Descubrí el secreto nocturno de mi vecina madura
Todavía estudiaba humanidades en la universidad y vivía con mis padres en una casa cómoda de las afueras de Santa Lucía, una zona residencial tranquila con vistas lejanas al mar. Tenía veintidós años recién cumplidos y una vida tan monótona que ni siquiera recuerdo qué cené aquella noche entre semana.
Lo que sí recuerdo es haber estado procrastinando frente al ordenador después de cenar, viendo algo de porno antes de acostarme temprano. Una noche ordinaria, igual a tantas otras. Hasta que un ruido a las tres de la madrugada me arrancó de la cama.
Venía del patio trasero de mis vecinos. Pensé que tal vez había vuelto el mapache que de vez en cuando hurgaba en la basura. Agucé el oído y no escuché nada más, así que me acerqué a la ventana movido por la curiosidad. Si alguien intentaba entrar a robar, tendría que llamar a la policía.
Pero no había ningún ladrón. Lo que vi fue una figura femenina y exuberante, enmascarada, manipulando la puerta trasera de la casa de al lado. Por suerte, al sacar la basura me había olvidado de apagar la farola del patio, y su luz me dejaba ver cada detalle de lo que pasaba al otro lado de la valla.
Creo que ella notó mi presencia, un sexto sentido tal vez, porque levantó la cabeza y miró directamente a mi ventana. Tuve el tiempo justo de esconderme, pero en esa fracción de segundo en que la farola le iluminó la cara no me cupo la menor duda. La mujer que intentaba entrar en casa de mis vecinos era nada menos que Centella, la justiciera más veterana de la ciudad.
Mi primer pensamiento fue que mis vecinos serían criminales peligrosos. Lo descarté enseguida. Centella no forzaba la cerradura: hurgaba en su cinturón como si buscara algo. Sus llaves.
Asombrado, me agaché y saqué el teléfono. No podía arriesgarme a que me viera de nuevo, así que en lugar de asomar la cabeza asomé la cámara y empecé a grabarlo todo, hasta que escuché la puerta trasera abrirse y cerrarse. Entonces detuve la grabación y la reproduje para entender lo que acababa de ver.
Eran apenas cinco segundos, pero mi teléfono era un modelo caro con una cámara excelente, un capricho que me había pagado mi padre. Todo había quedado registrado a la perfección. Lo reproduje de nuevo, esta vez a cámara lenta, alucinando más con cada pase.
Era Centella, sin duda. Su uniforme verde y plata, su máscara, su capa con el mismo juego de colores. Pero no era la Centella triunfante y poderosa que salía en la televisión y en las redes. La que acababa de entrar en casa de mis vecinos se veía de otra forma.
Su uniforme estaba desgarrado y manchado. Al abrir la puerta, un roto en la tela dejaba a la vista uno de sus pechos enormes asomando sin pudor. Por detrás, otro desgarro le descubría medio trasero. Una bota partida, un guante de menos. Llevaba el cinturón roto en la mano, en dos mitades, y quizá por eso le costaba encontrar la llave. La capa hecha trizas. Se la veía agotada y maltrecha, como si esa noche se hubiera enfrentado a un hueso demasiado duro de roer.
Me pregunté qué clase de mutante podría haberle hecho algo así. Por lo que yo sabía, esa mujer llevaba casi quince años en activo y casi todos la consideraban invencible. Nadie conocía la fuente de sus poderes, cómo volaba o cómo levantaba un camión con las manos. Tal vez al día siguiente las noticias dieran alguna pista.
Estaba claro que Centella no había entrado a hacer ninguna redada. Había entrado a descansar y a lamerse las heridas. Y en esa casa solo vivían dos personas: Gonzalo, un empresario atractivo y conocido en la ciudad, de unos cuarenta y ocho años, y su voluptuosa esposa Carla, de cuarenta y dos. La pareja se había mudado allí hacía menos de un año, recién casados.
La de veces que me había hecho una paja viendo a Carla tomar el sol junto a su piscina con uno de sus bikinis diminutos. Carla, con su pelo negro, su cuerpo bronceado, sus curvas, sus pechos, ese trasero. La de veces que había envidiado a Gonzalo por haberse casado con una mujer así, y la de veces que había soñado con colarme en su casa mientras se duchaba.
