El taxista mayor que me llevó a casa esa noche
Tengo veintisiete años, los cumplí hace un par de meses. Vivo al norte de Valencia, en una urbanización tranquila de las afueras, de esas donde todo el mundo se conoce y donde el ambiente es un poco superficial, todo hay que decirlo, pero que resulta perfecta si lo que buscas es calma y algo de verde sin alejarte demasiado de la ciudad. Todavía vivo con mis padres, porque el alquiler está imposible para la gente joven, y aunque tengo un buen sueldo, mi novio sigue terminando de estudiar y no nos podemos permitir irnos a vivir juntos. Me gusta salir a correr, cenar por ahí, el cine, las exposiciones; en fin, lo que le gusta a cualquiera de mi edad.
Físicamente mido un metro setenta y ocho. Diría que soy guapa, o al menos tengo una sonrisa bonita y me encanta sonreír; quizá esa sea mi mayor virtud. Pelo castaño largo y ojos marrones. Soy delgada, en mi peso justo, con un pecho que no es grande pero que sigue en su sitio, con pezones pequeños y muy sensibles. El culo lo tengo normal, aunque duro de tanto ejercicio. Hago mucho cardio, así que mi cuerpo es fibroso, con los abdominales apenas marcados, nada de músculo de gimnasio. Mi piel es suave y tirando a morena: mi madre es del norte y mi padre del sur profundo, y en eso he salido a él.
Y sí, como veis, tengo novio. Llevamos juntos más de ocho años, desde aquel momento en que dejas el instituto y entras en la universidad. Somos una pareja normal, con un sexo normal: ni follamos como salvajes ni él tiene un rabo descomunal como suele ocurrir en estas páginas. Dos personas corrientes para su edad, con una vida típica y una sola salvedad: tenemos una relación abierta.
Nos queremos, pero a raíz de un escarceo que él tuvo y que me confesó con total sinceridad, se nos ocurrió la idea de abrir la pareja. No es que cada uno se vaya follando a medio mundo cada fin de semana, y además tenemos una norma: no repetir más de tres veces con la misma persona, para que no surjan sentimientos por nadie. Es nuestra forma de mantener la relación sana. Nos queremos, pero sabemos que el mundo está lleno de tentaciones.
Él tiene muy buen cuerpo. Estuvo una temporada opositando para la policía, lo dejó y ahora anda con un máster. Tarde o temprano nos iremos a vivir juntos, pero por ahora cada uno sigue en casa de sus padres, algo que también nos da mucha libertad, aunque lo normal es que nos veamos casi todos los días porque vivimos muy cerca.
Comparada con mis amigas, follo lo mismo que ellas, ni más ni menos. Ninguna sabe de mi doble vida; piensan que soy un poco calientapollas y que al final no llego a nada con ninguno de los chicos con los que me ven coquetear. Otra de nuestras normas es que nadie de nuestro entorno sepa de nuestras aventuras. Sé que él usa alguna aplicación, y yo no tengo el menor problema para encontrar hombres, porque sí, me gustan los hombres con todas las letras.
Tengo un novio ideal y, como he dicho, está bueno. Pero cuando busco algo fuera de casa, necesito que sea distinto a él. Mi prototipo es el hombre masculino, con un punto chulesco, directo y descarado, que me haga sentir deseada. No soporto a los que intentan llevarte a la cama haciéndose los tímidos o los sensibles. Si quiero mimos y cariño, ahí está mi pareja; si quiero que alguien me baje las calenturas, busco justo lo contrario.
Os voy a ir contando una serie de historias. Esta ocurrió justo cuando acababa de hablar con mi novio sobre lo de la relación abierta.
***
Eran las primeras noches de calor, ese bochorno seco y pegajoso, con veinticinco grados pasada la medianoche. Había salido con mis amigas y llevábamos un buen rato bebiendo en una terraza de moda del centro, riéndonos y echando algún baile. Un grupo de chicas jóvenes y arregladas es un imán para los tíos, ya os lo podéis imaginar: todas con nuestros vestiditos de verano, las faldas cortas, las carcajadas. Éramos la atracción del local, que tampoco es que estuviera lleno; en julio la ciudad se vacía.
No paraban de acercarse grupos de hombres que, con mayor o menor gracia, nos iban invitando. Al final los triunfadores fueron unos cuantos años mayores que nosotras, entre los treinta y cinco y los cuarenta, y yo me puse a bailar con uno. Todas teníamos novio, y sabía que de las típicas caricias y achuchones no iba a pasar la cosa. Eso sí, entre el alcohol y los sobeteos me estaba calentando de mala manera.
Dos de mis amigas se fueron con los chicos que habían conocido esa noche, dispuestas a ponerles los cuernos a sus parejas, y enseguida se convirtieron en la comidilla del grupo.
