El viejo del gimnasio no podía apartar los ojos de mí
Había cambiado de horario por una razón muy simple: estaba harta. Los jueves por la tarde el gimnasio se llenaba de tipos que fingían levantar peso para mirarme el culo y de mujeres que me medían de arriba abajo con esa mueca de desprecio que en realidad es envidia. Así que decidí venir los sábados a las siete de la mañana, cuando el lugar todavía huele a desinfectante y el silencio es tan denso que escuchas tu propia respiración después de cada serie.
El primer sábado fue perfecto. Máquinas libres, mis quejidos de esfuerzo saliendo sin vergüenza cada vez que bajaba lento y profundo en la sentadilla, nadie clavándome la mirada. Llegué al fallo muscular con las piernas temblando de verdad, de esa forma que te deja la cabeza en blanco y el cuerpo encendido. El sudor me corría por el cuello, bajaba entre los pechos y se perdía en la espalda.
En la recepción solo estaba Lucía, con los auriculares puestos y la vista en su tablet, fingiendo que no oía mis jadeos. El top se me pegaba a la piel como si no quisiera soltarme, y el legging tan mojado que parecía pintado. Caminé hacia las duchas feliz, sintiéndome observada únicamente por las máquinas vacías que dejaba atrás.
Bajo el agua caliente cerré los ojos y dejé que el chorro me recorriera. Estaba empapada por razones que ya no tenían nada que ver con el ejercicio. Estuve a punto de terminar ahí mismo, apoyada en los azulejos con las piernas flojas, pero me contuve. Quería guardar esa electricidad para más tarde. Salí envuelta en vapor, la piel rosada, y me puse el short vaquero que me aprieta justo donde me gusta y una camiseta blanca fina. Sin sujetador, claro. ¿Para qué?
Pasé junto a Lucía con el pelo todavía goteando.
—Nos vemos, preciosa —le dije.
Ella levantó la vista un segundo, me miró y sonrió.
Y justo cuando cruzaba el umbral, a las nueve y tres minutos —lo sé porque siempre miro el reloj digital sobre la puerta—, se abrió la puerta y entró él. En un segundo todo cambió.
Era un hombre sacado de otra época: el pelo y la barba espesos y descuidados, la cara llena de surcos profundos, los ojos cansados. Pero ese cuerpo era otra cosa. El torso ancho, los pectorales empujando una camiseta sin mangas, los hombros redondos y brutales, los brazos gruesos con venas marcadas como cables bajo la piel manchada de cicatrices. Y luego bajabas la mirada y el contraste era casi cómico: piernas cortas y flacas metidas en unos shorts ridículamente anchos, sandalias con calcetines blancos subidos hasta media pantorrilla.
Entró con la barbilla alta, el pecho inflado, como si el gimnasio fuera su reino. Y entonces me vio. Sus ojos se clavaron en mí como si yo fuera la primera mujer que veía en años. La camiseta pegada, los pezones marcándose contra la tela, el pelo mojado sobre los hombros y ese olor a ducha reciente flotando en el aire.
Vi cómo tragó saliva. Sus manos enormes se cerraron en puños y volvieron a abrirse. Su mirada bajó sin permiso: primero a mis pechos, donde se quedó un segundo eterno; después al trozo de abdomen que el short dejaba al aire; y al final hasta abajo, donde el vaquero se me clavaba entre las piernas.
A pesar de toda mi soltura, sentí pudor. Estaba vestida para provocar, sí, pero no para él. Crucé un brazo sobre el pecho en un gesto ridículo de recato tardío. Él seguía plantado, la puerta cerrándose sola a su espalda con un clic suave, y los dos quedamos congelados unos segundos que se hicieron larguísimos.
—¿Puedo ayudarle en algo? —preguntó Lucía, cortando el aire.
Silencio.
—Señor, ¿busca a alguien? —insistió ella.
—Ah… eh… sí, yo… —balbuceó, forzándose a mirarla un instante, pero sus ojos volvieron a mí enseguida.
Por fin reaccioné y pasé de largo, con el corazón retumbándome en los oídos. Caminé despacio, intentando fingir indiferencia, aunque sabía que cada paso movía mis caderas bajo el short y que él lo estaba devorando todo. Crucé la puerta de vidrio y salí a la acera. El aire fresco me golpeó la piel caliente y giré la cabeza, como si una mano invisible me hubiera tirado de la nuca.
