Las cámaras de casa revelaron el secreto de mamá
Mi experiencia más cercana al voyerismo no la busqué. Llegó sola, una tarde cualquiera, mientras intentaba hacerle un favor a mi padre. Yo soy ingeniero, y unos años atrás había sido yo quien instaló las cámaras de seguridad en la casa de mis padres, a pedido suyo. En aquel entonces todavía no era común conectarlas al teléfono para verlas a distancia, así que quedaron grabando sin que nadie revisara nunca el material.
Mi madre, a la que aquí llamaré Marcela, tenía cuarenta y nueve años por entonces. Ella y mi padre llevaban más de tres décadas juntos, y como regalo de aniversario él le había pagado una operación estética que ella siempre había querido. Marcela se hizo una abdominoplastia y una liposucción de brazos, y el resultado fue espectacular. Nunca había sido fea de cara, y con esas curvas nuevas parecía diez años más joven. Yo, para entonces, ya vivía fuera, con mi propia pareja y mi propia rutina.
Aquella tarde la visité con la idea de actualizar el sistema de cámaras. Quería configurarlo para verlas desde el móvil sin tener que sentarme frente al viejo grabador. Como los equipos eran antiguos, tardé más de lo previsto. Cuando por fin logré acceder a las grabaciones almacenadas, hice lo que cualquiera haría: empecé a retroceder, día por día, para comprobar hasta cuándo guardaba el disco.
Iba pasando jornadas enteras de imágenes vacías, pasillos sin nadie, la cocina en penumbra. Hasta que en la cámara que apuntaba al corredor del baño aparecieron dos cuerpos. Adelanté de golpe, pensando que sería mi padre. No lo era. Quien acompañaba a mi madre era un hombre joven, tatuado, alto, de espalda ancha.
Tiene que ser un error, pensé. Una visita, un técnico, cualquier cosa.
No era ninguna de esas cosas. Me senté en el sofá con el control del grabador en la mano y empecé a retroceder hasta el momento en que aquel desconocido había entrado a la casa. Entre que llegó y la escena que yo acababa de ver habían pasado casi tres horas.
Con los nervios apretándome el pecho, fui revisando cámara por cámara hasta que en una pude verle bien la cara. Le calculé poco menos de cuarenta años, claramente menor que ella. Rubio, musculoso, con marcas viejas de acné que no le quitaban atractivo. Había llegado bien vestido, camisa de manga larga y vaqueros. Mi madre lo recibió en bata, una de esas batas de seda que no dejaban nada a la imaginación y que marcaban con detalle sus curvas nuevas.
Se saludaron con un abrazo y un roce de labios, y caminaron de la mano hacia el dormitorio, donde ninguna cámara alcanzaba. Minutos después ella salió sola, en busca de algo, y para entonces ya estaba casi desnuda: solo llevaba un tanga rojo, sin nada arriba. Volvió a entrar enseguida. Las cámaras no grababan audio, así que aceleré la imagen buscando algún movimiento más, hasta que llegué otra vez a la escena del principio: los dos saliendo del cuarto rumbo al baño, sin una sola prenda encima.
Iban riéndose por el pasillo. Él tenía tatuajes por todo el brazo y un cuerpo más atlético de lo que yo había supuesto. Entraron al baño tomados de la mano. Salieron minutos después, primero ella, con una toalla en el pelo, secándose de pie en el umbral mientras él la observaba apoyado en la pared. Lo que vino después me dejó sin aire: mi madre se arrodilló frente a él, ahí mismo, en el corredor, y empezó a chupársela mientras él echaba la cabeza hacia atrás. Fue corto. Luego ella le dijo algo, él la ayudó a levantarse y volvieron juntos al dormitorio.
***
Un frío me recorrió el cuerpo y me sacó del trance. Tenía las manos temblando y la cara caliente. Y, contra toda lógica, no apagué el grabador. Seguí retrocediendo, porque algo me decía que aquello no había sido la primera vez.
No lo era. Apenas una semana atrás había otro encuentro, todavía más explícito. La cámara de la sala los grabó entrando de la mano y besándose antes siquiera de cerrar la puerta. Se desvistieron en mitad del salón, con prisa. Ella le sacó la camiseta de un tirón; él le bajó los vaqueros y la hizo arrodillarse sobre la alfombra. Después la levantó, la giró y la inclinó sobre el respaldo del sofá. Yo solo veía el perfil de su cara, la boca abierta, la cabeza que se sacudía con cada embestida. Sin audio, me sobraba la imaginación para llenar los gritos que faltaban.
