Los amigos de mi hijo apostaron por mí ese verano
Desde que me separé, hacía ya dos veranos que pasaba julio y agosto en la casita que conservé tras el divorcio, en Cala Marina, a media hora del instituto de Murcia donde doy clases de Lengua. Mi hijo Diego venía los fines de semana a desconectar de la consulta. En agosto se quedaría el mes entero.
—Hola, mamá —me saludó al llegar, soltando la mochila en la entrada.
—Hola, cariño. ¿Qué tal la semana?
—Agotadora. A ver si me independizo del todo de la clínica de papá.
Su padre era arquitecto y Diego había decidido seguir un camino propio. No me llevaba mal con mi ex, pero hacía tiempo que había pasado página. Lo que me costaba más era admitir que, a mis cincuenta recién cumplidos, todavía echaba de menos el sexo.
—¿Y tú? —me devolvió la pregunta con una sonrisa pícara—. Deberías buscarte a alguien. Papá sale con una chica que podría ser mi compañera de carrera.
—Que tu padre haga lo que quiera —respondí riéndome—. Estoy bien así.
—Espabila, mamá. Estás estupenda y lo sabes.
Tenía razón en lo del sexo. En dos años no había conocido a ningún hombre de mi edad que valiera la pena, solo algún encuentro suelto del que me arrepentía al día siguiente.
***
Esa mañana bajé a la playa con mis amigas. Diego apareció a la hora del baño con su grupo. Daba gusto verlos: altos, bronceados, llenos de esa energía que se desperdicia a los veintitantos.
—¡Hola! —saludaron a coro.
A Bruno lo recordaba de otros veranos. El otro era nuevo.
—Yo soy Iván —se presentó, tendiéndome la mano.
—Marisa, la madre de Diego.
—¿La madre? Joder, Diego, vaya madre tienes.
Lo dije a broma, pero el comentario me dejó un cosquilleo. Mis amigas, Nuria y Elena, se pusieron en modo receptivo enseguida. Los chicos trajeron cervezas, contaron tonterías y nos hicieron reír más de lo que recordaba haber reído en meses. A la hora de comer nos despedimos.
—Veníos con nosotros —propuso Bruno.
—Otro día —contesté—. No quiero jugar a ser la madre divertida.
En casa comí una ensalada con una copa de vino y me quedé dormida en la hamaca de la piscina. Soñé, medio despierta, con esos cuerpos jóvenes en la orilla, y me reproché lamentarlo. Eran amigos de mi hijo. No debía ni pensarlo.
***
Esa noche habíamos quedado con unos conocidos de Elena, tres señores correctos y aburridos. A media cena recibí un mensaje de Diego.
—Mamá, estamos en la terraza Mar Abierto. Iván insiste en que te vengas a tomar una copa.
Sonreí mirando la pantalla. Nuria me arrebató el móvil y leyó por encima de mi hombro.
—¿Los guapos de la playa? —preguntó arqueando una ceja—. Nos vamos. Estos tres son unos pasmados.
Inventamos una excusa, nos despedimos de los señores y conduje hasta el Mar Abierto. Era uno de los locales de moda, con luces de colores, camas balinesas y música que invitaba a moverse. Diego me abrazó con naturalidad al verme.
—¡Qué guapa, mamá!
Bruno me trajo una cerveza sin copa, había que beberla a morro como ellos. La mezcla de edades creaba un ambiente extraño y delicioso a la vez. Elena hablaba de cine con Iván, Nuria se reía a carcajadas con mi hijo, y Bruno se acercó a mí.
—Estás increíble, Marisa.
Le sostuve la mirada un segundo más de lo prudente. No aparté los ojos.
—Nos conocemos hace años —dije, descalzándome.
—Antes eras la madre de Diego. Este verano eres otra cosa.
Sentí un hormigueo que empezaba en la nuca y bajaba despacio, como una caricia invisible. Llevaba años sin notarlo. Y lo más desconcertante era que no venía de un señor maduro ni de una conversación profunda, sino de dos chicos descarados que sumaban, entre los dos, menos años que yo.
Cuando Bruno se levantó a saludar a alguien, Iván ocupó su sitio, los labios casi pegados a mi oído.
—¿Cómo es que una mujer como tú no tiene pareja?
—¿Pretendes ligar conmigo? —sonreí.