Gonzalo salía a trabajar muy temprano y pasaba casi todo el día fuera. Carla, según ella misma decía, teletrabajaba, así que se quedaba en casa. Aunque yo la veía más bien tomar el sol, pasearse, no hacer nada especialmente productivo. Ahora, sabiendo su secreto, entendía mejor por qué se levantaba tarde y se pasaba el día encerrada. Ese «teletrabajo» no podía ser otra cosa que la laboriosa investigación previa a las redadas nocturnas de Centella.
Todo encajaba. El marido llegaba tarde y agotado, se acostaba pronto y dormía profundamente. Mientras él dormía, Carla se enfundaba el uniforme a escondidas y salía a combatir el crimen, regresando de madrugada. Se levantaba tarde, investigaba mientras se relajaba en casa o en la piscina. No me parecía posible que Gonzalo estuviera al tanto de la doble vida de su mujer. Me pregunté cómo lograría ella ocultarle las magulladuras de esa noche.
Y yo lo tenía todo grabado. Mientras lo veía por quinta vez no pude evitar meterme la mano dentro del pantalón del pijama, tocándome mientras miraba de nuevo ese uniforme roto, ese pecho al descubierto, imaginándomela sometida y humillada por un mutante feo y poderoso, como en tantos vídeos de superheroínas derrotadas que circulan por internet.
Aún no me lo creía: mi vecina era una superheroína. Y no una mediocre como Destello, ni un par de adictas a las redes como el dúo de la Guerrera Solar y la Estrella Astral. No, mi vecina era la célebre, madura y veterana Centella. Y mientras me masturbaba, una idea fue tomando forma en mi cabeza.
***
Al día siguiente les mentí a mis padres. Cuando salieron a trabajar les dije que nos habían suspendido las clases en la universidad. Era mentira, claro, pero necesitaba quedarme solo en casa para hacer lo que llevaba toda la noche planeando, reuniendo el valor.
Porque, al fin y al cabo, no iba a chantajear a una vecina cualquiera a la que hubiera pillado poniéndole los cuernos a su marido con el jardinero. Iba a chantajear nada menos que a la poderosa y famosa Centella.
En cuanto mis padres se fueron, comprobé que el coche de Gonzalo tampoco estaba. Perfecto. Por lo que sabía de sus horarios, no volvería hasta bien entrada la tarde. Carla estaría sola todo el día. Así que, con un nudo en la garganta, salí por la puerta principal y toqué el timbre de los vecinos.
Carla tardó en abrir y yo estaba muy nervioso. Hay que entenderlo: yo era solo un chaval de veintidós años, un tipo del montón, mediocre en los estudios y mediocre en la vida, y ella era Centella. Pero logré reunir el valor suficiente para no echarme atrás y aguanté plantado frente a la puerta.
—Adrián —dijo ella, asomando—. ¿Qué te trae por aquí? ¿No vas a la universidad hoy?
Estaba deslumbrante. Llevaba una bata rosa bajo la cual me habría apostado lo que fuera a que no llevaba nada. El pelo negro le caía ondulado sobre los hombros. Deslicé la mirada hacia sus muslos bronceados y sus pies descalzos. No había ni rastro de las magulladuras de la noche anterior, seguramente por alguna capacidad de regeneración que le servía para ocultarle la verdad a su marido.
Intenté hablar, decir algo, pero se me hizo un nudo en la garganta. No sé cuánto tiempo estuve allí plantado como un pasmarote.
—¿Quieres algo? ¿Estás bien? —preguntó, al notar mi aspecto agitado.
Si abría la boca no sería capaz de decir nada coherente, así que en lugar de hablar saqué el teléfono y le planté el vídeo delante de las narices. Esos cinco segundos escasos bastaron para cambiarle la cara por completo, y eso me devolvió el valor que empezaba a faltarme.
—¿Cómo…? —balbuceó.
—Tengo copias —la interrumpí, fingiendo un aplomo que no sentía.
—Gonzalo no sabe nada de esto —dijo ella.
Bingo, me dije. Eso me daba poder. No debería haberlo dicho; tendría que haber mantenido la calma y simular que su marido estaba al tanto. Me lo estaba poniendo demasiado fácil, y la euforia empezó a crecer dentro de mí.
—Lo sé —dije con firmeza—. Y no tiene por qué enterarse.
Carla suspiró aliviada.