Ahí estaba él, detrás del cristal, inmóvil. Y en esos shorts anchos, un bulto que crecía sin disimulo, una erección torpe estirando la tela. Obsceno, grotesco. Y lo peor era que él ni siquiera parecía darse cuenta, como si su cuerpo hubiera tomado el control después de décadas de fingir compostura.
Imbécil, pensé. Pero la palabra se me quedó en la garganta, porque sentí un calor húmedo subir desde la entrepierna y mojarme otra vez. Seguí caminando más rápido, casi huyendo, sintiéndome expuesta de una forma que nunca me había pasado. Siempre había sido yo la que controlaba, la que jugaba con las miradas. Y ese viejo deforme, con sus sandalias y sus calcetines, me había puesto nerviosa como nadie.
***
El sábado siguiente me había convencido de que aquello fue una anécdota fea y nada más. Un baboso más, de los que sé manejar con los ojos cerrados. Terminé la rutina agotada y feliz, los músculos hinchados, esa sensación de reina que da haberte partido el alma entrenando.
Me acerqué al mostrador a reírme con Lucía de tonterías hasta que lo vi en el reflejo del cristal: ahí venía él otra vez, con su torso de titán viejo y sus piernas de flamenco, la barba ahora recortada y el pelo peinado hacia atrás, como si se hubiera arreglado para la ocasión. Y mi cuerpo, el muy traidor, reaccionó antes que mi cabeza: se me tensaron los hombros, se me enderezó la espalda.
—Ay, no —dijo Lucía—. Ese tipo otra vez. Vino toda la semana a la misma hora.
—¿Y qué hace? ¿Te molestó?
—No. Parece buscar algo. O a alguien —y me miró con picardía.
No respondí. Bajé la cabeza y me acomodé el pelo detrás de la oreja, avergonzada de lo evidente que había sido la semana anterior.
—Espera, antes de irte escanea el código, que tengo que cobrarte la cuota —dijo ella.
Saqué el móvil con los dedos ya un poco temblorosos, me incliné sobre el mostrador, apoyé el antebrazo… y mi cuerpo, sin que se lo pidiera, proyectó el trasero hacia atrás, redondo y firme dentro de los leggings blancos, esa licra finísima que marca hasta el aliento. Cerré la chaqueta de un tirón, como si eso sirviera de algo.
Y entonces lo sentí a mi derecha. Se había parado en seco. Un vistazo de reojo me bastó: boquiabierto, la respiración pesada. Inclinó la cabeza, dio un paso y desapareció detrás de mí. Ahora lo tenía a la espalda, y sentí sus ojos trepando por mi columna, bajando otra vez, deteniéndose donde la licra se me hundía y marcaba la línea perfecta.
Y mi cadera se movió sola. Un balanceo lento, un «toma, aquí lo tienes» sin palabras. Él lo vio. Sentí cómo se le cortó la respiración. Hasta Lucía levantó una ceja por encima de la tablet, como diciendo «¿en serio?», pero no dijo nada.
Y ahí estaba yo, inclinada, con el corazón a mil, porque —maldita sea— me gustaba. Me gustaba que ese hombre me mirara como si fuera lo último que vería en su vida. Me gustaba sentirme deseada de una forma tan sucia, tan animal. Y eso me aterraba y me encendía al mismo tiempo.
Cuando terminé y crucé la puerta, mi cuerpo decidió traicionarme una vez más: empecé a caminar exagerando el vaivén de las caderas, los glúteos apretados moviéndose con ritmo. Sabía que él miraba desde atrás. Y, en lugar de parar, abrí un poco más las piernas al andar, como si quisiera que viera bien lo que nunca iba a tocar.
***
Tercer sábado, las ocho y cuarto. Yo sentada en una banca del rincón, la botella entre las manos, el top rojo empapado, respirando hondo. Toda la semana había sido una película mental: sus ojos hambrientos, la forma en que se le marcó el bulto la primera vez. Por dentro libraba una guerra entre la cordura y el morbo.
Había venido temprano con el plan de terminar antes de las nueve y largarme para evitarlo. Pero a las ocho y media en punto entró Aníbal. No venía a entrenar, eso estaba clarísimo. Recorría el gimnasio con la mirada como un perro desesperado, la frente brillante de ansiedad, las manos empuñadas. No buscaba máquinas. Me buscaba a mí.
