El metro despertó algo que creía enterrado
Amparo había jurado no volver a pisar el metro. Una mujer de sesenta y cuatro años, viuda, antigua magistrada de lo penal, no bajaba a esos túneles que olían a humedad y a prisa ajena. Para eso tenía el Audi negro y a Lorenzo, su chófer de toda la vida, que la esperaba a la puerta de casa cada mañana con el motor ya caliente. Pero esa tarde de finales de octubre el centro de Madrid era un nudo imposible, y el reloj de oro que llevaba en la muñeca delgada marcaba una hora que no perdonaba.
—Es inútil, Lorenzo —dijo, ajustándose el cinturón del abrigo de lana beige—. Me bajo aquí. Siga hasta la plaza y espéreme en el aparcamiento de siempre.
El chófer asintió sin discutir, acostumbrado a sus decisiones repentinas. Amparo salió del coche con la elegancia de quien ha pasado décadas entrando en despachos y salas de vistas, los tacones bajos resonando contra la acera del barrio de Salamanca. La reunión con sus antiguas compañeras de la judicatura empezaba en menos de una hora, y la puntualidad era una de las pocas cosas que aún consideraba sagradas.
La boca del metro la recibió con una bocanada de aire tibio y cargado. Bajó las escaleras mecánicas con una mano firme en el bolso de piel, evitando rozar a los pasajeros que descendían a su lado con mochilas desordenadas y conversaciones a gritos. Qué poco les importa el mundo, pensó, apretando los labios. Pasó los tornos con torpeza, como una extranjera en su propia ciudad, y se dejó arrastrar por la corriente humana hacia el andén.
El vagón que llegó venía casi lleno. Amparo encontró un hueco junto a las puertas, donde podía apoyar la espalda en la mampara y vigilar su entorno. Cerró los ojos un instante para calmar el principio de jaqueca que el día le había dejado entre las sienes. Fue entonces cuando lo notó: un roce en la cadera, tan leve que pudo achacarlo al vaivén del tren.
Pero cuando abrió los ojos, había un hombre frente a ella. Treinta y tantos, ojos grises, delgado, con una sonrisa que no era amable sino más bien una pregunta sin formular. Detrás, casi pegado a su espalda, otro cuerpo se acomodó con un suspiro contenido. Lo vio de reojo: moreno, hombros anchos, una cadena fina que brilló bajo los fluorescentes cuando se movió para ocupar mejor su sitio.
Amparo tensó los hombros. No era la primera vez que un desconocido se le acercaba demasiado en un transporte. Lo que la inquietó fue la precisión con que esos dos la enmarcaban, como si supieran exactamente qué espacio ocupar para que ella no pudiera apartarse sin montar una escena. El tren arrancó con un tirón y el de los ojos grises se balanceó hacia ella, su muslo presionando el de Amparo con una firmeza que no tenía nada de accidental.
—Perdone —murmuró él. Pero la voz no sonó arrepentida, sino ronca, como si las palabras le costaran. Su aliento olía a menta y a algo más cálido, quizá a coñac. Amparo desvió la mirada hacia el plano de líneas sobre las puertas, y sintió los dedos de él posarse un segundo en su antebrazo, apenas una caricia, como quien tantea una reacción.
—No se preocupe —respondió ella, con un tono que pretendía ser cortante y le salió más tembloroso de lo que hubiera querido. El contacto le quemó la piel bajo la manga de seda, y un calor inesperado le trepó por el cuello. Cuántos años hacía que nadie la tocaba así.
El otro, el moreno, exhaló cerca de su oreja, y el aire tibio le erizó la nuca. Sus manos, grandes y seguras, encontraron sus caderas con una familiaridad indecente, como si ya conocieran de antemano la forma exacta de su cuerpo. Amparo contuvo el aliento. El vagón iba lleno, sí, pero nadie parecía reparar en lo que ocurría en aquel rincón. Una mujer con un cochecito hablaba por teléfono a dos metros; un grupo de estudiantes se reía junto a la otra puerta, ajeno a todo. Era como si ella y esos dos hombres habitaran una burbuja de silencio cómplice.
—Señora —susurró el moreno, y su voz tenía un deje de burla suave—, va usted muy rígida. Relájese. Deje que le trabajemos ese cuerpo como se merece.
