La guía madura del tour y su apetito sin freno
Aquel tour por el norte de Italia y la costa de Eslovenia llevaba semanas vendiéndose como el viaje del año, y por fin el grupo había partido. Eran doce adultos que se habían apuntado a la ruta de viñedos y castillos, gente que rondaba los treinta, con ganas de desconectar y dinero ahorrado para gastarlo. El autobús salió de madrugada y la primera parada larga fue un hostal a las afueras de Turín.
Renata bajó la primera. Era la coordinadora del tour, una mujer de cincuenta y dos años con abundantes curvas y un escote que prometía más de lo que dejaba ver. Recorrió el comedor mesa por mesa, preguntando si todo estaba bien, repartiendo llaves y horarios con una sonrisa que parecía inocente. No lo era.
Cuando terminó su ronda, se sentó junto a Damián, el conductor y su socio en aquella empresa de viajes. La mesa de ambos quedaba algo apartada, en un rincón con buena vista del salón pero protegida por la penumbra. Llevaban años trabajando juntos y conocían de sobra el otro tipo de servicio que se prestaban entre destino y destino.
—Estás realmente guapa esta noche —murmuró él, acercando su silla.
—Lo sé —respondió ella sin apartar la vista del salón.
Damián tenía cincuenta años y un cuerpo de hombre que cuidaba cada mañana. Bajo la mesa, su mano encontró el muslo de Renata y subió despacio. Ella se mordió el labio, dejó que él la guiara y bajó su propia mano hasta el bulto que ya tensaba el pantalón. Lo acarició con calma mientras los murmullos del grupo cubrían cualquier sonido.
Una de las viajeras llamó a Renata desde otra mesa. Ella retiró la mano sin prisa, le dedicó a Damián una mirada que era una promesa y fue a atenderla. La cena siguió su curso. Esa noche, los dos pidieron que les subieran la comida a la habitación.
***
Renata se había puesto una blusa de seda negra y una falda de tubo del mismo color. Damián cerró la puerta, la besó largo, durante minutos que se hicieron eternos, mientras sus manos amasaban los pechos por encima de la tela. Luego se colocó detrás de ella y le fue desabotonando la blusa con una lentitud calculada.
Apareció un sujetador de encaje negro. Damián bajó las copas, dejó que los pechos quedaran libres sobre el encaje y los acarició antes de volver a sentarse para devorarlos con devoción. Renata buscó la polla de él y empezó una paja lenta, sin urgencia, disfrutando del peso en su mano.
—Hace mucho que no me lo tomaba con tanta calma —dijo ella, irguiéndose para arrodillarse frente a él.
Tomó la polla con la boca y la chupó despacio, con gusto, recreándose. Lamía el glande y volvía a tragar un poco más, acariciándolo con los labios. Mantuvo así un buen rato, hasta que Damián, harto de aguantar, la levantó y la inclinó sobre la mesa del salón. Entró de una y Renata gimió de gozo. La folló con buen ritmo, empujándola contra la madera, hasta que cambiaron de postura y fue ella quien se sentó encima, marcando un ritmo mucho más fuerte que el suyo.
Ninguno de los dos oyó la puerta. Se quedaron quietos al ver a Tomás de pie en el umbral, uno de los viajeros, un hombre de veintinueve años que se había equivocado de planta.
—Llamé y nadie contestó —dijo él, sin saber dónde mirar—. La puerta estaba abierta. ¿Puedo… quedarme?
—Claro, guapo —respondió Renata, lamiéndose el labio—. Aquí hay de sobra.
Tomás se desnudó deprisa y acercó su polla a la boca de ella, que la acogió encantada. Cuando la sintió bien dura, la sacó un momento y le habló con voz mimosa.
—¿Sabrás dármelo por detrás como Dios manda?
El hombre asintió. Se colocó tras ella y empujó con más entusiasmo que técnica.
—Más despacio, fiera, más despacio —protestó Renata entre risas.
Tomás sujetó sus caderas y arrancó un vaivén suave que fue acelerando hasta volverse frenético. Damián seguía bajo ella, llenándole la boca, y Renata se balanceaba entre los dos como si llevara toda la vida haciéndolo.
—Sigue, sigue, no pares —jadeaba—. Me corro, me corro.
Tomás apretó los dientes; ya no aguantaba. En cuanto ella se vino, salió, esperó a que se pusiera de rodillas y le llenó la boca. Damián, por su parte, terminó sobre los pechos que tanto había mimado. Los tres acabaron tendidos, riéndose, repartiendo las últimas caricias de la noche.
***
Al día siguiente la ruta los llevó a una hilera de castillos junto al río. Aprovecharon el mediodía para almorzar en el campo; el clima era perfecto para tumbarse un rato sobre el césped. Lucía, una de las viajeras, se había alejado un poco del grupo. Damián, que ya había notado cómo lo miraba, se acercó, la llevó a un recodo entre los árboles y dejó que ella se agachara a recoger lo que le ofrecía. Apenas llevaban unos minutos cuando unos ruidos cercanos los obligaron a dejarlo para mejor ocasión.
Recogieron entre todos y volvieron al hotel. Antes de dormir, Renata dio su ronda habitual para comprobar que cada quien estuviera en su sitio. Al pasar por la puerta entornada de Bruno, un viajero de treinta años que viajaba solo, lo vio tumbado, revista en mano, dándose placer sin saber que lo observaban. Renata se quedó mirando unos segundos. Luego entró y cerró la puerta tras de sí.
—¿Quieres que te eche una mano? —preguntó, apoyada en la pared.
—Pero… señora, ¿qué dice? —Bruno se cubrió de golpe, rojo hasta las orejas.
