El sábado que Amparo recibió a un hombre más joven
Las primeras gotas de lluvia repiqueteaban sobre el techo del coche cuando Tomás apagó el motor frente al portal. Comprobó por tercera vez el número que ella le había escrito y respiró hondo. Era el correcto. Detrás de alguna de aquellas ventanas iluminadas estaba Amparo, esperándolo.
Tenía las manos algo temblorosas sobre el volante, y no por el frío. Hacía semanas que hablaban, primero con frases prudentes, después con una confianza que ninguno de los dos había buscado del todo. Una amiga común se lo había presentado casi de pasada, sabiendo lo que hacía. «Tomás es de los que saben escuchar a una mujer», le había dicho. Amparo no necesitó más.
Se le escapó una sonrisa nerviosa mientras hacía la llamada perdida que habían acordado. Un timbre, dos, y colgó. Casi de inmediato llegó el mensaje con el piso y la letra de la puerta.
Tranquilo. Solo es una copa de vino.
Pero ninguno de los dos creía del todo en esa frase.
Subió en el ascensor repasando su reflejo en el espejo. Cuarenta y cuatro años, una camisa azul recién planchada, el pelo todavía húmedo por la prisa de arreglarse. Cuando la puerta se abrió en el cuarto piso, ella ya lo esperaba en el umbral.
—Has venido —dijo Amparo, como si hasta el último momento hubiera dudado de que lo hiciera.
—Claro que he venido —respondió él.
Ella le quitó la chaqueta con un gesto delicado, cuidando de cerrar bien la puerta a su espalda. Llevaba unos leggins negros y una blusa color crema que le sentaba como si se la hubieran cosido encima. Tendría unos cincuenta y tantos, el pelo recogido en un moño suelto del que escapaban algunos mechones plateados, y unos ojos que se reían antes que la boca.
—Bienvenido a mi pequeño refugio —dijo, y lo guió hacia el salón.
El piso olía a velas y a algo dulce horneado horas antes. Un perro pequeño levantó la cabeza desde el sofá, los miró con desgana y volvió a acomodarse. Amparo desapareció un instante en la cocina y regresó con dos copas de vino tinto.
—Por los sábados que dejan de ser iguales a todos los demás —brindó ella.
Tomás chocó su copa con la de Amparo y bebió sin apartar la mirada. La conversación empezó ligera: el tiempo, el barrio, lo difícil que era llenar las noches de un fin de semana cuando una vive sola. Pero por debajo de cada palabra corría otra cosa, una tensión contenida que se notaba en las risas suaves, en los gestos cuidados, en las miradas que se sostenían un segundo más de lo necesario.
El perro se levantó del otro extremo del sofá y vino a acurrucarse entre ellos. Al acariciarlo, las manos de ambos se rozaron. Fue un contacto mínimo, casi imperceptible, pero suficiente para que los dos sintieran el mismo impulso, cercano y eléctrico.
—El paso del tiempo le enseña a una a valorar momentos así —murmuró Amparo, mirándolo a los ojos.
—Sí —respondió Tomás—. Y los hace más necesarios. Más intensos.
Se inclinaron a la vez, casi sin darse cuenta. La distancia entre ellos se acortó y el silencio llenó el salón con una tensión nueva, palpable, hecha de respiraciones contenidas.
—Creo que… —empezó él, sin terminar la frase.
Ella sonrió apenas, con un brillo travieso y decidido.
—Lo sé —susurró.
Sin más palabras se acercaron. El primer roce de labios fue breve, delicado, cargado de una emoción que llevaban toda la noche conteniendo. No rompía la calma, pero la sellaba. Se separaron unos centímetros, respirando el uno frente al otro, sonriendo con la certeza de que algo estaba a punto de ocurrir.
El salón seguía envuelto en aquella luz cálida y silenciosa, donde el murmullo lejano de la calle apenas alcanzaba a colarse por las rendijas de las persianas. Sentada muy cerca de Tomás, Amparo observó la suavidad de sus facciones, la línea de su mandíbula recién afeitada, y se sorprendió a sí misma deseando volver a probar aquella boca.