Desde mi rincón me fui moviendo tras las máquinas para esconderme. Él examinaba una barra, se inclinaba de un lado a otro, atento, sin lograr verme. Entonces sentí ese cosquilleo ya familiar entre las piernas. Hoy llevaba el top rojo de tela delgada y los leggings blancos cortos. Pensé en escurrirme al vestuario y ponerme el suéter largo que había traído por si acaso. Pero me enfurecí conmigo misma. ¿En serio iba a esconderme de este pobre viejo de piernas flacas y mirada de perro? ¿Iba a dejar que me arruinara el gimnasio? Ni hablar.
Salí del escondite, agarré las mancuernas y caminé directo al centro del espejo. Empecé la última serie de sentadillas como si declarara la guerra. Lo sentí antes de verlo: un calor en la nuca, la certeza de que sus ojos estaban clavados en mi trasero. Lo confirmé en el reflejo. Estaba plantado a unos metros, la mandíbula caída, la boca entreabierta, viendo cómo mis nalgas bajaban lentas y volvían a subir tensas. Cada repetición era un «mira lo que nunca vas a tocar».
Hice la siguiente serie más lenta, más cruel: bajé hasta casi rozar el suelo, abrí las rodillas un poco más de lo necesario, dejé que la licra se marcara entera, y al subir apreté los glúteos con fuerza. Sabía que él estaba alucinando con cada centímetro. Y yo estaba empapada. No solo de sudor.
—Renata, intenta alinear un poco más la cadera —dijo de pronto una voz grave a mi lado.
Era Mateo. El entrenador guapo, el que siempre encuentra excusas para tocarme: «corrigiendo» la postura, «ajustando» el agarre, rozándome «sin querer» cada vez que puede. El que de repente había empezado a venir los sábados. Sin pedir permiso, puso la mano caliente en mi cintura desnuda, los dedos deslizándose un segundo de más, y su torso me tapó por completo la vista de Aníbal.
En el espejo vi cómo el viejo apretaba los puños, la cara en una mueca de fastidio que disimuló con una tos. Mateo, sin saberlo, le había robado su espectáculo. Aníbal soltó la máquina y se fue hacia las poleas fingiendo ajustar algo, pero sus ojos seguían buscando un hueco, cualquier ángulo para volver a verme. No encontraba ninguno.
Dejé que Mateo me guiara con esa voz que era puro sexo disfrazado de instrucción. Lo dejé porque me salvaba del morbo viscoso del viejo, y porque, aunque me cueste admitirlo, sentir sus manos en mi cintura mientras Aníbal se moría de celos a unos metros me estaba poniendo tan caliente que casi termino ahí mismo. Cuando acabé, me pasé la toalla lenta por el cuello y el canal entre los pechos y caminé hacia el vestuario con la espalda recta, sin mirar atrás. No hacía falta. Sabía que los dos me comían con los ojos.
Al despedirme, ya con el suéter largo encima, le dije a Mateo en voz alta, mirando de reojo al viejo:
—Nos vemos, cariño. El próximo sábado a las siete.
No era solo una cita de entrenamiento. Era un mensaje directo al fisgón que acechaba a unos metros, para empeorar su tormento. Sentí la piel erizarse de solo imaginarlo llegando a las siete, viéndome sudar y abrirme, con Mateo pegado a mi espalda, mientras él se consumía de celos desde su rincón.
***
Cuarto sábado. Ni siquiera eran las siete y ahí estaba Aníbal, plantado frente a la puerta cerrada como un perro abandonado esperando a su dueño. Cuando me vio llegar se le puso la cara roja y empezó a mover los pies, nervioso, como si supiera que iba a recibir un premio que no merecía pero que deseaba con toda el alma.
—Buen día —le dije suave.
—Buen día —murmuró él sin atreverse a mirarme de frente, los ojos clavados en sus zapatillas.
Esa sumisión tan obvia me dio una dosis pura de poder. El mismo hombre que el primer sábado entró como rey del gimnasio ahora se derretía con un solo gesto mío. Se había convertido en mi perro fiel, y los dos lo sabíamos.
Lucía llegó minutos después, peleándose con los candados.
—¿Otra vez a las siete? —me soltó con un guiño.
—Se lo prometí a Mateo. Cita de entrenamiento —respondí bajito.
—Ay, Renata, si vieras cómo te mira —rió ella.
—Pues que siga soñando… aunque sus «correcciones» no me molestan tanto.
