Descubrí el secreto de mi madre entre los maizales
Lo que voy a contar es corto, pero me marcó. Desde esa tarde entre los maizales descubrí que había algo en mí que disfrutaba de mirar sin ser visto, de saber cosas que nadie más sabía. Tenía veinticuatro años recién cumplidos y acababa de volver al pueblo después de mucho tiempo viviendo en la ciudad.
Mi padre tenía unas tierras a las afueras de Santa Elena, un pueblo a una hora larga de manejo desde nuestra casa. Casi todos los fines de semana iba a vigilar la cosecha o a negociar la compra de algún terreno vecino. De chico me arrastraba con él, pero el campo nunca me gustó: terminaba cargando sacos junto a los peones bajo el sol, así que con los años dejé de acompañarlo.
Esa temporada, sin nada mejor que hacer, decidí ir un par de veces. Mi padre me presentó a todos los trabajadores con orgullo, palmeándome la espalda y diciéndoles lo buen hijo que era por volver al rancho. Hablaba de ellos como si fueran de la familia, sin sospechar que uno de esos hombres no solo trabajaba su tierra.
Dos semanas después volví otra vez, pero en esta ocasión nos acompañó mi madre.
Tengo que explicar algo de ella para que se entienda todo lo demás. Mi madre nunca fue una mujer de cara bonita, pero tenía un cuerpo que hacía girar cabezas en cualquier parte. Caderas anchas, pecho grande, una cintura que todavía marcaba a pesar de los años. Y lo sabía. Siempre se vestía para que se notara: blusas con escote, pantalones ajustados, faldas más cortas de lo que correspondía a una señora de su edad. Mi padre, que de joven había sido celosísimo, con el tiempo se había rendido. Era más fácil hacerse el distraído que pelear.
Aquella mañana llegó al rancho con una falda de verano y una blusa ligera, y noté de inmediato cómo los hombres dejaban de trabajar para mirarla bajar de la camioneta. Cruzaban miradas entre ellos, murmuraban. Mi madre caminó hacia la casa del rancho con esa seguridad de quien disfruta ser observada.
—Yo me quedo preparando algo de comer —dijo—. Ustedes vayan, después comemos todos.
Mi padre y un grupo de peones tomaron rumbo a los maizales más alejados, donde había un problema con el riego. Yo los seguí un rato, sin muchas ganas, hasta que me cansé de caminar entre las plantas altas y el calor. Le avisé a mi padre que me regresaba a la camioneta y deshice el camino solo.
***
El maíz estaba a punto de cosecharse, alto, por encima de mi cabeza, así que avanzaba medio a ciegas entre las hileras. Cuando empezaba a acercarme a las camionetas escuché unos sonidos. Al principio pensé que era algún animal del campo y no le di importancia. Pero a cada paso se hacían más claros, y de pronto entendí que no eran de ningún animal.
Eran gemidos. Una voz de mujer y, debajo, la respiración pesada de un hombre.
Me quedé quieto. Tendría que haber tosido, hacer ruido, avisar que había alguien. En vez de eso, me metí entre las hileras siguiendo el sonido, con el corazón golpeándome el pecho. A unos cien metros de la camioneta, en un claro que alguien había despejado entre el maíz, los encontré.
Había una manta y unos sacos viejos extendidos en el suelo. Y sobre ellos, una mujer con las piernas abiertas de par en par y un hombre encima, con la polla enterrada hasta el fondo, moviéndose con fuerza. Me agaché detrás de las plantas, conteniendo la respiración, dispuesto a retroceder en cuanto entendiera lo que estaba viendo.
Entonces reconocí los zapatos tirados a un costado. Y la falda de verano arrugada sobre los sacos. Y la blusa abierta, con las tetas enormes bailándole en el pecho a cada embestida, los pezones oscuros duros como piedras.
Era mi madre.