—Llevo toda la noche intentándolo.
Crucé las piernas y me dejé halagar. Hacía mucho que no me sentía así de viva.
***
A la mañana siguiente, mientras preparaba café, Diego apareció con el pelo revuelto.
—Anoche estabas radiante, mamá.
—No es muy normal ver a tu madre flirteando con tus amigos —admití, sirviéndole la taza.
Él se encogió de hombros con una madurez que me sorprendió.
—¿Y qué tiene de malo? Papá sale con una chica de mi edad. Tú no tienes derecho a divertirte, ¿solo porque ellos son jóvenes? Mírate, mamá. Eres libre. Si alguien te hace sonreír, aunque sea una noche, disfrútalo.
Me emocionó, no tanto por lo que decía sino por cómo lo decía. Con respeto. Con cariño.
—Iván se quedó colgado de ti —añadió con una sonrisa cómplice—. No paraba de hablar de ti. Y Bruno se corta porque te conoce, pero asentía.
—¿Y tú? —le devolví la jugada—. Te vi muy entretenido con Nuria.
Diego respiró hondo, como si esperase la pregunta.
—Me gustó verla nerviosa cuando le decía cosas al oído. Si ella quisiera, la invitaría a salir. Con respeto también se liga, mamá.
Me quedé en silencio. Mi hijo ya no era un niño, y de alguna forma me estaba abriendo una puerta.
***
Esa tarde, en la playa, Nuria recibió una llamada. Cuando colgó, traía la cara encendida.
—Diego me ha invitado a cenar en Murcia. Y le he dicho que sí.
La abracé y le di mi bendición entre risas. Mientras, Bruno e Iván habían aparecido con sus tablas de surf. Nuria, envalentonada, se quitó el top y se quedó en topless para provocarlos.
—Las maduras enseñamos solo cuando hay alguien que vale la pena —dijo, retándome—. ¿Verdad, Marisa?
No iba a dejarla sola. Me solté el mío con naturalidad y fui a darme un baño. Regresé con el pelo mojado y reconozco que disfruté de cómo me seguían las miradas de los dos chicos.
—¿Me das crema? —le pedí a Bruno, tendiéndole el bote.
Cuando sus manos empezaron a extenderla por mis hombros y bajaron hacia el pecho, fingí que era un juego inocente. No lo era. Notaba su respiración cambiar y, bajo el bañador, su cuerpo reaccionar. Yo también ardía.
***
Esa noche, sola en casa, con Diego ya en Murcia y Nuria camino de su cita, me metí en la piscina con una copa en la mano. Cerré los ojos y dejé que la imaginación volara hacia las manos de Bruno en mi piel. Antes de pensarlo dos veces, cogí el móvil y le escribí.
—¿Te apetece un gin-tonic en la piscina?
Diez minutos después, su voz me sobresaltó desde el borde.
—Hola, Marisa.
—Ponte una copa y métete. El agua está deliciosa.
Se deslizó dentro y se acercó despacio, midiendo cada paso.
—Te conozco hace años, pero este verano te veo de otra manera.
—¿Y qué despierto en ti? —pregunté, andando hacia él en el agua.
—Deseo. Admiración. Todo junto.
Me atrajo de un tirón. Cerré los ojos, abrí mis labios a los suyos y su lengua arrasó con las pocas defensas que me quedaban. Sentí sus dedos desatar el nudo de mi top, sus manos recorrer mis pechos, su boca buscar el cuello.
—Ve despacio —susurré.
—Iremos como tú quieras.
Y justo entonces, una segunda voz me heló la sangre.
—Hola, Miss Topless.
Iván estaba en el borde de la piscina, sonriendo con esa cara de tener todo bajo control.
—Me llamó para salir y no quise mentirle —explicó Bruno—. Le dije que estaba contigo.
Debí enfadarme, mandarlos a su casa. En cambio, algo en mí lo agradeció. Salí del agua, preparé una ensalada y una carne a la plancha, y cenamos los tres junto a la piscina como si fuera lo más natural del mundo. La tercera botella de vino cayó sin que nos diéramos cuenta.
—Me jode que Bruno se me haya adelantado —dijo Iván, acercando su silla a la mía—. Me encantas, Marisa.
—¿Y qué queréis que haga? ¿Que os batáis en duelo? —reí.
