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Relatos Ardientes

Ocho días de cuero y una madura que dejó de esperar

El Scania gimió al frenar, la suspensión quejándose después de catorce horas de autopista. Goyo maniobró marcha atrás entre dos tráileres extranjeros, girando el volante con movimientos que sus manos conocían mejor que su propio nombre. El motor diésel rugía bajo el capó, las vibraciones subiendo por el asiento, por sus piernas, por toda su columna cansada.

Freno de mano. El siseo hidráulico resonó en la cabina. Motor apagado. Silencio.

Bueno, silencio no exactamente. Afuera, la lluvia repiqueteaba contra el parabrisas con ese ritmo monótono que lo había acompañado desde Sueca. El olor a gasóleo flotaba denso en el aire húmedo del aparcamiento, mezclado con ese aroma a aceite quemado y goma mojada que era el perfume natural de cualquier área de servicio a medianoche.

Catorce horas al volante. Medio día de vida convertido en mirar asfalto y retrovisores, un circuito tan repetitivo que Goyo podría haberlo hecho dormido. Y encima el cabrón del descapotable rojo, un tipo de traje y gel en el pelo que se le había metido delante tan bruscamente que tuvo que frenar de golpe, el ABS chillando, la carga desplazándose con ese movimiento nauseabundo. El otro esquivó la muerte por centímetros y desapareció, dejándolo con los nudillos blancos sobre el volante.

—Me cago en tu puta madre —murmuró al recuerdo.

Pero aquí estaba. Vivo. Más o menos.

Abrió la ventanilla. El aire fresco y húmedo de junio entró en la cabina, salpicándole la cara con gotas diminutas y frías. Sacó el porro del bolsillo de la chaqueta vaquera, ya liado desde la mañana, esperando este momento. La llama prendió al primer intento.

La primera calada fue larga, profunda. El ascua le iluminó las manos un segundo: dedos anchos, callos en las palmas y los anillos de plata —un cuervo, una calavera con la mandíbula articulada— que había comprado en un mercadillo medieval hacía quince años y que aún le parecían lo más grande del mundo, aunque a sus cincuenta y ocho años ya debería haber superado la fase.

El móvil descansaba sobre el salpicadero, pantalla negra, esperando. Goyo lo miraba de reojo mientras fumaba. Sabía que llegaría un mensaje. Siempre llegaba a esa hora. Y vibró.

El nombre en la pantalla le hizo olvidarse del cansancio, de la lluvia, de las ganas de mear que aguantaba desde hacía dos horas. Amparo. Conocía ese nombre. Vaya si lo conocía. Tres años reconociéndolo con el pulso acelerado.

***

Tres años que habían empezado de la forma más absurda posible: discutiendo en un foro de heavy metal sobre si Saratoga era superior a Mägo de Oz. El caso es que habían discutido, y luego habían seguido discutiendo, y en algún momento, entre debates encendidos sobre música que escuchaban a los veinte años, cuando el mundo todavía parecía conquistable, habían empezado a hablar de otras cosas. De la ropa. De la estética. Del cuero.

«Es que me encanta cómo se ve», le había escrito Amparo una madrugada. «Ese rollo de los ochenta, ya sabes. Las tachuelas brillantes. Las botas». Y él, que estaba medio dormido pero se despertó de golpe, había dicho que sí, que a él también, que echaba de menos la época en que podías vestir así y, si te miraban raro, era el tipo correcto de raro. Así pasaron de las guitarras distorsionadas a las fotos de ropa. No de ellos, todavía no. Fotos de botas con hebillas, de chupas de cuero. «¿Son demasiado para una mujer de mi edad?», preguntaba ella. «Son perfectas», respondía él, como si fueran dos críticos especialistas en marroquinería del rock.

Y luego vino lo de los relatos. Un día Amparo le mandó un enlace a una web de relatos eróticos. «Está bien escrito», dijo, como si uno mandara historias de doce páginas sobre una madura y un motero por puras razones literarias. Pero, joder, sí que estaba bien escrito, y Goyo se lo leyó entero con una erección que podría haber perforado el salpicadero. Y le devolvió el favor. Así cayeron por esa madriguera, intercambiando relatos como reseñas. «Buena estructura narrativa» significaba me he corrido tres veces. «Personaje bien desarrollado» significaba ojalá fuera yo. Manteniendo la ficción de que aquello iba sobre la prosa, y no sobre el hecho de que estaban a cientos de kilómetros, casados con otras personas, cerca de los sesenta y cachondos como adolescentes. Tres años de palabras en una pantalla. Tres años de casi, de todavía no, de algún día.

***

Goyo abrió el mensaje entornando los ojos. Mierda, las gafas. Rebuscó en la guantera, sacó las de pasta verde fosforito —color elegido precisamente porque era imposible perderlas en la penumbra del camión— y se las puso.