—¿Qué quieres? Anoche estuviste espiándome, ¿verdad?
No era tonta. Al fin y al cabo, seguía siendo Centella. Aunque la sorpresa del vídeo la había sobrepasado, no era tan ingenua como para creer que me había plantado en su puerta sin pedirle nada a cambio.
—Tengo dinero —dijo ante mi silencio—. Sé que tus padres no te dan mucho para salir con tus amigos. Si quieres podría darte…
—No quiero dinero —la corté.
Vi cómo le cambiaba la expresión. No era estúpida, quizá solo un poco ingenua al pensar que un chico de mi edad valoraría más el dinero que «lo otro». Pero no tanto como para no imaginarse lo que iba a pedirle.
—Pasa —me dijo—. Aquí fuera llamamos demasiado la atención.
***
El interior era tal como lo había imaginado. La casa era bastante más grande que la mía: un salón comedor imponente, una cocina moderna, un recibidor amplio con una escalera que subía a la planta de arriba.
—Eres consciente de que, si difundes eso, lo negaré todo, ¿verdad? No se aprecia bien que sea yo. Ni siquiera se ve que sea mi patio. Podría negarlo sin más y…
—Sí, podrías —la interrumpí—. Pero siempre habría alguien dispuesto a comprobar si es verdad. Y en tu larga carrera te habrás ganado unos cuantos enemigos que desearían verte muerta, ¿me equivoco?
Carla negó con la cabeza.
—Además, podrías engañar a la gente, pero Gonzalo reconocería el patio de su propia casa. Tendrías que darle explicaciones a él. Y seguro que reconoce ese trasero y esos pechos. Para alguien que sabe tanto de números, sumar dos y dos no le costaría demasiado.
—¿Qué quieres? —insistió—. Si no me pides demasiado, estoy dispuesta a complacerte con tal de que borres ese maldito vídeo y nos olvidemos del asunto.
Perfecto, me dije. Esa era exactamente la actitud que buscaba.
—No quiero perjudicarte ni arruinarte la vida —le dije para calmarla—. Solo quiero divertirme un poco. Ya sabes, ¿quién en mi lugar no se aprovecharía de la situación?
Ella asintió, asimilándolo. Estaba en un aprieto y lo sabía. No podía molerme a palos, porque yo no le había hecho nada físicamente; si me pegaba, podía denunciarla y terminaría en la cárcel. La violencia no era una opción para ella.
—Para empezar, suéltate la bata. Déjala caer al suelo —le dije.
Asombrado, vi cómo Carla se deslizaba la bata por los hombros hasta dejarla a sus pies. Tal como había adivinado, no llevaba nada debajo y se mostró ante mí tal como vino al mundo. Pechos grandes y redondos, pezones oscuros y duros, vientre plano sin atisbo de grasa, un cuerpo atlético y cuidado. Las curvas de sus caderas, sus piernas, su piel bronceada, y su sexo cubierto por una mata de vello negro.
—¿Contento? —dijo, como si con eso fuera a tener suficiente.
—Ponte el uniforme —respondí—. Quiero verte como Centella. Te admiro mucho y nunca he tenido la oportunidad de verte de cerca.
—No —replicó.
—¿Prefieres que te vea desnuda, tal como viniste al mundo, antes que con un uniforme que te pones cada noche y que ven policías y maleantes? —exclamé.
Al parecer di en el clavo, porque refunfuñó, pero terminó soltando un «espera aquí» mientras pulsaba un botón que bajaba las persianas del comedor y subía la escalera.
Imaginé que tendría un escondrijo donde guardaba el uniforme y el equipo. La casa era grande; no debía ser difícil esconder un armario de doble fondo o una habitación oculta. Estuve tentado de subir tras ella, pero no quise tentar la suerte. Prefería que viera que respetaba sus reglas mientras ella cumpliera las mías.
Seguía moviéndome inquieto por el salón cuando escuché el inconfundible sonido de unas botas bajando la escalera. Me giré, y allí estaba Centella, en todo su esplendor.
Botas altas hasta las rodillas de color verde, guantes plateados que le llegaban a los codos, un uniforme parecido a un bañador que le dejaba los hombros y los muslos al descubierto, verde con estrellas plateadas estampadas en el pecho. La máscara plateada con estrellas verdes, la capa hasta la cintura con el mismo estampado. Estaba impresionante.
