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Relatos Ardientes

El secreto de mi madre con el técnico del aire

Mis padres llevaban más de veinte años casados y yo jamás había tenido motivos para sospechar de ninguno de los dos. En casa, mi madre era la señora intachable: misa los domingos, la comida lista a la hora exacta, el rosario en el cajón de la mesita. Por eso lo que descubrí aquella tarde me costó tanto encajarlo. A veces todavía no sé si lamentarlo o agradecerlo.

Todo empezó por una torpeza mía. Estaba en el baño con el teléfono en la mano, jugando como cualquier tarde de domingo, cuando se me resbaló y cayó al agua. Lo saqué enseguida, lo sequé, lo soplé, recé a su manera católica de mi madre para que encendiera. Nada. La pantalla quedó negra para siempre, y con ella mi partida a medias y todo lo que tenía sin guardar.

Mi madre se había ido esa mañana con mis tías y mi abuela a conocer a una prima recién nacida, y con las prisas había olvidado su celular en la cómoda. Era un aparato viejo, lento, sin apenas memoria, de esos que ella usaba solo para llamar porque «las redes son una pérdida de tiempo». Pensé en tomarlo prestado un rato para entretenerme mientras volvía. Solo eso.

El cacharro iba tan ajustado de espacio que no me dejaba ni abrir una aplicación nueva. Empecé a borrar cosas que supuse inútiles para hacer hueco, y entre ellas desinstalé sin querer la mensajería. Cuando me di cuenta del lío, la volví a instalar y, para que no notara que había andado en su teléfono, restauré la última copia de seguridad. Tardó una eternidad en cargar todos los chats. Y al terminar, el primero de la lista era un contacto que yo no conocía: «Damián a/c».

No sé qué me empujó a abrirlo. Curiosidad, aburrimiento, algo. Lo que leí me dejó frío.

Él la llamaba «mi reina». Ella le respondía «mi vida». Se mandaban corazones, audios cortos, mensajes de buenas noches que ninguna señora de hogar le escribe a un desconocido. Subí y subí por la conversación con el pulso disparado, leyendo cómo se extrañaban, cómo contaban los días para verse, cómo él le proponía cosas que me hacían apartar la vista de la pantalla y volver a mirar enseguida. «Me tenés loco, mi reina, se me pone dura solo de acordarme de cómo me la chupás», leí en uno. «Vení pronto que tengo el coño empapado esperándote», respondía ella. Mi madre, la del rosario, se reía de cada propuesta con un descaro que yo nunca le había visto, y le devolvía guarradas que me hacían releerlas dos veces para creérmelas: que soñaba con tenerlo dentro, que le encantaba cómo se lo metía hasta el fondo, que ningún hombre se la había follado nunca así.

Cuando entré al perfil del tal Damián y vi su foto, todo encajó de golpe. Era el técnico que menos de un mes atrás había venido a limpiar el aire acondicionado de casa y el de la oficina de mi padre. Un mulato de unos treinta y muchos, delgado pero de brazos marcados, con esa seguridad de hombre que sabe que gusta. Recordé que aquella tarde se había quedado mirando a mi madre más de la cuenta, y que yo no le di importancia porque era inevitable: a sus cuarenta y siete años, ella todavía giraba cabezas por la calle.

***

Bajé hasta los archivos compartidos casi sin querer, como quien no puede dejar de tocarse una herida. Y entonces aparecieron las fotos.

Medio año de evidencia. Imágenes de los dos en una habitación que no era nuestra casa, con sábanas de colores y una pared desconocida. La casa de él, supuse. Mi madre riéndose a la cámara con una libertad que en veinte años yo no había visto cruzar su cara. Damián a su lado, sin camiseta, mostrando un torso firme y una mata de vello oscuro que le subía por el pecho. Las primeras databan de casi seis meses atrás. Seis meses de mentiras servidas con la sonrisa de siempre en la mesa del comedor.

Las fotos empezaban inocentes y se iban volviendo cada vez más explícitas. En unas cuantas, mi madre aparecía desnuda de la cintura para arriba, con las tetas al aire —más grandes y firmes de lo que yo hubiera podido imaginar en una mujer de su edad—, mordiéndose el labio con una picardía que dolía verle. En otras, ya sin nada de ropa, abría las piernas para la cámara y se abría el coño con dos dedos, ofreciéndoselo al que estuviera del otro lado del teléfono. Había una donde Damián se la agarraba por detrás, la polla oscura y gruesa clavada hasta la raíz en el culo de ella, y mi madre miraba a cámara con la boca abierta y los ojos entornados como si le estuviera pidiendo a Dios que no la dejara terminar todavía. En otra, arrodillada en el piso, sostenía esa verga con las dos manos y le pasaba la lengua por el glande con una devoción de misa.

