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Relatos Ardientes

El tatuador era joven y yo no me contuve

Llevaba meses dándole vueltas a la idea de hacerme un tatuaje. No sabía dónde ni tampoco qué dibujo, solo que quería algo para mí, algo que me recordara que el cuerpo todavía me pertenecía. Fue mi amiga Carmen, compañera fiel de tardes sin nada que hacer, quien me convenció. Una rosa, me dijo. Una rosa roja, en color, pequeña y descarada.

—¿Y dónde piensas ponértela? —me preguntó mientras revolvía su café.

—Estaba pensando en el glúteo derecho —respondí—. O en la parte alta de la ingle. Las dos me parecen sitios bonitos.

Carmen sonrió con esa cara que ponía cuando sabía que iba a soltar una de las suyas. Al final me decidí por el glúteo. Mi culo, moreno de tanto tomar el sol desnuda en la terraza, podía ser el lienzo perfecto. Buscamos por el barrio algún estudio decente, pero los tres que encontramos tenían un aspecto que no me inspiraba ninguna confianza, así que los descartamos sin más.

***

Una tarde, Carmen apareció en mi casa con una sonrisa de oreja a oreja. Había encontrado al tatuador ideal. Era un chico del barrio al que conocíamos de vista, del bar y del parque, que se dedicaba a tatuar y tenía su propio estudio en el centro. Se llamaba Andrés. Alto, de hombros anchos, con una barba corta y unos ojos que, según Carmen, valían el viaje por sí solos. Rondaría los treinta y pocos.

—Solo falta hablar con él —dijo ella—. Y eso lo arreglamos esta misma noche.

Sobre las ocho bajamos al bar de siempre. Allí estaba Andrés, rodeado de amigos, riéndose de algo. Carmen, con su descaro habitual, lo sacó del grupo y nos llevó al fondo de la barra. Le expliqué lo que quería mientras él escuchaba con una sonrisa tranquila que me desarmó un poco más de lo que esperaba. Pedimos una caña, hablamos del diseño y quedamos para el sábado por la mañana.

Cuando salimos a la calle, Carmen me agarró del brazo y me susurró al oído:

—A ese te lo acabas tirando, Marisa. Te lo digo yo.

No le contesté. Pero mientras caminaba hacia casa, mi cabeza ya había empezado a dar vueltas sobre el cuerpo de aquel chico, sobre sus manos, sobre lo que sería tenerlas cerca.

***

Llegó el sábado y me presenté en el estudio a la hora acordada. Andrés estaba terminando un trabajo a otro cliente, así que esperé hojeando catálogos de dibujos sin verlos de verdad. Cuando acabó, se acercó.

—Hola, Marisa —me saludó, y me dio dos besos que duraron un segundo de más.

Me hizo pasar a una sala contigua, pequeña y cálida, con una camilla en el centro. Me tendió una especie de tanga desechable.

—Ponte esto mientras preparo todo y túmbate boca abajo —me dijo, y salió.

Me quité los pantalones y las bragas con el corazón latiéndome más rápido de lo que quería admitir. Me coloqué aquella prenda mínima y me tumbé. Al rato entró otra vez.

—¿Tienes frío? —preguntó al verme.

—No, no. Estoy bien, tranquilo —contesté.

Se puso unos guantes y empezó a preparar la zona. Sus dedos comenzaron a masajearme el glúteo para relajar la piel, según dijo. El contacto me recorrió la espalda como una corriente.

—Lo tienes muy firme —comentó, y noté algo en su voz que no era profesional del todo.

—A pesar de mis cincuenta y ocho, todavía conservo algunos encantos —respondí, medio en broma.

Él siguió amasándome la piel un rato más de lo necesario, y a mí me estaba gustando demasiado. Luego limpió la zona con unos líquidos fríos y comenzó a trabajar. La aguja zumbaba, pinchaba, ardía un poco, pero yo apenas notaba el dolor. Tenía la mente en otro sitio.

***

Después de casi tres horas, Andrés terminó.

—Ponte a cuatro patas, que te voy a enseñar cómo ha quedado —me dijo.

Obedecí. Apoyé las rodillas en la camilla y, con un juego de dos espejos, me mostró su obra. En el reflejo vi mi culo moreno, sonrojado por la aguja, con la rosa roja perfecta. Pero también vi otra cosa: la cinta del tanga me separaba los labios, y me estaba mostrando entera a un desconocido. Sentí el calor subiéndome por el cuello.

—¿Te gusta? —preguntó, y juraría que la voz se le quebró un poco.

—Me encanta —respondí, sin apartar la vista del espejo, donde mi propia humedad me delataba.

Andrés no dijo nada más, pero supe que estaba mirando lo mismo que yo. Tragó saliva antes de hablar.

—Vístete. El lunes vuelves para ver cómo cicatriza y retocar si hace falta.

***

Pasé el fin de semana atrapada en aquella escena. Me excitaba recordarlo, así que aprovechaba para masturbarme imaginando la lengua de Andrés recorriéndome despacio. No sé cuántas veces lo hice, pero fueron más de las que me atrevería a confesar. Cerraba los ojos y volvía a ver la cinta del tanga apartándome los labios, mi sexo hinchado en el reflejo, y me corría una y otra vez con la mano entre las piernas. El lunes va a pasar algo, pensé. Y voy a dejar que pase.