Lo único que le faltaba del equipo era el cinturón táctico y un colgante que solía llevar al cuello, una especie de figurita, quizá la fuente de su poder. En las fotos de la prensa siempre lo lucía, pero ahora no lo tenía. Mejor para mí, pensé. Sin él, la tenía delante como a una mujer cualquiera. Una mujer fuerte, atlética, capaz de darme una paliza en un abrir y cerrar de ojos, pero una mujer al fin y al cabo, no una diosa con superpoderes.
Como si me leyera la mente, Centella se dio la vuelta haciendo ondear la capa. Por detrás, el uniforme le cubría todo el trasero como un buen bañador. Lástima, pensé; me habría gustado que fuera más atrevida y enseñara descaradamente los glúteos. Pero no podía quejarme de lo que tenía delante.
—¿Contento? —dijo al ver que no hablaba.
—Quédate de espaldas —ordené, y ella obedeció, lo cual no hizo más que recordarme lo dura que la tenía.
Me acerqué por detrás y, con todo el descaro del mundo, puse las manos sobre esos glúteos tan apetecibles. Ese trasero de mujer de cuarenta y dos años que tanto esfuerzo ponía en cuidar, mucho más firme y sensual que el de muchas chicas de mi edad. Duro al tacto, redondo, sin atisbo de celulitis. Ella dejó que se lo manoseara sin quejarse, ni siquiera cuando le metí la tela del uniforme entre los glúteos, dejándolo expuesto como si fuera un tanga.
—Así te queda mucho mejor —le dije mientras le desabrochaba la capa—. Deberías plantearte recortar la parte de atrás del uniforme. Los ciudadanos lo agradecerían.
Sin protestar, dejó que le quitara la capa.
—¿Qué haces? —dijo cuando le agarré las muñecas y se las junté detrás de la espalda.
—¿Tú qué crees? —respondí mientras le sujetaba las manos con una y con la otra deslizaba la capa entre ellas—. ¿De verdad hace falta que te lo explique?
Centella soltó un gruñido de protesta mientras le ataba las manos con su propia capa. Seguramente era un nudo torpe que ella podría deshacer sin esfuerzo, pero dejarla atada me hacía arder de euforia por dentro. Me sentía poderoso, dominante, superior a ella. Me aparté un par de pasos para recrearme en la imagen.
Centella, la poderosa superheroína, con el uniforme metido en la raja del trasero, las nalgas al aire y las manos atadas a la espalda con su propia capa. No me creía lo que veían mis ojos. Estaba tan eufórico que ni se me ocurrió sacarle una foto.
—De rodillas —le dije.
Aluciné cuando Carla, con las manos atadas, se agachó hasta arrodillarse y se giró para mirarme. O, más bien, para mirar mi entrepierna abultada. Sabía perfectamente lo que iba a pedirle y parecía aceptarlo. Seguro que pensó que una mamada de cinco minutos era un precio razonable a cambio de quitarse el problema de encima.
Sabía que, aunque me quitara el teléfono y borrara el vídeo, aunque me destrozara el ordenador, yo siempre podría gritar su secreto a los cuatro vientos. Poca gente me creería, pero el riesgo no sería cero. Y si su marido no lo sabía, tendría que darle explicaciones y ya no podría salir a hurtadillas de la cama. No podía mandarme al hospital ni amenazarme de muerte: era una justiciera, era de las buenas. Así que no tenía muchas opciones. Y seguramente pensó que yo, a mis veintidós años, me sentiría tan afortunado por esa mamada que le quedaría eternamente agradecido y la dejaría en paz.
Ilusa. Qué equivocada estaba.
Me bajé los pantalones y la saqué, más dura que nunca. Seguramente la de Gonzalo sería más gruesa y más larga que la mía, pensé. Pero la que iba a dominarla ahora era la mía, la de su vecino de veintidós años.
Al verla tan dispuesta, con la boca entreabierta invitándome a terminar de una vez, no pude resistirme. Le di un par de golpes en la cara con la verga dura. Ella aguantó la humillación sin inmutarse. Me pregunté si alguna vez la habría humillado así algún criminal, y recordé la noche anterior, su uniforme hecho trizas, medio desnuda, preguntándome si quien la dejó así también se la habría metido en la boca.