Tendría que haber cerrado el teléfono ahí mismo. No lo hice. Y al pasar a la siguiente tanda de fotos descubrí algo de mí que llevaba tiempo intuyendo y nunca me había atrevido a nombrar.

Porque no era el cuerpo de mi madre lo que retenía mi mirada. Era el de él.

Me sorprendí estudiando cada detalle del técnico con una atención que no tenía nada de inocente. La línea de los hombros, la barba espesa, la manera en que la luz le marcaba el abdomen. La polla gorda y venosa que colgaba pesada entre sus piernas en las fotos de después, todavía brillante de saliva y de flujo de ella. Los huevos oscuros y llenos. La manera en que se agarraba la verga desde la base para restregársela por la cara a mi madre, con esa seguridad de macho que sabe que la tiene comiendo de la mano. Yo ya sabía, desde hacía un par de años, que me gustaban los hombres; lo había callado en una casa donde esas cosas no se decían. Pero verlo ahí, tan seguro, tan adulto, tan dueño de sí mismo, me confirmó sin lugar a dudas lo que mi cuerpo venía repitiéndome a gritos.

Sentí un revoltijo imposible de explicar. Asco por la traición a mi padre. Vergüenza por estar fisgoneando algo tan íntimo. Y, debajo de todo, una excitación que me costaba reconocer como mía, mi propia polla dura contra la tela del pantalón, latiéndome contra el muslo cada vez que pasaba una foto. No me imaginaba a mí en el lugar de mi madre, claro que no. Pero la fantasía que se me coló en la cabeza fue otra: la de ser yo quien estuviera de rodillas frente a un hombre así, sintiendo esa verga pesada apoyada en la lengua, alguien que me agarrara del pelo con la misma firmeza con la que él la agarraba a ella.

***

Aquella tarde mi madre tardó horas en volver. Las pasé sentado en mi cama, con el teléfono ajeno entre las manos, recorriendo una galería que no debería haber visto nunca.

Por las fechas até cabos. Se veían más o menos una vez por semana, y entre encuentro y encuentro no paraban de escribirse. Había una secuencia que me heló: él le mandaba una foto de la polla dura envuelta en su propio puño y la frase «cuento las horas, mi reina, mirá cómo la tengo por vos», y ella respondía con un audio del que solo me animé a leer la transcripción automática. «Yo también, no aguanto más, tengo el coño empapado desde que me levanté pensando en tu verga», decía. Mi madre. La de la comida lista a la hora exacta.

Reconstruí, mensaje a mensaje, el día que él vino a casa con su caja de herramientas. Esa mañana se habían escrito desde temprano: a qué hora llegaba, cuánto se demoraría, lo nervioso que estaba. «Voy a hacerte gritar en tu propia cama», le había prometido él. «Rompémela, mi amor, quiero sentirla toda la semana», le había contestado ella. Y recordé, con un nudo en el estómago, que esa misma tarde yo me había ido a casa de un amigo del barrio. Les había dejado la casa para ellos solos sin saberlo. Mientras yo jugaba en el patio de otro, en mi propio hogar pasaba lo que pasaba: mi madre montada sobre ese hombre en la cama de matrimonio de mis padres, con el coño ensartado en su polla, moviéndose encima de él como no se movía desde hacía años, dejando que se la follara en el mismo colchón donde dormía con mi padre.

Me pregunté qué habría hecho si hubiera vuelto antes. Si los hubiera encontrado. Y no supe responderme. Esa duda me incomodó más que ninguna foto.

***

Había también videos. Dos o tres, cortos, grabados con esa torpeza temblorosa de quien sostiene el teléfono con una mano. No pude verlos enteros; los corté a los pocos segundos, con el corazón golpeándome las costillas y la cara ardiendo. Pero lo poco que vi me bastó para entender la dimensión de aquello.

En el primero, mi madre estaba a cuatro patas en esa cama de sábanas de colores, con el culo levantado y la espalda arqueada, y Damián detrás, agarrándola de las caderas con las dos manos, metiéndosela con embestidas secas que le hacían temblar todo el cuerpo. Se le oía el chapoteo del coño mojado cada vez que la verga entraba hasta los huevos, y a ella jadear con la cara hundida en la almohada, mordiéndose la mano para no gritar. «Así, así, no pares, rompémela», la escuché decir con una voz baja y rota que yo no le conocía y que jamás voy a poder olvidar. Damián le respondió con un gruñido y una nalgada que la hizo levantar la cabeza y pedir otra.