«Saturnino se va a Benidorm del 29 de junio al 6 de julio», leyó. «Ocho días, Goyo». Y debajo: «Ocho putos días».

Lo releyó tres veces, por si se le había escapado algún matiz. No se le había escapado nada. Amparo, la mujer con la que llevaba tres años compartiendo fantasías sobre cuero y tachuelas, la que vivía en Burriana con un marido al que había llegado a odiar cordialmente sin haberlo visto jamás, acababa de decirle que iba a estar sola ocho días.

—Joder —murmuró al vacío de la cabina.

Sus dedos, más acostumbrados a volantes que a teclados, empezaron a escribir. Borraron. Volvieron a escribir. Finalmente tecleó: «Hostia, sí. Pero no sé si... es que nunca lo he hecho de verdad».

La respuesta llegó en menos de medio minuto. «Ni yo, hombre. Por eso quiero hacerlo contigo. Sin presión, sin miedo al ridículo. Tú y yo, jugando. ¿No?».

Goyo sintió que algo se le contraía en el estómago. O quizá más abajo. En tres años nunca habían hecho nada físico: algún café cuando él pasaba cerca, alguna comida en un bar de carretera, conversaciones de horas, risas, confesiones. Inocente en el sentido técnico. En el real, aquellas charlas tenían menos inocencia que un político en campaña.

«¿Y qué nos ponemos?», escribió. «Yo tengo mis pantalones de cuero del grupo. Y una camiseta de rejilla. ¿Es muy hortera?».

«Se me mojan las bragas solo de imaginarte», respondió ella.

Goyo soltó una carcajada que resonó en la cabina y asustó a una gaviota que dormitaba sobre el capó. Y así, durante la hora siguiente, mantuvieron una conversación que habría hecho sonrojar a un marinero. Ella le habló de una minifalda de cuero negra nunca estrenada, de unas botas altas con hebillas. Él, de la camiseta de rejilla, del cinturón ancho, de los brazaletes con tachuelas que nunca se atrevió a sacar de casa.

«¿Tienes piercings?», preguntó ella.

«En los pezones», escribió él. Hubo un silencio de tres minutos. Goyo empezó a sudar. Luego: «Eres lo más grande, Goyo. Ahora sí que estoy cachonda de verdad».

«Llevo media hora empalmado», confesó él. «La gente que pasa debe pensar que estoy viendo porno».

«¿Y no lo estás haciendo?».

«Contigo no hace falta».

Esa fue, Goyo lo supo entonces, la frase más cursi y más sincera que había escrito en su vida. Hubo otro silencio, este más largo. Miró la pantalla preguntándose si había metido la pata, si había sido demasiado.

El móvil vibró. «Espera».

¿Espera? ¿Espera qué?

Un minuto. Dos. Y entonces: una foto. De esas que se ven una sola vez. Debajo, un mensaje: «Para que veas que estoy muy mojada».

Goyo dejó de respirar. El porro se le cayó al suelo de la cabina y no le importó. Miró alrededor del aparcamiento, casi vacío, dos camiones a cincuenta metros con las luces apagadas. Nadie podía verlo. Con el dedo temblando como un crío que va a ver algo prohibido por primera vez, tocó la imagen. Y se le olvidó hasta su propio nombre.

La foto estaba tomada desde arriba, desde el ángulo que ella tendría al mirarse frente al espejo. Una mano —la izquierda, reconocible por la alianza de plata, las uñas cortas y sin pintar de una mujer práctica— tiraba de la cinturilla de unas bragas azul claro hacia adelante, creando un hueco por el que la cámara capturaba lo que había dentro. Y madre de Dios, lo que había dentro. La tela estaba empapada, no húmeda, empapada, transformada en un azul casi negro. El vello canoso asomaba por todos los bordes, pegado en mechones brillantes contra la piel de los muslos. Cuando la mano separaba un poco el algodón del cuerpo, se veían hilos finos, delgados como telarañas pero brillantes, estirándose entre la tela y su piel, negándose a romperse.

La foto no mostraba su cara ni sus pechos. Solo eso: la prueba visceral e innegable de que Amparo estaba tan cachonda como él. Más, probablemente. La imagen desapareció. Diez segundos. Eso era todo lo que duraban. Pero Goyo la tenía grabada a fuego en la retina, como si la hubiera mirado durante horas.

Se quedó mirando la pantalla negra, con la boca abierta y la polla tan dura que le dolía contra los vaqueros. Miró hacia abajo: una mancha oscura se extendía por la entrepierna, justo donde la tela apretaba más. Se había mojado. Como un quinceañero. Le costó cuatro intentos escribir algo coherente. Al final mandó: «Me has dejado sin palabras, Amparo. Tengo los calzoncillos como los tuyos. Lo verás en persona».