Con ese pensamiento, deslicé el glande entre sus labios. Casi me corro solo con el contacto de su boca cálida. No me lo creía: mi vecina madura y buenísima me la estaba comiendo. La de veces que lo había fantaseado mientras la veía tomar el sol en ese bikini diminuto. Y no solo eso: tenía arrodillada ante mí a la superheroína más veterana de la ciudad.
Se notaba que tenía experiencia. La de cosas que debía de hacerle al idiota de Gonzalo en la cama. A mí nunca nadie me la había comido, y alucinaba de lo bien que se sentía. La agarré del pelo negro y le apreté la cara contra mí, hasta que se la tragó entera, como había visto tantas veces en esos vídeos de maduras que tanto me gustaban cuando no podía espiar a Carla paseándose en ropa interior por su casa.
Me preguntaba si ella sabía que desde la ventana de mi cuarto se veía el interior de su salón. Me gustaba pensar que sí, que se paseaba a propósito para calentarme. Eso me ponía aún más. Así que al final no pude contenerme y, mientras llegaba al orgasmo más intenso de mi vida, le llené la boca a esa mujer madura y bronceada.
Carla no se quejó. Apartó la cara, y con las manos aún atadas a la espalda, sin el menor gesto por soltarse, escupió en el suelo. Con tan mala suerte que la mayor parte cayó sobre su propio uniforme, manchando esas estrellas plateadas que tanto respeto infundían a los criminales. Con esos pechos enormes de por medio, era imposible que apuntara bien al suelo.
***
Tal vez creyó que con eso me daría por satisfecho, pero nada más lejos. Yo era joven y tenía el vigor a tope. Verla con el uniforme manchado, las manos aún atadas y ese trasero al aire hizo que se me pusiera dura otra vez. La tenía en mis manos y no iba a desaprovechar la oportunidad.
La agarré del pelo y la forcé a levantarse. Estuve tentado de arrastrarla escaleras arriba y follármela en su propia cama, en la cama donde lo hacía con Gonzalo. Habría sido una humillación dura para el prepotente de su marido. Pero no aguantaría tanto; estaba a punto de estallar. Tenía una urgencia y tenía que ser ya.
Así que, en lugar de llevarla a la escalera, la empotré contra el sofá, un amplio sofá de cuero negro que seguro valía más que el coche de mi madre. Centella protestó al verse de bruces, pero no hizo ningún gesto de resistencia. Simplemente se dejó hacer.
La veterana superheroína ofrecía un aspecto bastante patético, con la cara contra el sofá, las piernas entreabiertas, el trasero en pompa y las manos atadas con su propia capa. Casi me corro solo con esa imagen.
Ansioso, le aparté el uniforme y descubrí su sexo. Lo acaricié un poco, notando la mata de vello recortado, y me sorprendió encontrarla mojada. Esa mujer se estaba poniendo cachonda por verse asaltada en su propia casa. No me lo creía: aquello le estaba gustando. Me pregunté si hacer de superheroína sería para ella alguna clase de fetiche, si fantaseaba con verse sometida por algún villano mientras lo hacía con Gonzalo.
No habría sabido decir qué la excitaba más: si ser chantajeada y asaltada por su joven y pervertido vecino, o verse sometida vestida de Centella. Pero no estaba para pensar demasiado; mi verga palpitante pensaba por mí. Así que, apartando el uniforme, se la metí de golpe.
Y vaya si se deslizó adentro. A sus cuarenta y dos años, Carla tenía una amplia experiencia, y su cuerpo me aceptó sin problemas. La escuché gemir mientras la penetraba con ímpetu, follándomela como había visto en aquellos vídeos.
La agarré del pelo como si fueran las riendas de un caballo, forzándola a levantar la cabeza, mientras la otra mano se deslizaba por su cintura y manoseaba con brusquedad ese trasero que tanto morbo me daba. Apretaba, agarraba, le daba palmadas, la arañaba. Y ella no hacía más que gemir de placer. Aquello le gustaba tanto como a mí, y cuanto más cachonda la veía, más ganas me daban de tratarla con dureza.
Le solté el pelo y subí la mano por sus hombros, metiéndola bajo el uniforme hasta alcanzar sus pechos. Los apreté como si fueran fruta madura, le pellizqué los pezones, sintiendo su tacto cálido. Y ella seguía gimiendo sin parar. ¿Es que su marido no le daba lo que necesitaba? Empecé a sospechar que su vida sexual con Gonzalo era de lo más aburrida.
