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Relatos Ardientes

El amigo de mi hijo se quedó solo en mi cocina

El sábado por la tarde el sol seguía pegando fuerte a través de las persianas entreabiertas del salón. Raquel acababa de colocar la compra en la nevera cuando sonó el timbre. Abrió y allí estaban los dos, Diego y Hugo, sudados y despeinados después del paseo en moto desde el centro.

—Mamá, ¿se puede quedar Hugo un rato? Echamos un par de partidas y luego nos vamos a tomar algo —dijo Diego entrando como un torbellino, soltando la mochila en mitad del recibidor.

Raquel sonrió con toda la naturalidad del mundo.

—Claro, poneos cómodos. ¿Os preparo una limonada bien fría?

Hugo pasó a su lado rozándola apenas con el hombro. Murmuró un «gracias, Raquel» que le salió más grave de lo habitual, casi atragantado. Ella cerró la puerta y notó cómo el pulso se le disparaba en la base del cuello. La tarde anterior, en la biblioteca de la universidad, lo había sorprendido mirándole el escote mientras fingía estudiar, y el recuerdo todavía le quemaba por dentro.

Los chicos se dejaron caer en el sofá grande. Mandos en mano, eligieron equipos y empezaron a gritarse y a reírse como hacían siempre. Raquel se movió por la cocina abierta con calma estudiada. Preparó la jarra con mucho hielo, cortó unas rodajas finas de lima, llenó tres vasos altos hasta el borde.

Cada vez que llevaba algo a la mesita baja se inclinaba un poco más de lo necesario. Llevaba una blusa blanca de tirantes muy finos, sin nada debajo —el calor lo justificaba—, y unos leggings negros de algodón elástico que se ajustaban a sus muslos y dibujaban cada curva. Cuando se agachaba para dejar los vasos, la tela se tensaba y revelaba que tampoco llevaba nada debajo de ellos.

Hugo no podía disimular. Sus ojos se desviaban una y otra vez hacia ella, hacia la línea de su espalda, hacia el contorno que marcaban los leggings. Cada vez que Raquel se inclinaba, el chico tragaba saliva y volvía la vista a la pantalla un segundo tarde.

Pobre. No sabe ni dónde meterse, pensó ella, conteniendo una sonrisa.

Pasaron casi dos horas y media entre risas, insultos cariñosos y un constante «¡pero qué portero más inútil!». Al final Diego lanzó el mando sobre el cojín con un gesto teatral.

—Me has machacado, tío. Voy a ducharme, que apesto. Luego nos largamos al bar, ¿vale?

Subió las escaleras de dos en dos. Unos segundos después se oyó el agua corriendo en el cuarto de baño del piso de arriba.

El salón quedó sumido en un silencio espeso, roto apenas por el zumbido lejano del aire acondicionado y, muy de fondo, la ducha.

Raquel seguía de pie junto a la isla de la cocina, los brazos cruzados bajo el pecho. La postura hacía que sus senos se elevaran y que los pezones se marcaran con claridad contra la tela fina de la blusa. Miró a Hugo sin pestañear.

—Ven aquí —susurró, señalando con un gesto de la barbilla el hueco que quedaba detrás de la isla, el único rincón que no se veía desde la escalera.

El chico se levantó como si lo manejaran con hilos. Cruzó el salón despacio, casi sin atreverse a respirar. Cuando estuvo a un paso de ella, Raquel alzó el índice y se lo apoyó suavemente en los labios.

—Ni un ruido —dijo en voz muy baja—. Diego está arriba, pero el agua no tapa todo. Tenemos muy poco tiempo, así que vas a hacer exactamente lo que yo te diga.

Hugo asintió. No habría podido articular una sola palabra aunque hubiera querido.

Ella le sostuvo la mirada un instante más, disfrutando del poder que tenía sobre él en ese momento, de cómo le temblaban un poco las manos a un chico que en la calle se las daba de seguro. Luego le bajó el pantalón del chándal y la ropa interior con un único tirón, suave pero firme.

—Mírate —murmuró—. Si llevas así toda la tarde.

Raquel se arrodilló despacio sobre las baldosas frías. Separó un poco las rodillas para mantener el equilibrio y levantó la vista hacia él. Quería que la mirase, que se grabara cada segundo de aquello. Con la mano derecha lo rodeó por la base; con la izquierda subió por la cara interna del muslo y empezó a acariciarlo más abajo, con una lentitud calculada para volverlo loco.

—Escúchame bien —murmuró, la voz ronca y apenas audible—. Lo que te voy a hacer ahora, las chicas de tu edad ni se lo plantean. Ni se les ocurre. Pero yo llevo muchos años aprendiendo, y sé perfectamente lo que de verdad le gusta a un hombre.

Hugo tragó saliva de forma audible. Volvió a asentir, con la respiración ya entrecortada y las mejillas encendidas.

