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Relatos Ardientes

La hija de mi patrón me trata como su juguete

Me llamo Aurelio y trabajo como guardaespaldas privado de una familia con demasiado dinero. Lo que nadie sabe es que llevo más de un año follándome a la hija de mi patrón, una niña consentida a la que le encanta tratarme como basura delante de todos y rogarme como una perra en celo en cuanto se queda a solas conmigo, con mi polla metida hasta el fondo de su coño apretado.

Esa fachada de arrogante, clasista e insoportable es solo una máscara. Por dentro es otra cosa: pura calentura disfrazada de desprecio, una zorra hambrienta de verga escondida detrás de un vestido de diseñador. Al principio su presencia me sacaba de quicio. Es caprichosa, malcriada y cambia de humor cada cinco minutos. Pero está endemoniadamente buena, y aprendí a aguantar sus insultos porque sé exactamente cómo callarle la boca: metiéndosela hasta la garganta hasta que se le saltan las lágrimas.

Todo empezó hace algo más de un año. Salí del ejército y, como casi todos mis compañeros, me metí a la seguridad privada. Había cuidado a políticos, a algún artista y a uno que otro pesado del que mejor no hablo. Un viejo amigo me pasó el dato de esta familia: buen sueldo, seguro, hospedaje incluido. Prácticamente tenía que vivir en la casa, porque al señor le daba pánico salir hasta a la esquina.

La casa estaba a las afueras de la ciudad, enorme, con su propio cuerpo de seguridad en la entrada. Me registraron, esperé un buen rato en la sala y, en cuanto don Ernesto leyó mi currículum, quedó encantado. Me contrató en el acto y me dijo que mi único trabajo sería cuidar a su hija. Ser su sombra, básicamente.

El jefe de seguridad, un tipo serio llamado Mauro, me llevó a la cochera, que era más grande que el departamento donde crecí. Coches deportivos, camionetas blindadas, de todo. El auto de la señorita era un Maserati que yo debía tener siempre limpio, cargado y a la orden, porque a cualquier hora se le ocurría salir.

—Tienes suerte, te toca cuidar a la princesa de la casa —me dijo Mauro con un tono raro, casi de lástima. Los demás me miraban igual. Más tarde entendí por qué.

Subí a leer el manual de la familia. Nada del otro mundo: dejarla y recogerla en la puerta, nada de retrasos, no dirigirle la palabra a menos que ella la dirigiera primero. En eso sonó el teléfono interno: me llamaban con urgencia a la entrada. Bajé, abrí la puerta y la vi por primera vez.

Dios mío, qué mujer.

Veintidós años, alta, rubia, una melena dorada que le llegaba a unas nalgas redondas y duras. Cintura mínima, abdomen marcado, piernas torneadas. Estaba de brazos cruzados, en leggings y top deportivo, mirándome de arriba abajo como quien examina un mueble que no le gusta. Las tetas se le marcaban firmes bajo la licra, dos bultos altos con los pezones erguidos, y el leggings se le clavaba entre las nalgas dibujándole el coño hasta el último pliegue.

—¿Y este cara marcada es mi nuevo chofer? ¿No tenías algo mejor, papá? —dijo, y su padre nos presentó entre risas.

Mido casi uno noventa, soy de tez clara, ojos color miel y, en esa época, llevaba el pelo largo hacia atrás y la barba recortada. A mis treinta y ocho ya se me asomaban algunas canas. Hago ejercicio, soy aseado, me gusta vestir bien. Y a pesar del desprecio en sus palabras, noté de inmediato cómo me miraba, cómo se le iban los ojos al bulto entre mis piernas. La conocía hacía treinta segundos y ya sabía leer ese brillo de puta caliente.

—Bueno, cara marcada, al menos no eres otro guardaespaldas idéntico a los demás. Ve por el auto, cámbiate, ponte ropa deportiva, que vamos al gimnasio —ordenó, y subió las escaleras corriendo. Con cada escalón rebotaban esas nalgas. Su padre me dio dinero para comprarme ropa, porque obviamente llegué solo con lo puesto.