—Digo lo que oíste. Y deja de llamarme señora.
Apartó las sábanas y se lo metió en la boca. Hacía tiempo que no disfrutaba de alguien tan joven. Lo chupó con verdadera gula, recreándose en cada centímetro, dura, muy dura. La excitación de Bruno era enorme y se vació pronto, casi disculpándose. A Renata no le importó; sabía que un hombre de treinta se recupera rápido. Le guio la cabeza entre sus muslos.
—Ahora tú a mí. Despacio, que tenemos toda la noche.
Bruno se aplicó con ganas y consiguió que ella se corriera contra su boca. Luego se colocó sobre ella, en la postura más clásica, y empezó a moverse muy despacio.
—Así, sin prisa —ronroneó Renata—. Quiero sentirte entero, así, así.
Mantuvo ese ir y venir lento durante un buen rato, en el que ella se corrió al menos una vez más. Después se dio la vuelta y se montó encima para cabalgarlo con más brío, con más fuerza. Sus pechos se mecían frente a la cara de él, que no pudo evitar mamarlos, morderlos, perderse en ellos.
—Me corro —avisó Bruno.
—En mi boca —ordenó ella—. Quiero saborearte.
Renata se descabalgó, abrió la boca y se lo tragó entero, dejando que terminara entre sus labios. Se relamió con una sonrisa felina.
—Qué rico sabes —dijo, dándole una palmada cariñosa antes de marcharse a su cuarto.
***
Mientras tanto, Damián había ido a buscar a Lucía y ahora la tenía en el pequeño almacén de la ropa, dispuesta y caliente. Ella abría la boca y tragaba su polla mientras él empujaba con ganas, sujetándole la cabeza. Temiendo correrse demasiado pronto, la levantó, apoyó sus pechos sobre una mesa y le bajó la ropa hasta las rodillas.
Acercó la polla a su entrada y empujó hasta el fondo. Lucía soltó un gemido ahogado que intentó tragarse para no alertar a nadie. Damián la folló con fuerza, gimiendo bajito, perdido en el calor que lo apretaba. Notando que él estaba cerca, ella le pidió entre jadeos:
—Dentro no, dentro no.
Aquello, lejos de frenarlo, lo encendió aún más. Salió, la giró y terminó entre sus labios. Lucía tragó sin protestar.
—Joder, qué bien lo haces —resopló él, recuperando el aliento.
Lucía quedó apoyada contra la mesa, caliente e insatisfecha. Se recompuso la ropa y enfiló hacia su habitación, pero por el camino recordó que a su amigo Iván le había tocado un cuarto para él solo. Cambió de rumbo y llamó a su puerta.
—Iván, ábreme. Te necesito ahora mismo.
Él se quedó de piedra en el marco. Lucía lo empujó dentro, lo sentó en la cama, le quitó el pantalón del pijama y se metió su polla en la boca. Era más gruesa y más larga que la de Damián, y por fin disfrutó de verdad, paladeándola, llevándola ella misma hasta el fondo de la garganta. Le encantaba tener la boca llena, porque sabía lo que vendría después.
—Lucía, para, que me corro —jadeó él.
—Entonces baja tú y devuélveme el favor —respondió ella, tumbándose.
Iván aprovechó para calmarse mientras descendía. La encontró encharcada y desbordada. Recogió todo con la lengua, saboreándola, y subió hasta el clítoris, hinchado y ansioso de caricias. Al primer contacto, Lucía tembló y le sujetó la cabeza con fuerza. Al tercero, clavó las caderas contra su boca y se dejó ir en un orgasmo potente.
—Qué bien lo haces, qué bien —repetía.
Iván no paró, y ella tuvo un segundo orgasmo antes de apartarlo. Entonces tomó su polla y se clavó en ella, llevándola todo lo adentro que pudo.
—Así, lléname entera, fóllame duro —gimió, mirándolo a los ojos.
Iván la dejó hacer; ella sola se follaba con desesperación, sujeta a su pecho, hasta correrse de nuevo sobre él. Pero él sabía que le quedaba poca munición, así que se incorporó, la puso a cuatro patas sobre la cama y entró con decisión, con fuerza.
—Vamos, dame, no te cortes —lo animó ella.
Iván empujaba con ganas, aunque sin acelerar del todo: quería durar. Lucía gemía cada vez más alto hasta que, clavando las caderas contra él, se corrió otra vez. Él aprovechó ese instante de abandono. Dejó caer la saliva sobre ella, lubricó su propia polla y, tras pedirle permiso con la mirada, fue entrando despacio por detrás.
Lucía gritó, más por la sorpresa que por otra cosa. No era algo que hiciera a menudo, pero estaba tan excitada que recibió esa polla con gusto.
—Tranquilo, me gusta, sin prisa —murmuró.
Iván aguantó unos segundos quieto y luego empezó a moverse con suavidad, entrando y saliendo con paciencia.
—Así, despacito, qué gusto —susurró ella.
No tenía prisa; así podría aguantar más. Pronto fue Lucía quien marcó el ritmo, apretándose contra él, perreando cada vez con más fuerza.
—Ahora sí, dame fuerte, sin piedad.
Iván obedeció, se aferró a sus caderas y le dio con todo. Apenas duró un par de minutos, pero los dejó exhaustos. Él se corrió primero; ella lo siguió segundos después, dejándose caer hacia delante, apretándolo dentro como si no quisiera soltarlo nunca.
Cuando recuperaron el aliento, Lucía se echó a reír contra la almohada. Faltaban cinco días de viaje y, por lo visto, ninguna noche iba a desperdiciarse.





