La vecina madura que me abrió la puerta esa mañana
Me llamo Marcos y la historia que voy a contar pasó cuando acababa de cumplir los veinte. Por entonces era un chico bastante obsesionado con el sexo, de esos que piensan en ello a todas horas, sobre todo después de haberlo probado una vez y querer más. Hacía cosa de un año que mi familia y yo nos habíamos mudado a un barrio de las afueras de Valencia, un grupo de bloques viejos y baratos donde todo el mundo se conocía y casi nada quedaba en secreto.
No era ningún guaperas. Del montón, más bien: ni muy alto ni muy fuerte. Pero tenía labia, facilidad con las chicas, y la genética había sido generosa conmigo en cierta parte de mi anatomía. Se me marcaba un buen paquete hasta con vaqueros anchos, y en el vestuario del gimnasio del barrio ya me había ganado la fama del chaval con la polla más grande del grupo. Esa fama había corrido por el barrio como corren esas cosas, de ventana a ventana, y más de una vecina sabía de oídas que el chaval nuevo del bloque ocho «venía bien equipado».
Los edificios estaban tan pegados unos a otros que desde mi ventana se veía perfectamente el comedor de los vecinos de enfrente. Seis metros, no más. En el piso de al lado vivía un matrimonio que había llegado de un pueblo de La Mancha pocos meses antes que nosotros. Ella se llamaba Pilar y rondaba los cuarenta. Él, Bernardo, era bastante mayor, bajito y curtido, de esos hombres que parecen llevar todo el peso del mundo en la espalda. Trabajaba en la obra, salía de madrugada y volvía de noche, y los fines de semana se los pasaba en el bar de la esquina jugando a las cartas.
Pilar era otra cosa. No tenían hijos, y tenía un cuerpo que no encajaba con la vida gris que llevaba al lado de aquel hombre. Era algo más alta que yo, morena, con el pelo negro y brillante que le caía hasta la cintura cuando lo llevaba suelto. Ojos grandes y oscuros, labios carnosos hechos para mamar pollas, una cintura estrecha y unas caderas anchas rematadas por un culo redondo que se le movía por debajo de la falda a cada paso. Las tetas, grandes y pesadas, se le marcaban duras contra la ropa cuando bajaba a por el pan sin sujetador. Una mujer de las que se quedan grabadas y de las que uno se corre pensando cada noche.
Desde que llegaron, ella y mi madre se hicieron muy amigas. Venía a casa a tomar café casi a diario, y siempre encontraba la forma de meterse conmigo. Me llamaba «Marquitos», sabiendo de sobra que me sacaba de quicio, y delante de mi madre yo no me atrevía a contestarle. A veces, con la excusa de una broma, pasaba demasiado cerca, me rozaba el brazo con una teta, me decía al oído que yo era «un tesoro que alguien tendría que descubrir algún día». Las noches en que hacía eso, yo no pegaba ojo: me encerraba en mi cuarto, me sacaba la polla y me hacía dos o tres pajas seguidas imaginándomela desnuda en mi cama, con las piernas abiertas y suplicándome que se la metiera. Terminaba con la barriga llena de semen y la almohada mordida para no despertar a mis padres.
***
La cosa cambió un día de Semana Santa. Estábamos desayunando cuando mi madre me pidió que, al terminar, me pasara por casa de Pilar. Se había comprado un equipo de música nuevo y no sabía hacerlo funcionar, y además tenía una lámpara del dormitorio que parpadeaba sin parar.
Le dije que no podía, que había quedado con los amigos para jugar al fútbol. Mi madre me puso esa cara que no admite discusión y me amenazó con quitarme la paga de las fiestas. Refunfuñando, agarré la caja de herramientas y crucé al rellano.
Se me pasó el enfado en cuanto Pilar abrió la puerta. Llevaba un camisón finísimo y encima una bata corta atada a la cintura, recién levantada, despeinada y guapísima. Debajo de la tela se le marcaban los pezones tiesos, oscuros y grandes, y las piernas le asomaban desnudas casi hasta la cadera. Me quedé mirándola con la boca abierta, repasándola de arriba abajo, y noté cómo la polla se me empezaba a hinchar dentro del pantalón. Ella se echó a reír.