Reímos las dos como si Aníbal no existiera, mientras él, calladito atrás, se tragaba cada palabra y cada risa.
Entré directo al vestuario con el corazón a mil, porque hoy me arriesgaba de verdad. Me puse un traje entero de licra azul eléctrico, tan ceñido que parecía pintado sobre la piel, la espalda al aire hasta casi la cintura, el escote redondo y profundo. La tela fina y ligeramente translúcida. Decidí no ponerme nada debajo. Sabía que con el sudor y la tensión todo se iba a marcar sin piedad. Salí sintiéndome una diosa dispuesta a ser adorada con la mirada.
Aníbal estaba en la máquina de bíceps y al verme casi se le cae la barra. Mateo, que ya había llegado, se acercó con esa sonrisa de quien llevaba toda la semana pensando en mí.
—¿Lista para empezar? —preguntó devorándome.
Algo había cambiado dentro de mí. Siempre había gruñido y jadeado entrenando, pero hoy decidí que mis sonidos serían para ellos. Gemía a propósito, profundo, al bajar en cada sentadilla, mirando a Mateo de reojo y sabiendo que Aníbal escuchaba desde su rincón. Los dos tragaban saliva al mismo tiempo. Hasta Lucía frunció el ceño desde recepción, pero yo seguía, disfrutando de cómo mis propios gemidos me ponían caliente de verdad.
Cuando despaché a Mateo con un «puedo sola», me fui directo a los hip thrust. Cada elevación de cadera era un «fóllame» sin palabras, cada gemido más largo, como si me estuviera corriendo despacio. Aníbal me miraba desde un banco, sentado como un guardián pervertido, sin disimular ya la erección que le tensaba los shorts.
Saqué el móvil y empecé a tomarme fotos, girando lento, arqueando la espalda, sacando el trasero, dejando que el traje se me metiera más entre las nalgas. Y entre giro y giro lo encuadré a él, fingiendo esfuerzo en el suelo pero con los ojos clavados en mí. Sonreí, burlona, triunfal. Cada captura era la prueba de mi victoria, de cómo ese hombre se había rendido por completo.
Justo frente a él estaban las cintas de correr, a dos metros de donde fingía hacer abdominales. El escenario perfecto servido en bandeja. Me subí a la más cercana, programé una velocidad que sabía que me haría rebotar de la forma más obscena posible, y le di al botón.
Mis pechos, libres bajo la licra fina, saltaban pesados con cada zancada, solo esa tela tensa rozándome con cada impacto. En vez de encorvarme, erguí el torso y arqueé la espalda, empujando el pecho hacia adelante. Exhibición pura, riesgo al límite, poder absoluto corriéndome por las venas. Aníbal ya no podía fingir: se quedó quieto en el suelo, la boca abierta, los ojos vidriosos clavados en mí como si yo fuera lo único que existía.
Y no pude evitarlo. Empecé a gemir otra vez, pero ahora los sonidos eran agudos, rápidos, entrecortados, sin nada que ver con el ejercicio y todo con el cosquilleo eléctrico que me bajaba por la espalda desnuda, con la humedad que ya me empapaba la licra. Entonces él levantó el celular y me apuntó directo, grabando cómo me sacudía, cómo mis gemidos se volvían más desesperados.
En vez de parar, abrí la boca y ya no la cerré. Porque sí, me estaba corriendo ahí mismo, montada en esa cinta, mirando su cámara, dejando que las contracciones me sacudieran desde el centro hasta la nuca, las piernas temblando no por el esfuerzo sino por el orgasmo que me atravesaba en oleadas. La tela aguantó al límite, igual que yo, mientras él lo capturaba todo.
Cuando la cinta por fin se detuvo, fue como despertar de un sueño sucio y perfecto. Bajé despacio, las piernas temblando, evitando mirarlo, porque esta vez era yo la que no podía sostenerle la mirada. Caminé al vestuario, me eché la chaqueta encima como si eso tapara algo y salí sin despedirme de nadie.
El aire fresco me golpeó la cara, pero el calor seguía ardiendo dentro. Porque ya no era solo su espectáculo: era nuestro. Y esas fotos, o ese vídeo, que ahora vivían en su móvil eran la prueba irrefutable de que había perdido el control de la forma más deliciosa y pervertida posible. Y lo peor de todo, lo que me aterraba y me encantaba a partes iguales, era que ya estaba pensando en el quinto sábado.