Los dedos de él se deslizaron hacia abajo, dibujando la curva de su trasero a través de la falda de lana, con una presión que no era grosera pero tampoco inocente. Le amasó una nalga entera con la palma abierta, sopesándola, y después la otra, apretándolas como si comprobara la mercancía. Amparo notó que su cuerpo respondía a su pesar, que el peso de sus pechos se hacía más evidente bajo la blusa, que sus pezones se endurecían como pequeños traidores contra la seda. Dios santo, pensó. ¿Qué me está pasando? El coño se le humedeció de golpe, un chorro tibio que sintió mancharle las bragas y le puso las mejillas rojas.
El de los ojos grises había bajado la vista hacia su escote, donde el primer botón de la blusa amenazaba con ceder bajo su respiración acelerada. Con una lentitud calculada, levantó una mano y rozó el dorso de los dedos contra la seda, justo sobre el nacimiento de sus senos.
—Qué elegante es usted —dijo, tan bajo que solo ella pudo oírlo—. Se nota que es una señora de las de antes. Seguro que debajo de tanta lana esconde unas buenas tetas de las que ya no se ven.
Amparo debería haberle apartado la mano. Debería haber girado la cabeza y clavarle una de esas miradas glaciales que durante años habían hecho callar a abogados insolentes y a periodistas impertinentes. En lugar de eso, sintió cómo sus muslos se apretaban el uno contra el otro bajo la falda, cómo la humedad le corría ya por la cara interna del muslo, más allá del borde de la media. Años, repitió para sí. Años sin que nadie me mirara siquiera, sin que nadie me tocara el coño.
El moreno, como si le hubiera leído el pensamiento, presionó las caderas contra ella, y Amparo notó algo duro y caliente apretándose contra su espalda baja. La polla del hombre, engrosada dentro del pantalón, se acomodó contra la hendidura de sus nalgas y empujó despacio, arriba y abajo, marcándole todo el largo. Estaba empalmado. Por ella. Por una viuda de sesenta y cuatro. La certeza le bajó directa al vientre y la hizo temblar; un suspiro ahogado se le escapó antes de que pudiera retenerlo.
—Eso es —murmuró el de los ojos grises, acercando la boca a su oído—. Déjese llevar. Aquí nadie ve nada. Aquí puede ser la puta que lleva dentro sin que se entere ninguno de sus amigos del juzgado.
Sus dedos, más atrevidos ahora, encontraron el botón de la blusa y lo soltaron con una destreza que delataba costumbre. Después el segundo, y el tercero. Amparo sintió el aire fresco del vagón contra su piel, y luego el aliento de él recorriéndole el cuello, desde la clavícula hasta el borde de la tela. La mano se coló bajo la seda y se abrió sobre el sujetador de encaje, palpándole una teta entera, calibrando su peso. Los pechos, todavía firmes pese a los años, parecían hincharse bajo aquella atención, y cuando el hombre le bajó una copa del sujetador con dos dedos y le pellizcó el pezón desnudo, Amparo tuvo que morderse el labio para no gemir en voz alta.
—Mira esto —le dijo el de los ojos grises al moreno, sin apartar la mirada del pezón oscuro que rodaba entre su índice y su pulgar—. La tiene dura como una piedra. Está deseando.
El moreno se rio bajito contra su nuca y una de sus manos abandonó las caderas para subir despacio por su cintura, meterse por debajo de la blusa por detrás y desabrocharle el sujetador de un tirón experto. Las dos copas cedieron y las tetas de Amparo cayeron libres dentro de la blusa entreabierta, disponibles. El de los ojos grises se relamió y las agarró las dos a la vez, una en cada mano, apretándolas hasta que se le escapó a ella un jadeo bajo.
—¿Cuánto hace que no la cuidan como se merece? —susurró el moreno, mientras su otra mano abandonaba las nalgas y se metía por el costado de la falda, buscando el borde—. ¿Cuánto hace que no se la chupan a este par?
Amparo no respondió. No podía. Las palabras se le ahogaban en la garganta mientras el de los ojos grises trazaba con la yema del pulgar el contorno de su mandíbula, obligándola con una presión mínima a sostenerle la mirada. Sus ojos eran de un gris frío y tranquilo, y había en ellos una certeza que la desarmaba: sabía lo que ella sentía mejor que ella misma. Sabía que estaba mojada. Sabía que llevaba cuatro años sin que le tocaran el coño y que ahora se lo dejaría tocar por dos extraños en un vagón lleno.
