El amigo de mi hijo entró a mi cuarto de madrugada
Voy a contarles una de las cosas más intensas que me han pasado, y todavía me cuesta creer que la viví yo. Tengo cuarenta y un años y sucedió con el mejor amigo de mi hijo, durante casi dos años en los que aprendí que el deseo no respeta ninguna regla.
Todo empezó despacio, como empiezan las cosas que una sabe que no debería permitir. Bruno y mi hijo se habían conocido en un equipo de básquet del barrio y desde entonces eran inseparables. Bruno venía seguido a casa, se quedaba a dormir, pasaba tardes enteras tirado en el sillón con la consola. Yo lo trataba como a un sobrino más, le servía la merienda, le lavaba alguna remera que se olvidaba. Pero a los veinticuatro años Bruno ya no era el chico flaco del campamento.
Era de estatura media, de espalda ancha, con el cuerpo trabajado de tanto deporte. Cuando andaba sin remera por casa yo apartaba la mirada un segundo más tarde de lo que debía. Y él lo notaba. Notaba todo. Tenía una manera de mirarme cuando pasaba a su lado, una mirada que no era de un chico mirando a la madre de su amigo, y aunque durante meses no dije nada, esa mirada se me quedaba pegada al cuerpo hasta la noche.
Primero fue una solicitud en una red social. Después un mensaje suelto, una broma, un «¿cómo anda la mamá más linda del barrio?» que respondí con un emoji y nada más. Pero Bruno era insistente de una forma desarmante. No presionaba, simplemente no se rendía. Me escribía a cualquier hora, me mandaba canciones, me preguntaba cosas que ningún chico de su edad le pregunta a una mujer de la mía.
Esto no puede terminar bien, pensaba cada vez que le contestaba. Y le contestaba igual.
***
La primera vez que pasó algo fue una tarde de marzo, con mi hijo en la facultad y la casa en silencio. Bruno apareció con la excusa de devolver un cargador. No había ningún cargador. Lo supe en cuanto le abrí la puerta y vi cómo me miraba, y supongo que él supo que yo lo sabía porque no dijimos casi nada. Me besó en el pasillo, contra la pared, y yo que llevaba meses convenciéndome de que esto era una locura me dejé llevar como si lo hubiera esperado toda la vida.
Lo que me sorprendió no fue que pasara, sino la intensidad con que pasó. Bruno me tomó con una urgencia que parecía contenida durante años. Me metió una mano bajo la pollera ahí mismo, contra la pared, y cuando encontró que ya estaba mojada soltó una puteada bajita, contra mi boca. «Puta madre, estás empapada», me dijo, y me metió dos dedos de un tirón, sin preámbulos, mientras con el pulgar me buscaba el clítoris. Se me aflojaron las piernas y me tuve que agarrar de su cuello. Me la garchó con los dedos ahí, parada en el pasillo de mi propia casa, hasta que me corrí mordiéndole el hombro por encima de la remera.
Me arrastró al sillón, me arrancó la ropa y se bajó el pantalón de un tirón. Cuando le vi la pija por primera vez me quedé un segundo mirándola, gruesa, dura, la punta ya brillando, y no lo pensé: me arrodillé y me la metí en la boca entera. La chupé con hambre, con las dos manos apoyadas en sus muslos, mientras él me agarraba del pelo y me miraba desde arriba diciéndome cosas que hacía años que nadie me decía. «Así, mamita, chupámela así», me pedía, y yo se la mamaba más profundo, hasta atragantarme, dejándole los hilos de saliva colgando del mentón. Me besó el cuello, los hombros, los pechos, como si quisiera dejar marca en cada centímetro. Siempre tuve las tetas grandes —mi ex marido las llamaba mi mejor argumento— y a Bruno lo volvían loco. Me las apretaba con las dos manos, me chupaba los pezones hasta dejármelos hinchados y colorados, y después me la puso ahí, entre las tetas, y se movió jugando con ellas mientras yo le sacaba la lengua y le lamía la punta cada vez que asomaba.
