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Relatos Ardientes

La madre de mi mejor amigo me esperaba sola

A veces me acuerdo de los veinte años que tenía entonces y entiendo por qué uno a esa edad es un peligro: no mide nada, no calcula consecuencias, solo siente. En aquel tiempo yo no tenía más que dos cosas en la cabeza, el fútbol de los domingos y la madre de mi mejor amigo. Mateo era como un hermano para mí; nos criamos en la misma cuadra y pasábamos los días enteros juntos. Pero entrar a su casa era a la vez una tortura y un premio, y todo por Carmen.

Ella rondaba los cuarenta y siete. Yo nunca entendí cómo su marido, Daniel, la tenía tan abandonada. El tipo era bastante mayor que ella, alto, pero ya echado a perder por la barriga y por esa costumbre de vivir hundido en el sillón con una cerveza tibia y la televisión a todo volumen.

Carmen, en cambio, era bajita, de piel muy blanca y pelo castaño siempre bien arreglado. Lo que a mí me quitaba el sueño era su cuerpo: caderas anchas, una cintura que se le marcaba con cualquier vestido de casa, unas tetas grandes y pesadas que se le movían al caminar, y una forma de contonearse por la cocina que yo seguía con los ojos sin disimular, imaginándomela desnuda mientras me hacía la paja de noche.

Al terminar la secundaria me fui un tiempo lejos, a una obra en otra ciudad. Fueron meses de cargar cemento, comer bien y dormir cansado de verdad. Cuando volví al barrio ya no era el mismo flaco asustado de antes: había crecido, los hombros se me ensancharon y el trabajo me marcó el cuerpo de una manera que ningún gimnasio logra. El sol de la obra me oscureció la piel y me dejó otra cara, otra postura.

El primer fin de semana me crucé con Mateo en la cancha y, al terminar el partido, me invitó a su casa como siempre. Daniel estaba en el sillón, como si no se hubiera movido en todos esos meses.

—¡Miren quién apareció! —gritó sin despegar la vista de la pantalla—. Carmen está en la cocina.

Entramos y ahí estaba ella, de espaldas, con unos pantalones cortos de algodón gris que se le ajustaban al culo de una forma que me dejó la garganta seca. Al oírnos se dio vuelta con una sonrisa enorme.

Yo me quedé mudo. En mi cabeza esperaba encontrarla un poco más apagada por los años, pero se veía mejor que nunca. Me agarró del brazo, riéndose.

—Te has puesto fuerte, muchacho. El trabajo te sentó bien, pareces otro.

Otro distinto al niño que se iba sonrojando cuando ella entraba a la sala.

Nos sentamos a la mesa del comedor, pegados a la cocina, mientras Mateo iba a buscar los vasos. Carmen se quedó apoyada en la mesada, atenta por si necesitábamos algo. Cada vez que se estiraba para alcanzar las servilletas, yo le seguía el movimiento sin poder evitarlo, mirándole el culo, las tetas apretadas contra la remera.

—De verdad, qué cambio —insistió ella, sentándose frente a nosotros—. Mírale los brazos, Mateo.

—Es la obra, mamá —se rió él—. Trabajó como un animal cargando bultos.

Carmen estiró la mano y, como quien no quiere la cosa, me rozó el antebrazo con la punta de los dedos. Fue un segundo, su piel clara contra la mía áspera por el cemento.

—Se nota —susurró, y me sostuvo la mirada un instante más de lo normal.

***

A partir de esa tarde algo se acomodó entre nosotros. Ya no agachaba la cabeza cuando ella pasaba. Una tarde de calor, mientras Mateo y yo jugábamos a la consola, me quité la camiseta. Carmen entró con vasos de agua y vi cómo sus ojos bajaron despacio por mis hombros, por el pecho, hasta pararse un segundo en el bulto de mi pantalón.

—Estás flaco, pero te ves fuerte —me dijo, y la voz no le salió tan firme como de costumbre.

—Aquí en su casa uno descansa bien —le respondí, sosteniéndole la mirada hasta que se retiró nerviosa, acomodándose el vestido como si de pronto le importara cómo se veía por detrás.

Entramos en un juego silencioso. Ella empezó a usar un perfume de flores que se quedaba flotando en el aire. Cuando nuestras manos se rozaban al ayudarla con alguna bolsa, yo no me apartaba rápido, y ella tampoco. Esa seguridad nueva mía la estaba desarmando de a poco.

Unos días después, Daniel salió y Mateo se quedó en el patio con la música fuerte. Escuché un ruido en la cocina y fui a ver. Carmen estaba subida a una silla, intentando alcanzar unas cajas del estante alto.

—Se va a caer de ahí —le dije.