—Sería tan fácil bajar contigo en la próxima estación —dijo él, casi con dulzura—. Llevarte a un portal, ponerte de rodillas y meterte las dos pollas en esa boca fina de señora. Y dejar que te recordemos lo que eres.
El tren entró en un túnel y las luces parpadearon. En esa penumbra de un segundo, la mano del moreno se deslizó por debajo de la falda y le subió el dobladillo hasta media cadera, aprovechando que la mampara tapaba el ángulo. Le pasó los dedos por encima de la media, y después por la piel desnuda del muslo, y después por el borde húmedo de las bragas. Amparo notó cómo apartaba de un dedo la tela empapada y cómo dos yemas ásperas se le hundían de golpe en el coño mojado, hasta el nudillo.
—Joder —gruñó el moreno contra su nuca—. Está chorreando. Mira cómo me chupa los dedos la señora.
Los dedos empezaron a bombearla despacio, entrando y saliendo con un ruido húmedo mínimo que solo ella oía por encima del traqueteo del tren. El pulgar del hombre le buscó el clítoris hinchado y empezó a dibujarle círculos lentos, precisos, mientras el de los ojos grises seguía pellizcándole los pezones y le lamía ahora el lóbulo de la oreja. Amparo apretó los puños contra el pasamanos de metal frío y cerró los ojos. Las piernas le temblaban. Que el túnel no termine nunca, pensó, y la idea la avergonzó más que cualquier caricia. Un tercer dedo se le sumó a los dos primeros y le estiró el coño en un ardor dulce que la hizo abrir la boca en una O silenciosa.
—Está usted temblando —observó el de los ojos grises, divertido—. ¿De miedo o de ganas de que la corramos aquí mismo?
Ella sacudió la cabeza, incapaz de articular ni una sílaba, pero sus caderas la delataron con un movimiento mínimo, un balanceo apenas perceptible que buscaba los dedos del hombre que tenía detrás, que se los tragaba más adentro, que pedía más. El moreno soltó una risa baja contra su nuca y aceleró un poco el ritmo.
—Mírala —murmuró—. Toda una magistrada, con su abriguito de lana y sus perlas, y se muere por que le metan tres dedos delante de todo el vagón. Menea el culo pidiendo más, la muy guarra.
Amparo sintió que el rubor le abrasaba las mejillas. Quiso indignarse, recuperar el porte de magistrada que durante toda su vida la había protegido como una armadura. Pero la armadura se le había caído en algún punto entre la primera caricia y aquel túnel interminable, y debajo solo quedaba una mujer que llevaba demasiado tiempo durmiendo sola en una cama enorme, con un coño que se había ido secando de olvido y que ahora, de golpe, se abría hambriento alrededor de los dedos de un desconocido. El de los ojos grises le tomó la mano derecha, la despegó del pasamanos con cuidado y se la llevó a la entrepierna. Le hizo palpar por encima del pantalón el bulto duro y pesado que traía. Amparo apretó sin querer, y él siseó bajito.
—¿Ves? —dijo—. Esto lo has puesto tú. Con solo dejarte tocar. Si nos bajáramos, esta polla te la tragabas entera.
Ella le apretó otra vez, involuntariamente, palpando el largo por encima de la tela, y notó cómo el glande hinchado se marcaba contra la cinturilla. El moreno, por detrás, sacó los dedos del coño empapado, los subió y le pintó los pezones con su propia humedad, uno y otro, antes de volver a hundírselos dentro con un chapoteo que solo ellos tres oyeron. Amparo notó el orgasmo trepándole por las piernas, apretándole el vientre, buscándole la garganta. Apretó los muslos alrededor de la muñeca del moreno y contuvo el aliento. El pulgar apretó el clítoris justo en el punto justo, y ella se corrió en silencio, con los ojos cerrados y una única lágrima colgada de las pestañas, temblando de pies a cabeza contra los cuerpos de los dos hombres, con el coño palpitando alrededor de esos tres dedos como no palpitaba desde hacía media vida.
El moreno la sostuvo por la cintura mientras se recomponía, sin sacar los dedos, disfrutando cada espasmo. El de los ojos grises la miraba a la cara, muy de cerca, memorizándola.
—Buena chica —le dijo, y le pasó el pulgar por el labio inferior—. Buena, buena chica.