Por un segundo me quedé helado, sin aire. Lo primero que pensé fue lo peor: que ese hombre le estaba haciendo daño, que tenía que salir corriendo a buscar a mi padre. Pero entonces escuché su voz con claridad.
—Así, no pares… más fuerte, métemela más fuerte, rómpeme el coño —jadeaba ella, con las manos agarradas a los brazos del hombre, las uñas clavadas en su piel.
No la estaban forzando. Estaba disfrutando como nunca la había escuchado disfrutar de nada. Estaba pidiendo verga como una perra en celo.
El hombre tenía la camiseta puesta todavía y la piel blanca de la espalda brillaba de sudor. Por la posición no le veía la cara, solo el movimiento de sus caderas hundiéndose entre las piernas de mi madre una y otra vez, sin descanso. Cada estocada arrancaba un chasquido húmedo del coño de mi madre, un ruido de carne mojada golpeando carne mojada que se escuchaba tan claro como los gemidos. Ella le respondía con el cuerpo entero, levantando las caderas para recibirlo, cruzando los tobillos sobre su culo para hundírsela más.
—Toda, dámela toda —le pedía, con la boca abierta—. No me dejes ni un centímetro afuera.
Sé que tendría que haberme ido. Pero no podía moverme. Algo en esa escena me tenía clavado al suelo, mirando, con una mezcla de vergüenza, asco y una excitación que me costaba reconocer. Se me estaba poniendo dura viendo a mi propia madre cogiendo, y no podía hacer nada por evitarlo.
***
El hombre se separó un momento, todavía de rodillas, recuperando el aire. Al salir de ella se le vio la polla entera: gruesa, larga, brillante del flujo de mi madre, apuntando al techo con las venas hinchadas. Mi madre se quedó tumbada, esperando, con el pecho subiendo y bajando, el coño abierto y colorado, los muslos temblándole todavía. Fue entonces, cuando él giró un poco la cabeza para mirarla, que lo reconocí.
Era Damián, el peón más joven de todos. Tenía pocos meses trabajando en el rancho y apenas me sacaba unos años. Mi padre me había contado, riéndose, que cuando llegó no sabía ni agarrar una pala, pero que aprendía rápido. Lo que mi padre no sabía era todo lo que Damián había aprendido a hacer mientras tanto, y todo lo que le estaba metiendo a su mujer entre las hileras.
No era un hombre llamativo. Flaco, sin músculos, con un par de tatuajes desteñidos cerca del ombligo. Pero la polla que le colgaba entre las piernas era otra historia: gorda en la base, con la cabeza roja e hinchada, chorreando saliva y jugos de mi madre. Y ahí estaba, tomándose su tiempo con la mujer que el patrón presumía como suya.
Damián se incorporó y se acercó a la cara de mi madre. Ella, sin que él se lo pidiera, se giró hasta quedar a cuatro patas y le agarró la polla con las dos manos. La miró un segundo como si fuera un trofeo y se la metió en la boca hasta el fondo, sin arcadas, como si ya lo hubiera hecho mil veces.
Lo que siguió fue algo que jamás había imaginado de mi propia madre. Mamaba con un hambre que no parecía tener fin, sacando la polla entera con un plop húmedo y volviéndola a tragar hasta las pelotas, con la lengua trabajando por debajo. La saliva le chorreaba por la barbilla, le caía en gotas espesas sobre las tetas colgadas. Cuando él la sostenía de la nuca y la empujaba, ella no apartaba la cara: abría más la garganta y dejaba que se la clavara hasta el fondo, con los ojos llorosos y una sonrisa manchada de baba.
—Eso es —murmuraba él, mirándola desde arriba—. Así me gusta, puta. Tráguemela toda como sabes hacerlo.
—Mmm —respondía ella con la boca llena, sin soltarla, chupándole después las pelotas una por una, lamiéndoselas con la punta de la lengua.
