La vecina madura que me esperó con la casa vacía
Vuelvo a aquellos veranos cada vez que pienso en lo que de verdad me gusta. Acababa de cumplir diecinueve años y volvía al pueblo costero de mis padres en cuanto la universidad cerraba sus puertas. Tenía algo de experiencia, no mucha, la justa para saber que las mujeres de mi edad no me interesaban demasiado y que las que me quitaban el sueño eran otras, más tranquilas, más seguras de sí mismas.
La primera me la había enseñado Renata, una brasileña que pasaba los veranos en casa de su hermana, dos pueblos más allá. Me llevaba unos cuantos años y tenía una manera de mirar que no dejaba lugar a dudas. Con ella aprendí a follar de verdad: a lamer un coño hasta que la mujer te suplique, a aguantar la corrida cuando ella empieza a apretarte la polla con el chocho, a hablar sucio al oído mientras la embistes contra la pared. Aquella lección me marcó. Lo que vino después solo lo confirmó.
Mi madre se ganaba unos dineros embolsando prendas para un taller de costura del pueblo. Trabajaba en el garaje reformado de casa con dos o tres vecinas, y entre puntada y puntada se contaban media vida. Una de esas tardes escuché algo que se me quedó grabado.
—No puedo más, te lo juro —decía Beatriz, bajando la voz—. Andrés lleva embarcado cinco meses. Viene veinte días, se va otra vez, y yo me subo por las paredes.
—Ten paciencia, mujer —le respondía mi madre—. Es un buen hombre.
—Bueno y lejos —contestó ella, y se rieron las dos.
Beatriz vivía justo detrás de nuestra huerta, en una casa de dos plantas que se habían construido en una finca que le regaló su madre. Tendría unos treinta y ocho años. Alta, de cintura estrecha y caderas marcadas, con un par de tetas grandes y firmes que se le adivinaban bajo cualquier camiseta y volvían loco a cualquiera. Su marido era pescador de altura y pasaba más tiempo en el mar que en tierra. Tenían un hijo pequeño que dormía casi siempre en casa de los abuelos.
Esa misma noche preparé un rincón en la parte trasera de la finca desde donde se veía su cocina y, de refilón, su dormitorio. Pasé un buen rato espiándola hacer la cena con una bata fina que dejaba adivinar las tiras del sostén y el peso de las tetas cada vez que se agachaba a abrir el horno. Se me puso la polla dura sin ni siquiera tocármela. Esto no puede acabar bien, pensé mientras me la sacaba y me pajeaba despacio, imaginándome que la bata se le abría y me la ofrecía. Y aun así no me moví de allí hasta correrme sobre la tierra.
***
Una mañana mi madre me soltó la frase que lo cambió todo.
—Esta tarde te vas a casa de Beatriz. Le traen los electrodomésticos y quiere mover los muebles para pintar. El niño no puede ayudarla, así que vas tú.
—Vale, mamá —dije, intentando que no se me notara nada.
—A las cuatro. Y te portas bien.
Llegué puntual. La puerta estaba entornada y entré. Beatriz salió a recibirme con unos vaqueros y una camiseta vieja, y aun así me costó disimular. Empezamos a apartar muebles y a cubrirlos con plásticos. Cada vez que se agachaba, la camiseta se abría y se le veía el nacimiento de las tetas y el borde del sujetador blanco marcándole el pezón, y yo perdía el hilo de lo que estaba haciendo. Se me puso dura y tuve que pasarme un buen rato con el mueble por delante para que no se me notara el bulto.
El calor apretaba. Cuando terminamos, ella señaló el baño de abajo.
—Date una ducha, que estás lleno de polvo. Yo voy calentando algo de cena.
Me metí bajo el agua. La mampara era transparente y estaba empañada solo a medias. A los pocos minutos la puerta se abrió.
—Perdona, no aguanto —dijo, y se sentó sin más en la taza, al otro lado del cristal.
No sé qué se me activó por dentro, pero cerré el grifo y me enjaboné despacio, sabiendo que mi silueta se marcaba contra la mampara. La polla se me fue poniendo dura mientras me pasaba la mano por la entrepierna, y ella no apartó la mirada. Tampoco fingió que no veía. Vi cómo se le abrían un poco las piernas debajo de la falda mientras meaba, y cómo tardaba más de la cuenta en levantarse.
—Sales hecho un hombre —dijo en voz baja, casi para sí misma, antes de levantarse—. Te dejo otra toalla.
