El maduro del baño terminó lo que otro no pudo
Han pasado meses desde aquella tarde junto a la piscina y, aunque el dolor en el cuerpo se borró como se borra un mal sueño, lo otro sigue dando vueltas dentro de mi cabeza. Tengo treinta y cuatro años y un cuerpo que nunca me ha pedido permiso para nada: pelo oscuro y ondulado, caderas anchas, unas curvas que atraen miradas que me incomodan y me envalentonan a la vez. He intentado olvidarlo, de verdad que sí, pero hay noches en las que despierto con la piel ardiendo y la sábana pegada a los muslos, y entonces vuelve él. Sus manos ásperas, su voz ronca diciéndome cosas al oído, el modo brutal en que me tomó. Me da rabia desearlo. Mi cuerpo, en cambio, no tiene ningún reparo.
Este fin de semana, Noelia y Sabrina me sacaron del pueblo casi a rastras. «Necesitas aire, Carolina», dijo Noelia con esa energía suya que no admite réplica, su melena rubia teñida cayéndole sobre los hombros. Sabrina, más callada, de piel morena y ojos verdes que parecen leerte por dentro, solo asintió: «La ciudad te va a sentar bien».
Alquilamos un piso pequeño en el barrio de Gràcia, en Barcelona. Paredes desconchadas, olor a café quemado y a tabaco viejo prendido en las cortinas, un sitio que olía a noches largas y a gente que no piensa en el mañana. El viaje en tren fue puro escándalo: risas demasiado altas, una botella de vino barato que nos tiñó los labios de rojo, confidencias a medias entre el traqueteo. Les conté versiones suavizadas de mis historias, presumí de «un tío que me dejó loca» con detalles inventados, pero me guardé lo que de verdad me quema por dentro.
***
El sábado por la noche el plan era una discoteca enorme cerca del puerto, el Edén. El taxi nos dejó frente a la entrada, bajo un letrero de neón parpadeante, y los graves se sentían desde la acera, golpeando en el pecho. El aire dentro estaba cargado: humo dulzón, perfumes mezclados, el sudor de cientos de cuerpos que se buscaban con la mirada. Me había puesto una camiseta fina de rayas de colores que se ceñía a mí, una chaqueta beige abierta y una falda vaquera corta y deshilachada. Con cada paso sentía el aire rozarme la piel y la tela ajustándose donde no debía.
Noelia llevaba un top escotado que apenas contenía sus pechos; Sabrina, un mono ajustado que dibujaba su cuerpo de gimnasio. Brindamos con chupitos de tequila, el ardor bajándome por la garganta y el limón pinchándome los labios, y nos lanzamos a la pista las tres juntas, hombro con hombro, sudando ya con las primeras canciones.
Bailé con los ojos cerrados, dejando que el ritmo se me metiera en la sangre. La falda subía con cada giro, el sudor me pegaba la tela a la espalda, y notaba las miradas recorriéndome: hombres con las pupilas dilatadas, mujeres que juzgaban o envidiaban. Me hacía sentir expuesta y, al mismo tiempo, dueña de algo. Noelia y Sabrina se perdieron entre la gente, ligando con un grupo de chicos, y yo me dejé llevar sola, las caderas girando en círculos lentos.
Entonces lo vi. Alto, rubio, con unos ojos azules que brillaban bajo los focos, cortando la multitud como si esta se abriera para él. Casi dos metros, hombros anchos, una camisa blanca medio abierta sobre un pecho bronceado. Su sonrisa era la de alguien acostumbrado a salirse con la suya. Se acercó despacio, y un aroma a colonia cítrica se mezcló con el calor de la pista.
—¿Bailas sola? —gritó por encima de la música, su aliento rozándome el cuello.
Sonreí a mi manera, inclinándome hacia él.
—Por ahora.
Nos movimos juntos, sus manos en mi cintura al instante, grandes y firmes, guiándome con un toque posesivo que me gustó más de lo que esperaba. Pegó su cuerpo al mío y sentí su erección creciendo contra mi vientre, aunque noté, con cierta extrañeza, que era pequeña, un contraste raro con su tamaño. Aun así, su calor se colaba a través de los vaqueros y me bastaba para que el corazón se acelerara. Me besó el cuello, mordisqueó mi oreja.
—Joder, qué cuerpo tienes —murmuró—. Me estás volviendo loco.
Desde lejos, mis amigas me guiñaron el ojo. El alcohol me zumbaba en la cabeza y, por un rato, el pasado se quedó callado. Quería esto: un desconocido, sin nombres, sin futuro. Placer y nada más.
—Ven conmigo —me susurró—. A un sitio más tranquilo.
Me tomó de la mano y me llevó hacia los baños, por un pasillo de luces rojas, el suelo pegajoso de bebidas derramadas, el aire lleno de jadeos ajenos. Empujó la primera puerta y los dos nos quedamos de piedra.
***
Dentro había una chica joven, de pelo castaño y corto, inclinada contra la pared con los leggings caídos hasta los tobillos. Detrás de ella, un hombre maduro, de unos sesenta años, de piel curtida y pelo gris escaso, la embestía con una furia que me dejó sin respiración. El sonido húmedo de los cuerpos chocando llenaba el cuartito como un tambor, y ella gemía con las manos apoyadas en los azulejos, el cuerpo arqueado, ajena a que la mirábamos.