Ella se humedeció la palma y lo deslizó de arriba abajo varias veces, sin prisa, mientras se inclinaba hacia delante. Primero lo recorrió entero con la lengua plana, de abajo a arriba, saboreando el ligero gusto salado del día entero. Luego abrió la boca y lo recibió despacio, centímetro a centímetro, hasta el fondo.

Marcó un ritmo constante, sin brusquedad, dejando que la humedad resbalara y goteara. Cada pocas pasadas se detenía justo en la zona más sensible y la repasaba en círculos lentos con la punta de la lengua, observando cómo a él se le tensaba el abdomen.

Hugo apretaba los puños a los costados, conteniendo cada gemido que le subía por la garganta. Las piernas le temblaban como si llevara horas de pie.

Raquel se apartó un segundo para respirar. Bajó la cabeza y siguió un camino más abajo, trazando una línea húmeda y lenta con la lengua, deteniéndose con cuidado, succionando con suavidad, sin dejar de mirarlo desde abajo ni un instante. El chico se estremeció entero, las caderas le temblaban sin control.

Ella levantó la vista y sonrió con una malicia tranquila.

—Relájate —susurró—. Y disfruta. No vas a tener otra tarde como esta en mucho tiempo.

Volvió a cerrar la mano alrededor de él y reanudó el movimiento, largo y firme, apretando justo en el punto exacto en cada subida. Con la otra mano lo acariciaba más abajo, tirando con suavidad para multiplicar la sensación. Combinaba la lengua y la mano en un mismo compás, acelerando poco a poco.

Hugo respiraba por la nariz, peleando por no hacer ruido, atento al sonido del agua que seguía cayendo en el piso de arriba. Sus caderas empezaron a moverse solas, empujando hacia ella casi sin querer. Raquel lo notó y subió el ritmo: la mano más rápida, la muñeca girando en cada pasada, la boca cerrándose con más fuerza.

El chico no aguantó ni dos minutos más.

—Raquel… no puedo más… —susurró con la voz rota.

Ella lo recibió hasta el fondo y succionó con todas sus fuerzas, la lengua presionando justo en el lugar adecuado. Hugo se dejó ir con un temblor largo que le recorrió todo el cuerpo, mordiéndose el labio para no gritar, las manos buscando apoyo en el borde de la encimera. Raquel no se apartó hasta el último instante, hasta dejarlo completamente vacío y agotado.

Cuando terminó, se incorporó con una calma absoluta. Se limpió la comisura de los labios con el dorso de la mano, le subió la ropa interior y el pantalón con un par de gestos eficientes y le dio una palmadita en la cadera, como quien acomoda a un niño antes de mandarlo a clase.

—En el baño de invitados tienes toallitas —dijo, con el mismo tono con el que habría comentado el tiempo—. Lávate bien la cara y las manos, que vas sudando. No vaya a notarte algo Diego.

Hugo la miró todavía aturdido, los ojos vidriosos, incapaz de creerse lo que acababa de pasar.

—Joder, Raquel… —fue lo único que consiguió decir.

Ella se acercó un poco más y le rozó el lóbulo de la oreja con los labios. Notó cómo el chico volvía a estremecerse solo con eso.

—Esto se queda entre tú y yo —le susurró—. Ni a Diego, ni a nadie. ¿Entendido?

—Entendido —murmuró él.

—Bien. Porque el jueves que viene mi marido tiene torneo de golf todo el día y Diego se encierra a estudiar para los exámenes. —Hizo una pausa deliberada, disfrutando de cómo el chico contenía la respiración—. Pásate por la tarde. Y esta vez nos tomaremos el tiempo que esta cocina no nos ha dado hoy.

Hugo asintió con la boca seca, sin saber muy bien dónde poner las manos.

Raquel se dio la vuelta como si nada, volvió a la encimera y siguió cortando rodajas de lima con la misma tranquilidad de hacía diez minutos. Solo que ahora tarareaba muy bajito.

Arriba, el agua de la ducha dejó de correr de golpe. Desde el pasillo llegó la voz de Diego:

—¡Ya bajo, Hugo! ¡Cinco minutos y nos vamos!

El chico se apartó a toda prisa hacia el sofá, se dejó caer en él e intentó parecer normal, con el mando entre las manos y la mirada clavada en una pantalla que ni siquiera veía. Las piernas todavía le temblaban.

Raquel le lanzó una última mirada por encima del hombro, sonrió para sí y siguió a lo suyo, contando ya los días que faltaban para el jueves.

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Comentarios (5)

MarceloSalta

Madre mia que inicio... me dejo pegado desde el primer parrafo. Que tension!!!

Clarita_77

Por favor que haya segunda parte. Me quede con muchas ganas de saber como termina, en serio.

PepeRlector

excelente!!! seguí escribiendo así

Carlos_Cba22

jaja ese comienzo es tremendo, la frase de «ni un ruido» me mato. Muy bien narrado.

NocheSuave22

Que situacion... esperando ansioso la continuacion. Saludos desde cordoba!

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