Se asustó y se tambaleó. Por instinto le puse las manos en la cintura para sostenerla. Fue la primera vez que la tocaba de verdad, su calor traspasando la tela. La bajé despacio y quedamos frente a frente, tan cerca que mi pecho casi rozaba sus tetas.

—Te has vuelto muy servicial —susurró, mirándome la boca.

—Con usted siempre —contesté en voz baja.

Se puso colorada y me pidió que fuera a buscar a Mateo, pero no se movió de su lugar, esperando a ver qué hacía yo.

***

Un martes me llegó un mensaje suyo: Daniel y Mateo no estaban y necesitaba ayuda para mover un mueble pesado. Llegué de inmediato. La encontré con una bata liviana ajustada a las caderas. Entre los dos empujamos el ropero, y noté que me miraba de reojo sin parar. Al terminar, con la habitación a media luz, rodeé el mueble y me paré frente a ella. Apoyé una mano en la pared, con la otra le tomé la barbilla y le robé un beso rápido.

Me empujó.

—¡Estás loco! Soy la madre de tu mejor amigo. Vete ahora mismo.

—Perdón —le supliqué—. No aguanto más. Me gusta desde hace años.

Insistió con los gritos contenidos y no me quedó más que caminar hacia la puerta. Pero antes de salir, me llamó en un susurro. Ya no parecía enojada, sino triste. Me acerqué otra vez y, aunque puso las manos en mis hombros para apartarme, terminó aferrándose a mi camiseta. Nos dimos un beso largo, lento, con lengua, de los que cambian las cosas.

—Solo esto y ya —me dijo al separarnos, con miedo en la mirada—. Vete, por favor.

***

Me costó tres días volver a aparecer. Cada hora era un infierno. Al cuarto día no aguanté. Mateo estaba en la sala con la consola y Carmen no salía de la cocina. Fui por un vaso de agua y la encontré de espaldas, lavando frutas, con los hombros rígidos porque ya sentía mi presencia.

—¿Por qué me evita? —le dije bajito—. Dígame la verdad. ¿No le gustó? Si no sintió nada, me voy y no la molesto más.

Se quedó callada, temblando. Mi calma la estaba desarmando. La tomé de los brazos y, aunque intentó empujarme, terminó hundiéndome los dedos en la tela. La besé con toda la fuerza guardada y ella se entregó, rodeándome el cuello, pegando su cuerpo al mío. Entonces la voz de Mateo retumbó desde el pasillo pidiendo agua. Carmen me empujó con una fuerza increíble y se puso a fregar platos, roja como un tomate.

—Vete de una vez… por favor —alcanzó a susurrar.

Salí con el corazón a mil, sabiendo que el riesgo de que nos descubrieran estaba más cerca que nunca, y que eso, lejos de frenarme, me empujaba.

***

Días después, sabiendo que Daniel estaba en el bar y Mateo con su novia, volví. Carmen intentó cerrarme la puerta, pero metí el pie y entré.

—¡Estás loco! Podrías ser mi hijo —me decía bajito, retrocediendo hacia la sala mientras yo trababa la cerradura.

—Dígame que no me quiere acá —la desafié.

—No te quiero acá… —respondió, pero la voz le tembló entera.

—Mentirosa.

La besé con rabia y deseo. Golpeó mis hombros al principio, pero pronto sus manos se aferraron a mi espalda y soltó un gemido contra mi boca que me volvió loco. Le metí la lengua hasta el fondo y sentí cómo se aflojaba entera, cómo se le apretaban las tetas contra mi pecho. Empezamos a subir las escaleras a trompicones, ella de espaldas, mis manos bajando desde su cintura hasta esas caderas anchas que tanto había deseado, apretándole el culo por encima de la falda. Llegamos al pasillo jadeando y me jaló de la camiseta hacia su cuarto.

Adentro, el mundo de afuera dejó de existir. Me besaba desesperada mientras repetía que era un pecado, pero sus manos no me soltaban; me arrancó la camiseta y se quedó un segundo mirándome el pecho, recorriéndome los hombros con las palmas.

—Estás hecho un hombre —murmuró, y esta vez fue ella la que me buscó la boca.

Le abrí la blusa botón por botón mientras ella me temblaba entre las manos. Debajo tenía un corpiño blanco simple que apenas contenía esas tetas enormes de mujer madura. Se lo desabroché de un tirón y saltaron pesadas, blancas, con los pezones rosados ya duros. Me agaché y le chupé uno mientras le apretaba el otro con la mano. Carmen soltó un gemido largo, agarrándome la cabeza.

—Ay, mijo… no… —jadeaba, pero me apretaba más contra sus tetas.