—¿Qué pasa, chaval? ¿Nunca habías visto a una mujer en ropa de andar por casa?
—A mi madre —contesté, recuperando el habla—. Pero mi madre no va así, ni está tan buena como tú. En mi vida he visto a nadie más guapa.
—Anda ya, zalamero, que me acabo de levantar y estaré horrible.
—Si esto es estar horrible, no quiero ni imaginarte arreglada. Si yo tuviera unos años más, tu marido tendría motivos para preocuparse.
Soltó una carcajada, pero se quedó mirándome de una forma distinta. Los ojos le brillaban, y en la comisura de los labios le asomaba una sonrisa que no terminaba de decidirse. Bajó un instante la mirada al bulto que ya se me notaba en el vaquero y la subió otra vez a mis ojos, sin fingir que no lo había visto.
Me hizo pasar al comedor, donde tenía el equipo de música. El problema era una tontería, cuestión de leerse el manual, pero a mí lo único que me importaba en ese momento era quedarme allí el mayor tiempo posible.
—Oye, si lo del equipo es complicado, déjalo —dijo apoyándose en el marco de la puerta y cruzando los brazos por debajo de las tetas, empujándolas hacia arriba—. Me importa más la lámpara del cuarto.
—Como me vuelvas a llamar Marquitos, me largo y te buscas a otro.
—Usted perdone, señor Marcos —dijo con sorna.
—Ni perdone ni nada, que ya no soy un crío.
—De eso ya me he dado cuenta —respondió, y esta vez la mirada le bajó despacio hasta mi entrepierna y se quedó allí lo justo para que yo lo notara—. Anda, ven a ver la dichosa lámpara.
***
En el dormitorio descubrí enseguida que un cable de la conexión del techo estaba flojo. Había que cortar la luz del rellano, pero ella se negó a salir en camisón por si la veía algún vecino, así que fui yo. Cuando volví, me subí a una escalerilla de tres peldaños y bajé la lámpara, que pesaba como un muerto. Reconecté el cable, lo aislé con cinta y me dispuse a colgarla otra vez.
Ahí empezó el problema de verdad. Para engancharla tenía que ponerme de puntillas, y la escalera se movía como si fuera de goma. Entonces ella se ofreció.
—Sujétame tú la escalera, que soy más alta. Yo la engancho.
—¿Vas a poder? Pesa lo suyo.
—Yo puedo con todo lo que me echen —dijo, y me guiñó un ojo.
Se subió con la lámpara en la mano. Yo aguantaba la escalera desde abajo, y cuando levanté la vista casi me da algo. El camisón se le había subido hasta la cintura, y la muy descarada no llevaba nada debajo. Ahí estaba, a un palmo de mi cara, su coño depilado, con los labios gruesos y un poco brillantes, y el culo blanco y redondo abriéndose cada vez que estiraba los brazos hacia arriba. Se le veía todo: el clítoris asomando entre los pliegues, la raja hinchada, hasta el brillo húmedo del principio que le bajaba por el interior del muslo. El corazón se me disparó y la polla me pegó un tirón dentro del pantalón que casi me hace jadear. Aparté la mirada de golpe, rojo hasta las orejas, pero volví a subirla enseguida, incapaz de dejar de mirar aquel coño abierto encima de mí, mientras ella seguía a lo suyo, estirando los brazos hacia el techo como si nada.
Esto no me puede estar pasando, pensé, sintiendo cómo se me tensaba todo el cuerpo y cómo la polla me golpeaba contra la cremallera.
Cuando bajó, no necesitó mirarme dos veces para darse cuenta del estado en que me había dejado. El bulto en el pantalón era imposible de disimular: se me marcaba la polla entera de lado, gruesa y dura, apuntando hacia la cintura.