***

El lunes acudí a la cita con una mezcla de nervios y decisión. Andrés llevaba una camiseta de tirantes que dejaba ver dos hombros fuertes y la insinuación de un pecho ancho. Iba en pantalón corto, con las piernas marcadas y bronceadas. Cerró la puerta de la sala detrás de nosotros.

—A ver, enséñame esa rosa tan sexy que te he tatuado —dijo.

No contesté con palabras. Me quité las botas, los pantalones, las bragas. Me di la vuelta y le mostré el glúteo. Esta vez su mano vino sin guante, y empezó a acariciarme la piel muy despacio, rozando apenas con las yemas.

—Está firme y la herida va perfecta. Un par de días más y no notarás nada. Ya puedes vestirte, si quieres.

—¿Y si no quiero? —respondí.

Andrés me agarró de la cintura y me giró de un movimiento suave. El estómago se me encogió. Deseaba exactamente lo que estaba a punto de ocurrir y no pensaba fingir lo contrario.

***

Me notaba mojada y completamente abierta a que él tomara la iniciativa. Y la tomó. Me sujetó la cara con las dos manos y buscó mi boca. Me mordió el labio inferior mientras su lengua se enredaba con la mía, lenta y profunda. Mis brazos le rodearon la cintura, y mis manos bajaron hasta su culo y se quedaron ahí, apretándolo.

Notaba su erección contra mi vientre. Sin pensarlo más, le desabroché el pantalón, le bajé la ropa interior y lo tomé en la mano. Estaba duro, caliente. Lo acaricié de arriba abajo y sentí cómo la punta se humedecía contra mi palma. Andrés deslizó una mano entre mis piernas y empezó a frotarme despacio, recreándose en cada pliegue, hundiendo primero uno, luego dos dedos en mí.

—Así, sin prisa —murmuré contra su cuello.

Sus manos me presionaron los hombros hacia abajo hasta hacerme arrodillar. Frente a mí lo tenía, y lo recibí en la boca sin dudarlo. Lo lamí entero, jugué con la lengua, lo escuché respirar más fuerte cada vez. Con la otra mano me acariciaba los pechos, los pezones duros y sensibles. Me quité la camisa y el sujetador para sentirme del todo desnuda mientras seguía con él en la boca, balanceándome al ritmo que él marcaba con las caderas.

Me pellizqué un pezón con dulzura, igual que cuando me tocaba sola, y un primer orgasmo me sacudió ahí mismo, de rodillas.

—Me he corrido —jadeé, separándome un segundo—. Pero quiero que me folles.

***

Andrés me levantó, me dio la vuelta y me apoyó sobre la camilla. Me separó las piernas con la rodilla y empezó a frotar la punta contra mi sexo, sin entrar todavía, recreándose en mi impaciencia. Yo arqueaba la espalda, ofreciéndome, hasta que de una embestida firme me penetró por completo. Mientras se movía dentro de mí, me daba palmadas suaves en el glúteo recién tatuado, y aquella mezcla de placer y leve escozor me volvía loca.

Sus manos me buscaron los pechos y los amasaron mientras me embestía cada vez más hondo. Un segundo orgasmo me llegó casi sin avisar, largo, eléctrico.

—Háblame —le pedí entre jadeos—. Dime cosas.

—Me encanta follar contigo —respondió con la voz ronca—. Me gustaría teneros a Carmen y a ti a la vez.

Aquella confesión me encendió todavía más. Aceleré el movimiento de las caderas para ayudarle, necesitaba oírlo perder el control, sentirlo acabar. De repente él se retiró y me hizo girar.

—Termíname con la boca —pidió.

Lo tomé con las dos manos y volví a metérmelo, mamándoselo como si fuera lo único que importara en el mundo. Su dureza me excitó hasta hacerme correr por tercera vez sin tocarme apenas. Entonces Andrés se tensó entero y se vació con un gemido largo. No dejé escapar nada; tragué mientras él seguía estremeciéndose, hasta la última gota.

—Me encanta follar contigo —repitió, todavía sin aliento, acariciándome el pelo.

***

Nos vestimos despacio, sin prisa, robándonos miradas. Antes de salir nos dimos un beso largo que me dejó los pezones otra vez sensibles bajo la ropa. Sonreí para mis adentros pensando en lo que me esperaba en cuanto llegara a casa, sola, con la rosa roja todavía ardiendo en la piel.

Carmen tenía razón, después de todo. Y algo me decía que aquella no había sido la última vez que cruzaría la puerta de aquel estudio.

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Comentarios(6)

Kikita_77

buenisimoooo!!! de lo mejor que lei en mucho tiempo, gracias!

MarisolRV

Por favor seguí escribiendo, quede con ganas de mas. Muy lindo el relato :)

RocioLec

me recorde de una situacion parecida jaja, esas cosas inesperadas son las mejores. seguí así!

Laucha76

y despues que paso?? espero que hagas la segunda parte!!

CelesteMdz

La forma en que lo contás se siente tan real, muy bien narrado. Me engancho desde el primer parrafo

GioLector22

Se hizo corto, queria que no terminara. Esperando mas de tu parte

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