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Relatos Ardientes

Cinco días en la cabina y ya no podía resistirme

El quinto día me despertó el movimiento de la cama. Damián se incorporó a mi lado y, al abrir los ojos, recordé de golpe que estaba desnuda. Me cubrí los pechos con los brazos por puro reflejo, aunque a esas alturas ya no tenía sentido. La piel me tiraba: el rastro de la noche anterior se había secado sobre mí, en el cuello, en el vientre, en las caderas.

Él pasó por encima de mí para llegar al asiento del chofer. Lo escuché quejarse en voz baja, una mano en la sien.

—La cabeza me está matando —murmuró.

Yo apenas había bebido la noche anterior, así que la resaca no era mía. La suya, en cambio, se le notaba en cada gesto lento. Busqué mi ropa entre las sábanas revueltas y empecé a vestirme sin mirarlo. No podía. Me daba vergüenza tenerlo enfrente después de lo que había pasado.

Cuando terminé, encontré mi teléfono enredado entre las mantas. Eran las dos de la tarde. Habíamos dormido hasta tardísimo. Damián volvió a la cabina con varios litros de agua y se bebió uno entero de un tirón, sin respirar.

—Esta cabeza me va a partir en dos —dijo al aire.

No respondí. Pero había visto, al bajar del camión, que la estación tenía regaderas. Tomé mi toalla y me dispuse a salir.

—¿A dónde vas? —preguntó.

—A ducharme.

—Ah. Vale. Tienes algo aquí —dijo, señalándose la barbilla.

Idiota, pensé, roja hasta las orejas, y salí casi corriendo hacia las duchas.

Bajo el agua tibia me froté hasta dejar la piel limpia. Me dolía un poco la pelvis, algo incómodo, una molestia nueva. Y mientras me enjabonaba, contra mi voluntad, empecé a recordar. La forma en que me había sujetado. Cómo me había llenado. Me sorprendí excitándome sola en la regadera, repasando cada detalle.

¿Por qué lo hice?, me pregunté. No había sido el alcohol; no estaba tan borracha. Y tampoco podía mentirme: en algún momento de la madrugada yo había querido que pasara. Lo había deseado con una claridad que me daba miedo.

Salí, me sequé y me puse otro short con la misma blusa negra de tirantes, la única limpia que me quedaba. La rocié de perfume hasta que casi olía bien. Comí un sándwich en el restaurante de la estación mientras miraba el teléfono, matando el tiempo y los nervios.

Cuando volví, la cama estaba hecha con sábanas nuevas y Damián descansaba con los ojos cerrados. Me oyó entrar.

—¿Ya comiste algo? —preguntó.

—Sí.

El aire entre nosotros era espeso, imposible. Sin decir más, él pasó al asiento del chofer y arrancó.

—Sigamos, entonces.

Me quedé atrás por pudor, pero el calor de la cabina pronto fue insoportable. Terminé sentándome en el asiento del copiloto, bajé la ventanilla y dejé que el aire me golpeara la cara. Él me alcanzó una botella de agua sin mirarme.

—Toma. Sentirás menos el calor.

—Gracias.

Así pasaron las horas. Sin hablar. Cada silencio más largo que el anterior, y todavía faltaban tres días para llegar con mi familia. Quise dormir y no pude. A las diez de la noche seguíamos rodando en la oscuridad, hasta que Damián entró a una estación donde descansaban camiones y estacionó.

Volvió media hora después con tres porciones de pizza para mí y algunas para él.

—Te traje algo de cenar.

—Muchas gracias.

Comimos en silencio, solo el sonido de los dos masticando. Después dejé el plato sobre el tablero, entré a la cabina y me acosté dispuesta a dormir.

Lo escuché entrar detrás de mí. Corrió la cortina para tapar la poca luz que entraba. Apenas se veía nada. Oí cómo se quitaba una prenda, y después otra. Ya está desnudo, pensé. Sentí su peso en el colchón, a mi espalda, y luego su mano rodeándome la cintura.

Cree que va a pasar lo de anoche otra vez.