Fui por el Maserati y la esperé en la entrada. Pensaba aprovechar el viaje al gimnasio para pasar a comprar la ropa, pero me gritó desde una ventana que subiera. La empleada de la casa me detuvo en la escalera, no me conocía. Me presenté, ella suspiró con la misma cara de lástima de todos y me indicó cuál era la puerta de la señorita.

Toqué y abrió de golpe. Estaba en ropa interior, sin el menor pudor. Un tanga minúsculo de encaje que le desaparecía entre las nalgas y un sujetador que apenas le contenía las tetas.

—¿Eres idiota o qué? Ahí está mi mochila, llévala al auto y espérame abajo. ¿No te dije que te cambiaras? Ah, ya entendí: eres pobre y no trajiste nada. Lo que me faltaba. Por tu culpa voy a llegar tarde —escupió, y se giró sin darme tiempo a nada, enseñándome ese culo perfecto partido por la tira del tanga.

Tomé la mochila y la esperé al pie de la escalera. Bajó minutos después, con mallas, top, el pelo recogido y unos lentes enormes que le tapaban media cara. Se detenía cada dos escalones a tomarse fotos. Una vez en el auto, me anunció que primero pasaríamos a comprarme ropa.

—Espero que vengas bañado, cara marcada, no quiero olores raros. Por cierto, ¿cómo te llamas? Ah, no me interesa. Oye, ¿qué te pasó en la cara? ¿Naciste así? No, seguro es de todos los golpes que te dieron, ¿verdad? —decía, observándome con curiosidad cruel.

La verdad es que esas cicatrices me las dejó el acné de la adolescencia. Nada heroico, nada que presumir. No le respondí.

A media frase me interrumpió para hablar por teléfono con alguien, mientras me pedía que acelerara, que manejaba como una abuela. Al entrar a la avenida rápida le metí el turbo al auto. Empezó a gritar, pero de emoción. Se reía, se aferraba a mi brazo, me pedía más. Sus gritos me calentaron un poco, lo admito. Llegamos volando.

Mi forma de manejar le gustó. Me miraba distinto. En el centro comercial me compró ropa, mucha, no solo para el gimnasio. Le divertía verme salir del probador y darme el visto bueno o burlarse. Varias veces la sorprendí tomándome fotos. No estoy enorme, pero tengo el cuerpo trabajado y velludo, y a ella, claramente, eso le gustaba.

En el gimnasio sus amigas, tan insoportables como ella, se la llevaron a entrenar. Me ordenó quedarme cerca pero sin molestar. Aproveché para hacer algo de ejercicio mientras la vigilaba por los espejos. Era constante con sus rutinas, eso hay que reconocerlo, aunque se tomaba mil fotos entre serie y serie.

***

Esa se volvió la rutina: gimnasio temprano, después la universidad, y por las tardes lo que se le antojara. Los fines de semana la llevaba a las fiestas de sus amigos. Esos días se arreglaba como una reina, manicura, pedicura, vestidos cada vez más cortos. Parecía que ella y sus amigas competían por ver quién impactaba más. Y al llevarla, yo me llenaba la vista.

Tenía novio, un tal Bruno, hijo de otro hombre con dinero, tan vanidoso como ella. Pero lo nuestro no fue la típica historia de la niña rica que se enamora del chofer. Para nada. Yo seguí siendo «cara marcada» y ella me hablaba solo lo necesario. Hasta una noche.

Ese día la paseé desde temprano: salón de belleza, uñas, ropa, comida. Tenían una fiesta importante en una finca de otra ciudad y ella debía ser la más deslumbrante. Me ordené el traje que me había comprado, un Brioni de dos botones, y me indicaron que la llevara en la camioneta grande. Mauro me señaló dónde estaban el radio y el arma, por cualquier cosa.

A las nueve en punto bajó. Parecía modelo de pasarela. Un vestido escotado, abierto a los costados, que apenas cubría lo necesario. Por alguna razón le habían hecho un maquillaje horrible, pero seguía viéndose hermosa. La llevé casi una hora de camino. Iba en silencio, seria, escribiendo en el teléfono. Por primera vez no me insultó en todo el trayecto.