—Vaya, vaya —dijo señalando el bulto evidente de mi pantalón, y se relamió el labio de arriba—. Parece que has visto algo interesante ahí arriba.
—Tú sabrás —murmuré, sin saber dónde meterme.
—¿Todo eso es por mi culpa? Nunca pensé que una mujer que podría ser tu madre pusiera así a un chaval tan joven. ¿Y de verdad es todo tuyo o llevas un calcetín ahí metido?
—Tú no eres mi madre. Y de mayor no tienes nada. Ya quisieran muchas chicas de veinte estar como tú. Y no llevo nada metido: es toda mía.
—Eres directo, eh. La fama que tienes en el barrio parece que es verdad.
—¿Qué fama?
—Que tienes una polla que no le cabe a ninguna en la mano —soltó por fin, y se rió con la boca abierta al ver la cara que se me quedó—. Las vecinas hablan mucho, chiquillo. Y a veces yo escucho.
Se quedó mirándome con una sonrisa pícara. Después se dio la vuelta hacia la puerta y, al hacerlo, se restregó el culo un segundo contra mi bulto, como sin querer.
—Anda, coge algo de la nevera mientras me doy una ducha rápida, que es lo que iba a hacer cuando has llegado. Luego te doy la propina. Y no se te ocurra mirar por la cerradura, que tú eres muy pillo.
***
De tonto no tenía un pelo, y el mensaje lo entendí perfectamente. En cuanto la oí entrar al baño, me acerqué tranquilamente a la puerta entornada y, con toda la intención del mundo, hablé alto.
—Si necesitas que te enjabone la espalda, avisa.
Esperé. Cuando ya me daba la vuelta pensando que me había pasado de listo, la puerta se abrió. Pilar se había quitado la bata y se había quedado solo con el camisón, que con la luz del baño detrás transparentaba absolutamente todo: los pezones oscuros y erectos apuntándome, la sombra negra del coño, el ombligo, cada curva. Me agarró de la mano y tiró de mí hacia dentro.
—¿Lo decías en serio? ¿Seguro que quieres entrar?
—Si no fuera porque puede aparecer tu marido y pillarnos, no me lo pensaría.
—Bernardo no llega hasta el mediodía —dijo, y la voz le tembló un poco—. Me parece a mí que el que se está echando atrás eres tú.
Soltó una risa baja, se giró y, sin cerrar la puerta, se sacó el camisón por la cabeza. Se quedó desnuda delante de mí, con las tetas grandes y firmes cayéndole apenas, los pezones oscuros duros como piedras, la barriga plana, el coño depilado, y aquel culo enorme y redondo que se me había aparecido hacía diez minutos. Caminó desnuda hacia la ducha del fondo. La mampara era de cristal y se veía su cuerpo entero bajo el agua, el pelo pegado a la espalda, las manos jabonándose las tetas. No me lo pensé dos veces: en cinco segundos me había quitado la ropa y estaba dentro con ella, con la polla apuntándole al ombligo, tan dura que me dolía.
Cuando me vio, se llevó la mano a la boca y se le escapó un jadeo.
—Madre mía, chiquillo. ¿Eso tenías escondido? En mi vida había visto una así.
Me miró a los ojos mientras alargaba la mano y me agarró la polla por la base. Cerró los dedos alrededor y le faltaba mucho para cerrar el puño. Empezó a acariciarme despacio, arriba y abajo, midiéndomela, apretando el prepucio para descubrirme el capullo, que ya estaba mojado y brillante. La otra mano me bajó a los huevos, sopesándomelos, apretando suave.
—Joder, si es más gorda que la muñeca —murmuró, más para sí que para mí—. ¿Cómo cojones vas a meterme esto?
—Metiéndolo —le dije, con la voz ronca.
Se rió y me dio un beso en la boca, un beso lento con la lengua, mientras seguía haciéndome pajas debajo del chorro de agua caliente. Le metí la lengua hasta el fondo y le agarré una teta con la mano llena. Se la apreté hasta que gimió, jugueteé con el pezón entre los dedos, se lo pellizqué. Ella me contestó apretándome más la polla, tan fuerte que casi me hace saltar.
