Saltar al contenido
Relatos Ardientes

Llamé a mi vecino para arreglar algo más que la lámpara

Hola, ¿cómo están? Yo, muy bien esta noche. Y con ganas de contarles algo que me pasó hace poco. Como en casi todos mis relatos, hay una parte que es cierta y otra que dejo que mi imaginación complete. Ustedes decidan dónde está la línea.

Resulta que estaba pintando una de las habitaciones de mi casa y se descompuso el ventilador. Yo de electricidad no entiendo nada; cada vez que se rompe algo, aunque sea una tontería, tengo que recurrir a alguien que sepa. Por lo general le pido a uno de mis hermanos o a algún sobrino, que ya aprendieron a reparar cosas. Pero ese ventilador tenía la luz integrada y yo necesitaba seguir pintando, y la tarde se me venía encima. Así que decidí llamar a uno de mis vecinos, de esos que siempre ofrecen su ayuda. Tan desinteresadamente, supongo, cada vez que me ven pasar.

Ramiro se llama el vecino. Trabaja desde casa desde la pandemia, como tantos por acá, y se toma sus licencias entre el trabajo y los pendientes domésticos. Está casado con una mujer de Veracruz, voluptuosa, de cara muy bonita y carácter de mil demonios. Tienen dos hijos varones de unos dieciocho y veinte, y una hija de veinticuatro que es la fantasía secreta de medio vecindario.

Eran las cuatro de la tarde y el cielo empezaba a ponerse gris. Yo sabía que la esposa de Ramiro no le permitía mucho trato conmigo. Varias vecinas desconfían de mí por vivir sola, creen que soy una rompehogares. Nada más lejos de la realidad. Si supieran qué clase de hombre me gusta, dormirían tranquilas sabiendo que jamás me interesarían sus maridos.

Decidí apurarme antes de que ella volviera del trabajo y se enterara de que él había entrado a mi casa.

Toqué la puerta y me abrió uno de los hijos. Me repasó con disimulo el escote que asomaba del suéter y me echó una mirada rápida a las piernas.

—¿Está tu papá? —pregunté.

—Sí —respondió, y pegó un grito hacia el interior.

Un minuto después apareció Ramiro con cara de fastidio, una cara que se transformó en sonrisa amable apenas vio que era yo quien lo buscaba.

—Dime, ¿en qué te ayudo? —me preguntó.

—Necesito que revises una lámpara con ventilador. Se encienden y de repente parece que se quieren apagar. ¿Podrías echarles un ojo?

—Claro. Dame un par de minutos para buscar la herramienta.

—Perfecto, te espero en casa. ¡Mil gracias!

***

Tocó al rato, le abrí y lo llevé hasta la habitación. Como es un cuarto que casi siempre tengo cerrado y el ventilador no funcionaba, adentro hacía un calor sofocante. Le mostré la lámpara y enseguida confirmó que sí, que algo fallaba.

—Disculpa, Ramiro, me voy a quitar el suéter, tengo muchísimo calor.

Me saqué la prenda y él se quedó pasmado al descubrir que debajo solo llevaba un vestido diminuto, bastante descubierto. Debo confesar que a veces me gusta andar así dentro de casa, porque disfruto sorprenderme en algún reflejo y ver lo que ciertos hombres observan cuando salgo a la calle. Me excita un poquito. La verdad es que ya ni me acordaba de que traía ese vestido tan corto; estoy tan acostumbrada que se me vuelve una segunda piel.

Me di cuenta de que se ponía nervioso. Y también de que la situación le encantaba. Le acerqué un banco pequeño para que alcanzara el ventilador. Me pidió el aparato para medir la corriente, y al entregárselo decidí gastarle una broma: presioné mis pechos contra su pierna. Casi de inmediato noté cómo se le aceleraba la respiración y cómo, sin querer, se le marcaba un bulto tenso bajo el pantalón.