Al llegar, le abrí la puerta y le di la mano para bajar. Bruno la esperaba, hablándole por videollamada como un idiota. En cuanto lo vio, su cara cambió, me soltó la mano y se fue con él. Mauro me dijo que podía quedarme cerca pero no entrar. Estacioné la camioneta donde me indicaron y me puse a charlar con los otros guardias.

Pasadas las dos de la mañana me llegó un mensaje: «Prepara la camioneta, voy saliendo». Cuando llegué, estaba en la entrada discutiendo con Bruno. Ambos venían muy tomados. Le abrí la puerta, él le insistía que no se fuera, pero ella subió sin decir nada. En el camino empezó a gritar, a reírse sola, a mandarle audios insultándolo.

En la caseta de salida, la mujer que cobraba me miró raro por el escándalo. Avancé unos kilómetros y me detuve en una zona despejada. Le pregunté si estaba bien y me mandó al diablo. Le expliqué que debía calmarse, que en cualquier control nos podían detener por el alboroto. Entonces rompió a llorar. Su novio la engañaba con una chica de la facultad y sus amigas la habían dejado en evidencia.

—¿Era bonita? —me preguntó de pronto, estirándose para mostrarme una foto en su teléfono—. ¿Está mejor que yo?

—No —respondí, sincero, y ella se lanzó a despedazarla a palabras.

—Mírala, no tiene nada, ni cuerpo ni cara. Seguro es una muerta de hambre. Y Bruno es un imbécil, todos los hombres son iguales. Como yo no se la doy, por eso me engañó.

Yo la escuchaba sin opinar. Volvió a llorar. Le pasé una botella de agua para calmarla. Entonces sacó algo de su bolso, unas pastillas, se las tomó, y a los pocos minutos el llanto se transformó en fiesta. Puso música, empezó a bailar sentada, a decir tonterías. Se acomodó de rodillas en el asiento y empezó a mover las caderas.

—¿Ella se mueve así, idiota? Mira lo que te perdiste. Para que se le quite, me voy a coger al primer pobre que vea —decía, hablando con su novio imaginario, porque el teléfono estaba apagado en el piso.

Yo la espiaba por el retrovisor. En un alto me sorprendió mirándola y, en lugar de regañarme, sonrió y se levantó el vestido para que la viera mejor. Debajo no llevaba nada. El coño rasurado, los labios hinchados y brillantes ya de humedad, me miraron desde el asiento trasero como una invitación.

—¿Se te antoja lo que ves, cara marcada? Tú me vas a ayudar a vengarme de ese tonto, ¿verdad? —dijo, dejándose caer de lado, dándome la espalda y abriéndose de piernas para que le viera todo por el espejo.

—Señorita, cálmese, por favor. Esto no está bien. Si su papá se entera, me corre —contesté, aferrándome a la última gota de cordura, aunque ya la tenía dura como una piedra apretada contra el pantalón.

—Por mi papá no te preocupes. Tu trabajo es complacerme y obedecerme en todo. ¿Ya se te olvidó? —y tomó su celular y marcó.

—Hola, papi. ¿Sabes qué? Regaña a cara marcada, que no me quiere complacer —dijo con una vocecita de niña que me erizó la piel, mientras estiraba el teléfono hacia mí en videollamada.

—¿Aurelio? ¿En qué quedamos, muchacho? Tu obligación es obedecer a mi hija en todo lo que te pida —me dijo el viejo desde la pantalla, mientras ella, fuera de cuadro, seguía mostrándome el coño abierto con dos dedos, la lengua paseándose por los labios. ¿Cómo le explicaba a un padre lo que su hija quería en realidad?

—Papi, me quedo en el departamento, mañana nos vemos. Te quiero —colgó, me indicó la nueva ruta y llegamos a una zona de condominios en pocos minutos.