—Te propongo otra cosa —respondió con un aplomo impropio de su edad—. Que disfrutemos la noche. Y que al final decidas tú. A uno, a ninguno. O a los dos.
El corazón se me aceleró. Me sentí deseada, poderosa y libre al mismo tiempo. Por primera vez en años, no quise pensar en lo que estaba bien o mal.
***
Bruno puso música caribeña y me tomó en sus brazos. Bailaba con una soltura que me contagió. Con delicadeza soltó el nudo de mi pareo y me dejó en bikini, pegando su cuerpo al mío. Cuando me besó, su lengua era dulce e incansable, sin urgencia. Mi mano bajó por su abdomen y se coló dentro del bañador. Lo acaricié despacio y su cara delató el efecto.
—¿Crees que eres mejor que él? —le provoqué—. Tengo que decidirme.
Por toda respuesta, deslizó mi braguita hacia un lado. Me senté en el borde de la piscina y abrí las piernas para él. No hizo falta más. Me penetró en el césped, sin ternura, abrazándome con sus brazos mientras yo lo sujetaba con las piernas. Su boca buscaba mis pechos sin saciarse.
Iván nos miraba desde la mesa, los ojos encendidos, creyendo que había perdido el tren. Después de un primer orgasmo que me dejó temblando, Bruno se corrió y caímos sobre la hierba.
—No te marches —le dije a Iván, que se levantaba dolido.
Me acerqué a él y lo abracé. Su cuerpo entero reaccionaba.
—Lo que has visto solo era la primera prueba —murmuré—. Aún no me he decidido.
Su expresión cambió por completo. Lo besé y lo guié hasta la cama balinesa. Esta vez fui yo quien marcó el ritmo, montándome sobre él, sintiéndolo entrar despacio, hasta el fondo. Se agarraba a mis caderas como si temiera caerse, y yo cabalgaba sin prisa, disfrutando de cada embestida. Cuando se vació dentro de mí, llevaba ya tres orgasmos perdidos en la cuenta.
***
—¿Por qué no subimos al dormitorio? —propuse, mirando a los dos—. Hagamos el examen final.
Se miraron sin creérselo. Me echaron una toalla por encima y me llevaron en volandas, uno de cada brazo, hasta dejarme en mi cama. Los tenía a los dos para mí, y nunca en mi vida me había sentido tan desinhibida.
Agarré sus dos miembros, uno con cada mano, y los acaricié mientras decidía. Iván se colocó detrás de mí, levantándome las caderas; Bruno se ofreció a mi boca. Los recibí a ambos a la vez, perdida en una sensación que no había vivido jamás. Las palabras de los dos, ese «qué bien lo haces», «no voy a parar», me empujaban más lejos.
Me dieron la vuelta, me turnaron, me llevaron de uno a otro como si yo fuera el centro de toda la noche. Subí hasta lo más alto y caí en un orgasmo que me sacudió entera. Iván se rindió primero, agotado. Bruno tomó el relevo, pero yo estaba demasiado sensible.
—Me duele un poco —admití.
—Ven, déjame a mí —dijo, ofreciéndome su boca en lugar de exigir la mía.
Lo terminé con calma, saboreando cada segundo, hasta que se dejó ir con un gemido ahogado. Después nos quedamos los tres tumbados, enredados, recuperando el aliento.
—Joder, Marisa —dijo Iván—. No he estado nunca con nadie igual.
—Ha sido brutal —añadió Bruno.
—Vosotros sí que me habéis dejado para el arrastre —respondí, riéndome.
***
Al despertar, recompuse los recuerdos de la noche y sonreí sola. Había sido mucho más que sexo: una especie de catarsis, la prueba de que seguía viva y deseada. Temí que al verlos otra vez nos invadiera la vergüenza, pero cuando aparecieron por la playa al mediodía, se sentaron a mi lado con la misma naturalidad de siempre.
—La noche fue increíble —dijo Bruno—. Nos encantaría seguir viéndote. Con normalidad. Una cena, el cine de verano. Con los dos, o con uno, como tú prefieras.
—Me parece bien —contesté, mirando el mar—. ¿Venís esta tarde a daros un baño?
—Claro. Pero con calma —rió Iván—. Ya vimos anoche que tienes un límite.
—Que tú te saltaste —le devolví—. Venid igual. Ya improvisaremos.





