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Relatos Ardientes

La vecina que aprendió a no esconderse

La tarde se posaba sobre el barrio con esa calma doméstica que solo conocen las calles de casas bajas y jardines cuidados. En el patio trasero de Marisol, las dos amigas compartían una jarra de té helado que ya sudaba sobre la mesa de madera. Los chicos andaban en la plaza, y por un raro instante el silencio se había vuelto compañía y no ausencia.

—Es ridículo —suspiró Marisol, acomodándose el escote de la blusa de manga corta—. Ayer fui a una tienda del centro a comprar ropa interior. Le dije mi talla a la chica del mostrador y me miró como si le hubiera pedido un paracaídas en vez de un sostén.

Bárbara la observaba con esa atención analítica que la caracterizaba. Marisol, con su metro y medio escaso, la piel clara y la melena rubia ondulada cayéndole sobre los hombros, parecía una figura de proporciones imposibles. El pecho, amplio y firme a pesar de los años y de los dos partos, tensaba la tela de la blusa de un modo casi insolente. Cada gesto suyo era un balanceo que costaba ignorar.

—¿Y los hombres? —preguntó Bárbara, más delgada, casi recta de figura, con el rubio platino cortado muy corto.

—¿Qué pasa con ellos? —Marisol soltó una risa amarga—. Lo de siempre. Miradas que se clavan acá —se señaló el pecho con un gesto circular—. Desde la adolescencia. Mis primeros novios solo querían lo mismo. En el colegio me pusieron un apodo que no pienso repetir. A veces creo que ni siquiera me veían la cara.

Bárbara tomó un sorbo, pensativa. Su amiga había cargado toda la vida con esa atención, a veces halagadora, casi siempre agobiante.

—Te pasaste la vida tratando de esconder algo que es… espectacular —dijo Bárbara, eligiendo la palabra con cuidado—. Quizá ya es hora de dejar de esconderlo. De sacarle provecho.

Marisol arqueó una ceja.

—¿A qué te referís?

—A que hay hombres que pagarían por disfrutar de algo así. Sin sexo. Solo por el placer de mirar, de tocar un poco. Un juego controlado, con reglas que ponés vos.

—Estás loca.

—Escuchame —Bárbara se inclinó hacia adelante y bajó la voz—. Don Emilio, el viejo de la casa de piedra al final de la calle. Tiene setenta y pico. Mi marido a veces le lleva cosas del taller, y dice que el hombre quedó impotente hace años. Pero no ciego. Vive solo, tiene plata y, por lo que cuentan, es todo un caballero.

—¿Y querés que vaya a ofrecerme? —preguntó Marisol, escandalizada, aunque con un brillo de curiosidad en los ojos.

—No sola. Vamos las dos. Yo te acompaño. Sería apenas un coqueteo, un espectáculo. Dejás que mire, que toque un poco si vos querés, y a cambio él nos da una buena propina. Llamémoslo un agradecimiento por alegrarle la tarde.

Marisol se quedó mirándose las manos. Recordó las miradas furtivas de toda una vida, los susurros, la sensación constante de ser un objeto antes que una persona. Pero también recordó el poder que a veces sentía, esa fascinación rara que provocaba sin proponérselo. Bárbara tenía razón en algo: siempre había peleado contra su propio cuerpo, nunca a su favor. Tal vez fuera el momento de cambiar de estrategia.

***

Dos días después tocaron el timbre de la casona de piedra. Don Emilio abrió. Era un hombre alto, espigado, de pelo blanco bien peinado y ojos celestes desvaídos pero despiertos. Llevaba un suéter de lana fina y pantalones de vestir, como si esperara visitas importantes y no a dos vecinas con un postre.

—Señoras —dijo, con una voz sorprendentemente firme—. Bárbara. Y usted debe ser Marisol. ¿En qué puedo ayudarlas?

—Don Emilio —empezó Bárbara, con su sonrisa más dulce—. La tarde está tan aburrida que pensamos en hacerle una visita. Trajimos tarta de manzana, recién horneada.

El hombre las hizo pasar. La casa estaba impecable, llena de libros, con un leve olor a madera lustrada y café. Se sentaron en la sala. La charla fluyó sobre el barrio, los hijos, el clima que no terminaba de decidirse. Marisol, nerviosa, notaba la mirada de don Emilio posándose en ella, siempre de manera educada pero persistente, como quien observa un cuadro y no quiere que lo descubran mirándolo demasiado.

Fue Bárbara quien dio el primer paso.

—Don Emilio, Marisol tiene un problema que quizá usted, como hombre de mundo, sepa entender —dijo, en tono juguetón—. Le cuesta muchísimo encontrar ropa que le quede bien. Por su… complexión.