Terminaron caminando hacia el dormitorio sin separarse, él pegado a su espalda, los dos riéndose como si llevaran haciéndolo toda la vida. Y eso fue lo que más me golpeó: no era deseo improvisado, era costumbre. Una complicidad que no se construye en un día.
Cuando llegó mi madre de la calle, yo ya había guardado el teléfono. Le mentí. Le dije que no había podido configurar nada, que las cámaras seguían igual que siempre. Ella sonrió, agradecida, y me ofreció un café. No fui capaz de mirarla a los ojos.
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Esa noche, ya en mi departamento y a solas, abrí la aplicación que sí había logrado dejar funcionando y seguí revisando. No tardé en encontrar más. Tres días antes del primer video que vi, habían estado en la cocina.
Entraron como siempre, de la mano. Él se sentó en la isla mientras Marcela servía dos copas de vino. Hablaron, se rieron, bebieron. Y en un momento él se levantó y empezó a bailarle, quitándose la ropa despacio, hasta quedar desnudo frente a ella. Mi madre se reía, apoyada en la encimera, mientras él la rodeaba y la rozaba. Después se abrazaron entre besos largos, él fue a buscar algo al cuarto y volvió ya con un preservativo puesto. La sentó sobre la isla y le hizo el amor ahí, primero despacio, luego con fuerza, mientras ella se sostenía de su cuello con la cabeza echada hacia atrás.
No pararon en la cocina. La bajó, la besó, la volvió a tomar de pie, la subió de nuevo, cambiaron de lado de la isla sin separarse. Estuvieron así casi cuarenta minutos, hasta que él aceleró el ritmo y se quedó quieto. Después la cargó en brazos y se la llevó al dormitorio entre risas.
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Seguí, noche tras noche, revisando el disco entero. Y lo que descubrí fue una rutina perfectamente aceitada. El hombre llegaba una hora después de que mi padre se marchara al trabajo, o se iba dos horas antes de que volviera. Algunos días llegaba de traje, otros en pantalón corto. Algunas veces apenas cruzaba la puerta ya la estaba besando; otras le llevaba flores y se demoraban en la cocina antes de subir.
Hubo una semana entera de encuentros casi diarios. Otra en la que no apareció ni una vez: comprobé las fechas y coincidían con las vacaciones de mi padre, los días en que se quedaba en casa arreglando los coches. La química de esos dos no había nacido hacía poco. Llevaban tiempo. Mucho tiempo.
Reconozco que en algún momento dejó de ser solo asombro. Ver a mi madre así, deseada por un hombre más joven, segura de su cuerpo nuevo, me producía una mezcla de cosas que prefiero no nombrar. Hubo un video en particular, ella arrodillada frente a él en la sala mientras él buscaba algo en su mochila, indiferente, en el que sentí que cruzaba una línea peligrosa. Cerré el portátil y no volví a abrirlo esa noche.
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El último encuentro que quedaba registrado fue el más íntimo de todos. Él llegó muy bien vestido, camisa y pantalón de tela; ella lo recibió con un vestido entallado. Apenas cerraron la puerta empezaron a desnudarse en la sala, sin prisa esta vez, como si supieran que tenían la tarde entera. Él la fue besando hacia abajo, de rodillas, y ella se sostenía de su cabeza con los ojos cerrados.
Luego cambiaron de posición una y otra vez: contra el respaldo, sobre el sillón, ella encima marcando el ritmo con las manos apoyadas en su pecho. Mi madre se movía con una soltura que yo jamás habría imaginado en ella, una mujer que toda mi vida había visto como la persona más recatada del mundo. Terminaron abrazados, quietos, él con la cara hundida en su cuello.
Esa fue la última grabación que el disco conservaba. No dudo que después siguieron viéndose; aquello tenía toda la pinta de no terminar pronto.
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Nunca dije nada. Ni a mi padre, ni a mi madre, ni a mi pareja. Aprendí a sentarme en la mesa familiar los domingos y a sonreír como si no cargara con ese secreto en el pecho. A veces pienso que debería haberlo confrontado. Otras, que no era mi vida para destruirla.
Lo único que hice, al volver de aquella visita, fue dejar las cámaras tal como las había encontrado: desconectadas del móvil, grabando para nadie. Por las dudas. Por no volver a saber. Aunque, si soy honesto, una parte de mí todavía se pregunta qué habrá quedado guardado en ese disco desde entonces.





