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Relatos Ardientes

El fisioterapeuta que me dejó nueva a los 56

Cinco días después de aquella tarde imposible con el chico del gimnasio, Mercedes todavía sentía el eco del encuentro en el cuerpo. El problema era que el cuerpo, a los cincuenta y seis años, pasaba factura de otra manera. Una contractura brutal le había anclado el sacro, y un dolor punzante le bajaba por el glúteo derecho cada vez que intentaba sentarse más de diez minutos seguidos.

Una amiga le pasó un contacto sin darle importancia. «Es serio, profesional, hace visitas a domicilio y te deja nueva», le dijo. Nada más. Mercedes solo buscaba alivio. Eso, al menos, era lo que se repetía mientras marcaba el número.

Lo cierto es que llevaba una semana de mal humor. El dolor la había obligado a cancelar la cena con sus amigas, a dejar las clases de pilates, a moverse por su propia casa como una anciana de noventa años. Detestaba esa sensación. Toda la vida había sido una mujer que decidía sobre su cuerpo, y de repente el cuerpo había empezado a decidir por ella. Una visita a domicilio le pareció lo más digno: nada de salas de espera, nada de explicaciones. El profesional venía, hacía su trabajo y se iba.

Andrés llegó a las ocho menos cuarto, puntual hasta el minuto. Alto, de hombros anchos, con una barba recortada con cuidado y una camiseta gris oscura que le marcaba el pecho. Treinta y un años, calculó ella, quizá menos. Traía una camilla plegable bajo el brazo y una expresión de absoluta seriedad, la de alguien que venía a hacer su trabajo y nada más.

—¿Dónde le viene mejor que monte la camilla? —preguntó, recorriendo el salón con la mirada.

—Donde quieras —respondió ella—. La casa es tuya esta hora.

Mercedes lo recibió con unos leggins negros y una camiseta ancha sin nada debajo. Cuando él le pidió que se descubriera la espalda, se quitó la camiseta sin dramatismo, quedando en unas braguitas negras sencillas, y se tumbó boca abajo sobre la camilla. A esa edad había dejado atrás los pudores. El cuerpo era lo que era, y quien tuviera un problema con eso, que mirara para otro lado.

El masaje empezó como debía empezar. Andrés valoró la zona con los dedos, localizó los nudos, calentó el aceite entre las palmas. Sus manos eran metódicas, expertas, deshaciendo tensión en las lumbares y los trapecios con una presión que arrancaba pequeños suspiros de alivio. Bajó hacia los glúteos, apartó la sábana con profesionalidad y trabajó la zona del sacro con los pulgares, presionando alrededor del punto exacto donde el dolor se concentraba.

El roce constante, el calor del aceite, la presión profunda y rítmica. El cuerpo de Mercedes empezó a responder por su cuenta, traicionando todas sus intenciones. Notó los pezones endurecerse contra la camilla, una humedad tibia entre los muslos, la respiración volviéndose lenta y densa. Cerró los ojos y se dejó llevar, aunque sabía perfectamente hacia dónde iba aquello.

Andrés también lo notó. No dijo nada al principio, pero algo cambió en sus manos, una vacilación mínima. Cuando volvió a hablar, su voz había bajado medio tono.

—La zona pélvica está muy contracturada —dijo—. Si le parece, trabajo un poco más profundo. Dígame si en algún momento quiere que pare.

Mercedes giró la cabeza sobre la camilla y lo miró por encima del hombro, con los ojos brillantes y esa sonrisa torcida que llevaba toda la vida desarmando a los hombres.

—No pares —dijo—. Pero ahora empieza la sesión de verdad, fisio.

Se incorporó con calma, se sentó en el borde de la camilla y dejó que la sábana cayera al suelo. Lo miró de arriba abajo, sin prisa, como quien evalúa algo que va a comprar.

—Primera lección —dijo—. Quítate la ropa. Quiero ver con qué vienes.

Andrés se quedó descolocado un segundo, pero la sorpresa duró poco. Se quitó la camiseta por la cabeza y dejó caer el pantalón. Tenía un cuerpo trabajado, de los que no se exhiben pero se notan, y una erección que crecía a ojos vistas, gruesa y con una curvatura suave hacia un lado.

—Mucho mejor —murmuró ella.

Mercedes se deslizó hasta el suelo, se arrodilló frente a él y se lo tomó con una mano. Empezó despacio, con la lengua plana recorriéndolo desde la base, deteniéndose en el glande, bajando otra vez. No tenía prisa ninguna. Lo trabajó con la calma de quien sabe que el tiempo juega a su favor, alternando la succión profunda con lametones lentos, cerrando los labios y soltándolo con un sonido húmedo. Andrés echó la cabeza hacia atrás y dejó escapar un gemido que no esperaba dejar escapar.

—Joder… —musitó—. No me esperaba esto.

—Nadie se lo espera nunca —respondió ella sin levantar la vista—. Esa es la gracia.

***

Lo guió hasta el dormitorio y lo empujó suavemente sobre la cama. Andrés cayó de espaldas y ella se acomodó entre sus piernas, recorriéndole los muslos con las manos, subiendo despacio. Lo miró a los ojos antes de inclinarse de nuevo.

—Segunda lección —dijo—. Relájate y pide lo que quieras. Aquí no hay nada que esté mal.

—Yo… —Andrés tragó saliva—. Nunca me han hecho según qué cosas. Bien, quiero decir.

—Pues hoy te las van a hacer bien.