***

Estacioné donde me dijo. Ella ya venía encendida, se quitó la ropa interior y me la lanzó. La tanga aterrizó en mi hombro, empapada. Me la llevé un segundo a la nariz sin pensarlo y su olor a hembra caliente terminó de romperme la voluntad. Yo me mordía los labios mirándola por el espejo, pero el vigilante del lugar rondaba demasiado cerca. Le dije que era mejor subir. No quería, pero la convencí. Al bajar la temblaba el cuerpo por el frío, así que me quité el saco y se lo puse sobre los hombros.

Apenas entramos al ascensor, me puso la mano sobre la entrepierna sin aviso. Hasta brinqué. Empezó a reírse, coqueta, mirándome por el reflejo del espejo, mientras me apretaba la polla por encima de la tela y sentía cómo iba creciendo bajo su palma.

—Uy, no, cara marcada, con esto no me vas a alcanzar. Pensé que venías mejor armado —se burló, y siguió apretando, midiendo con los dedos, hasta que se le borró la sonrisa al darse cuenta de que la cosa seguía creciendo y todavía no llegaba al final—. A ver, sácala, quiero verla.

—Espera a subir, señorita —respondí, tranquilo, seguro de mí mismo. No le di el gusto de reaccionar. He estado con muchas mujeres y aprendí hace tiempo que el silencio dice más que cualquier presunción.

El departamento era todo suyo, lleno de fotos de ella. Su escondite, donde llevaba a sus amantes. Me mandó esperar en la sala y volvió en ropa interior de encaje negro, un conjunto que le levantaba las tetas y le enmarcaba el pubis rasurado. Sin decir palabra se montó sobre mí y empezó a besarme con la boca abierta, metiéndome la lengua hasta el fondo, mordiéndome los labios. Le apreté esas nalgas duras mientras ella reía entre besos, restregándome el coño contra el bulto del pantalón. Cuando por fin me sintió crecer entero contra su pelvis, abrió los ojos sorprendida y se echó un poco hacia atrás para mirar hacia abajo.

—No mames… —murmuró, y toda la altanería se le cayó de golpe—. Quítate todo, rápido —ordenó, desabrochándome el cinturón con las manos temblando. Le arranqué el sujetador de un tirón y le brotaron dos tetas redondas, blancas, con los pezones rosados y erectos. Me agaché y le mordí uno hasta hacerla gemir, mientras con la otra mano le enterraba dos dedos en el coño mojado. Estaba chorreando. Los dedos entraron sin resistencia y sonaron pegajosos al retirarlos.

—Estás empapada, princesa —le susurré al oído—. ¿Todo esto por mí?

—Cállate y sácala ya —jadeó, dejándose caer de rodillas frente a mí. Me bajó el pantalón y el bóxer de un tirón y mi polla saltó frente a su cara, dura, gruesa, con la punta hinchada y brillante de un hilo de líquido. Se quedó mirándola con la boca entreabierta, incrédula.

—Dios mío… es enorme —murmuró, envolviéndola con las dos manos, que apenas alcanzaban a rodearla. La midió, la sopesó, se pasó la lengua por los labios—. Bruno es un enano al lado de esto.

—¿Lo querías? Pues ahí lo tienes. Y antes de cualquier cosa, me lo vas a chupar, zorra —le dije, tomándole la cara con firmeza y frotándole la punta contra los labios pintados. Ella hizo un gesto de placer y abrió la boca. La metí despacio, viendo cómo sus labios rojos se estiraban alrededor de la verga. Empezó a chuparla con un entusiasmo que no esperaba, ayudándose con las dos manos, sacándola solo para pasarle la lengua entera de abajo hacia arriba, para lamerme los huevos, para escupir encima y volverla a meter hasta donde le daba la garganta.

La sujeté del pelo, marcando el ritmo. Empecé a empujarle la cabeza, metiéndosela cada vez más adentro, hasta que la punta le chocaba contra el fondo de la garganta y ella arcaba con los ojos llorosos. Le encantaba que la tratara así, que la usara, que le quitara por un rato esa coraza de princesa intocable. Se le corría el maquillaje, el rímel le bajaba en dos rayas negras por las mejillas, y ella sonreía con la polla dentro, mirándome hacia arriba con ojos de puta agradecida.