Yo era incapaz de imaginar una vida monótona con una mujer así. De ser Gonzalo, me la habría empotrado nada más entrar por la puerta: en el recibidor, en la cocina, en el sofá como ahora, en la escalera, en la bañera. En cualquier rincón de esa casa enorme, haciendo que sus gemidos resonaran por las paredes como ahora.
Tal vez Gonzalo, con todo lo que le exigía el trabajo, llegaba tan agotado que no le quedaban fuerzas más que para un polvo rápido y soso. No era la imagen que yo tenía de él, pero, viendo cómo gemía su mujer mientras la tomaba por la fuerza, no podía sino imaginarme lo necesitada de sexo duro que estaba Carla.
Me lo confirmó el intenso orgasmo que alcanzó mientras yo seguía dentro de ella. Mi vida sexual era casi nula, salvo un par de experiencias caóticas en las que la chica ni siquiera había llegado al final, así que ser capaz de hacer que una mujer como Carla se corriera estaba lejos de mi imaginación. Fui el primer sorprendido al verla terminar antes que yo.
Gritó como si quisiera que la escuchara todo el vecindario, y eso ya fue demasiado para mí. No quería correrme dentro, pero no pude evitarlo: una descarga potente, quizá mayor que la de antes, terminó dentro de ella. No protestó, así que supuse que hacía tiempo que tomaba precauciones. Cuando me vacié del todo, la saqué y la sacudí contra su trasero.
Mientras me subía los pantalones miré de reojo a Centella. La veterana superheroína seguía en la misma postura en que la había dejado: con sus botas relucientes y el uniforme mal puesto, boca abajo en el sofá, despatarrada, el trasero en pompa, los fluidos resbalándole por los muslos. Una mancha en el cuero que crecía poco a poco. Jadeaba tras el orgasmo, con las manos aún atadas y sin hacer el menor gesto por soltarse o cambiar a una postura más cómoda. La había dejado bien follada.
No pude dejar de pensar en lo indigna que resultaba esa postura para una superheroína como ella. ¿No sentía vergüenza de estar así, sabiendo que la miraba? Esta vez no me resistí: cuando me abroché los pantalones, le saqué un par de fotos con el teléfono.
Acababa de vivir la mayor experiencia sexual de mi vida y ni siquiera la había desnudado. Allí seguía ella, vestida con un uniforme que ahora me parecía más el de una bailarina de club que el de una superheroína respetable.
Había tantas obscenidades que aún tenía ganas de hacerle, pero ya no me quedaba vigor. Dos descargas me habían dejado agotado. Miré a Carla, todavía tumbada en esa postura humillante, jadeando, y me pregunté qué le pasaría por la cabeza.
Seguramente había accedido a todo para quitarse el marrón de encima. Sabía que yo era un pervertido, pero no un sádico ni un supervillano. No quería arruinarle la vida, y debió de pensar que una buena mamada y un buen polvo eran un precio aceptable a cambio de mi silencio. Debió de imaginar que, con mi juventud y mi poca experiencia, aquello sería para mí como tocar la lotería, y que me daría por satisfecho.
Yo había llegado mucho más lejos de lo que había imaginado al llamar a su puerta apenas una hora antes. Siempre pensé que, como mucho, dejaría que la viera desnuda y la manoseara un poco. Había obtenido mucho más de lo que esperaba, y ella creía que con eso el asunto quedaba zanjado.
Ni siquiera me pidió que borrara el vídeo, quizá porque sabía que nunca eliminaría todas las copias. Pero seguro que pensó que con esto compraba mi silencio. Al fin y al cabo, seguía siendo Centella, y a mí no me convenía tentar más al destino.
Me acerqué a ella, que continuaba en esa postura indigna con la mancha del sofá creciendo, y me despedí con un beso en la nuca. Seguramente, cuando me escuchó salir y cerrar la puerta, suspiró aliviada, pensando que todo había terminado.
Vaya si había terminado. Lo que acababa de vivir había sido tan intenso que mi cabeza no paraba de pensar en cómo volvería a someterla. Ella tal vez estuviera convencida de que aquello se había acabado. Ilusa. Para mí, la cosa no había hecho más que empezar.