Me quedé quieta, sin reaccionar. Pero él se arrimó, y sentí todo su torso pegado a mi espalda, ancho y caliente. Me incomodaba y me gustaba al mismo tiempo. Entonces lo noté: algo se movía contra mis nalgas, despacio, despertando. Era su verga endureciéndose, creciendo más de lo que yo creía posible.

Empecé a sentirla palpitar, dura, pegada a mí. Y de verdad quise tocarla. Hice lo que pude por contenerme, pero mi calentura le ganó a la razón. Su mano subió de mi cintura a mis pechos y empezó a amasarlos con calma. No lo detuve. Abrí un poco el brazo para dejarle espacio.

No iba a oponerme. Si lo había hecho una vez, podía hacerlo de nuevo. Damián me giró con su propio brazo hasta dejarme boca arriba, y antes de que pudiera ubicarlo en la oscuridad, sentí sus labios sobre los míos. Besaba bien, con la lengua, sin prisa. Eso terminó de encenderme. Deslicé la mano hacia abajo y lo tomé del tronco: era enorme, grueso, mi mano no lo abarcaba entero.

Él bajó la suya entre mis piernas y comprobó lo mojada que estaba.

—Estás empapada —dijo contra mi oído—. Quiero probarte.

Me dio vergüenza la idea de que me besara ahí, así que lo frené del brazo.

—Espera… yo también quiero. ¿Puedo?

—¿En serio? —respondió—. Eso se puede arreglar.

Me quitó el short y la playera de un tirón y pasó una de sus piernas por encima de mi cara. Quedó él arriba, yo debajo, su sexo sobre mi boca y su boca sobre el mío. Sentí su lengua ancha recorrerme entera de una sola pasada y di un brinco. Buscaba mi clítoris con una precisión que me dejaba sin aire.

Yo tampoco me quedé quieta. Encontré la punta y la besé, la lamí, lo metí en mi boca todo lo que pude. Él gemía bajito contra mí mientras me devoraba. Era un experto con la lengua; sabía exactamente cómo moverla. Por momentos me costaba seguir el ritmo, perdida entre lo que él me hacía y lo que yo le hacía a él.

—Sabes delicioso —murmuró, levantándose un instante—. Podría seguir así toda la noche.

Me tomó del cuello con suavidad y me acercó a su cara.

—Mírate. Date la vuelta.

Obedecí. Dejé caer la cabeza en la almohada y lo sentí acomodarse entre mis piernas. Me besó una nalga y me amasó la otra con fuerza, mientras se acariciaba, impaciente. De pronto se dejó caer encima de mí. Todo su cuerpo me cubrió, sus pectorales contra mi espalda, su vientre contra mi parte baja. Era una sensación abrumadora.

Su verga se acomodó entre mis nalgas y empezó a deslizarse de adelante hacia atrás, resbalando fácil. Me habló al oído, ronco.

—¿Sientes cómo encaja? Cabe perfecto.

Yo estaba al borde de un trance. Le seguí el juego, jadeando.

—Sí… la siento toda.

—Y te gusta. Levantas el culo para sentirla mejor.

Lo subía sin darme cuenta, buscándolo. Hasta que él alzó la cadera y la punta cayó justo en mi entrada. Empecé a mover las caderas para lubricarlo despacio.

—¿Lo quieres adentro? —preguntó.

—Mételo…

—Métetelo tú, si tanto lo quieres.

Acepté la orden. Me moví hasta encontrar la punta con mi entrada, y cuando bajé un poco, él empujó de golpe. Solté un quejido.

—Despacio, despacio…

—¿No querías esto? —dijo, pero esta vez fue más lento.

Entraba poco a poco, cada centímetro llenándome. Lo mojada que estaba hacía que se deslizara sin esfuerzo. Sentía cada parte de él recorrerme por dentro, rozar el punto exacto que me hacía perder el control. Cuando se retiraba un poco, mi cuerpo se aferraba a él como si no quisiera dejarlo ir.

—Me abrazas toda —jadeó en mi oído, los brazos rodeándome el cuello como en un abrazo.