—Así, cara marcada, más fuerte, cógeme la boca —jadeó cuando la saqué un segundo para dejarla respirar. Un hilo de saliva le colgaba de la barbilla al pecho. La agarré de la nuca y volví a metérsela hasta el fondo, follándole la garganta con embestidas cortas y secas, hasta que sentí que se me iba a escapar la corrida.

Cuando ya no aguantábamos más, la levanté del pelo, la tumbé de espaldas sobre la alfombra y le abrí las piernas de un manotazo. El coño se le veía hinchado, rojo, escurriendo hasta el ojete. Me acomodé entre sus muslos y le pasé la lengua desde abajo hacia arriba, chupándole todo, hundiéndosela en el agujero, subiendo hasta el clítoris y prendiéndomelo con los labios. Ella arqueó la espalda y gritó, aferrándome la cabeza con las dos manos, meneando las caderas contra mi cara.

—¡Ay, hijo de puta, no pares, no pares! —chillaba, empujándome contra ella. Le enterré la lengua adentro, le metí dos dedos hasta el fondo y le busqué el punto exacto con la yema, presionándolo mientras le chupaba el clítoris. En menos de un minuto se corrió gritando, apretándome la cabeza entre los muslos, empapándome la barba con una descarga tibia y espesa.

Antes de que terminara de temblar la puse en cuatro. Le levanté las caderas, le separé las nalgas con los pulgares y le enseñé el coño abierto en el espejo de la pared. Me escupí en la mano, me la pasé por la polla y le apoyé la punta en la entrada. Empujé despacio. Estaba tan estrecha que la punta apenas entraba a pesar de lo mojada que estaba.

—Con calma, con calma, es muy grande… —gimió, agarrada de la alfombra, tensando las nalgas.

—Aguanta, princesa. La pediste, ahora te la comes toda —le dije, y de un empujón firme la enterré hasta la mitad. Ella soltó un aullido largo, entre dolor y placer. La dejé quieta un segundo, con la verga clavada, mientras le acariciaba la espalda. Después empujé otro poco, y otro, hasta que mis huevos le chocaron contra el clítoris. Estaba entera dentro. Apenas me sintió completo, le vino el primer orgasmo. Se le erizó la piel, se le contrajo el coño alrededor de mi polla como un puño, y se dejó llevar entre risas y gemidos, empapándome la ingle.

—Me encanta, no pares, cógeme, cógeme fuerte —jadeaba, y por supuesto la complací.

Empecé a metérsela con embestidas largas, sacándola casi entera para volver a enterrarla de golpe. Cada estocada le arrancaba un grito. Le agarré una teta con una mano y con la otra le di una nalgada que le dejó la marca de mis dedos. Ella se retorcía, echaba el culo hacia atrás para recibirme, se frotaba el clítoris con la mano libre.

—Más duro, cara marcada, rómpeme, rómpeme el coño —suplicaba, empujando ella misma para hundirme más.

La tomé fuerte, como creo que nunca la habían tomado. Le saqué un orgasmo tras otro, en el sillón con ella cabalgándome, contra la pared con las piernas envueltas en mi cintura, y hasta en el balcón con la ciudad a oscuras abajo. Ahí la doblé sobre la baranda, le abrí las nalgas y se la metí desde atrás mientras el aire frío nos golpeaba la piel sudada. Ella gemía sin importarle si la escuchaban, apretaba las manos contra el hierro helado, echaba la cabeza atrás para que le mordiera el cuello.

—Métemela en el culo también, quiero sentirla ahí —jadeó, sorprendiéndome. Le pasé el pulgar por su propio flujo y se lo hundí despacio en el ojete, mientras seguía cogiéndomela por el coño. Ella se corrió otra vez casi al instante, temblándome entera alrededor de la verga.

Cada vez que estaba por terminar, ella se apuraba a bajar, a arrodillarse, a recibirme en la boca. La última vez le agarré la cabeza y le vacié un chorro largo entre la lengua y la garganta. Un poco se le escapó y le cayó por la barbilla, entre las tetas. Se pasó los dedos, recogió todo lo que pudo y se lo llevó a la boca sonriendo, mirándome fijo, tragándose hasta la última gota.