Me tiró de espaldas en el sillón, me abrió las piernas y se metió entre ellas con la boca. Me comió el coño sin apuro, con la lengua entera, chupándome el clítoris y metiéndome la lengua adentro como si tuviera todo el día. Yo, que ya me creía de vuelta de todo, descubrí que no estaba de vuelta de nada. Me corrí una segunda vez encima de su boca, apretándole la cabeza con los muslos, y cuando todavía estaba temblando me dio vuelta, me puso en cuatro sobre el sillón y me la metió de una. «Aaah, hijo de puta», se me escapó, porque entró hasta el fondo, y él se rió y me agarró de la cintura y empezó a cogerme fuerte, haciéndome las nalgas rebotar contra su pelvis.
Me la garchó así un rato largo, tirándome del pelo, dándome cachetadas suaves en el culo, hasta que me dio vuelta otra vez y terminó en mi cara con un gemido ronco, chorreándome la frente, la mejilla, la boca abierta. Yo saqué la lengua sin pensarlo, junté lo que caía y me lo tragué mirándolo, y él se rió con esa risa medio incrédula del que no puede creer lo que acaba de vivir.
Desde esa tarde nos convertimos en amantes. Nos veíamos cuando podíamos, cuando la casa quedaba libre, cuando él se escapaba antes de un entrenamiento. Yo inventaba mandados que terminaban en su departamento; él inventaba estudios que terminaban en mi cama. El secreto era parte del juego. Saber que mi hijo estaba a una llamada de enterarse le ponía a todo un filo que no había sentido nunca, ni cuando era joven.
Aprendí a desearlo de maneras que no me reconocía. Me gustaba verlo caminar desnudo hasta el baño después, el músculo de la espalda, la manera en que se pasaba la mano por el pelo, la pija todavía medio dura balanceándose al caminar. Me gustaba cómo me hablaba al oído, las cosas que me decía, esas palabras que en boca de otro me habrían molestado y en la suya me encendían. «Sos mi puta», me susurraba, «mi puta cuarentona», y a mí, en vez de ofenderme, se me humedecía todo. Empecé a entender que el cuerpo, a mi edad, todavía tenía mucho que aprender.
***
La noche que más recuerdo fue un viernes de invierno. Bruno y mi hijo pasaron por casa al atardecer, apurados, a cambiarse para una fiesta. Mientras mi hijo se duchaba, Bruno me arrinconó en la cocina y me besó con la boca todavía fría de la calle, las manos rápidas bajo el suéter, buscándome las tetas por debajo del corpiño, pellizcándome los pezones hasta que se me escapó un jadeo. Me agarró la mano y me la puso sobre el bulto del jean. La tenía dura, ya, ahí parado en mi cocina, con mi hijo a diez metros bajo el agua. Se la apreté por encima de la tela y él me mordió el labio, hasta que escuchamos cerrarse la canilla y se apartó como si nada. Se fueron riéndose los dos, y yo me quedé toda la noche con ese beso a medio terminar dándome vueltas y las bragas empapadas.
Me acosté tarde. Desde que me separé duermo sin ropa, y esa noche el frío me hizo meterme bajo el edredón hasta la nariz. No sé qué hora era cuando escuché ruido en la cocina. Pensé que era mi hijo volviendo de la fiesta, ese desorden típico del que llega tomado, y ni me moví. Pero después sentí pasos en el pasillo, y unos golpecitos suaves en mi puerta.
—¿Pasa algo? —pregunté, medio dormida.
Nadie contestó. Me puse la bata, abrí, y ahí estaba Bruno, descalzo, con el pelo revuelto y los ojos brillantes de alcohol.
—¿Estás loco? —alcancé a susurrar.
No me dejó decir más. Se metió en el cuarto, cerró la puerta con el pie y me besó empujándome despacio hacia la cama. Olía a noche, a cigarrillo ajeno y a algo dulce, pero sus manos sabían exactamente dónde tocarme y yo perdí enseguida cualquier intención de echarlo. Mi hijo está en el cuarto de al lado, pensé, y en lugar de frenarme, ese pensamiento me prendió fuego.
Me sacó la bata de un movimiento y se quedó mirándome un segundo, como si todavía no creyera que estábamos ahí. Después bajó la boca a mis tetas y empezó a chuparlas despacio, lamiéndolas enteras, mordiéndome los pezones apenas, tirando de ellos con los dientes, y yo tuve que morder la almohada para no hacer ruido. Me lamió el vientre bajando, la ingle, el interior de los muslos, respirando fuerte sobre mi coño sin tocármelo todavía, hasta que le clavé la mano en la nuca y lo empujé ahí. Bruno estaba tomado y no medía nada. Me separó las piernas de un tirón y bajó con la lengua, y yo agarré las sábanas con las dos manos.