El anciano miró a Marisol de frente.

—Es usted una mujer de una belleza clásica —dijo, midiendo cada palabra—. Y es verdad, su figura es… notable. De las que ya casi no se ven.

Marisol sintió un calor subirle a las mejillas. No era la mirada lasciva de los muchachos. Era una apreciación serena, casi estética, y por eso mismo la desarmaba.

—A veces es una carga —confesó, y por primera vez la queja sonó genuina y no resentida—. Todo el mundo ve solo esto.

Se señaló el pecho con un gesto tímido. El escote del vestido de punto, un sencillo cuello redondo, se estiraba peligrosamente sobre la curva.

—Permítame ser franco —dijo don Emilio, apoyándose en su bastón—. La belleza, en todas sus formas, es un regalo. Negarla es una falta de respeto al tiempo que la concedió.

Hubo un silencio. Bárbara sonrió apenas.

—Quizá Marisol necesite que alguien se lo recuerde. Alguien que sepa apreciarlo sin exigir nada.

La comprensión iluminó los ojos del anciano. No era un hombre tonto. Vio la propuesta no dicha, el juego sutil que se tejía entre las dos mujeres. Y en su mirada no apareció la lujuria grosera, sino un destello de nostalgia, de gratitud por un placer que creía olvidado hacía mucho.

—¿Me harían el honor de quedarse un rato más? —preguntó, con la voz un poco más ronca—. Esa tarta huele maravillosa.

Fue un baile lento y medido. Mientras comían, la charla derivó hacia anécdotas de la juventud de don Emilio, viajes en barco, una novia en un puerto del sur. Marisol, cada vez más relajada, se reía con ganas, y con cada risa su cuerpo se sacudía de una manera que hacía perder el hilo al viejo caballero a mitad de la frase.

—Debe de ser incómodo —dijo él en un momento, señalando con la cabeza, delicado—. Tanto peso encima.

—Mucho —admitió Marisol. Y entonces, empujada por una audacia que no sabía que tenía, agregó—: A veces me duele la espalda.

—Quizá podría aliviarle un poco esa tensión —propuso don Emilio, mirando primero a Bárbara, buscando aprobación. Bárbara asintió, casi imperceptible—. Tengo unas manos que en otros tiempos sabían dar buenos masajes.

Marisol contuvo la respiración. El momento había llegado. Miró a su amiga, que le sonrió con apoyo. Asintió.

—Solo los hombros —aclaró, en un susurro.

Se puso de pie y se ubicó delante de la butaca, de espaldas a él. Sintió las manos del hombre, grandes, de venas marcadas pero suaves, posarse sobre sus hombros. Al principio la presión fue profesional, firme, buscando los nudos. Marisol dejó escapar un gemido, un sonido genuino de alivio.

Pero después las manos descendieron muy despacio hacia la parte alta de la espalda, rozando el borde del vestido. El aire de la habitación se volvió espeso. Marisol podía oír la respiración pausada del anciano a sus espaldas, atenta como la de alguien que no quiere romper un encanto.

—Si me permite… —tartamudeó don Emilio—. El vestido…

Desde el sillón, Bárbara dijo con suavidad:

—No te avergüences, Marisol. Don Emilio es un caballero.

Con dedos temblorosos, Marisol buscó el cierre lateral del vestido. Lo bajó apenas unos centímetros, lo suficiente para que la tela cediera por detrás y los breteles se le deslizaran un poco por los brazos. No se lo quitó, pero ahora la parte de arriba quedaba floja.

Las manos del hombre regresaron. Esta vez su piel tocó directamente la de ella, cálida y un poco áspera en las yemas. Un escalofrío recorrió a Marisol. No era excitación, no exactamente. Era la intensidad del límite cruzado, la vulnerabilidad llevada al extremo. Las manos amasaban los músculos de los hombros y después, con una lentitud agónica, se deslizaron hacia los costados, rozando los omóplatos, acercándose al perfil lateral del pecho.

Marisol contuvo el aliento. La punta de un dedo, calloso pero delicado, rozó la curva donde el seno empezaba, justo donde la piel era más suave. Un gemido se le escapó de los labios sin permiso.

—Es usted… espléndida —oyó decir al anciano, con la voz cargada de una emoción cruda—. Como una figura de otro siglo.

Bárbara se había levantado y se acercaba. Se puso de frente a Marisol y le sostuvo la mirada. Era el ancla en aquel mar de sensaciones nuevas, la presencia que le decía sin palabras que estaba a salvo.

—Mostrale —murmuró Bárbara, casi sin sonido—. Dejalo ver.