El tren salió del túnel y la luz cruda volvió de golpe. El moreno le sacó los dedos del coño con una lentitud premeditada, le colocó las bragas en su sitio con un cariño casi paternal y le bajó la falda hasta la rodilla como si nada hubiera pasado. Se llevó los dedos a la boca y se los chupó despacio, mirándola por encima del hombro, sin dejarle una sola gota. Amparo tuvo que apoyarse en la mampara para no caerse. La mujer del cochecito seguía hablando por teléfono; los estudiantes se bajaron en tropel y dejaron el vagón más despejado. Por un instante, Amparo se vio reflejada en el cristal de la puerta: el pelo canoso todavía impecable, los labios entreabiertos, las pupilas dilatadas como las de una desconocida, el sujetador desabrochado bajo la blusa, un pezón oscuro asomando por el borde de la copa. No reconoció a esa mujer. Y, sin embargo, era ella.
—La próxima es la mía —dijo, con un hilo de voz, sin saber muy bien si era una despedida o una invitación.
El de los ojos grises sonrió y, con una calma exasperante, le colocó bien la copa del sujetador sobre el pezón todavía duro, le abrochó de nuevo los botones de la blusa uno por uno, empezando por el de abajo, y le alisó las solapas del abrigo. El gesto fue casi tierno, y por eso mismo resultó más turbador que todo lo anterior.
—Entonces baje, señora —dijo—. Pero cuando llegue a su reunión, y esté entre toda esa gente importante, acuérdese de esto. De cómo se ha corrido en un vagón como una cualquiera. De cómo le ha latido el coño alrededor de los dedos de un desconocido. De que todavía está viva.
El moreno apartó las manos de su cintura con una lentitud que dolía, y el frío que dejaron sus palmas fue casi insoportable. Antes de soltarla del todo, le apretó las nalgas una última vez, con las dos manos abiertas, en una promesa muda. El tren frenó. Las puertas se abrieron con un siseo. Amparo dudó una fracción de segundo —una fracción en la que cupo toda una vida de prudencia— y luego salió al andén con la barbilla alta, los tacones firmes, el corazón desbocado y el sujetador desabrochado bailándole suelto bajo la blusa.
No miró atrás. Sabía que, si lo hacía, no volvería a subir esas escaleras. Caminó hacia la salida sintiendo el semen ajeno no, pero sí la humedad espesa de su propia corrida entre los muslos, el pezón derecho todavía dolorido de tanto pellizco, el botón de la blusa aún tibio donde él lo había tocado, y una sonrisa peligrosa asomándole a los labios pese a todos sus esfuerzos.
***
Esa noche, en su piso silencioso del barrio de Salamanca, Amparo se sentó frente al espejo del tocador y se quitó despacio los pendientes de perlas. Su reflejo le devolvió la mirada con algo nuevo, una chispa que llevaba años apagada. Se llevó dos dedos al cuello, justo donde el aliento del desconocido le había erizado la piel, y cerró los ojos. Después bajó la mano por el escote, se desabrochó ella misma la blusa, se apretó una teta por encima del sujetador y, sin abrir los ojos, se coló la otra mano bajo la falda. Se encontró el coño todavía hinchado, todavía sensible, todavía mojado de lo que había pasado horas antes. Se acarició el clítoris con dos dedos, imitando los círculos precisos del moreno, y se corrió otra vez en cuestión de minutos, mordiéndose el dorso de la mano libre para no gritar en aquel piso vacío que llevaba cuatro años oyendo solo el tic tac del reloj.
Mañana, se prometió, volvería a coger el Audi. Volvería a su rutina impecable, a sus misas, a sus reuniones formales, a su viudedad ordenada. Pero al guardar el abrigo de lana en el armario, su mano se detuvo un instante sobre el plano del metro que, sin darse cuenta, había deslizado en el bolsillo al salir del vagón.
Lo desdobló sobre la cama. Repasó con el índice la línea que aquella tarde la había llevado de vuelta a sentirse mujer, a sentirse puta, a sentirse viva. Y por primera vez en cuatro años, Amparo Vidal, antigua magistrada de lo penal, sonrió pensando en lo abarrotado que estaría el metro mañana a la misma hora, y en cuántos dedos podría tragarse su coño si volvía a apoyar la espalda contra la mampara correcta.