Salió y volvió enseguida con la toalla, y esa vez se quedó un segundo de más mirándome de arriba abajo. Yo seguía mojado, con las manos a la espalda y la polla todavía medio empalmada colgándome delante, sin taparme, y noté cómo se le iban los ojos al bulto y se le escapaba un suspiro. No dijo nada. Dejó la toalla sobre el lavamanos y se marchó. Esa noche cené con ella charlando como si no hubiera pasado nada, pero los dos sabíamos que algo se había roto.
***
Las tardes siguientes se repitieron. Pintamos una habitación, luego otra. Yo aparecía sobre las siete y media, dábamos una mano de pintura y nos sentábamos a cenar. Cada día la confianza era mayor. Cada día ella se ponía algo un poco más ajustado, un poco más fino, un short que le marcaba el culo o una camiseta sin sujetador que le dejaba adivinar los pezones duros, y yo hacía como que no me daba cuenta mientras se me iba la vista y se me hinchaba la polla dentro del pantalón.
La tercera noche mis padres tenían una cena fuera y no volverían hasta tarde. Beatriz lo sabía. Cuando llegué, había cambiado los vaqueros por un vestido negro entallado, llevaba el pelo suelto y los labios pintados. Preparó una tabla de quesos, espárragos, un revuelto de setas. Cenamos con calma, hablando de todo y de nada.
—¿Y novia? —preguntó, sirviéndome más vino.
—No. Las de mi edad no me dicen nada —respondí, mirándola a los ojos—. Me gustan las mujeres con más mundo.
Sonrió, despacio.
—Vaya. ¿Y has tenido suerte con alguna… más experimentada?
—Alguna —dije—. Y no lo cambio por nada.
Dejó la copa sobre la mesa. El silencio se hizo espeso.
—¿Te apetece ver algo en el salón? —preguntó.
La seguí. Me senté en el sofá y ella se acomodó a mi lado, apoyando la cabeza en mi hombro como si fuera lo más natural del mundo. Giré un poco el cuerpo y su cabeza resbaló hasta mi pecho. Le subí la mano por el pelo y la acaricié. Suspiró. Cogió una manta del respaldo y se tapó las piernas.
Bajé la cara y le besé el pelo. Se quedó muy quieta. Luego, lentamente, levantó la mirada y nos miramos a un palmo, sin decir nada. Sobraban las palabras. Era una mujer casada que había movido cada pieza con paciencia para llegar exactamente a ese momento. Cuando su boca buscó la mía, ya no hubo vuelta atrás.
El beso fue largo, hondo, con sabor a vino y con lengua desde el primer segundo. Sus brazos me rodearon el cuello y se apretó contra mí, restregándome las tetas contra el pecho.
—Me encanta cómo besas —murmuró, separándose apenas, mordiéndome el labio inferior antes de soltarlo.
No respondí. Volví a buscarle la boca y le metí la mano por el escote, hasta encontrar un pezón duro que le pellizqué despacio. Gimió dentro de mi boca. Una de sus manos bajó hasta mi entrepierna y noté que se quedaba quieta un instante al comprobar lo dura que la tenía debajo del vaquero.
—Joder, qué paquete —susurró.
Me soltó el botón del pantalón con curiosidad, casi con asombro, y yo la ayudé a liberar la polla que llevaba aguantando toda la noche. Saltó dura y palpitando contra su mano. Beatriz cerró los dedos alrededor y la sopesó, midiéndomela con la palma abierta.
—Dios… —dijo, y se mordió el labio—. Y encima gorda.
Sin sacar la manta, bajó el cuerpo, apartó el paño y acercó la boca. Me apoyé sobre el reposabrazos para facilitarle el ángulo. Primero fue la lengua, lenta, recorriéndomela desde los huevos hasta la punta, deteniéndose a lamerme el frenillo mientras su mano giraba despacio en la base. Se llevó los cojones a la boca uno por uno, chupándolos con hambre, y me miraba desde abajo con los ojos negros y brillantes. Después abrió la boca y me la metió entera, sin prisa, hasta el fondo de la garganta, apretando los labios contra la raíz mientras tragaba. Notaba cómo la polla se me perdía dentro de ella y volvía a salir chorreando de baba.
—Así, empújame la cabeza —dijo, sacándomela un segundo—. Me pone que me la metas hasta que me atragante.