Fue bajando por mi cuerpo, besándome el pecho, el estómago, la línea de vello que bajaba desde el ombligo, hasta que se arrodilló bajo el agua. Se quedó un momento mirándomela desde abajo, con la polla apuntándole a la cara y las gotas cayendo por encima, y sonrió.
—Vamos a ver qué tal sabe esta cosa —dijo, y me sacó la lengua.
Empezó lamiéndome despacio desde los huevos hasta el capullo, una lengüetada larga y plana que me hizo apretar los dientes. Repitió el recorrido tres, cuatro veces, mojándome entero de saliva, chupándome los huevos uno por uno, metiéndoselos en la boca. Después me la agarró con las dos manos, la levantó y se la metió en la boca de golpe. Los labios carnosos se estiraron alrededor del capullo, se comieron un tercio de la polla y allí se pararon, sin poder pasar más. Cerró los ojos, respiró hondo por la nariz y empezó a chupar.
Al principio despacio, con una mano moviéndose al ritmo de la boca y la otra sujetándome los huevos, mimándomelos. La lengua me daba vueltas al capullo cada vez que llegaba arriba, y de vez en cuando la sacaba entera para escupir saliva y volver a metérsela, más adentro cada vez. Yo, que jamás había sentido nada parecido, tenía que apoyarme en los azulejos para no caerme. Cuando abrí los ojos y la miré, la vi mirándome desde abajo, con la polla en la boca y una mano metida entre sus propias piernas, tocándose ella misma. Se estaba corriendo mientras me la comía.
—Joder, Pilar, me vas a matar —conseguí decir.
Ella respondió acelerando. Ya no tenía piedad: la mano subía y bajaba rápida, la boca chupaba fuerte, con ese ruido húmedo tan cerdo, y de vez en cuando se la sacaba entera para chuparme los huevos otra vez o para lamerme el frenillo con la punta de la lengua. Yo le agarré la cabeza con las dos manos, le apreté el pelo mojado entre los dedos, y empecé a follarme su boca despacio.
No aguanté mucho. En cuestión de minutos noté que subía, que los huevos se me apretaban contra el cuerpo y que ya no había vuelta atrás.
—Me corro, Pilar, me corro —le dije a media voz, con las dos manos en su pelo mojado.
Ella aceleró, se la sacó un segundo para decirme «cómete todo esto», y me la volvió a meter hasta donde le cabía. Cuando llegué fue como si todo el peso de aquel año de fantasías se descargara de golpe. Se me disparó la primera corrida al fondo de su boca, y las tres o cuatro siguientes se las tragó una detrás de otra, sin soltarme la polla, chupando cada gota. Cuando ya empecé a bajar, se la sacó, me miró desde abajo y se me pasó la última descarga por encima de los labios y la barbilla, largando dos gotas gordas de semen que se le quedaron colgando. Sacó la lengua, se pasó el dedo por la boca y se lo tragó todo. Después se rió, limpiándose la cara con el dorso de la mano bajo el chorro de agua.
—Pero ¿cuánto tiempo llevabas guardando todo eso, criatura?
—Desde que llegaste al barrio —confesé sin pensar—. Cada noche, pensando en ti. Cada noche una paja pensando en tus tetas.
Algo cambió en su cara al oír eso. Cerró el grifo, salimos de la ducha y nos secamos a medias con la misma toalla, sin dejar de mirarnos. La polla, que apenas me había bajado, se me estaba poniendo dura otra vez.
—Anda que vosotros a los veinte —murmuró mirándomela—. Vamos, que no te la vas a quedar con las ganas.
***
Me llevó de la mano hasta el dormitorio y se tumbó en la cama boca arriba, abriendo las piernas para que me colocara sobre ella. Yo tenía prisa, la fogosidad de los veinte años, y ella lo notó.
—Tranquilo, sin prisas —dijo acariciándome la cara—. Despacito, que las cosas buenas se disfrutan despacio.