Apoyé la cabeza sobre sus brazos y me entregué a sentir. Empezó despacio y fue acelerando, más brusco, más profundo, hasta tocar un punto en mi interior que me volvía loca. Nadie me había llenado así. El sonido de su cuerpo chocando contra el mío llenaba la cabina entera.

—Sí… así… —alcancé a decir entre suspiros.

De pronto subió la velocidad y la fuerza al mismo tiempo. Cada embestida me empujaba contra el colchón y me sacudía por dentro. Sentí el orgasmo llegar despacio, demorándose, hasta que me arrasó. Me contraje a su alrededor, apretándolo, y eso lo empeoró todo.

—Damián… me vengo… —apenas podía hablar.

Él no se detuvo. Mantuvo el ritmo y prolongó el orgasmo más allá de lo soportable. Se me nublaba la vista. Estaba ebria de placer, incapaz de reaccionar, atrapada en una ola que no terminaba.

—Ya me mojaste toda —murmuró, hundiéndose hasta el fondo y deteniéndose un segundo, dejándome temblar.

Quise pedirle que parara, que ya no podía, pero él insistió con voz quebrada que le faltaba poco. Se levantó, recargó una mano en mi espalda y otra en mi cabeza, y embistió con más fuerza, más concentrado. Lo sentí cerca.

—Vente —le susurré—. Quiero que te vengas.

Se clavó en mí hasta el fondo y descargó con un gemido largo. Sentí el calor extenderse por todo mi interior. Después se quedó quieto, todavía dentro, los dos recuperando el aliento. Cuando salió, sentí un vacío extraño.

Damián se dejó caer a mi lado y me acomodó contra su pecho. Olíamos a sudor y a sexo, pero no me importó. El sueño me ganaba. Hice el esfuerzo de levantarme para lavarme un poco; las piernas me temblaban como si hubiera corrido durante horas. Llegué al pequeño baño, me eché agua tibia y volví a la cama. Me puse el short por pudor, dejé los pechos al aire por el calor, me acurruqué en su brazo y caí dormida al instante.

***

El sexto día también me despertó tarde. Lo primero que vi al abrir los ojos fue a Damián pasando por encima de mí para vestirse. Se puso el short y una playera gris que tenía guardada en un estante. Tomé el teléfono: las dos y media de la tarde otra vez.

—A este paso no llegamos nunca —dije.

—Otra vez tarde, Renata —se rió.

Bajamos a comer algo. El ambiente seguía un poco tenso. Yo pedí una sopa y él una ensalada. Comimos en silencio hasta que él notó que yo no levantaba la vista del teléfono.

—¿Estás bien? —preguntó.

—Sí, ¿por qué?

—Estás muy callada.

—Estoy comiendo —dije, esquivando.

—Aunque no comas, te quedas callada. ¿Y si te digo que sé por qué?

Me puso nerviosa. No quería hablar de eso, menos ahí.

—¿Por qué, entonces?

—Por lo de anoche.

Solté una risa breve, sorprendida de que lo dijera tan directo.

—No lo sé… quizás.

—¿Estás molesta?

—No, no lo estoy.

—¿Te incomodó lo de anoche?

—Me incomodó lo de antier —admití.

—¿Entonces lo de anoche no?

—Es un tema delicado… hablemos después.

—Lo disfrutaste, ¿no? —insistió.

—Eso no lo sabes.

—Lo sé por cómo terminó todo. Todavía recuerdo lo que me decías.

Agaché la cabeza, muerta de vergüenza de que alguien pudiera oírlo.

—Damián, cállate, te van a escuchar.

—No hay nadie cerca —se rió—. ¿Prefieres que lo repita exactamente como lo dijiste?

—Me refiero a que no hables de eso.

Apartó el plato y se acercó por encima de la mesa.

—¿Por qué siento que no estás siendo sincera conmigo?

Lo pensé un momento. Quizás, si era honesta, las cosas se aliviarían.

—No estoy molesta. Estoy un poco incómoda.

—¿Por qué?

—Nunca me había acercado tanto a alguien en tan poco tiempo.

—Lo entiendo. Pero ¿te ha gustado lo que ha pasado?