En el segundo video, mi madre estaba sentada sobre él a horcajadas, saltando en su polla con las tetas al aire, agarrándose de sus hombros. Él le chupaba los pezones y le mordía el cuello, y ella se dejaba caer con todo su peso ensartándose hasta el fondo, gimiendo cada vez más agudo, hasta que se puso a temblar entera y a gritar que se estaba corriendo, que no parara, que se venía en su verga. Nunca en mi vida había oído a mi madre pronunciar esas palabras. En casa nunca había sonado así. Nunca había sonado libre.

Del tercero solo alcancé a ver el final: Damián de pie al borde de la cama, agarrándose la polla con la mano, y mi madre arrodillada frente a él con la boca abierta y la lengua afuera, esperando. Un chorro grueso de semen le cruzó la cara desde la frente hasta el mentón, y otro le llenó la boca, y ella se relamió con una sonrisa golosa que me quemó los ojos. Corté el video con los dedos temblando.

Pensé en mi padre, en sus silencios largos, en cómo llevaban años sin tocarse delante de nadie, durmiendo de espaldas. Y aunque no justifiqué a mi madre ni por un segundo, entendí algo que a esa edad uno prefiere no entender: que detrás de la señora intachable había una mujer entera, con un hambre que en su matrimonio se había apagado, y que ese técnico de brazos marcados se la había devuelto a fuerza de polla y de manos que sabían dónde tocar.

Cerré los videos. Cerré la galería. Me quedé un rato largo mirando el techo, con la respiración pesada y una erección que no se me iba, intentando ordenar lo que sentía y fracasando en el intento.

***

Cuando mi madre por fin llegó, entrada la noche, yo ya había dejado su teléfono exactamente donde lo había encontrado, con la copia de seguridad restaurada y, recé, sin huella de mi paso. Entró con su sonrisa de domingo, contando lo gorda que estaba la prima recién nacida y lo bien que le había quedado el bautismo a no sé quién. Me preguntó si había comido. Me dijo que me veía pálido.

—Estoy bien —mentí, con la misma facilidad con que ella mentía cada día.

La observé moverse por la cocina, ponerse el delantal, encender la hornilla, persignarse antes de empezar a cocinar como hacía siempre. La misma de toda la vida. Y, a la vez, una completa desconocida. Debajo del delantal seguía estando el mismo cuerpo que yo había visto abierto de piernas en una cama ajena, la misma boca que había tragado semen ese mediodía sonreía ahora bendiciendo la sartén. Sentí que algo entre nosotros se había roto sin que ella lo supiera, y que ese silencio era ahora mi carga, no la suya.

Nunca le reclamé nada. No se lo conté a mi padre, ni a mis tías, ni a nadie. Guardé el secreto como se guarda una piedra en el bolsillo: pesada, presente, imposible de soltar del todo. No volví a tocar su teléfono. No quise saber si lo de Damián siguió o si se apagó como se apagan estas cosas. Tampoco averigüé cómo se habían conocido. Algunas puertas, una vez que las abrís, lo más sano es cerrarlas y no volver a mirar por la rendija.

De todo aquello me quedó algo, sin embargo, que tardé en aceptar y que hoy llevo con más calma. Aquella tarde, espiando una intimidad que no me pertenecía, terminé de entenderme a mí mismo. Comprendí qué me gustaba, qué deseaba, qué clase de hombre me hacía temblar la polla contra el pantalón. Fue una manera extraña, incómoda, casi cruel de descubrirlo. Pero fue la mía.

A veces pienso en aquella sonrisa de oreja a oreja que mi madre tenía en las fotos, esa que en casa nunca le vi, y en el brillo del semen todavía fresco en su mentón. Y aunque no se lo diría jamás, en el fondo entiendo perfectamente por qué se arriesgó a tener algo así. Algunos deseos, por más que uno los esconda bajo un delantal y un rosario, no se dejan apagar.

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Comentarios(7)

SoniaCba

tremendo inicio, me engancho desde el titulo!! quiero saber como termina todo esto

Darkero_92

La premisa es muy buena. El detalle del celular al agua lo hace creible, no arranca forzado como otros relatos. Continua porfavor

MatiasPlata

jajaja ese momento de descubrir el chat guardado... imaginate la cara. buenisimo

Rafa_lectura

Se hizo cortisimo, necesito la segunda parte ya!!

NocheLobo

me recordo un poco a algo que me paso con el celular de mi vieja jaja aunque en mi caso no encontre nada tan jugoso. Muy buen relato

Valentina_Baires

Muy bien escrito, tiene ritmo y suspenso desde el principio. Segui asi, se nota que tenes mano para esto

FernandoRR

Buenisimo!!! esperando la continuacion

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