Yo seguía escondido, con la garganta seca. Y entonces sentí, con una claridad incómoda, que estaba durísimo, la polla apretada contra la tela del pantalón, palpitándome. Duro mirando a mi madre chupándole la verga a otro hombre. La idea me revolvió el estómago y al mismo tiempo no podía dejar de mirar.
***
Damián la hizo girar de nuevo y se colocó detrás de ella. Le separó las nalgas con las dos manos, se escupió en la mano y se pasó la saliva por la polla. Después la apoyó en la entrada del coño y se la clavó de un solo golpe, hasta el fondo. Mi madre soltó un grito que rebotó contra el maíz. La tomó de las caderas y empezó a embestirla con una fuerza que la hacía gritar contra la manta a cada estocada. Mi madre tenía el cuerpo lleno, las caderas anchas marcadas con las huellas rojas de las manos de él, el culo grande temblándole con cada golpe seco.
—Sí, sí, sí —repetía ella, perdida, sin ninguna vergüenza—. Rómpeme, papi, rómpeme el coño, para eso te lo doy…
—Mira cómo te lo trago —le contestaba él, mirando cómo su polla entraba y salía embadurnada—. Mira cómo me chupa la verga esta concha de vieja caliente.
Él se inclinó sobre su espalda, le sujetó el pelo y le tiró de la cabeza hacia atrás, obligándola a arquearse. Sin soltarla, le hablaba al oído cosas que yo alcanzaba a escuchar entre los golpes de sus cuerpos. Le decía lo que era, le decía que el patrón no se imaginaba nada, que era una puta y que era suya cada vez que ella quería. Que llevaba meses cogiéndosela por todos los rincones del rancho, en la bodega, en el granero, contra los sacos de grano. Y mi madre, lejos de ofenderse, le contestaba que sí a cada palabra, gimiendo más fuerte, moviendo el culo hacia atrás para clavársela ella misma.
—Soy tuya, soy tu puta, la puta del peón —jadeaba—. Métemela más fuerte, dámela toda…
No sé en qué momento mi mano terminó dentro de mi pantalón. Lo recuerdo como algo que pasó solo, sin que yo decidiera nada. Me apoyé contra el tallo de una planta, me saqué la polla y empecé a machacármela al ritmo de ellos, con la respiración entrecortada, atento a cada sonido para que no me descubrieran. La tenía tan dura que me dolía. Cada vez que Damián se hundía en el coño de mi madre, yo apretaba el puño y me la corría de arriba abajo, con la vista fija en el punto donde se unían sus cuerpos.
***
Estuvieron así un largo rato. Damián le soltó el pelo y empezó a darle palmadas fuertes en las nalgas que resonaban entre el maíz y le dejaban la piel marcada, y que la hacían gemir todavía más alto. Le metió el pulgar en el culo mientras seguía cogiéndosela por el coño, y ella empujó las caderas atrás pidiendo más.
—Ahí también, ahí también —le rogaba mi madre—. Métemela en el culo, no seas malo…
Damián se rió, sacó la polla del coño chorreante, se escupió otra vez en la mano y le empujó la cabeza contra la ranura del culo. Al principio ella soltó un quejido, pero enseguida empezó a menearse atrás, tragándoselo entero, como si fuera algo que llevaba tiempo esperando. La embistió por el culo con la misma fuerza con la que la venía cogiendo, agarrándola de las caderas, con las nalgas de mi madre temblando a cada golpe.
—Qué culo tienes, qué culo tienes —repetía él—. Este culo caro de patrona…
Mi madre se metió dos dedos en el coño y se los movía mientras Damián se la clavaba por atrás. La escuché ahogarse en su propio gemido, tensar el cuerpo entero y empezar a temblar, corriéndose sobre sus propios dedos, con la boca abierta contra la manta. Se venía y no dejaba de decir groserías, mordiéndose los nudillos, apretando el culo alrededor de la polla de Damián para exprimirla.