El segundo beso fue distinto. Más hondo, más lento, con la lengua buscando la del otro y las manos perdiendo la timidez. El mundo se redujo para ambos a una sola verdad sencilla y rotunda: estaban ardiendo. No de calor, sino de algo que llevaba demasiado tiempo dormido.
***
Tomás deslizó la mano por el muslo de Amparo, sintiendo la tela tensa de los leggins bajo los dedos. Ella no lo detuvo. Al contrario, separó un poco las piernas y le guió la mano hasta la entrepierna, apretándosela ahí, contra el bulto tibio y húmedo que se marcaba bajo la lycra.
—¿Notas lo mojada que estoy? —susurró ella con la voz enronquecida—. Y todavía no me has tocado.
Tomás gimió por lo bajo. Presionó con dos dedos sobre la tela y ella se le arqueó encima, dejando escapar un jadeo largo. Cuando él bajó a besarle el cuello, ella echó la cabeza hacia atrás y cerró los ojos.
—Hacía mucho que nadie me tocaba así —confesó en voz baja—. Hacía mucho que nadie me follaba, punto.
—Pues yo no tengo ninguna prisa —respondió él contra su piel—. Voy a tomarme mi tiempo con vos.
Le desabrochó la blusa botón a botón, apartando la tela para descubrir un sujetador de encaje negro que apenas contenía dos tetas pesadas, todavía firmes, con los pezones ya endurecidos apretados contra la tela. Le bajó las copas de un tirón y las liberó, y se le fue la boca directa a uno, chupándolo entero, mordiéndolo con suavidad, tironeando con los dientes mientras con la otra mano le amasaba la otra teta y le pellizcaba el pezón entre el índice y el pulgar.
—Ay, joder… —gimió Amparo, agarrándole la nuca y apretándoselo contra el pecho—. Chúpamelas, chúpamelas fuerte.
Tomás obedeció. Pasó de una a otra, dejándoselas relucientes de saliva, mientras ella se retorcía y le clavaba las uñas rojas en los hombros. La mano derecha de él bajó por el vientre, se coló bajo la cinturilla de los leggins y directamente bajo la de las bragas, y encontró un coño empapado, un vello suave y recortado, unos labios hinchados que se abrieron solos al primer roce.
—Estás chorreando —murmuró él, hundiendo dos dedos hasta el fondo y sacándolos brillantes.
—Llevo así desde que has tocado el timbre, cabrón —jadeó ella, riéndose con la boca abierta—. Desde antes.
Se los llevó a los labios y se los chupó despacio, saboreándose, sosteniéndole la mirada. A Tomás se le puso la polla tan dura que le dolió contra el pantalón.
—Levántate —le pidió él.
Amparo se puso de pie delante del sofá y él, arrodillado en el suelo, le bajó los leggins y las bragas de un tirón hasta los tobillos. Le hizo separar las piernas, le agarró las nalgas con las dos manos y le hundió la cara en el coño sin más preámbulo. La lengua le entró de golpe, empujando dentro, y Amparo dio un respingo y se agarró a su pelo para no perder el equilibrio.
—Madre mía, madre mía… —repetía, mordiéndose el labio de abajo.
Él le lamía de arriba abajo, se detenía en el clítoris y lo chupaba entero, lo hacía girar bajo la punta de la lengua, se apartaba para soplarle encima y volvía a devorarla como si tuviera sed acumulada de meses. Le metió dos dedos y los curvó hacia adentro, buscándole ese punto que a Amparo le hizo abrir los ojos de golpe.
—Ahí, ahí, no pares, ahí… —le pidió, empujando la cadera contra su boca.
Tomás no paró. Le trabajó el clítoris con los labios apretados, chupando y soltando, mientras los dos dedos entraban y salían con un ruido húmedo que llenaba el salón. Amparo empezó a temblarle en las piernas, se tuvo que agarrar al respaldo del sofá con una mano, y cuando se corrió lo hizo con un grito ronco, largo, apretándole la cara con los muslos y llenándole la barbilla de flujo caliente.
—Joder… joder… —susurraba, doblada sobre él, riéndose y jadeando a la vez—. Casi me caigo.
Tomás se relamió los labios y se levantó despacio, la barbilla brillante, la mirada oscura. Amparo, todavía temblando, le echó las manos al cinturón. Con una habilidad que la sorprendió a ella misma, se lo abrió, le desabrochó el botón del pantalón y le liberó la polla de un tirón. Cayó pesada, gruesa, ya casi del todo dura, con una vena marcada corriéndole por el dorso.