«Bien. Así me gusta», respondió ella. «Ahora vete a dormir, o a hacer lo que tengas que hacer. Nos vemos el lunes». Y, tras los emoticonos de besos: «Ha sido un placer. Literalmente».

Goyo apagó la luz de la cabina, se desabrochó los vaqueros con dedos torpes y se la sacó. Cerró los ojos. Pensó en la foto, en las bragas azules empapadas, en el vello mojado, en aquellos hilos brillantes. Pensó en Amparo, sola en su dormitorio, tocándose, tan mojada por culpa de él. De él, un camionero calvo de cincuenta y ocho años con barriga cervecera y tatuajes baratos. Se corrió en menos de medio minuto, mordiéndose el brazo para no gritar en mitad del aparcamiento vacío.

Cuando pudo respirar, se limpió como pudo y caminó hacia los baños con la rigidez de un hombre que tiene a la vez la vejiga llena y una satisfacción que le hace zumbar todo el cuerpo. Mientras meaba por fin, sonrió como un idiota. Dos días y medio hasta el lunes. Podía esperar. Probablemente.

***

El domingo por la mañana, en su piso de Burriana, Amparo observaba a su marido meter calcetines en la maleta con la meticulosidad de un cirujano. Saturnino llevaba veinte minutos doblando y redoblando los mismos tres pares, como si la calidad de su estancia en el casino dependiera de la perfección geométrica de su ropa interior.

—¿Seguro que no quieres venir? —preguntó él sin levantar la vista—. A mi hermano le haría ilusión verte.

Lo que le haría ilusión a tu hermano es que llevara veinte años menos. Pero gracias por la invitación, cariño.

—Seguro —dijo en voz alta—. Además, tengo turnos esta semana.

No tenía turnos. Había pedido la semana libre hacía un mes, en un arrebato de optimismo que ahora le parecía tan sensato como comprar lotería esperando hacerse rica. Pero Saturnino asintió, satisfecho con una respuesta que confirmaba su visión del universo: él jugaba a las cartas, ella limpiaba oficinas, y el mundo seguía girando en su eje de aburrimiento predecible.

Lo acompañó hasta la puerta, le dio un beso en la mejilla —gesto mecánico, como firmar un recibo— y lo vio bajar las escaleras con la maleta de ruedas que chirriaba en cada escalón. Cuando la puerta se cerró, se quedó inmóvil en el recibidor exactamente diez segundos. Luego soltó un grito que habría asustado a los vecinos si la señora del tercero no estuviera sorda como una tapia. Se rió. Se llevó las manos a la cara. Se volvió a reír.

Tranquila, Amparo. Solo vas a acostarte con un camionero al que conociste en un foro de heavy metal y con el que llevas tres años hablando de cuero. Todo muy normal. Todo muy sensato.

Se dirigió al dormitorio como quien va al patíbulo. El armario era un yacimiento arqueológico de más de cincuenta años de decisiones cuestionables. Y, al fondo, envuelta en plástico como si fuera material radiactivo, la minifalda. Cuero negro, ajustada, con una cremallera lateral que en su día había requerido un tutorial para cerrar. La había comprado cinco años atrás en una tienda de rock, en un arrebato de tres cervezas y la certeza de que la vida era demasiado corta para no tener al menos una minifalda de cuero antes de morir. Luego la había guardado y nunca, nunca, se la había puesto.

Se quitó el pantalón de chándal y se la puso. La cremallera subió con dificultad. El cuero se le pegaba a los muslos, caliente incluso en la penumbra. Cuando por fin cerró, tuvo que respirar hondo y mirarse en el espejo.

—La virgen —murmuró.

La falda le quedaba tan corta que a duras penas le tapaba el culo. Pero de pie cumplía su función. El cuero negro contrastaba con su piel bronceada; sus piernas, fuertes de años subiendo escaleras y fregando suelos, se veían musculosas, expuestas casi hasta la entrepierna. Parezco una vieja del rock, pensó. Y se sonrió. Me encanta.

Las botas estaban en el fondo, también protegidas: negras, hasta medio muslo, tres hebillas metálicas que cerraron con un clic satisfactorio. Faltaba algo. Rebuscó en la mesilla, bajo las cremas antiarrugas y las gafas de leer, hasta dar con la bolsita de terciopelo. El collar. Cuero negro, dos dedos de ancho, una anilla de metal en el centro, comprado online a las tres de la madrugada después de una conversación con Goyo que había terminado con ella tocándose como una cría. Nunca estrenado. Se lo puso. La anilla descansó en el hueco de su garganta, fría, pesada, perfecta.