Era bueno con la boca. Demasiado bueno. Me chupaba el clítoris con los labios, después bajaba, me metía la lengua adentro, subía otra vez, y todo eso mientras me miraba desde ahí abajo, con los ojos clavados en los míos por encima de mis tetas. Conocía mi cuerpo mejor que muchos hombres con los que había estado años, sabía dónde insistir y cuándo aflojar, y en pocos minutos me tenía temblando, con una mano tapándome la boca yo misma porque él no iba a parar. Me metió dos dedos y siguió chupándome, y cuando sentí que me iba, me apretó la panza con la mano libre y me terminó de exprimir el orgasmo desde afuera. Le agarré la cabeza para frenarlo, lo subí de un tirón hasta mi cara y lo besé, sintiéndome yo misma en su boca.
—Vení —le pedí al oído—. Pero despacio, por favor.
Le bajé el bóxer con el pie, se lo saqué a los tirones. La tenía durísima, latiendo contra mi muslo. Se la agarré con la mano, se la acomodé en la entrada y me lo miré a los ojos.
—Despacio —le repetí.
***
Bruno entró despacio, mirándome a los ojos, y yo le clavé las uñas en los hombros para aguantar el quejido. Me abrió toda de a poco, centímetro a centímetro, y cuando llegó al fondo se quedó ahí, hundido, respirándome en la boca. Empezó suave, casi tierno, besándome entre embestida y embestida, susurrándome cosas que me hacían cerrar los ojos. «Mirá cómo me apretás», me decía pegado al oído, «mirá cómo se te chupa la pija ese coño». Me gustaba sentir todo su peso encima, el calor de su pecho contra el mío, la manera en que bajaba la cabeza a buscarme las tetas sin dejar de moverse, chupándomelas mientras me la clavaba lento y hondo.
Pero Bruno tenía algo salvaje adentro que tarde o temprano salía. De a poco fue tomando ritmo, más rápido, más firme, agarrándome las piernas y abriéndomelas más, hasta que empecé a gemir sin poder evitarlo y la cama empezó a golpear contra la pared. El sonido me heló la sangre. Le tapé la boca, lo frené.
—Al piso —le dije, agitada—. Vamos a despertar a todo el mundo.
Se rió por lo bajo, me ayudó a levantarme y tiró el edredón y las almohadas al suelo. Nos acostamos sobre esa cama improvisada y volvió a entrar, y ahí, sin el ruido de la cama, dejé de medirme un poco. Me besaba el cuello, me agarraba la cara, me hablaba pegado a la boca. «Callate, callate, callate», me repetía cada vez que se me escapaba un gemido, y me tapaba la boca con la mano mientras seguía cogiéndome. Cada beso me calentaba más que el anterior. En un momento nos movimos tanto que mi cabeza terminó contra la puerta del placard, los dos aguantamos la risa, él me corrió, me puso una almohada bajo la nuca y siguió como si nada.
Me dio vuelta de costado, se acomodó detrás de mí y me abrazó entero mientras se movía. Me apretaba una teta con una mano y con la otra me sostenía del cuello, no para lastimarme sino para tenerme, y me besaba detrás de la oreja, y yo en esa posición me sentía tan deseada que se me escapaban los gemidos a pesar de todo. Me pasó la mano de la teta a la boca, me metió dos dedos adentro y yo se los chupé, mordiéndoselos para no gritar. Después esa misma mano bajó a mi clítoris y empezó a frotarme mientras me la clavaba desde atrás, y ahí ya no aguanté más: le busqué los dedos con la boca y se los mordí para no gritar, meneando el culo contra sus caderas para que me diera más fuerte.
—Quiero que te subas —me dijo, ronco.
***
Se acostó de espaldas en el piso y yo me senté encima. Le agarré la pija con la mano, me acomodé la punta en la entrada y bajé despacio, sintiendo cómo se me iba llenando todo. Cuando la tuve entera adentro, solté el aire de golpe. Desde ahí podía mirarlo entero, los músculos del abdomen tensándose cada vez que empujaba hacia arriba, la mandíbula apretada, los ojos clavados en mí. Me sostenía de la cintura y me marcaba el ritmo, y por momentos me apretaba contra él hasta lo más hondo y se quedaba ahí, quieto, dejándome sentir todo, cada vena, cada latido.
