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Relatos Ardientes

Mi amante maduro me recibió sin camisa esa tarde

Hola otra vez. Hacía mucho que no me sentaba a contar nada, pero esta tarde me dejó con tantas ganas de escribir que no pude resistirme. Para los que no me conocen, me llamo Renata. Tengo el cuerpo de una mujer que ya sabe lo que quiere: caderas anchas, buena pierna, pechos medianos que me caben justos en la mano. Morena, pelo negro hasta los hombros, ojos color café. Curvas en su sitio y nada de prisa por disimularlas.

Desde hacía unas semanas me veía con un hombre mayor que yo, guapísimo, de esos que entran en una habitación y la temperatura sube sola. A veces pasaba por su departamento, otras salíamos a cenar a algún lugar tranquilo. Esa tarde me había invitado a su casa con la excusa de ver una película. Yo sabía perfectamente que de cine no íbamos a ver ni los créditos.

Me arreglé como a él le gusta: un vestido a media pierna, escote discreto pero suficiente, el pelo suelto. Cuando llegué y abrió la puerta, casi me río de lo evidente que era todo. Estaba solo en vaqueros, sin camisa, descalzo. El abdomen firme, esa línea de vello que bajaba desde el pecho y se perdía bajo la pretina del pantalón. Me lo comí con la mirada sin ningún disimulo.

De película, nada.

—Pasa —dijo, con esa media sonrisa que ya conocía.

No esperó a que yo decidiera nada. Me tomó de la cintura, cerró la puerta de un empujón y me apoyó contra ella. Su boca cayó sobre la mía antes de que pudiera decir una palabra. Me besó con hambre, la lengua buscando la mía, una mano apretándome la nuca para que no me apartara. No pensaba apartarme.

Su cuerpo se pegó al mío de arriba abajo. Sentí su erección contra la cadera, dura ya bajo la tela del vaquero, mientras sus manos se metían debajo de mi vestido y me agarraban con firmeza.

—Mira cómo me tienes —murmuró contra mi oído, moviendo las caderas para que lo notara bien.

No hacía falta el aviso, pero ese roce me dejó húmeda igual.

—Me encanta sentirte así —le dije, y bajé la mano hasta apoyarla sobre la tela, midiendo su largo y su dureza con los dedos—. Tengo unas ganas de tenerte en la boca.

—Y yo de tenerte a ti —respondió, con la voz ya ronca—. De arriba abajo, sin dejar nada.

No perdí más tiempo. Le desabroché el botón del vaquero, bajé un poco la cremallera y lo acaricié con los dedos por encima de la ropa interior. Su respiración se aceleró, sus caderas salieron a buscar mi mano. Me sujetó la mandíbula con una mano, me obligó a mirarlo y volvió a besarme, esta vez más lento, más sucio. Con la otra mano me amasaba las nalgas y de vez en cuando me daba una palmada suave que me arrancaba un suspiro.

Gemí contra su boca sin ningún pudor. Estábamos los dos en la entrada, todavía medio vestidos, y yo ya no sabía dónde tenía la cabeza.

Lo bueno de un hombre con experiencia es justo eso: la paciencia. Los de mi edad van directos al grano, como si el premio fuera llegar rápido. Él no. Él disfrutaba el camino, leía cada reacción de mi cuerpo y la usaba en su favor. Me apartó un mechón de la cara, me miró a los ojos un segundo de más y supe que esa tarde no iba a quedar entera para contarlo.

—Ven —dijo, y me tomó de la mano para llevarme al dormitorio.

***

Al llegar, recuperó algo de calma, como si quisiera estirar el momento. Me fue dejando besos por la mejilla, por el cuello, por la clavícula, mientras sus dedos buscaban el cierre lateral del vestido. La tela se deslizó por mi cuerpo y quedó hecha un charco a mis pies. Su boca siguió bajando hasta el nacimiento de mis pechos. Me los apretó por encima del sujetador, jugó con ellos, mordió suave la tela hasta que los pezones se me marcaron.

Me empujó con delicadeza hasta la cama y me dejé caer de espaldas. Él se subió detrás, me desabrochó el sujetador de un movimiento y lo tiró al suelo. Su lengua rodeó un pezón, después el otro, y los chupó con una calma que me ponía los nervios de punta. Una de sus manos bajó despacio por mi vientre hasta perderse entre mis piernas.

Sus dedos resbalaron sobre la tela ya mojada de la ropa interior. La apartó a un lado y empezó a dibujar círculos justo donde más lo necesitaba. Cuando uno de sus dedos se hundió en mí, despacio, hasta el fondo, arqueé la espalda de golpe.

—Qué rico, mi amor —gemí, agarrándome de la sábana.

Levanté una pierna y se la enrosqué en la cintura para abrirme más para él. Movía las caderas buscando su mano, su piel, lo que fuera. Con los dedos torpes le terminé de bajar el vaquero hasta liberarlo por completo. Lo tomé en la mano y empecé a acariciarlo de arriba abajo, con esa lentitud que sabía que lo volvía loco.