Mercedes le devolvió la atención con una entrega que lo desarmó. Cada caricia tenía intención, cada movimiento estaba calculado para llevarlo justo hasta el borde y dejarlo ahí, suspendido. Una mano marcaba el ritmo mientras la otra le acariciaba el interior de los muslos, los testículos, la cara interna de las caderas. Andrés se retorcía sobre las sábanas, las manos hundidas en su pelo, las caderas buscándola.

—Más… por favor… —jadeaba—. No pares ahora.

Ella se detuvo de golpe, justo cuando lo notó al límite. Andrés abrió los ojos, desesperado, y la encontró sonriendo.

—Tercera lección —dijo Mercedes, limpiándose la comisura con el pulgar—. Ahora te toca a ti. Y quiero que me sorprendas. Nada de ir a lo seguro.

Se tumbó boca arriba en el centro de la cama, las piernas abiertas, una mano detrás de la nuca, mirándolo con un desafío tranquilo. Andrés se quedó un instante contemplándola, como si no terminara de creerse dónde estaba, y luego se lanzó.

***

Empezó con la boca, con un hambre que no se había permitido mostrar hasta entonces. Su lengua trabajó cada centímetro con una concentración que la hizo arquearse contra el colchón, alternando la presión firme con caricias apenas perceptibles, leyendo sus reacciones, ajustándose a cada gemido. Metió los dedos despacio, curvándolos hacia el punto exacto, mientras la lengua seguía su trabajo en círculos.

Mercedes se aferró a las sábanas y dejó de fingir que controlaba algo. El placer la recorrió en una ola larga y profunda que la hizo gemir alto, las caderas levantándose en busca de su boca. El primer orgasmo la pilló casi por sorpresa, sacudiéndola entera, y Andrés no se detuvo. Siguió hasta arrancarle el segundo, que llegó más hondo, más largo, dejándola temblando y empapada.

—Madre mía —jadeó ella, riéndose entre el temblor—. Para ser un chico tan serio, escondías muchas cosas.

Andrés levantó la cara, los ojos encendidos, recuperando un aplomo que no le había visto hasta ese momento.

—Tengo más —dijo en voz baja—. Si me dejas.

—Te dejo todo.

La confesión salió de él casi sin querer, con la voz ronca de quien dice en alto un deseo que llevaba mucho tiempo guardado. Le contó lo que quería, con detalle, mirándola a los ojos, sorprendido de sí mismo. Mercedes lo escuchó con una sonrisa que se ensanchaba palabra a palabra.

—Eso es exactamente lo que quería oír —dijo—. Hazlo. Todo.

Andrés se colocó sobre ella y la penetró de un solo empuje, hundiéndose en su calor húmedo. Mercedes lo recibió con un gemido gutural, las uñas clavándose en su espalda. Las embestidas eran fuertes y profundas, y él cambiaba el ángulo buscándole los puntos que la hacían gritar. La giró de lado, le levantó una pierna, siguió desde atrás con una mano deslizándose hacia delante para no dejarla descansar ni un segundo.

—Así… justo así… —jadeaba ella, la cara contra la almohada.

El ritmo se volvió frenético, sudor y aliento entrecortado, el cabecero golpeando la pared. Mercedes llegó otra vez, y otra, perdiendo la cuenta, el cuerpo contrayéndose alrededor de él en oleadas que parecían no terminar nunca. Cuando lo notó al límite, lo apretó con fuerza, lo retuvo, lo arrastró con ella.

Andrés se vació con un gruñido animal, las caderas empujando hasta el fondo, el cuerpo entero estremeciéndose sobre el suyo. Cayeron juntos sobre el colchón, resbaladizos, sin aire, las piernas enredadas.

***

Tardaron un rato largo en recuperar la respiración. Andrés se quedó mirando el techo con una media sonrisa incrédula, y Mercedes le pasó un dedo perezoso por la barba húmeda.

—No me esperaba que un fisio tan serio guardara tantas fantasías ahí dentro —dijo, con esa risa grave que le salía de muy abajo.

Andrés se giró hacia ella y la abrazó, todavía jadeando.

—Y yo no me esperaba que una clienta me convirtiera en lo que acabo de ser. —Le buscó los ojos—. Quiero repetir. Cada semana, si tú quieres. Y traer alguna fantasía nueva cada vez.

Mercedes se incorporó sobre un codo y lo miró con una calma divertida, la de quien ya ha vivido bastante como para saber reconocer una buena oferta cuando la tiene delante.

—La agenda está abierta, fisio —dijo—. Y la espalda, por cierto, ya no me duele nada. —Hizo una pausa, sonriendo—. Esto acaba de empezar.

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Comentarios(7)

Susana_R

Dios que relato!!! no me lo esperaba tan bueno la verdad. Mas de esto por favor

NachoCba_lector

La tension que construye antes de que todo explote es impresionante. Uno de los mejores que leí en mucho tiempo, sin exagerar

RosaQuintana

Excelente!!! que bueno ver protagonistas que no son de 20 años. Seguí asi

Caro_LectBsAs

Me recordo tanto a una sesion de kinesiologia que tube hace años... bueno no tan asi pero por momentos la imaginacion vuela jaja. Muy bueno

Fer_uy

la voz grave... uff. Muy bien escrita esa parte, te mete de lleno

MarceloNoc

Corto y contundente. Quede con ganas de que siguiera pero tambien esta bien dejarlo con ese final. Muy logrado

Luisa_mv

La manera en que esta escrito te mete de lleno en la situacion, senti cada momento como si estuviera ahi. Espero tu proximo relato!!

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