—¿Por qué quieres que lo diga?

—Para no sentirme mal después de lo que me estás contando.

—… Sí. Sí me ha gustado.

No dijo nada. Cuando levanté la vista, me miraba con una sonrisita burlona. Se me contagió y terminé sonriendo también.

—No le digas nada a mi padre, por favor.

—Si se lo digo, me mata —se rió—. ¿Terminaste? Vámonos.

Volvimos al camión. Nos duchamos en unas regaderas para viajeros y retomamos el viaje a las cuatro de la tarde, los dos acalorados. Conversamos del clima, del trayecto, pero a los veinte minutos ya no supimos qué decir.

—El calor está pesadísimo —dijo Damián, secándose el pecho—. Estoy empapado otra vez.

—Yo igual. Salí de la regadera y ya sudaba.

—Ya en confianza, puedes quitarte la blusa si quieres. Vas a estar más fresca.

Su propuesta me pareció demasiado directa.

—No, así estoy bien, gracias.

—Que no te dé pena, mira.

Tomó el volante con una mano y con la otra se sacó la playera, arrojándola al fondo de la cabina.

—¿Ves? Se siente fresco. No me vas a dejar solo, ¿verdad?

La playera que llevaba ya no dejaba de apestar ni con todo el perfume del mundo. Acepté, dudosa, y me la quité, dejando los pechos al aire. Miré hacia la ventanilla, incapaz de enfrentar su reacción.

—¿A que estás más fresca? —dijo, sin apartar la vista de la carretera.

—Sí… mucho mejor.

El tiempo pasó más rápido entre conversaciones sueltas. A las seis de la tarde el sudor nos brillaba a los dos. Damián se tocó el pecho empapado.

—Ni sin playera se calma esto. Me vas a disculpar, pero voy a tomar medidas extremas.

—¿Qué vas a hacer?

Se levantó del asiento y se bajó el short de un tirón. Me dio un escalofrío verlo así, con la luz del sol entrando por el parabrisas.

—Eso fue inesperado —dije, riéndome.

—¿Te molesta?

—No, no… es tu camión, puedes hacer lo que quieras.

No sé si era el calor o la imagen, pero sentí la cara arder.

—Deberías hacerlo también. Me lo vas a agradecer.

—Eso ya pasa mis límites —reí.

—Vamos. Ya te quitaste lo de arriba. ¿Me vas a dejar solo?

El calor era insoportable y mi propio morbo empezaba a asomar. Me hice la indecisa, pero acepté. Colgué la blusa del apoyabrazos para que no pudiera verme de la cintura para abajo, me bajé el short y sentí el asiento caliente bajo la piel.

—Listo —dije.

—¿Cómo te sientes?

—Más fresca, la verdad.

Me pasó una botella y me mostró cómo echarse agua en el pecho. Lo imité, dejando que el agua me corriera por el cuello y el vientre. Era un alivio enorme. Sentí su mirada fija en mis pechos, y aunque no podía ver más abajo, había algo inquietante y morboso en saberme observada. Me hice la distraída y seguimos.

***

Para las nueve de la noche habíamos bebido tanta agua que tuve que pedir parada. Damián entró a una gasolinera.

—No creí que llegáramos tan pronto a una. Me detengo aquí; la próxima está a dos horas.

Cenamos unos sándwiches dentro de la cabina. Cuando terminó, Damián fue a comprar agua y yo entré a preparar la cama. Volvió, dejó el paquete y se paró detrás de mí. Me tomó de la cintura y empezó a subirme la playera.

—Hay que prepararnos para dormir, Renata.

Me alarmé un poco, pero lo dejé. Quedé con los pechos al aire, cubriéndomelos con el brazo. Él se desnudó por completo a mi espalda. Después se puso frente a mí y me abrazó. Mi cara rozaba su pecho.

—¿Está todo bien? —preguntó.

—Sí… ¿por qué?

—Quiero que estés cómoda.

—Creo que lo estoy.

—Voy a asegurarme.