Le hundí los dedos en el pelo y empujé con firmeza. No se quejó. Al contrario. Se dejó follar la boca, con los ojos húmedos y la garganta abierta, hilos de saliva escurriéndole por la barbilla y goteándole entre las tetas. La chupada duró y duró, y cuando sentía que iba a correrme, aflojaba y me la sacaba, la escupía, se la restregaba por la cara y volvía a metérsela.
Al rato se incorporó, me besó otra vez pasándome su propio sabor por la boca, y se subió encima sin quitarse el vestido del todo. Se lo levantó hasta la cintura, se sujetó a mi hombro y guio la punta de mi polla hasta su coño. Estaba empapada. Me untó bien la punta pasándomela por los labios del chocho y por el clítoris, y luego dejó caer el peso del cuerpo.
—Qué dura la tienes, joder —jadeó, bajando hasta el fondo—. Me llena entera.
No llevaba nada debajo. Le agarré las caderas y la ayudé a marcar el ritmo. Empezó despacio, moviéndose en círculos, chapoteando cada vez que subía y bajaba, y fue acelerando, los gemidos cada vez más altos, la espalda arqueada. Se bajó el vestido por los hombros y me sacó las tetas fuera, ese par de tetas que me habían quitado el sueño desde la huerta, redondas, pesadas, con los pezones oscuros y erectos. Me las ofreció a la boca y yo las mamé con hambre, tirando del pezón con los dientes mientras ella galopaba encima de mi polla.
—Así, así… chúpamelas —repetía, apretándome con los muslos—. No pares. Fóllame, cariño, fóllame que llevo meses sin follar así.
Se dejó caer sobre mí, pegando la boca a mi oreja, sin dejar de mover el culo.
—Qué barbaridad —susurró—. Hacía siglos que una polla no me llegaba tan adentro.
El sofá crujía con cada embestida. La agarré del culo con las dos manos y empecé a empujar yo desde abajo, clavándosela hasta el fondo con cada golpe, escuchándola gritar cada vez que le tocaba algo que la volvía loca. Yo aguantaba, apretando los dientes, pensando en cualquier cosa para no correrme antes de tiempo, porque sabía que de eso dependía todo lo que pudiera venir después. Beatriz se agarró al respaldo, se echó hacia atrás y aceleró buscando lo suyo, frotándose el clítoris contra mi hueso con cada bajada.
—Me corro… me corro, no pares, no pares —gimió, y se le quebró la voz en un temblor largo que la sacudió entera y le apretó el coño alrededor de mi polla en oleadas. La sentí mojarme los huevos, empapando el pantalón y el sofá.
Se quedó un rato así, respirando contra mi cuello, con la polla todavía dentro. Luego me besó despacio.
—De esto no sabe nadie —dijo, mirándome muy seria—. Si cumples, lo repetimos mil veces.
—No se sabrá nunca —le prometí—. Es más, no ha pasado.
Sonrió.
—Esa respuesta me ha encantado. Ven, vamos a la cama, que aún no te has corrido y tengo hambre.
***
El dormitorio era el de matrimonio. No sé si lo eligió a propósito; no se lo pregunté. Dejó caer el vestido al suelo y se quedó solo con unos zuecos de medio tacón que también se quitó. Se plantó desnuda delante de mí y giró despacio para que se la viera entera: las tetas caídas justo lo bonito, el vientre plano, el culo alto y redondo, el coño depilado ya rojo e hinchado por el polvo del sofá.
Me empujó sobre la cama y volvió a por mi polla, pero la giré y la coloqué encima, y acabamos en un sesenta y nueve perfecto. Le abrí las nalgas y le abrí el coño con los pulgares, y me quedé un segundo mirando cómo se le contraía, brillante de sus propios flujos. Le pasé la lengua entera desde el clítoris hasta el ojete y volví, y ella pegó un salto y se metió mi polla en la boca hasta el fondo para ahogar el grito.
La comí con hambre. Le lamí los labios uno por uno, le metí la lengua dentro y la moví como si la estuviera follando, le chupé el clítoris con los labios y se lo mordí con cuidado, mientras dos dedos entraban y salían de su coño y el pulgar le acariciaba el ojo del culo. Ella no podía parar de gemir con la polla dentro, y cada gemido me vibraba en la punta.
—Cómo me lo comes, hijo de puta… —bramó cuando ya no pudo más, sacándose mi polla de la boca y frotándose contra mi cara hasta encadenar un orgasmo largo que la hizo convulsionar, apretándome los muslos contra las orejas. La bebí entera, tragándome lo que me chorreaba por la barbilla.