Mientras revisaba el ventilador, conversamos de cosas sueltas. Él fue llevando la charla hacia los halagos, hacia mi persona, y yo sabía perfectamente que lo hacía con ánimo de cortejo.

Ramiro no me parece atractivo en absoluto. Pero me excita la idea de sentirme deseada.

Me prende muchísimo imaginar qué fantasías tienen algunos hombres conmigo. Me prende pensar, solo como fantasía, que yo podría ayudarlos a cumplirlas. Y venía de unos días complicados: tenía muchas ganas de sexo y no se había dado la ocasión. Hacía casi dos semanas que no me follaban, y el coño lo tenía tan sensible que hasta el roce de la costura del vestido me hacía apretar los muslos. Un pensamiento llevó al otro, y la plática deliberadamente seductora de Ramiro terminó por despertar a la diablilla que vive en mi cabeza.

Me entretuve unos minutos paseándome por la habitación, fingiendo que ordenaba. Lo hice para que me viera caminar, porque sabía que me miraba cada vez que pasaba frente a su casa. Esa iba a ser mi forma de pago: un show privado, un poquito de morbo a domicilio.

A ratos me agachaba frente a él y el escote casi dejaba mis pezones al descubierto. Justo cuando estaba a punto de pasar, volteaba de golpe a mirarlo y él esquivaba la vista, avergonzado.

—¿Cómo lo ve, Ramiro? —pregunté.

—Pues yo la veo muy bien —contestó, y soltó una risita.

—Me refiero al ventilador, tonto.

—¡Ah, eso! —dijo, recomponiéndose—. Está haciendo corto. Aíslo bien los cables y queda resuelto.

—¿Quiere que le acerque la cinta de aislar?

—Por favor.

Se la acerqué, y como vi que se estiraba para llegar, le dije:

—¿Lo detengo de aquí para que no se caiga?

Y lo sujeté de los muslos.

Era evidente que estaba excitadísimo, y la verdad es que yo también. Aunque más que excitación, lo mío era curiosidad y ganas de jugar. Me divertían sus reacciones nerviosas, su esfuerzo por parecer ecuánime.

—Oiga, ¿cree que su esposa tarde mucho en volver? —pregunté, solo para inquietarlo, para hacerle creer que estaba planeando algo más serio.

—No sé si tarde —respondió—. Pero yo ya casi termino, por si necesita ayuda con… otra cosa.

Esas últimas palabras las dijo con un tono de pícaro que no dejaba lugar a dudas. No hay que ser muy lista para entender que me estaba ofreciendo una aventura.

—¿Y por qué me pregunta? —insistió, buscando que yo diera el primer paso.

Para entonces yo ya estaba decidida a jugar un rato con él.

—Pues para esto —contesté, mientras le acariciaba el bulto de la entrepierna.

Se sobresaltó e intentó bajarse del banco de inmediato, en un afán de tomar las riendas.

—No, no se baje. Siga con su encargo, que yo me encargo de lo mío. Por favor, termine de repararlo.

Aceptó sin decir palabra y se dejó tocar mientras seguía aislando los cables. De vez en cuando bajaba la mano y me rozaba los pechos, pero yo se la apartaba con firmeza y le repetía la orden de que continuara su tarea. Le apretaba la verga por encima de la tela y sentía cómo se hinchaba, cómo se pegaba a la pierna, buscándome. Cada vez que le pasaba la palma abierta de arriba abajo sobre el bulto, se le escapaba un suspiro corto que él intentaba disimular tosiendo.

Le bajé el cierre del pantalón y, despacio, fui sacando su pene. Todavía no lo tenía del todo erecto. Era muy velludo, lo que me hizo pensar que el sexo con su mujer no debía ser frecuente, o que al menos él no tenía la delicadeza de arreglarse para ella. En mi experiencia, eso suele significar que tampoco le practican sexo oral muy seguido. Su miembro palpitaba, aún flácido, quizá por los nervios. Le retraje el prepucio y fui acercando la lengua, lentamente, hacia el glande. Le di una lamida larga, plana, desde la base hasta la punta, y sentí cómo la polla le brincaba en mi mano. Otra lamida, y otra, y a la cuarta ya lo tenía duro como una piedra, con el glande morado, pulsando contra mis labios.