—Mira qué polla más rica tienes —dijo ella con una risa golosa, empujándolo a sentarse en el sofá—. Déjame verla bien.
Se arrodilló en la alfombra entre sus piernas abiertas y la agarró con las dos manos, comparando el tamaño contra sus dedos pequeños. Empezó a acariciarla despacio, con las dos manos, observando cómo terminaba de crecer con cada movimiento. Tomás respiraba cada vez más hondo, y sus gemidos contenidos acompañaban el ritmo lento de aquellas caricias. Una gota transparente asomó en la punta, y a Amparo se le secó la boca de pura anticipación.
Se inclinó sin dejar de mirarlo. Sacó la lengua y recogió aquella gota, saboreándola, cerrando los ojos un segundo. Después lo tomó entero en la boca y sintió el calor de su piel contra la lengua. Tomás se estremeció de arriba abajo.
—Por Dios, Amparo… —jadeó, agarrándose al borde del sofá.
Ella no respondió. No hacía falta. Subía y bajaba la boca con una calma deliberada, paladeando cada centímetro, deteniéndose en la punta para volver a empezar. Sus uñas, pintadas de rojo, se clavaban con suavidad en los muslos de él, anclándose a aquel cuerpo más joven como quien se aferra a algo que creía perdido. Con una mano le agarraba la base de la polla y la giraba mientras la otra le acunaba los cojones, apretándoselos con cuidado.
—No tan rápido —murmuró Tomás, hundiendo los dedos en su pelo y deshaciéndole el moño—. Quiero que dure.
Amparo lo sacó un momento de la boca y alzó la vista, los labios húmedos y brillantes, un hilo de saliva colgando de la comisura, una sonrisa pícara dibujándose en su rostro.
—¿Te gusta cómo te la chupo? —preguntó, dándole un lametón lento desde los cojones hasta la punta—. ¿Te la habían mamado alguna vez con tantas ganas?
—Nunca —admitió él, con la voz quebrada—. Joder, nunca.
Aquella palabra la encendió más que cualquier caricia. Volvió a inclinarse, esta vez sin contención, lamiéndolo desde la base hasta la punta, deteniéndose en los testículos para metérselos uno a uno en la boca, mientras Tomás respiraba entrecortado y se mordía el labio para no gritar. Cada gemido suyo era una recompensa, la prueba de que aún sabía hacer perder la cabeza a un hombre.
Volvió a subir y se la tragó de golpe hasta el fondo, hasta sentir la punta chocarle contra la garganta. Le lloraron los ojos y se le corrió el rímel, pero no se apartó. La sacó despacio y volvió a hundírsela, marcando un ritmo cada vez más profundo, escupiendo saliva encima para que resbalara mejor, ayudándose con las dos manos, masturbándolo a la vez que se la mamaba.
Había algo casi tierno en cómo él la guiaba, agarrándole el pelo con firmeza pero sin brusquedad, marcando un ritmo que poco a poco se volvió más profundo. Lo que empezó con cierta torpeza, con alguna arcada disimulada, se transformó en una danza acompasada en la que los dos parecían leerse el pensamiento.
—Espera, espera —jadeó Tomás, tirándole del pelo hacia atrás—. Levántate. Te quiero follar.
Amparo se relamió y se puso de pie, terminando de sacarse los leggins y las bragas de una patada. Él se levantó, se quitó los pantalones y los calzoncillos y le hizo darse la vuelta, apoyándola con las manos en el respaldo del sofá, doblada hacia adelante, con el culo bien alto y las piernas separadas.
—Mira qué culo tienes —murmuró él, dándole una palmada seca que le dejó marca roja en la nalga.
—Métemela ya, por favor —le pidió Amparo, mirándolo por encima del hombro con los ojos empañados—. Llevo demasiado tiempo esperándote.
Tomás se agarró la polla, se la pasó por los labios del coño empapándosela bien, y de un solo empujón se la metió hasta el fondo. Amparo gritó, un grito ronco de gusto puro, y se le arqueó la espalda. Él se quedó quieto un segundo, sintiéndola apretarle la polla, y después empezó a follársela con embestidas largas y firmes, agarrándola de las caderas con las dos manos.