Después él se acostó casi por completo sobre ella, abrazándola por la cintura, y siguió moviéndose sin pausa, como si quisiera fundirse con su cuerpo. Le mordía el hombro, le apretaba las tetas con las dos manos, se las estrujaba hasta ponérselas rojas mientras ella seguía gimiendo bajo su peso.
Yo no aguanté más. Me corrí en silencio, mordiéndome el labio para no hacer ruido, con las piernas temblándome, los chorros de leche cayéndome sobre la tierra y las hojas del maíz. Salió tanta que me sorprendí de mí mismo. Pero ni siquiera entonces pude apartar la vista. Me quedé ahí, con la polla todavía en la mano, escurriéndome las últimas gotas, escuchando los gemidos de los dos que no daban señales de parar.
Al final fue él quien aceleró el ritmo hasta volverse desesperado. Le sacó la polla del culo, la volvió a hundir en el coño para las últimas embestidas y le avisó con voz ronca:
—Me vengo, puta, me vengo…
—Afuera no, adentro, adentro —le contestó ella, apretándole las nalgas con los talones—. Lléname toda, quiero sentirla caliente…
Él se apartó de golpe igual y terminó sobre la espalda de mi madre, soltando un gruñido largo mientras le echaba chorros gruesos de semen que le corrieron por la columna hasta el hoyo del culo. Le vació todo encima y se dejó caer después a un costado, agotado, con el pecho subiendo y bajando como un fuelle. Ella se quedó tumbada, satisfecha, sin prisa por moverse, con la corrida escurriéndole por la espalda y el coño abierto y goteando.
Al rato se llevó dos dedos entre las piernas, recogió lo que le chorreaba y se lo llevó a la boca, chupándoselos como si fuera miel. Damián la miraba con una sonrisa cansada, satisfecho.
Cuando vi que Damián se estiraba para alcanzar su ropa y que mi madre empezaba a incorporarse, reaccioné. Me acomodé como pude la polla todavía blanda dentro del pantalón, me di la vuelta y caminé lo más rápido y silencioso que pude entre las hileras, alejándome del claro. El corazón me latía tan fuerte que estaba seguro de que iban a escucharlo.
Llegué a la camioneta, me senté en la sombra y traté de respirar normal. Unos minutos después apareció mi madre, peinada, con la falda otra vez en su lugar, llevando una bandeja con comida como si nada hubiera pasado. Me sonrió con una naturalidad que me dejó frío. Nadie hubiera dicho que un rato antes tenía una polla en la boca y otra en el culo.
—¿Tan rápido te cansaste del campo? —me preguntó, sirviéndome un plato.
—Hacía mucho calor allá adentro —contesté, sin mirarla a los ojos.
Un rato más tarde llegó Damián por el otro lado, secándose la frente con la camiseta, saludando a mi padre con respeto. Mi padre le dio una palmada en el hombro y le agradeció el trabajo del día. Yo bajé la mirada al plato, pensando en la corrida que seguramente todavía le chorreaba a mi madre entre los muslos, debajo de la falda de verano.
***
Nunca le dije nada a mi padre. Tampoco a nadie. Me guardé la escena entera, cada detalle, durante años. Con el tiempo entendí que mi madre probablemente no era la primera vez que lo hacía, y que tampoco sería la última; conociéndola, más de un peón habrá pasado por ese claro entre el maíz, y más de una polla se habrá vaciado dentro de ella mientras mi padre firmaba papeles en la casa.
Lo que sí cambió fue algo en mí. Desde esa tarde aprendí que lo que de verdad me prende no es tocar, sino mirar. Saber lo que otros esconden, observar sin que me vean, descubrir el secreto que late debajo de las sonrisas tranquilas. Aquel maizal despertó al mirón que llevaba dentro, y todavía hoy, cada vez que el viento mueve un campo de maíz, se me pone dura sola y vuelvo a esa tarde en que descubrí quién era de verdad mi madre, y quién empezaba a ser yo.