Se lo metí en la boca hasta la mitad y me lo dejé ahí, quieto, sintiéndole el sabor salado del pre-semen que empezaba a soltar. Después empecé a moverme lento, chupándole solo la cabeza, envolviéndosela con la lengua, formando un vacío con las mejillas para que sintiera la succión bien fuerte cada vez que salía. Con la mano libre le agarré los huevos y se los apreté con cuidado, rodándoselos entre los dedos, mientras con la otra le hacía una paja al ritmo de la mamada. Ramiro se sujetó del borde del ventilador con una mano para no caerse. Se le doblaban las rodillas.

—Ay, Dios… ay, por Dios… —murmuraba, sin voz, mirando para abajo, hipnotizado con el ir y venir de mi cabeza.

Le tragué la polla hasta el fondo, hasta sentir los pelos en la nariz, y me quedé así unos segundos, aguantando la arcada, con los ojos aguados. Cuando lo saqué, un hilo de saliva y baba nos unía todavía la boca con el glande. Le escupí encima, le pasé la mano para embarrárselo todo, y volví a metérmelo. Ahora más rápido, con ganas, dejándome oír, haciendo esos ruidos húmedos y guarros que a los hombres les pierden.

Empezó a sonar su teléfono. Lo ignoró. Volvió a sonar. Lo sacó del bolsillo y atendió, con la polla todavía chorreando saliva a un centímetro de mi boca.

—Hola, mi amor. Sí, vine a echarle un ojo a una caja de fusibles. Ya terminamos, ya voy para allá.

Justo entonces me metí su pene, ya plenamente erecto, en la boca. Con un dejo de sufrimiento en la voz, alcanzó a preguntar:

—¿Quieres que lleve algo?

Yo seguía con intensidad, entrando y saliendo, succionando con fuerza, mamándosela sin ningún pudor mientras él intentaba sostener una conversación con su esposa. Le apretaba los huevos y le pasaba la lengua por debajo del glande, en ese punto sensible que hace saltar a cualquier hombre. Del otro lado de la línea se escuchaba a su esposa preguntar en casa de quién andaba.

—Estoy en casa de Joaquín, no te preocupes. Ya voy.

De la bocina se escapaban ruidos que sonaban a regaños. Ella le gritaba algo. Él colgó, con la respiración cortada y la cara roja.

—Perdóname —me dijo—, ya me tengo que ir.

—¿Y no va a terminar la lámpara?

—Mejor otro día vengo con más calma y terminamos lo que usted quiera, mi reina.

—No va a haber otra ocasión igual —afirmé, y volví a engullirlo hasta el fondo, sin misericordia.

Me bajé el escote de un tirón y dejé mis tetas al descubierto, los pezones duros, apuntando hacia arriba. Él soltó un gemido ronco al verlas y estuvo a punto de perder el equilibrio sobre el banco. Le agarré la verga con las dos manos, una encima de la otra, y empecé a masturbarlo girando las muñecas, retorciéndole el prepucio, mientras con la lengua le atendía la punta, dando lengüetazos rápidos y planos. Él se apuró a rematar los últimos detalles de la reparación y yo me apuré en hacerlo acabar.

—Córrase, Ramiro, córrase ya, que su mujer lo espera —le susurré, y se lo volví a meter entero.

Intensifiqué el ritmo con la mano sobre su polla, pajeándolo rápido, con la boca abierta debajo, sacando la lengua para que él viera cómo se la ofrecía. Le pasé la punta de la lengua por el frenillo, una y otra vez, y enseguida me hizo una señal urgente con la mano: estaba a punto de venirse. Podía sentírselo en la polla, hinchada, pulsando entre mis dedos, con las venas marcadas.