—Riquísimo —murmuró, relamiéndose—. Ningún imbécil me había llenado la boca así.

Terminamos rendidos casi al amanecer, ella boca abajo en la cama, el coño y el culo goteando semen sobre las sábanas blancas, con una sonrisa idiota de mujer bien cogida.

***

Dormimos un par de horas y volvimos a empezar bajo la regadera. Al principio la noté más callada, casi avergonzada, pero el calor del agua y de la cogida la transformó otra vez en esa mujer sumisa que pedía más. La puse contra los azulejos, le levanté una pierna y se la volví a meter mientras el agua caliente nos caía encima. Le mordí el cuello, le apreté las tetas resbaladizas, le chupé un pezón. Ella se aferraba a mis hombros y me clavaba las uñas en la espalda con cada embestida.

—Córrete adentro esta vez, cara marcada, quiero sentirlo caliente —me pidió al oído, y no me hice de rogar. La empujé más fuerte, la levanté del todo, la sostuve entre mi cuerpo y la pared con las dos piernas alrededor de mi cintura, y le vacié todo lo que me quedaba dentro del coño, sintiendo cómo se me apretaba entera mientras se corría con la mía. Bajó despacio, con la polla resbalándole hacia afuera, y una gota espesa cayó al piso mezclada con el agua.

Regresamos a la casa con ropa deportiva, ella con gorra y lentes oscuros. La dejé en su puerta y me dio el día libre.

Cuando volví a mi cuarto, Mauro y sus hombres me recibieron con miradas cómplices.

—Aurelio, ¿ya te dio la bienvenida la señorita? —soltó uno, y todos se rieron.

—No te preocupes, viejo, a todos nos tocó. A esa niña le fascina acostarse con los empleados, pero en cuanto se aburre, cambia de chofer. ¿Cómo te fue? Está buenísima, ¿verdad? —me dijo otro.

Me hice el desentendido, pensando que exageraban. Pero con los meses ella misma me lo confesó: tiene una debilidad por la gente sencilla, justo lo que finge despreciar. Su crueldad es teatro, una cortina para que su padre nunca sospeche con quién se mete de verdad. Toda la seguridad ya había pasado por sus manos, por su boca y por su coño. A los que no la satisfacían, los despedía. Yo soy su juguete actual, y por suerte la tengo más que contenta.

Desde entonces nos hemos escapado a la costa fines de semana enteros. Me busca en el auto, en la carretera a toda velocidad, hasta que tengo que orillarme en cualquier camino desierto para que se me suba encima y me monte hasta vaciarme. De día sigue llamándome cara marcada delante de sus amigas; de noche me ruega de rodillas que se la meta hasta el fondo y la ponga en su lugar.

No soy su príncipe ni pretendo serlo. Sé lo que soy para ella —una polla grande al servicio de sus caprichos— y me da igual, porque lo disfruto tanto como ella. A veces hasta salimos juntos «de cacería», buscando a algún afortunado para sus caprichos, pero eso ya es otra historia. Si les interesa, díganme en los comentarios y les cuento qué más esconde la princesa de la casa.

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Comentarios(7)

LectorRosarino

De lo mejor que lei en esta categoria. El contraste entre lo que pasa de dia y de noche esta muy bien logrado, se nota que hay trabajo detras. Bravo!

Mauri_PBA

tremendo relato, la tension entre los dos personajes engancha desde el principio. mas por favor

PatriciaLectora

Me quede con ganas de mas, hay segunda parte? Porque esto no puede quedar asi jaja

marcelo_k

Buenisimo. Me recordo a una situacion parecida que tuve hace anos con una superiora, aunque claro, no llego a tanto jaja. De 10.

Nena_Cba

!!! que morboso, me encanto

RocioNoc

El ambiente del auto esta muy bien descripto, se siente real. Sigan escribiendo relatos asi

el_de_siempre_v3

Esa dinamica de poder al reves es lo que mas me gusto. Muy original para la categoria, a mis favoritos

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