Después supe que le encantaba enlazar uno tras otro, y que ni su marido ni nadie le había durado lo suficiente para conseguirlo. Esa noche entendió que conmigo podía correrse tres, cuatro, cinco veces seguidas si quería, y eso, más que cualquier otra cosa, la enganchó.
Cuando se relajó, se giró y me miró con una sonrisa de medio lado, con la boca todavía brillante de mi baba.
—¿Cómo te gusta que me ponga?
—A cuatro patas —dije—. Con el culo bien alto.
—Hecho. Pero me prometes una cosa: antes de correrte, la sacas. No te corras dentro.
Se bajó de la cama y se puso a cuatro patas en el suelo, que me daba más juego. Me arrodillé detrás, le agarré las caderas, y le pasé la polla por la raja del coño de arriba a abajo para lubricármela con sus jugos. La punta se hundía sola. La empujé de una vez, hasta el fondo, y sentí cómo el culo le chocaba contra mi vientre.
Dio un grito ahogado, pero enseguida empezó a empujar hacia atrás buscando más.
—Fóllame fuerte, no me trates como a una novia, fóllame como a una puta —me pidió, mirándome por encima del hombro.
Le agarré una nalga con cada mano, las abrí para verme entrar y salir, y le entré a un ritmo brutal. El chapoteo llenaba la habitación. Sus tetas se balanceaban debajo, chocando contra el suelo con cada embestida. Le di una palmada en el culo y le quedó la marca roja de mi mano. Gimió y pidió otra. Se la di. Y otra. Y otra, hasta que el culo se le puso al rojo vivo.
—Del pelo, agárrame del pelo —jadeó.
Le enrollé la coleta en el puño y tiré hacia atrás. Se le arqueó la espalda y le empujé la cabeza casi contra mi hombro, sin dejar de metérsela. Le escupí en la boca abierta y ella se tragó la saliva y me pidió más. Le dije cosas al oído que jamás le habrían dicho, y ella contestaba con otras que estoy seguro de que nunca le dijo a su marido.
—Rómpeme el chocho —jadeaba—, rompémelo. Esto es lo que necesito. No me dejes nunca.
Cambié el ángulo y le di despacio, entera y hasta el fondo, y noté cómo se le contraía otra vez alrededor de mi polla.
—Otra vez, me corro otra vez —chilló, y se dejó ir con la cara contra el suelo, mordiéndose el brazo.
Aguanté todo lo que pude, con los cojones apretados y la polla al borde, y cuando ya no quedaba margen, salí a tiempo. Le abrí las nalgas y me corrí a chorros sobre su culo y su espalda, un chorro largo y espeso que le resbaló entre los cachetes hasta la raja del coño. Me la pasé por sus nalgas para restregársela y ella se contoneó gimiendo, disfrutando cómo la marcaba.
Volvimos a besarnos, agotados, riéndonos los dos como cómplices de algo que apenas empezaba.
***
Al día siguiente era sábado. Beatriz le pidió a mi madre que me dejara ir a la hora de la siesta, con la excusa de preparar otra habitación. Llegué y la puerta estaba abierta.
—Cierra y echa la llave —oí desde dentro.
Cuando apareció, me quedé sin palabras. Llevaba una bata fina granate y, debajo, un conjunto de lencería negra con liguero y medias que apenas contenía nada: el sujetador le dejaba los pezones fuera, y las bragas eran un tanga tan fino que se le hundía entre las nalgas y le dejaba el coño casi al aire. Se había arreglado para mí.
—¿Te he sorprendido? —preguntó, girándose para que le viera el culo enmarcado por el liguero.
—Mucho —fue lo único que acerté a decir antes de que se me echara encima y me arrancara los pantalones.
Esa tarde fue ella quien llevó las riendas. Me desnudó, me empujó sobre la cama y se arrodilló entre mis piernas. Me la volvió a mamar, pero esta vez sin prisa ninguna, exploradora, deteniéndose en los cojones, lamiéndome la raja del culo con la lengua estirada, mirándome a los ojos mientras me la comía. Me dedicó la mejor sesión que me habían dado nunca, con una libertad que decía a gritos todo lo que no podía hacer con Andrés. Escupía sobre la punta y luego se la restregaba por las tetas, se pasaba mi polla entre los pezones y me la apretaba con ellos, y volvía a metérsela hasta la garganta.
Luego se subió encima, se sentó sobre mi cara sujeta al cabecero, y me obligó a comerle el coño hasta que se corrió otra vez, ahogándome entre sus muslos, restregándomelo por la nariz y la boca antes de que empezáramos en serio.