Llegado un punto decidí irme sola a casa. Estaba cansada del chismorreo, así que me dirigí a coger un taxi. Caminaba por la calle y el calentón de la noche no bajaba; al contrario, empecé a imaginar escenas y a pensar en las ganas que tenía de ver a mi novio para follar. Lástima que esa noche él se quedaba por ahí con sus amigos.
Llegué a una parada. El primer taxi me dio mala espina: lo conducía un chico joven con pinta de macarra que no paraba de mirarme de arriba abajo. Saqué el móvil y fingí estar liada con algo importantísimo, a ver si subía otra persona y se marchaba. El siguiente conductor era un hombre mayor, de unos cincuenta y tantos, el típico padre de familia con la barriga de la buena vida, medio calvo y arreglado a su manera para aguantar la noche al volante. Me dio confianza, y en cuanto unos chicos se subieron al primer coche, corrí hacia el suyo.
Nos pusimos a charlar, más por cortesía que por ganas. Lo único que deseaba era llegar a casa, darme un baño en la piscina, quitarme el sudor de la noche y, de paso, bajar el calentón. Según avanzábamos por la ronda nos encontramos con un accidente: grúas trabajando y la policía cortando un carril. Tocaba esperar. Como él no dejaba de girarse para hablar conmigo, le dije que, si quería, me pasaba delante. Bajé del coche y me senté en el asiento del copiloto.
Seguíamos hablando y él no apartaba la vista de mi muslo. Me daba apuro mirar, pero imaginé que se me había subido la falda. En un momento en que desvió los ojos hacia la carretera, comprobé que tenía el bajo del vestido por encima del muslo, casi a la altura del tanga. Y entonces mi excitación se disparó, porque me di cuenta de que él marcaba un buen bulto en el pantalón. La tenía dura.
Entre la ligera borrachera, el calentón que arrastraba de la noche y la música animada de la radio, empecé a moverme en el asiento como si estuviera bailando, dejando que la falda subiera ya de forma descarada. Aquello no le pasó desapercibido, y enseguida subió el tono de la conversación.
—¿Y qué tal la noche? —preguntó, mirándome sin disimulo las piernas.
—Pues un poco decepcionante —le dije.
Él seguía con los ojos clavados en mis muslos, y entonces soltó:
—Pues bien morena estás. Hasta se te nota el blanco del bikini.
Imaginaos hasta dónde se me había subido el vestido.
Y a continuación añadió:
—¿No llevas bragas o qué?
¿Acaso no las estaba viendo? Pero aun así subí un poco más la falda para que se viera el lateral del tanga.
Aquello le dio alas, y fue cuando se lanzó a besarme. Me encantaba pensar que una niña pija como yo iba a darle un regalito a un tío que dudaba que tuviera muchas más oportunidades de estar con alguien así.
Empezamos a besarnos, pequeños picos en los labios, algún beso por el cuello, y sus manos ya subiendo descaradas por mi muslo y agarrándome el culo. Seguíamos en plena ronda, así que le dije que parara y pensara en un sitio más tranquilo. El conductor del coche de al lado estaba alucinando; seguro que pensaba que yo era una prostituta. A fin de cuentas, no dejaba de ser una chica joven con un viejo dentro de un taxi.
Continuamos calentándonos, sobre todo él, que no paraba de decirme guarradas, de repetirme lo buena que estaba y todo lo que iba a gemir gracias a sus dotes amatorias. Qué típico. Por fin salimos de la ronda hacia una calle solitaria que cruza la zona norte de la ciudad.
Allí nos pasamos directamente al asiento trasero. Él, ni corto ni perezoso, empezó a quitarse el pantalón y la camisa. Como he dicho, su cuerpo no era nada espectacular: algo barrigón, muy peludo, con una polla más bien pequeña rodeada de una espesa mata de pelo. Desprendía un olor a viejo que echaba para atrás, y sin embargo todo aquello me ponía muchísimo. Era una situación de un morbo extremo.
Y ahí estaba yo, en un taxi, con un hombre que podría ser mi padre, desnudo y con la polla fuera, mientras pensaba qué hacer. Bueno, sabía perfectamente lo que iba a hacer, pero me asaltaban unas dudas mentales tremendas, sin terminar de entender cómo me había metido en aquello.
Pasaron unos segundos y me incliné directa a comérsela.
Aparté con una mano la mata de pelo y con la otra bajé la piel para que asomara la cabeza. Empecé a pasar la lengua por toda la punta y a metérmela en la boca. No es que fuera gran cosa, pero era bastante gruesa, más que la de mi novio, que hasta ese momento era la única que había probado.