Le bajé la falda y las bragas de un solo tirón. Me arrodillé sin pensarlo y le pegué la cara al vientre blanco, mordiéndoselo, oliéndole el sexo por primera vez. Ella me desabrochó el pantalón con manos temblorosas y me lo bajó junto con el bóxer. Cuando mi polla saltó afuera, dura y gorda, Carmen se quedó paralizada mirándola.

—Dios mío… —dijo despacio—. No tenía idea.

Estiró la mano y me la agarró, midiéndola en el puño, pasándome el pulgar por la punta. Se le escapó un suspiro. Yo le empujé la cabeza hacia mi verga y ella no se resistió; abrió la boca y se metió la punta, chupándola despacio, mirándome hacia arriba con esos ojos de madre buena que ahora tenía la boca llena de la polla del amigo de su hijo. Me chupó unos segundos, con la lengua enroscándose en el glande, hasta que la levanté antes de que fuera demasiado tarde.

La levanté en brazos y la acosté en la cama. Cuando la vi entera bajo la luz tenue que entraba por la cortina, me quedé sin aire. Tenía ese cuerpo de mujer madura que yo había soñado durante años: la piel muy blanca, el peso natural de la edad, las caderas que llenaban toda la cama, las tetas cayéndole a los costados, el coño con un vello castaño recortado y ya brillante de lo mojado que estaba. Me prendió verla así, tan real, tan distinta a cualquier chica de mi edad.

Le abrí las piernas y me acomodé entre ellas. Me agarré la polla y le froté la punta contra los labios del coño, mojándome. Carmen cerró los ojos y giró la cara contra la almohada.

—No debemos, no debemos… —murmuraba, pero sus caderas ya se movían buscándome.

Empujé despacio y sentí cómo su carne se abría para tragarme. Estaba mucho más estrecha de lo que imaginaba en una mujer de su edad, y su calor me envolvió por completo, apretándome como un puño mojado. Cuando la tuve entera, hasta el fondo, Carmen soltó un gemido ahogado y me clavó las uñas en la espalda.

—Ay, hijo de puta, qué grande la tienes… —se le escapó, y se tapó la boca ella misma, avergonzada de lo que acababa de decir.

Yo empecé a moverme. Al principio despacio, sintiendo cómo su coño me chupaba en cada retirada, cómo se le movían las tetas con cada embestida. Pero llevaba meses con el deseo acumulado y ella era todo lo que había querido desde los quince. El cuerpo se me iba de control demasiado rápido. Me hundí más fuerte, más profundo, escuchándole los gemidos apagados contra mi hombro, sintiendo cómo se le apretaban los muslos alrededor de mi cintura.

—Carmen… no voy a aguantar —le dije al oído, con embestidas cortas y firmes.

Ella me apretó más fuerte con las piernas, clavándome las uñas en la espalda.

—No pares —me suplicó con la voz ronca, la cara pegada a mi cuello—. No te salgas. Adentro, mijo, adentro.

No lo pensé dos veces. Le di tres, cuatro embestidas más, brutales, y me dejé ir con todo. Sentí la corrida saliéndome a chorros mientras ella ahogaba un gemido largo en mi hombro y su coño se contraía apretándome, ordeñándome cada gota. Me vacié dentro de ella hasta la última gota, temblando encima de su cuerpo. Nos quedamos abrazados, sudados, temblando, escuchando solo nuestras respiraciones en el silencio del cuarto. Sentí mi semen escurriéndosele por entre los muslos cuando saqué la polla.

***

El aire olía a nosotros, a sexo, a su perfume mezclado con mi sudor. Carmen estaba apoyada en mi pecho cuando, de golpe, se puso rígida y se sentó en el borde de la cama, dándome la espalda.

—¿Qué hicimos? —susurró con la voz quebrada.

Se vistió a toda prisa, asustada de verdad, ordenándome borrar todo de mi cabeza.

—Soy la esposa de Daniel y la madre de tu mejor amigo. Esto no puede repetirse.

Me hizo salir por la puerta de atrás. Yo me sentía el hombre más feliz del mundo, pero me dolía que lo llamara un error. En el callejón le tomé la cara.

—Para mí no fue ningún error —le dije, y le di un beso que, contra todo lo que esperaba, me devolvió con una ternura que me dejó mudo.

***

Volví dos días después, para no levantar sospechas. Daniel me recibió con su habitual desinterés desde el sillón. Al cruzarme con Carmen en el pasillo, ella se sonrojó y bajó la mirada, fingiendo que nada pasaba. Pero a media tarde entró al cuarto de Mateo con una jarra de jugo y, al servir, su mano rozó la mía «sin querer». La sentí temblar. Esa mirada de hambre me confirmó todo: por fuera era la señora tranquila, por dentro seguía encendida, con las bragas mojadas de solo verme.