—Así, así, así… —jadeaba ella al ritmo de cada golpe, con el pelo cayéndole sobre la cara—. Fóllame fuerte, no te cortes.
El sonido de los cuerpos chocando llenaba el salón, mezclado con los gemidos de ella y los gruñidos roncos de él. Tomás le agarró el pelo suelto en un puño y tiró hacia atrás, arqueándola aún más, mientras con la otra mano le buscaba un pezón y se lo pellizcaba. Amparo se corrió otra vez a los pocos minutos, contrayéndose entera sobre la polla que la abría, mojando los muslos de él con su flujo.
—Ven, ven, quiero verte —jadeó ella cuando se recuperó, empujándolo suavemente hacia atrás—. Túmbate.
Tomás se dejó caer bocarriba en el sofá y ella se le subió encima a horcajadas. Se agarró la polla con una mano, se la colocó y se sentó despacio, cerrando los ojos al sentirla entrar centímetro a centímetro. Cuando la tuvo entera dentro, se quedó quieta, mordiéndose los labios, disfrutando de la sensación de estar llena.
Después empezó a moverse. Al principio con círculos lentos de cadera, apoyándose con las dos manos en el pecho de él. Después subiendo y bajando, con las tetas rebotándole delante de la cara de Tomás, que se las agarraba, se las chupaba, se las apretaba contra la boca. La velocidad fue subiendo sola, dictada por el hambre de ella, hasta que Amparo se cabalgaba encima a golpes secos, con los muslos empezando a temblarle del esfuerzo.
—Estoy cerca —avisó Tomás, casi sin aliento, agarrándola de las caderas para clavarla contra él—. Muy cerca.
—Espera, espera —jadeó ella—. En la boca. Quiero que te corras en mi boca.
Se bajó de encima con las piernas temblando y se arrodilló otra vez en la alfombra, sacándole la polla brillante y goteando de su propio flujo. Se la metió entera, empapada de ella misma, y empezó a masturbársela rápido con las dos manos mientras se la chupaba desde la punta.
Ella no se apartó. Al contrario, lo acogió más hondo, decidida, sin un gramo de miedo. Cuando él se dejó ir, Amparo sintió el primer chorro caliente golpearle contra el paladar, y después otro, y otro más, hasta llenarle la boca de semen espeso. Tragó una parte con una calma serena, como quien sella un pacto, y dejó que el resto se le escapara por la comisura y le resbalara por la barbilla hasta el escote. Una sensación intensa, poderosa, le bajó por la garganta y se le instaló en el pecho como una brasa encendida.
Tomás se desplomó hacia atrás en el sofá, deshecho, mirándola con una mezcla de gratitud y asombro. Amparo se relamió despacio, se pasó un dedo por la comisura de los labios recogiendo un hilo blanco, y se lo llevó a la boca, chupándoselo entero, recogiendo el último rastro de aquel encuentro.
—Llevaba años sintiéndome invisible —dijo ella, con la voz ronca y los ojos brillantes—. Y mírame ahora.
—Yo te veo —respondió Tomás, acariciándole la mejilla, todavía manchada—. Te veo perfectamente.
Por primera vez en mucho tiempo, Amparo se sintió deseada. Deseada y capaz de hacer enloquecer, a su edad, a un hombre bastante más joven que ella. Se acomodó a su lado, desnuda, sin ningún pudor, le robó la copa de vino y bebió un sorbo largo mientras el perro volvía a acurrucarse en la otra punta del sofá, ajeno a todo.
Fuera seguía lloviendo. Dentro, la noche apenas empezaba.
¿Se lo contaré a Pilar?, pensó ella, conteniendo una sonrisa. Su amiga no iba a creérselo. O quizá sí. Quizá por eso se lo había presentado.
—¿Tienes prisa? —le preguntó Amparo, apoyando la cabeza en su hombro y bajando la mano hasta la polla todavía húmeda de él, acariciándosela despacio para despertarla otra vez—. Porque a mí todavía me quedan ganas.
—Ninguna —dijo Tomás, notando cómo empezaba a endurecerse otra vez bajo aquellos dedos expertos—. Toda la noche es nuestra.
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