—Ya, ya, ya… —jadeó.

Lo dejé estallar. Alejé su miembro de mi cara en el último segundo y dejé que su esperma cayera al piso en tres chorros gruesos, calientes, mientras yo seguía moviéndole la mano de arriba abajo, exprimiéndoselo, sacándole hasta la última gota. Un poco me alcanzó la mejilla y el escote, y me lo froté ahí, entre las tetas, mirándolo a los ojos. Él temblaba entero, con la boca abierta, los ojos vidriosos, incapaz de decir palabra.

Seguía parado sobre el banco, con el pene empezando a ablandarse, brillante de saliva y semen. Aproveché esos últimos segundos para estimularlo otra vez con la lengua y los labios, chupándole el glande sensible después de la corrida, hasta provocarle unas contorsiones bastante exageradas. Se retorcía, intentaba apartarme la cabeza con la mano, soltaba unos quejidos casi de dolor. Lo hice a propósito: quería quitarle cualquier posibilidad de una nueva erección, cualquier intención de consumar la tarde penetrándome con esa polla velluda y ansiosa. Yo no quería eso. Yo solo quería jugar.

Se bajó del banco con la tarea terminada y el asombro todavía en los ojos. Se dirigió, como un becerro hambriento, hacia mis pezones erectos, y les dio un par de chupetones torpes, apretándome las tetas con las manos, gimiendo contra mi piel. Llevó una mano hacia mi sexo, me metió los dedos por debajo del vestido, buscándome el coño; se la retiré antes de que llegara. Entonces me agarró las nalgas, me las apretó con fuerza, e intentó pegarme su cuerpo. Con suavidad lo aparté.

—Bueno, creo que esto es todo por hoy. Te lo agradezco mucho, y más te agradeceré que seas discreto con lo que acaba de pasar. Esto no fue un pago, fue mi manera de darte las gracias por la ayuda. Estamos a mano.

Con las tetas todavía al aire y la mejilla marcada por un hilillo de su corrida, lo encaminé hacia la salida. Él aprovechó los últimos instantes para admirarme una vez más, con la polla todavía asomando por la bragueta abierta, y antes de que alcanzara a preguntarme si podíamos repetir, lo callé. Le dije adiós con firmeza y lo empujé hacia afuera, todavía acomodándose el pantalón en el pasillo.

Así concluye mi relato de esta tarde. Y espero que así concluya también la participación de Ramiro en cualquiera de mis futuras aventuras. Porque créanme: la próxima vez que se descomponga algo en casa, ya sé a quién no voy a llamar.

Ver todos los relatos de Confesiones

Valora este relato

Comentarios(8)

Naty_27

buenisimo!!! una de las mejores confesiones que lei aca. muy real

CristinaBue

Me encanto lo honesta que sos al contarlo. Sin vueltas, sin hacerte la interesante. Eso se valora mucho.

PabloCN

y despues que paso?? necesito saber si siguieron viéndose jajaja. Excelente relato!

ElGatoPardo

el vecino de enfrente nunca me llama a mí jajajajja. muy bueno

LectoraAvida

Que bien escrito! Se siente natural, como una charla con una amiga. Sigue subiendo cosas, por favor

MarcelaRosario

Me hizo acordar a situaciones similares... solo que yo no tuve tanto coraje jaja. Rico relato.

Valentina_M

Me quedo la duda de si el sabia lo que iba a pasar o también lo sorprendiste jeje. Muy entretenido

JuanMa_BA

Que relato tan honesto. Me gusto que no intenta romantizar nada, solo cuenta lo que fue. Eso lo hace mucho mas creible y excitante a la vez. Esperando mas de vos.

Deja un comentario

Iniciar sesión o crear cuenta

Elegí cómo querés continuar.