mía. Era de ella primero.

***

Me levanté y comparé la lencería con mi propio cuerpo, sosteniéndola delante del pijama. Éramos casi de la misma talla. Casi de la misma altura. La curiosidad me ardía en las manos, y no solo la curiosidad. ¿Me valdrá?, me pregunté, y supe que iba a averiguarlo aunque fuera una idea absurda.

Me quité el pijama y empecé a vestirme con sus prendas. Lo hice despacio, con un cuidado casi ceremonial, como si ella pudiera ofenderse por una prisa.

Primero unas bragas finísimas, de una seda que apenas se notaba. Tardé unos segundos en comprender la abertura cosida justo sobre el sexo. Una mujer con esa lencería no tenía que desnudarse para hacer sus necesidades. Ni para que la tomaran. El corte dejaba la vulva libre bajo la tela, y solo de pensarlo noté que me había humedecido.

Por encima, una enagua de muselina tan leve que apenas rozaba mi piel. No entiendo cómo unas manos pudieron tejer algo así, ni cómo había sobrevivido tantos años. Sobre la cama, el corsé. Para ajustarlo bien habría necesitado otro par de manos, así que solo me lo coloqué y cerré los corchetes suficientes para sentirlo: para notar cómo levantaba mis pechos y me apretaba la cintura hasta dejarme la respiración corta. Bien apretado debía de ser un instrumento de tortura. Apenas ceñido era ya una caricia firme que me recordaba mi propio cuerpo a cada inspiración.

Me miré en el espejo del estudio. Y por un momento no me reconocí. La luz baja, los rizos rojos sueltos sobre los hombros pálidos, la seda antigua ciñéndome: podría haber sido cualquiera de las dos. La del retrato, o la de los rizos del guardapelo.

Antes de leer una sola línea del diario, me regalé unos minutos. Coloqué mi cámara sobre la estantería, puse el temporizador y me hice unas cuantas fotografías imitando lo mejor que pude las posturas de Casilda. De pie, una mano en la cadera. De espaldas, mirando por encima del hombro. A cuatro patas sobre el sofá, igual que ella. Tendría que empezar mi propio álbum. Las últimas, las que ella se hacía con su amante, las dejé para otra ocasión. Para cuando yo también tuviera compañía.

Y entonces, sola frente al espejo, dejé que la fantasía tomara el mando.

Me excitaba la simple idea de parecerme a ella. De llevar pegada a la piel la misma tela que ella se había quitado un siglo antes, la que había lucido para amigas y amantes. Su sensualidad, revivida tanto tiempo después, parecía estar poseyéndome a mí, devolviendo mi cuerpo a un calor antiguo, al sexo en estado puro.

Mi mano se perdió bajo la muselina, buscando la abertura de las bragas. La encontré, y mis dedos resbalaron directos sobre los labios húmedos de mi sexo, sin tela de por medio, sin ningún obstáculo. Cerré los ojos. Veía las fotografías por dentro de los párpados: Casilda a cuatro patas, la melena roja de la otra cayendo sobre su vientre, las dos bocas encontrándose.

Quería más. Recordé la madera oscura.

Cogí la verga de ébano y la pasé despacio por mis pezones, que asomaban por encima de la media copa del corsé, duros y sensibles. Bajé el glande tallado por el centro de mi cuerpo, lo froté contra los labios de mi vulva hasta empaparlo, y lo dejé abrirse paso hacia dentro. Lo que había estado dentro del cuerpo de Casilda estaba ahora dentro del mío. La misma pieza, el mismo recorrido, separados por cien años y por nada.

Su sexo era el mío. Eran sus dedos los que me recorrían por dentro, su lengua la que imaginaba entre mis muslos, su amante de rizos rojos la que se inclinaba sobre mí en la penumbra. Con la otra mano apreté un pezón comprimido por el corsé y arqueé la espalda, el culo levantado igual que en las fotos, la misma pose, el mismo gesto. Dos cuerpos confundidos en el tiempo.

Mi boca buscaba la suya. Daba besos al aire, me lamía los dedos que querían tocar una piel perdida en el pasado, una piel que solo existía ya en placas de cristal y en mi imaginación. No sabía si quería hacerle el amor a Casilda o convertirme en ella. No sabía si deseaba a la mujer del retrato o a la de los rizos. Me daba igual. Me dejé arrastrar por las dos a la vez.

Empujé la madera más adentro, marcando un ritmo que no era mío, que parecía dictado por aquellas líneas escritas a pluma y por las imágenes en papel. La muselina susurraba con cada movimiento, el corsé me obligaba a respirar en bocanadas cortas, y la lencería de otra mujer, de otra época, me llevó a un orgasmo en el que la fantasía tomó del todo las riendas. Me corrí mordiéndome el labio para no gritar en una casa vacía, con la verga de Casilda dentro y su mechón rojo brillando sobre la mesa.

Cuando recuperé el aliento, seguía vestida con sus sedas, tumbada sobre el mismo sofá del álbum. El diario me esperaba a un palmo de la mano, y las cartas, atadas con su cinta. Iba a leerlas todas, página por página, nombre por nombre. Quería saber quién era la mujer de los rizos rojos, qué le escribía Casilda, cómo habían conseguido amarse a contracorriente de su siglo.

Pero esa noche ya sabía lo más importante. Aquel baúl no me había dejado una herencia de muebles ni de libros antiguos. Me había dejado a ella. Y, sin pretenderlo, me había devuelto un deseo que llevaba demasiado tiempo doblado y guardado, bajo la naftalina, esperando que alguien por fin lo sacara a la luz.

Ver todos los relatos de Lésbicos

Valora este relato

Comentarios (4)

Rosa_leyente

Que historia tan hermosa... me dejo pensando todo el dia

MarcelaRN

Por favor una segunda parte, quede con ganas de saber mas sobre ese amor secreto. No me dejes con la intriga!

Inés_del_sur

genial!!!

Mirta_Rdz

Me recordo a cuando encontre unas cartas viejas de mi abuela... uno nunca sabe los secretos que guardan los mayores. Muy emotivo

Deja un comentario

Iniciar sesión o crear cuenta

Elegí cómo querés continuar.