Esta vez no dijo nada. Solo se quedó mirando a esa mujer del espejo que se parecía a ella pero que era, a la vez, alguien completamente distinta. Alguien que no fregaba oficinas a las seis de la mañana, que no cocinaba lentejas los domingos, que no dormía dándole la espalda a un hombre que roncaba. Alguien que iba a acostarse con un camionero vestida de cuero.

—Bien —se dijo—. Pues ya está.

Se lo quitó todo, lo dobló con cuidado y lo guardó como quien guarda armas antes de una batalla. Mañana por la tarde se lo pondría de nuevo. Mañana por la tarde Goyo llamaría al timbre. Mañana por la tarde dejaría de ser solo fantasía. A las tres de la madrugada seguía despierta, mirando el techo, preguntándose si él también lo estaría.

***

El lunes Goyo se despertó en su estudio de Albacete con una erección que en un hombre de cincuenta y ocho años era directamente milagrosa. Había soñado con cuero, con botas, con cosas que su cerebro dormido había conjurado con un detalle pornográfico. Su yo despierto, en cambio, estaba demasiado ocupado siendo un manojo de nervios para sonrojarse.

Se duchó con agua fría —inútil—, se afeitó con más cuidado del habitual y se miró en el espejo como si viera su cara por primera vez. Calvo, barba corta, barriga que ninguna cantidad de abdominales iba a arreglar, tatuajes que a los veinte parecían buena idea. Estás hecho un oso viejo, Goyo. ¿Y si a Amparo le da asco? Su reflejo no respondió, pero su polla, tercamente erecta, parecía tener opiniones al respecto.

Metió en una bolsa de deporte los pantalones de cuero del antiguo grupo tributo, la camiseta de rejilla con la etiqueta todavía puesta, las botas, los brazaletes con tachuelas y el cinturón ancho. Se lo pondría justo antes de llegar; no pensaba conducir dos horas con cuero en pleno verano. No era tan idiota.

Luego vino la parte humillante. En la farmacia dejó sobre el mostrador una caja de condones y una receta, intentando no mirar al farmacéutico a los ojos.

—Sildenafilo, cien miligramos —leyó el hombre en voz alta, lo bastante fuerte para que la señora de la cola lo oyera—. ¿Primera vez que lo toma?

—Sí —murmuró Goyo, notando cómo se le subían los colores.

—Un comprimido una hora antes. Si la erección dura más de cuatro horas, acuda a urgencias.

La señora de detrás tosió. Goyo agarró la bolsa y salió como si lo persiguieran. El lubricante lo compró en un sex shop de las afueras y salió con la sensación de haber aprobado dos exámenes que no sabía que tenía que hacer.

A las dos de la tarde arrancó rumbo a Burriana, alternando entre una excitación adolescente y un pánico que lo hacía plantearse dar media vuelta. ¿Y si no funciona? ¿Y si nos reímos y ya está? A veinticinco kilómetros de su destino, en un área de servicio, aparcó, leyó las instrucciones por tercera vez, sacó un comprimido, lo miró unos segundos —allá vamos— y se lo tragó. No era vergonzoso. Era realista. Era necesario.

Veinte minutos después se cambió en el baño del camión. Los pantalones de cuero estaban más ajustados de lo que recordaba; el calor era brutal y la tela se le pegaba a la piel al instante. Me voy a asar vivo. Pero la madre que me parió, voy a hacerlo.

A las cinco menos cuarto aparcó cerca del edificio. El barrio estaba tranquilo, persianas bajadas contra el sol, treinta y cinco grados y él vestido de cuero. La pastilla había hecho efecto: una presión cálida en la entrepierna, la promesa de lo que llegaría cuando hiciera falta.

Bajó del camión con la bolsa al hombro. El calor le golpeó como un puñetazo. Caminó hacia el portal sudando, preguntándose si aquella no sería la idea más estúpida de su vida. O la mejor. Todavía no estaba seguro de cuál de las dos.

Subió las escaleras —cuatro plantas sin ascensor, maldiciendo cada peldaño— y se quedó parado frente a la puerta. El corazón le latía como si quisiera escapársele del pecho. El sudor le corría por la espalda, empapando la rejilla. Levantó la mano.

Llamó al timbre.

Y esperó.

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Comentarios(7)

casporro

Buenisimo!!!

FerCba92

Sigue asi, muy buen relato!

LectoraNoche

Por favor que haya una segunda parte, quede con ganas de mas!

ElenaDelMar

Me encanta que la protagonista sea una mujer madura y con tanta personalidad. Muy bien escrito.

NorbertoRJ

Me recordo a alguien que conoci, misma energia y actitud. Buen relato.

VeronicaK

Me gusto mucho la ambientacion, se nota el cuidado en los detalles. Muy recomendable.

CeciValdez

El titulo ya me vendio, jaja. Muy bueno.

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