Empecé a moverme yo, arriba abajo, apoyándome con las manos en su pecho, y él me miraba las tetas rebotarle en la cara. Me las agarró, se las llevó a la boca, me chupó los pezones uno atrás del otro mientras yo me lo cabalgaba. «Movete así, así, como una puta», me decía, y a mí eso me hacía apretarlo más adentro. Me incliné hacia adelante, apoyé las manos en el piso a los costados de su cabeza, y él empezó a moverse desde abajo, rápido, profundo, sin dejar de levantar las caderas. Tenía mis tetas a la altura de su boca y las aprovechaba, mordiéndome los pezones apenas, chupándomelos hasta que me pinchaban.
Me bajó las manos al culo, me lo agarró con las dos, me lo abrió mientras seguía embistiendo desde abajo. Me pasó un dedo mojado por atrás y yo di un respingo, pero no lo frené. Me lo dejé, y él me lo apoyó ahí sin meterlo del todo, jugando, mientras la pija me entraba y salía por adelante. La doble sensación me hizo perder la cabeza. Sentí que ya no aguantaba. Le pedí en voz baja que no parara, que siguiera así, que me iba a correr, y Bruno —que siempre me hacía caso cuando se trataba de esto— siguió justo así hasta que me corrí encima de él temblando, con la frente apoyada en su hombro y su mano otra vez sobre mi boca para que nadie del otro lado del pasillo escuchara nada. El coño se me contrajo entero alrededor de su pija, apretándolo, y él soltó un gemido ahogado contra mi cuello.
Me quedé un segundo derrumbada sobre su pecho, sin aire, sintiendo cómo latía adentro mío. Después él me giró con cuidado, me acostó de espaldas, me abrió las piernas y me la volvió a meter, esta vez para él. Se movió rápido, unos minutos más, mirándome las tetas moverse con cada embestida, hasta que sacó, se subió sobre mí a horcajadas y se la agarró con la mano. Yo saqué la lengua sin que me lo pidiera. Terminó sobre mi vientre y mis tetas con un gemido contenido, chorros gruesos que me cayeron calientes en la piel, y los últimos me los dejó en la boca. Me lo tragué, le pasé la lengua por la punta para dejársela limpia, y él soltó una puteada bajita, incrédulo. Los dos bañados en sudor a pesar del frío. Nos quedamos tirados en el piso, riéndonos por lo bajo como dos adolescentes que se salieron con la suya. Miré la hora en el reloj de la mesa de luz: habíamos estado más de una hora.
—Estás loco de verdad —le dije, pasándole una mano por el pelo húmedo.
—Tenía ganas desde la cocina —contestó, y me besó la sien.
Un rato después se levantó, juntó su ropa y se fue al cuarto de mi hijo a hacerse el dormido. Yo me metí en mi cama, todavía con el cuerpo zumbando, con la semilla suya seca sobre la piel porque no quise limpiármela, escuchando el silencio de la casa.
***
A la mañana siguiente mi hijo se levantó pasado el mediodía, con una resaca tremenda. Apenas se acordaba de haber vuelto de la fiesta, mucho menos de en qué momento se había acostado Bruno. Desayunaron los tres en la cocina como cualquier domingo, mi hijo quejándose del dolor de cabeza, Bruno cebando mate como si nada, y por debajo de la mesa su pie rozando el mío un segundo, apenas, lo justo para que se me escapara una sonrisa que tuve que disimular tomando un sorbo.
Con Bruno seguimos viéndonos casi dos años más. Aprendí cosas de mí que no sabía, me permití deseos que durante toda mi vida me había prohibido, y nunca, ni una sola vez, me sentí culpable mientras estaba con él. La culpa, descubrí, es algo que una elige, y yo elegí no sentirla.
Lo nuestro terminó sin drama, el día que él se mudó a otra ciudad por trabajo. Nos despedimos como dos personas grandes que saben que tuvieron suerte. Mi hijo, hasta hoy, no tiene idea de nada. Y yo, cada tanto, cuando la casa queda en silencio, todavía me acuerdo de aquella madrugada de invierno y de los golpecitos en mi puerta.