Me empujó de los hombros hacia abajo, guiándome sin decir nada. Le entendí al vuelo. Me metí entre sus piernas, le levanté las caderas con las manos y le pegué la lengua al coño. Estaba empapada, tan mojada que la saliva de antes y sus jugos se me mezclaron en la boca. Le abrí los labios con los dedos y me puse a comérselo entero: le pasé la lengua por toda la raja, de abajo a arriba, sin prisa, saboreándola. Ella soltó un jadeo largo y me clavó los talones en la espalda.
Me concentré en el clítoris, ese botoncito hinchado que le asomaba entre los pliegues. Se lo chupé despacio primero, jugando con la punta de la lengua, y después le enganché los labios alrededor y empecé a mamárselo como ella me había mamado la polla. Metí dos dedos, luego tres, buscándole ese punto por dentro con la yema, apretándole hacia arriba mientras seguía chupándole el clítoris. Pilar se agarraba a las sábanas, gemía sin poder disimular, se le arqueaba la espalda del colchón. Le metí el dedo del medio en el culo, hasta el nudillo, y ahí se le cortó el gemido de golpe.
—Sí, sí, así, no pares —jadeaba tapándose la boca con una mano—. Que me corro, chiquillo, que me corro.
Se corrió con la boca abierta y las piernas cerrándose alrededor de mi cabeza, apretándome los muslos contra las orejas. Sentí el temblor entero recorriéndole el cuerpo, los espasmos en la lengua, cómo se le contraía todo alrededor de mis dedos. Le seguí chupando hasta que me apartó riéndose, incapaz de aguantar más.
—Ven aquí, ven aquí —dijo tirándome del pelo hacia arriba—. Métemela ya, que la necesito dentro.
Trepé por su cuerpo, chupándole las tetas por el camino. Me detuve en cada pezón, se los mordisqueé, se los chupé como si fuera un crío. Ella me agarró la polla, dura otra vez y goteando, y me guio con la mano, frotándome la punta contra su coño, dejándome sentir lo caliente y húmeda que estaba antes de dejarme entrar. Empujé despacio, muy despacio, como ella quería, y sentí cómo se abría alrededor de mi polla, cómo iba cediendo poco a poco. La primera pulgada. La segunda. Ella respiraba profundo, agarrada a mis brazos, con los ojos cerrados.
—Joder, qué gorda, qué gorda —susurraba—. Despacio, cariño, despacio, que me la vas a partir.
Cuando llegué al fondo, me quedé quieto un momento, apoyado sobre los codos, con la polla enterrada hasta los huevos. La sentía apretándome dentro, palpitando alrededor. Le di un beso en la boca, largo, con lengua, mientras empezaba a moverme. Al principio salidas cortas, medio palmo, entrando y saliendo despacio para que se le fuera acostumbrando. Ella me marcaba el ritmo, susurrándome al oído que no corriera, que la dejara sentirlo todo, que había años que no la follaban así.
Poco a poco el ritmo se nos fue de las manos a los dos. Le agarré una pierna y me la levanté hasta apoyarla en mi hombro, y desde ahí empecé a metérsela hasta el fondo, con embestidas largas y lentas. Le veía cómo se le abría el coño alrededor de la polla, cómo salía brillante de sus jugos y volvía a entrar. Ella me miraba desde abajo, mordiéndose el labio, con las tetas botándole a cada golpe.
—Dame la vuelta —jadeó—, que quiero de perrito.
Me salí, se puso a cuatro patas y me clavó el culo delante de la cara. Le miré aquel coño hinchado y rojo, dilatado, y el culito fruncido justo encima. Le agarré las caderas y me la metí de un tirón hasta el fondo. Pilar mordió la almohada para no gritar y despertar a media escalera. Empecé a follármela fuerte, a golpearla con las caderas contra el culo, viendo cómo se le movía toda la carne con cada embestida. Le metí un dedo pulgar en el culo mientras la follaba, y a ella se le escapó un grito ahogado contra la almohada.