—Me encanta cómo me tocas —dijo, con la respiración entrecortada. Pasó la lengua entre mis pechos—. Y me encantan estas tetas. Tengo ganas de metérmela aquí, en medio.

—Hazlo —respondí, sin reconocer mi propia voz—. Quiero todo. Pero después no me hagas esperar más, que me estás matando.

Se incorporó y se quitó el vaquero del todo. Después se colocó a horcajadas sobre mí, una rodilla a cada lado, y se agarró con el puño. Acercó la punta a mis pechos, los acarició con ella, los rodeó despacio. Yo me los junté con las manos para cerrarlos a su alrededor y él empezó a moverse entre ellos, las caderas marcando un ritmo lento. Lo miré desde abajo, sin perder detalle de su cara, de cómo apretaba la mandíbula.

Antes de perder el control se retiró. Trazó un camino húmedo por mi vientre hasta volver a colocarse entre mis piernas.

***

Me quitó la última prenda de un tirón impaciente y me abrió las piernas con las dos manos. Apoyó la punta en mi entrada y la deslizó arriba y abajo, rozándome donde sabía que iba a hacerme temblar. Cuando llegó al punto justo, me dio unos golpecitos suaves que sentí hasta los dedos de los pies.

—No juegues más —le pedí, medio riéndome, medio desesperada.

Entonces empujó, despacio, dejándome sentir cada centímetro.

—Sí —gemí, cerrando los ojos—. Así. Toda.

—De ahora en adelante el único que te da así soy yo —dijo, con la voz baja y firme, mientras se hundía hasta el fondo.

Me levantó las piernas y me las apoyó sobre sus hombros para entrar más profundo. Yo me agarraba de las sábanas, de su brazo, de lo que pillara. Cada embestida me sacaba un sonido que ni intentaba contener.

—Ay, qué rico —dije, mientras sus caderas chocaban contra las mías—. No pares. Soy toda tuya. Así, dame más.

—Esto es lo que me gusta de ti —dijo, con esa voz ronca que me derretía—. Que disfrutas igual que yo. Por eso te quería para mí, para tomarme mi tiempo y darte todo lo que pidas.

Me bajó las piernas y me arrastró hasta el borde de la cama. Me sujetó de las caderas y me levantó un poco sobre su cuerpo. Volvió a entrar, esta vez más hondo, y yo solo pude poner los ojos en blanco. Lo sentía en todas partes, en cada embestida, mientras él me sostenía sin esfuerzo.

—¿Te gusta así? —preguntó.

—Me encanta —contesté, apenas con aire—. No pares, por favor.

Me sostenía con una facilidad que me ponía aún más. No había torpeza en él, ni dudas, solo unas manos que sabían exactamente cuánto apretar y cuándo aflojar. Me miraba todo el tiempo, atento a cada gesto de mi cara, como si quisiera memorizar el momento justo en que se me cortaba la respiración.

—No pensé que te iba a gustar tanto —dijo, saliendo de mí un segundo para tomar aire—. Date la vuelta. Quiero verte así.

Me puse de rodillas, de espaldas a él, y no tardó ni un instante en volver a hundirse. Su peso contra mis nalgas se sentía perfecto. Tomó impulso y empezó a moverse más fuerte, más rápido. No paraba de gemir contra la almohada. Una palmada me cayó en la nalga, justo lo suficiente para escocer, y enseguida la ola de placer me recorrió entera.

Así me llevó, sujetándome de la cintura, dejándose caer sin tregua, marcándome la piel con cada embestida. Un gruñido grave salió de su garganta y supe que estaba cerca. Llevé mi propia mano entre las piernas para alcanzarlo a la vez. Bastaron unos círculos suaves para que todo se me tensara de golpe y me deshiciera en contracciones que lo apretaron a él dentro de mí. Segundos después lo sentí terminar, hundiéndose hasta el fondo una última vez, los dos respirando como si hubiéramos corrido kilómetros.

Me dejé caer sobre la cama, temblando todavía, y él se desplomó a mi lado con una risa baja y satisfecha. Me pasó el brazo por encima y me atrajo contra su pecho sudado.

—¿Vemos esa película ahora? —le pregunté, mordiéndome el labio.

—Después —murmuró contra mi pelo—. Todavía no he terminado contigo.

Y la verdad, yo tampoco con él.

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Comentarios(4)

DiegoCba99

Que relato!!! me dejaste con ganas de mas, en serio

NatiR86

Por favor que haya segunda parte, quede enganchada desde el primer parrafo

MarioLpz

Ese tipo de hombres existen?? pregunto para un amigo jaja

Susi_leo

Me recuerda a algo que me paso hace años... esa tension de llegar y saber que no se va a ver ninguna pelicula. Increible como lo captaste

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