Marisol, movida por un impulso que nacía de lo más hondo de su inseguridad transformada en poder, se giró despacio. Quedó de frente a don Emilio, el vestido colgando suelto de la parte de arriba. Con un movimiento que había ensayado mil veces a solas pero nunca ante un público, se liberó de los breteles. El punto cedió y cayó hacia la cintura, sostenido apenas por el volumen que encontraba debajo.

Quedó al descubierto el sostén negro, sencillo, que parecía a punto de rendirse. Las copas amplias se elevaban y bajaban al ritmo de la respiración agitada. La sombra entre ambas era profunda, magnética.

Don Emilio dejó escapar un sonido entrecortado. Los ojos se le humedecieron. No de lujuria, sino de una emoción honda, de belleza recuperada después de mucho tiempo.

—Por favor —pidió, y era un ruego respetuoso.

Marisol, atravesada por una mezcla de compasión y un extraño dominio de la situación, asintió. Con las manos a la espalda soltó el broche. El sostén se abrió. Lo sostuvo un instante contra el cuerpo, manteniendo el suspenso, dueña por fin del tiempo de los demás. Después, despacio, lo dejó caer.

El anciano la contempló en silencio, como quien mira algo que creía perdido. Una mano temblorosa se alzó. Marisol asintió otra vez. La palma, fría al principio, se posó con una reverencia absoluta sobre la curva del pecho. El contraste de temperaturas la hizo arquear la espalda. La mano se adaptó a la forma, y el pulgar, con una delicadeza infinita, dibujó un círculo lento sobre la piel.

Fue una caricia de adoración, no de posesión. La otra mano se sumó, sopesando, apreciando, levantando apenas para sentir la forma. Marisol cerró los ojos. La sensación la sobrepasaba. No era el manoseo torpe de los novios de antes, ni el agarre apurado de su marido al final del día. Era un estudio paciente, una especie de comunión. Sintió un hormigueo eléctrico bajarle directo al vientre, y se sorprendió de que aquello, que tantas veces había vivido como condena, ahora la encendiera.

Bárbara observaba, fascinada. Vio cómo su amiga se transformaba delante de ella. La frustración y la timidez se derretían y dejaban lugar a una serenidad nueva, casi arrogante. Marisol puso sus manos sobre las del anciano, guiándolas, mostrándole cómo le gustaba: firme en la base, apenas un roce en lo demás. Le permitió hundir el rostro un momento, inhalar su aroma a jabón y a piel tibia.

El ritual duró tal vez diez minutos, pero pareció una tarde entera. Al fin don Emilio se recostó en la butaca, agotado y con los ojos brillantes de gratitud. Marisol, recuperando algo de compostura, se cubrió con el vestido, aunque no se lo subió del todo. Un triunfo modesto le asomaba en la mirada.

Al despedirse, el anciano sacó un sobre de un cajón del mueble del pasillo y se lo entregó a Bárbara.

—Para las molestias de la espalda de la señora —dijo, con una sonrisa cómplice y cansada.

Afuera, en la luz dorada del atardecer, las dos amigas caminaron un rato en silencio. Bárbara abrió el sobre. Adentro había una suma considerable en billetes prolijamente doblados.

—¿Estás bien? —preguntó, mirando a su amiga de reojo.

Marisol se detuvo. Se acomodó el vestido sobre el pecho, que ahora sentía de una manera completamente nueva. No como una carga, sino como un patrimonio. Como algo valioso que por fin le pertenecía.

—Sí —dijo, y la voz le sonó firme, distinta—. Estoy bien. Me siento… vista.

Y por primera vez no lo dijo con rencor, sino con una satisfacción tranquila y profunda. Aquella tarde, entre el té frío y las manos venerables de un anciano, Marisol había descubierto que su mayor inseguridad podía ser, si ella lo decidía, su arma más íntima. Y Bárbara, a su lado, sonreía, sabiendo que su propuesta había sido, más que un capricho, una forma de liberarla.

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Comentarios(7)

matiasok

increible!!! de los mejores que lei ultimamente

ToniNoche

Por favor una segunda parte, quede con ganas de saber que paso despues

NocheLectora

Hay algo en este relato que me llegó diferente. Se nota el sentimiento detras de las palabras, muy bien escrito

Valeria_BA

Me recordó a una situacion que yo vivi hace tiempo jaja. Demasiado real todo, gracias por compartirlo

AlejoBaires

tremendo!!

SilvioQ

Me gusto que tenga profundidad, no es solo morbo. Sigue escribiendo con ese estilo

Lector_Curioso

Es una historia real? porque se siente muy autentica la forma en que lo contas

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