—Más fuerte, más fuerte, así, joder, así —gemía—. Rómpeme, chiquillo, rómpeme.
Le solté una palmada en la nalga, y otra, y otra, hasta que se le quedó marcada la mano roja. Le agarré del pelo, tiré de él hacia atrás, y le arqueé la espalda para meterla más hondo. Se me apretó todo por dentro, el coño hecho un puño alrededor de la polla, y noté cómo se corría otra vez, temblando entera, gimiendo palabras que ya no se entendían.
La tumbé bocarriba otra vez y le abrí las piernas de par en par. Ella estiró los brazos hacia mí, me atrajo hacia su boca, y me susurró:
—Córrete dentro, córrete dentro que hoy puedo.
Empecé a metérsela a fondo, cada vez más rápido, oyendo el ruido húmedo de nuestros cuerpos chocando. Le chupaba las tetas, le mordía el cuello, le follaba la boca con la lengua. Cuando ya no pude contenerse, se le escapó un grito que tuve que callar con un beso, porque se habría oído desde la calle. Yo la seguí un par de embestidas después: sentí cómo se me subía todo desde los huevos, apreté los dientes y le vacié dentro las corridas más grandes de mi vida. Chorro tras chorro, cinco o seis, sin sacarla, mientras ella me abrazaba con las piernas cruzadas sobre mi culo, impidiéndome moverme.
Cuando por fin salí, se le escurrió un hilo de semen mezclado con sus jugos por el coño y le bajó hasta la raja del culo, empapando la sábana.
Más tarde me confesó que hacía años que no se corría así, que casi no recordaba cuándo había sido la última vez que alguien la había tratado como aquella mañana. Se quedó tendida sobre la cama, todavía agitada, abierta de piernas, con el coño hinchado y el pelo revuelto, y con una sonrisa floja que me hizo sentir, por primera vez en mi vida, que de verdad me había hecho hombre.
Nos metimos otra vez bajo la ducha para quitarnos el sudor. Me encantó lavarla, pasarle las manos jabonosas por las tetas, por el culo, meterle los dedos entre las piernas para «limpiarle bien» el coño mientras ella se reía y me mordía el hombro. Me devolvió el favor arrodillándose otra vez y limpiándome la polla con la boca, chupándome hasta la última gota que me quedaba dentro. Era el primer cuerpo de mujer que tocaba de verdad, sin prisas, aprendiendo cada centímetro, y ella me lo dejó explorar con una paciencia que no he olvidado nunca.
Iba a calentarse otra vez, ya con la polla en la boca otra vez, cuando, de pura casualidad, miró el reloj que llevaba en la muñeca. Era más de la una. Bernardo podía aparecer en cualquier momento. Me vestí a toda prisa, con el corazón aún acelerado y los calzoncillos pegados de lo mojado que tenía todo abajo, y antes de salir me agarró del brazo.
—Como me entere de que vuelves a hacerte una paja pensando en mí, te mato —dijo medio en broma, medio en serio, agarrándome la polla por encima del pantalón—. Para eso me tienes a mí, aquí al lado, siempre que lo necesites. Este trozo de carne es mío ahora, ¿entendido?
Y vaya si le tomé la palabra. Durante los meses siguientes, hasta que la vida nos fue separando, crucé ese rellano más veces de las que puedo contar, con la polla ya media dura antes incluso de tocar el timbre. Mi madre, que de tonta tampoco tenía un pelo, terminó sospechando, y un día solo me dijo que tuviera mucho cuidado de que no nos pillara Bernardo.
Pero esa, la de la primera mañana, la de la lámpara y la ducha y la cama deshecha a media luz, fue la que de verdad lo cambió todo. Lo que vino después, la segunda vez, cuando fuimos bastante más allá de lo que pasó aquel día, cuando probó por primera vez que se la metiera por el culo y descubrimos que le gustaba más que por delante, es otra historia. Y prometo que también merece la pena contarla.