El rubio y yo nos miramos un segundo, con el deseo encendido en los ojos, y sin decir nada nos metimos en el baño contiguo, vacío. Cerró la puerta con un clic. Sus manos subieron mi camiseta con prisa, sus dedos pellizcaron mis pezones, y me besó con hambre, sabiéndome a tequila. Me giró contra la pared fría, me bajó la ropa, escupió en su mano y entró en mí.
Y entonces volvió, sin pedir permiso, aquella tarde en la piscina. No pude evitar comparar. El rubio era suave, casi tímido, apenas un roce que me dejaba con ganas, como una brisa que se apaga antes de llegar. El maduro de mi recuerdo, en cambio, había sido un vendaval, había llenado cada hueco de mí hasta hacerme temblar. Mientras este chico guapísimo se movía sin apenas tocarme por dentro, mi mente estaba en otra parte.
—Estás tan caliente —jadeó él, amasándome las caderas—. Quiero sentirte temblar.
No tembló nadie. Se corrió pronto, con un gemido apagado, y se ajustó los vaqueros con una sonrisa satisfecha que no se correspondía con nada de lo que yo sentía. Salió y me dejó sola, frustrada, con el cuerpo a medio encender y la cabeza llena del otro, del de verdad, del que aún me quemaba la memoria.
***
Debí irme. En lugar de eso, me quedé escuchando los ruidos que seguían saliendo del baño de al lado. La curiosidad me empujó hasta la rendija de la puerta entreabierta. La chica del pelo castaño seguía contra la pared, y el maduro la dominaba con una ferocidad que no había visto nunca de cerca, sus manos enormes marcándole las caderas, su cuerpo entero entregado a un ritmo brutal. Sentí el calor subiéndome por dentro otra vez, esta vez de verdad, mientras los espiaba sin atreverme a respirar.
De pronto, ella se sacudió en un orgasmo ruidoso, las manos resbalando por los azulejos.
—¡Me corro! —gritó, con la voz rota.
Y en cuanto pasó, se separó de él a toda prisa, se subió la ropa con dedos torpes y salió casi corriendo, sin mirar atrás, dejándolo plantado en mitad de su deseo. Di un paso hacia atrás, demasiado tarde. Al abrir la puerta para huir, choqué de frente con él.
Sus ojos oscuros me clavaron al sitio. Olía a sudor y a noche, y había algo en su manera de mirarme, sin prisa, sin la menor duda, que me recordó al otro de un modo que me dejó las piernas flojas.
—Tú —dijo, con una voz grave que no admitía discusión—. Vas a terminar lo que ella dejó a medias.
—No sé si puedo —murmuré, y era verdad: nunca había hecho algo así. El miedo y una curiosidad sucia se me enredaron en el pecho.
Él no me dio tiempo a pensarlo. Me tomó de la muñeca con firmeza, sin violencia pero sin dudarlo, y me hizo entrar. Me sostuvo la mirada un instante, como dándome la última oportunidad de marcharme, y yo no la aproveché. Me arrodillé yo misma sobre el suelo frío, sorprendida de mis propias ganas.
Lo que vino después no se parecía a nada que hubiera vivido. Lo tomé con torpeza primero, con descaro después, dejándome llevar por el instinto, por el sabor salado, por la manera en que él gruñía y me sujetaba el pelo con una mano marcando un ritmo que yo seguía sin resistirme. No era el chico bonito de la pista. Era alguien que sabía exactamente lo que quería, y esa certeza me arrastró igual que me había arrastrado el recuerdo de la piscina.
—Buena chica —murmuró, con la respiración entrecortada.
Y entonces ocurrió lo que no esperaba: me corrí yo, sin que nadie me tocara, solo por lo que estaba haciendo y por todo lo que me removía por dentro. Un placer sucio, brutal, me atravesó de arriba abajo y me dejó temblando contra el suelo del baño, mareada, jadeando, con las rodillas frías y la cabeza dándome vueltas. Él se sostuvo un momento más y luego se apartó, ajustándose la ropa con una calma que me dejó pequeña.
—Cuídate —fue lo único que dijo, antes de salir.
***
Me levanté tambaleándome, me limpié, me miré en el espejo empañado y apenas me reconocí. Salí del baño con las piernas inseguras y la cabeza hecha un lío. Al volver a la pista, entre la multitud y las luces, me crucé con la chica del pelo castaño. Estaba charlando con un chico que parecía su novio, riéndose, tocándole el brazo como si tal cosa, aunque caminaba con un leve cojeo y se ajustaba la ropa de un modo que solo yo entendía. Tuve la sensación de que lo del baño no se lo iba a contar a nadie. A mí me pasaba lo mismo.
Encontré a Noelia y a Sabrina cerca de la barra, eufóricas, sin la menor idea de nada. En el taxi de vuelta, mientras ellas repasaban a gritos a los chicos de la noche, yo iba en silencio, con la frente apoyada en el cristal frío, viendo pasar las farolas. Otra versión suavizada me esperaba para cuando preguntaran. Pero por dentro la noche entera seguía latiendo, intacta, y con ella la misma pregunta de siempre, esa que no sé si quiero responder.
¿Esto era curarme, o solo otra forma de no dejar de necesitarlo?