Me tomó la cara con ambas manos y me besó. Le correspondí, y algo en mí se aflojó, como si de pronto estuviera más cerca de él. Sentí su sexo empezar a crecer contra mi vientre, y esos roces me fueron encendiendo. Besaba tan bien que me mojé sin darme cuenta.

Sus manos bajaron por mi cuello, mis brazos, mi cintura, hasta apretarme las nalgas y atraerme hacia él. Cada contacto me ponía más caliente. Tenía ganas, ganas de verdad. Bajé la mano y tomé su verga, gruesa, dura. Me atraía él, pero también esa parte suya por separado: su piel, su tamaño, su olor. Lo quería entero.

Empecé a masturbarlo mientras me besaba. Él se sentó en la orilla de la cama, me tomó de la cintura y me besó el vientre, bajando con la mano hasta mi sexo. Salté de los nervios cuando me rozó.

—¿Te gusta cómo se siente mi dedo? —preguntó.

—Sí… me gusta —contesté entre suspiros.

Lo hundió despacio, presionando mi clítoris. Luego se acostó, recargado en la almohada, moviendo su verga de lado a lado como una invitación. Me acomodé entre sus piernas. La tomé, besé la punta, la lamí, fui tragándola poco a poco. En la cabina solo se oía mi boca trabajándolo. Damián gemía y me sostenía la cabeza, marcándome el ritmo.

Lo chupé hasta perder la noción del tiempo. Mis dedos comprobaron lo empapada que estaba. No solo lo quería: lo necesitaba dentro. Me levanté y me subí sobre él, una mano apoyada en su pecho, la otra guiando su verga hacia mi entrada.

—¿Lo vas a meter? —preguntó.

—Sí —dije, temblando.

Sentir su punta abrirme fue exquisito. Bajé sola, despacio, estirándome por dentro, sintiéndome llena. No parecía tener fin. Cuando tocó el fondo, una descarga me recorrió entera. Subí y volví a bajar, gimiendo, acelerando, con ambos brazos apoyados en su pecho.

Él me tomó de las caderas y me dejó hacer. Me miraba fijo, disfrutando de cómo me movía sobre él. El golpeteo de nuestros cuerpos resonaba en toda la cabina.

—¿Te gusta cómo se siente? —preguntó.

—Sí… me gusta muchísimo —jadeé.

Sin pensarlo le fui diciendo todo lo que sentía, palabras sueltas en medio de la calentura. Damián no hablaba; solo me observaba, apretando los ojos por momentos, soportando lo que mi cuerpo le hacía. Levantó un poco la cadera y su verga encontró un ángulo nuevo, justo en mi punto. Empecé a restregarme contra él, desesperada.

—Damián, me vas a hacer venir —gemí tan alto que cualquiera cerca habría oído.

No me detuve. Lo monté hasta que las piernas me temblaron y lo empapé entero.

—Me vengo… ya no puedo… qué rico —apenas pude decir.

Me retorcí sobre él, perdida. Damián me levantó con cuidado, sacándola de mí, y el roce me hizo estremecer una vez más. Caí sobre su pecho, agotada, vacía, pero saciada. Él me acomodó a su costado, mi cabeza sobre su pecho.

—Duerme. Debes estar agotada —dijo.

Le obedecí. Cerré los ojos y, en cuestión de minutos, ya estaba dormida, sabiendo que todavía quedaban días por delante y que ya no tenía ningún sentido fingir.

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Comentarios(7)

Viajero_Ruta66

excelente relato, de los mejores que lei en mucho tiempo!!

NandoCba

Por favor seguilo, quede con ganas de saber como termino todo eso...

motero1978

La tension que le pusiste al principio es lo mejor. Se nota que sabes como construir el ambiente antes de que todo explote. Bravo

Karla_noche

Cuantos dias duraron juntos en total? me quede con esa duda jaja

RaulMza

cinco dias ahi encerrados... eso construye una tension que te mata. muy bien narrado

Camionero_CR

me encanto, muy fluido y natural. seguí escribiendo!

ElenaOscar_77

me recordo a una situacion parecida que viví, esas cosas pasan mas de lo que la gente cree jaja

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