Tenía miedo de que se corriera enseguida, así que fui poco a poco. Lamiendo el tronco y la cabeza descapuchada. Recorriéndola entera mientras le masajeaba los testículos. Jugando con la lengua en la punta. Metiéndomela de golpe.
Él me subió el vestido y me dejó el culo al aire, con el tanga de hilo metido entre las nalgas. Yo no podía dejar de pensar que estaba en un taxi, con un hombre que me sacaba más de treinta años, chupándosela con el culo en pompa, y que cualquiera que pasara por allí me tomaría por una puta. Eso me ponía todavía más.
Por fin la noté bien dura. Me había costado, el tío bufaba y soltaba todo tipo de improperios que a mí ni me molestaban. Por fin me metió un dedo en el coño y empezó a sacarlo y meterlo, dándome algo de placer. Me dijo, entre bufidos, que qué guarra era por estar tan mojada, aunque la verdad es que apenas empezaba a lubricar.
Así estábamos los dos, yo comiéndole la polla y él metiendo y sacando el dedo, hasta que en una de esas intentó metérmelo por el culo. Le frené en seco. Se disculpó por el reproche, y noté que perdía valentía: se le acabó el lenguaje grosero, aunque enseguida pasó a meterme dos dedos.
Poco a poco el coño se me fue abriendo, así que llegó el momento de cabalgar a mi semental sudoroso. De verdad, no he visto a nadie sudar tanto en mi vida; los pelos de la barriga los tenía pegados de lo empapado que estaba.
Él seguía sentado en el asiento trasero, así que le puse un condón, algo que parecía que no tenía intención de usar. Luego me quité el tanga y me senté encima, metiéndomela poco a poco. Por el grosor consiguió llenarme entera, y la verdad es que me quedé plenamente satisfecha con el tamaño; notaba cómo me iba abriendo la vagina centímetro a centímetro.
Una vez la tuve dentro, lo miré. Tenía la cabeza echada hacia atrás y los ojos completamente cerrados, así que volví a besarle el cuello sudado mientras empezaba un sube y baja lento. Le daba besitos, llena de morbo por la situación.
Me apretó las nalgas y por fin abrió los ojos. No perdió un segundo en comerme la boca mientras yo me movía sobre él, arriba y abajo, adelante y atrás, alternando los movimientos. Qué morbo tener a un tío de la edad de mi padre, empapado, bufando como un animal ante cada movimiento mío. Esa sensación de poder no me la daban ni mi novio ni ninguno de los que había conocido. Lo tenía bajo mis piernas, a mi disposición, y él sabía que era una oportunidad única.
En un momento dado me bajó los tirantes del vestido y empezó a lamerme los pechos, a mordisquearme los pezones. Como los tengo tan sensibles, le pedí que siguiera. Estaba a nada de correrme, me sentía llenísima con su polla gruesa, y entre lo morboso de la situación y sus lametones estaba a punto de explotar.
Empecé a moverme muy rápido y a jadear fuerte.
—Por favor, sigue, no pares —le decía entre jadeos.
Él bufaba como un loco, con los ojos cerrados y la boca abierta. Noté que el orgasmo me subía, que estaba a punto mientras lo montaba, mientras lamía sus labios, mientras sus manos apretaban mis pechos y pellizcaban mis pezones. Y me corrí. Me corrí como hacía tiempo que no lo hacía, como mi novio no conseguía desde hacía mucho.
Me quedé completamente en blanco, sin poder moverme. Él aprovechó para apartarme y me dejó medio recostada en el asiento. Se quitó el condón y empezó a masturbarse entre mis nalgas, que fue el sitio que eligió para correrse, repitiéndome lo puta y lo guarra que era mientras dejaba los hilos calientes de su semen sobre la raja blanca de mi culo.
Estaba tan exhausta que no le dije nada. Cuando terminó, se tumbó sobre mí. Yo tenía el culo lleno de semen, y el cuerpo y la cara cubiertos de su sudor. Nos quedamos un par de minutos respirando, relajándonos, y entonces empezó a darme pequeños besos y a darme las gracias por todo, diciéndome lo feliz que lo había hecho. Me mató de ternura, si os soy sincera. Estuvimos un rato besándonos y acariciándonos, dejando que los cuerpos se enfriaran.
Me llevó a casa gratis, como comprenderéis, y me dejó cerca, porque yo no quería que se acercara hasta la puerta. Me abrió para salir y nos estuvimos besando un rato como dos enamorados. A esa hora de la madrugada, en un lugar como en el que vivo, no había absolutamente nadie en la calle. Pasamos unos diez minutos así, con el vestido subido mientras él me acariciaba las nalgas, las abría, tiraba de ellas.
Y esta es mi primera historia. Si os ha gustado, ya os iré contando las demás.