Follamos durante horas, cambiando de postura, parando solo para recuperar el aliento y beber agua. La follé contra la pared con las piernas alrededor de mi cintura, sobre la mesita del dormitorio, con ella boca arriba y las rodillas contra las orejas para clavársela hasta el útero, y de lado con una pierna levantada mientras le pellizcaba los pezones. En un momento abrió el armario, giró las puertas de espejo para vernos y sacó de un cajón un juguete grueso, oscuro, con la base ancha.
—¿Te animas a algo más? —preguntó, mordiéndose el labio—. Tú por detrás… y yo con esto delante.
Se puso a cuatro patas frente al espejo. Yo saqué de la mesilla el bote de crema que había visto la noche anterior y me unté los dedos. La preparé con paciencia, primero con la lengua, abriéndole las nalgas y lamiéndole el ojete despacio hasta que empezó a empujar contra mi cara. Después metí un dedo, y luego dos, girándolos, abriéndola por dentro, mientras ella se acomodaba el juguete en el coño y empezaba a moverlo sola.
—Métemela ya, no aguanto —pidió.
Le apoyé la punta en el culo, empapada, y empujé despacio. Notaba cómo el anillo cedía milímetro a milímetro, jadeando ella, pidiéndome calma, hasta que la cabeza entró entera y soltó un gemido largo. Me quedé quieto, dejando que se acostumbrara, y luego seguí entrando hasta el fondo. La sentía apretadísima, y del otro lado notaba el juguete moviéndose dentro de ella, rozando mi polla a través de la pared de carne.
—Dios, qué gusto, qué llena me tienes —gemía, mirándonos en el espejo—. No pares, así, justo así.
Empecé a moverme muy despacio, coordinándome con el juguete que ella se metía y sacaba del coño. Cada empujón mío la hacía gritar, y ella respondía metiéndose el juguete más rápido, hasta que los dos ritmos se juntaron y la follábamos entera, doblemente, sin dejar un hueco vacío en su cuerpo. En el espejo la veía morderse el labio, con las tetas colgando y moviéndose al compás, con la cara desencajada de placer.
—Más fuerte, más fuerte, no me trates con cuidado —pidió.
Le agarré la cintura y la embestí con ganas. El chapoteo del juguete y el golpe de mis huevos contra sus nalgas llenaron la habitación. La tenía llena por todas partes, y el placer se le desbordaba. En el clímax soltó un temblor distinto, intenso, y noté cómo un chorro caliente le salía del coño alrededor del juguete y mojaba las sábanas y mis muslos. Se derrumbó de cara sin fuerzas, gimiendo bajito, con mi polla todavía metida en el culo.
Yo aguanté hasta el último segundo, saqué la polla del culo y ella se giró rápido, se puso boca arriba con la boca abierta y las tetas hacia mí.
—Córrete en mi boca y en mis tetas —pidió, agarrándome la polla y sacudiéndomela ella misma.
Me corrí a chorros. El primero le entró en la boca y le resbaló por la comisura hasta la barbilla. El segundo y el tercero le cayeron entre las tetas, y ella los recogió con los dedos y se los llevó a la lengua sin dejar de mirarme. Se pasó mi polla por la cara, la exprimió hasta la última gota y se la chupó limpia.
—Ha sido lo mejor de mi vida —dijo, abrazándome, todavía brillante de mí—. Esto hay que repetirlo. Siempre que quieras, cuando no esté el niño, ya sabes dónde vivo.
—Gracias por confiar en mí —respondí.
—Gracias a ti, cariño. Te voy a cuidar mucho. Y te voy a enseñar cosas que no has visto en tu vida.
***
Así empezaron casi trece años de amantes. Fui discreto hasta el final. Cuando Andrés volvía de sus campañas, yo desaparecía sin dejar rastro; cuando se embarcaba otra vez, la casa de detrás de la huerta volvía a abrir su puerta para mí. Años después, ya mayor, mi madre me preguntó una sola vez si había algo entre Beatriz y yo. Le dije que no, que era una buena amiga suya y nada más. A veces creo que lo sospechaba. Nunca insistió.
Hoy, cuando me cruzo con Beatriz en alguna boda del pueblo, solo nos sonreímos. No hace falta nada más. Pero cada vez que veo a una mujer madura, segura, con esa calma que solo dan los años, vuelvo a aquella casa recién pintada, a sus tetas rebotando contra mi cara, a su culo apretándome la polla, y entiendo por qué nunca me han interesado las demás.