Desde esa tarde, Carmen dejó de cuidarse tanto. Un sábado, mientras Mateo arreglaba un cable y Daniel estaba en el patio, se puso a limpiar la mesa frente a mí con unos pantaloncitos que, al agacharse, se le ajustaban al culo de más. Se quedó en esa posición más tiempo del necesario, dejándome ver la raya marcándose en la tela.

—¡Qué calor hace! —dijo, recogiéndose el pelo y dejando ver su cintura.

Mateo ni levantó la vista de su trabajo, pero yo me quedé seco, con la polla dura debajo del pantalón. Ella disfrutaba ese juego silencioso, esos descaros que solo yo entendía, demostrándome que, aunque dijera que todo había sido un error, le encantaba que la deseara así.

***

El miércoles siguiente, Daniel se fue de viaje con los chicos a visitar a la abuela. Carmen me lo había avisado con una sonrisa nerviosa: si llegaba después de las diez, no habría nadie. Hasta ese día se me hizo eterno. Apenas vi alejarse el auto, no esperé ni diez minutos.

Me abrió enseguida, con una bata corta de seda que dejaba ver sus piernas y se notaba que no traía nada debajo. No nos dijimos una palabra. La acorralé contra la puerta y le di un beso que nos dejó sin aliento. Le abrí la bata y le agarré las tetas con las dos manos, apretándoselas, mordiéndole el cuello mientras ella jadeaba y me buscaba el bulto del pantalón.

—Vine a cogerte toda la noche —le dije al oído, sin reconocer mi propia voz.

—Cállate y hazlo —me contestó, agarrándome la polla por encima de la tela.

Me rodeó el cuello con los brazos y la cintura con las piernas mientras yo la cargaba escaleras arriba, a tropezones, hasta caer en su cama.

Verla desnuda otra vez, con la luz del día entrando por la ventana, era mil veces mejor. Me detuve un segundo a mirarla: las tetas cayéndole hacia los lados, el vientre blando, las caderas anchas, los muslos gruesos abiertos para mí. Me acerqué y le besé el vientre, bajando despacio, sintiendo ese calor que subía de entre sus piernas. Nunca antes lo había hecho; era mi primera vez ahí abajo y el corazón me latía en las sienes.

Le abrí las piernas despacio y ella soltó un suspiro largo, hundiéndose en la almohada. Acerqué la boca a su coño y saqué la lengua, pasándola de abajo hacia arriba, saboreándola por primera vez. Carmen dio un brinco y me agarró el pelo con fuerza.

—Ay, muchacho… —gimió, arqueando la espalda.

Era una sensación nueva para mí. Le separé los labios con los dedos y le busqué el clítoris con la punta de la lengua, chupándoselo, jugando alrededor. Ella pegó un gemido más fuerte y me apretó la cara contra el coño. La sentía cada vez más húmeda mientras yo seguía, concentrado en cada parte de ella, metiéndole la lengua adentro, chupándole los labios, mordiéndole suave el clítoris. Le metí dos dedos y los moví hacia arriba mientras seguía chupándola. No dejaba de moverse ni de apretarme la cabeza contra su cuerpo, soltando gemidos roncos que llenaban todo el cuarto.

—Así, así, no pares, mijo, no pares…

Me sentía un hombre de verdad viendo cómo una mujer como ella se perdía por lo que yo le hacía con la boca. Se le empezaron a tensar los muslos alrededor de mi cabeza, la espalda se le arqueó y soltó un grito ahogado, apretándome la cara contra el coño mientras se corría, empapándome la barbilla. Nunca había visto correrse así a nadie, y menos por mí.

—Ya… ya, mijo, ven acá que me muero —me suplicó al fin, estirando la mano para buscarme, con el pecho subiéndole y bajándole a toda velocidad.

Me subí sobre ella y entré de un solo movimiento. Estaba tan húmeda que resbalé hasta el fondo sin esfuerzo, y ella soltó un jadeo largo al sentirme adentro otra vez. Esta vez me propuse durar, quería que ella disfrutara. Empecé con embestidas largas y firmes, mirándole las tetas moverse en cada golpe, apoyándome en las manos para poder verla entera debajo de mí.

—Date vuelta —le dije.

Me obedeció sin rechistar. Se puso en cuatro, con el culo blanco en pompa y las tetas colgando pesadas hacia abajo. Le agarré las caderas con fuerza y me la clavé de una. Carmen gritó contra la almohada, mordiéndola para no despertar a los vecinos. Empecé a cogérmela así, viéndole el culo hacer olas con cada embestida, sintiendo cómo su coño maduro me chupaba entero. Le di una nalgada y ella soltó una carcajada ronca.

—Más, dámela más, cabrón…

La agarré del pelo y le tiré la cabeza para atrás mientras la embestía cada vez más fuerte. La cama chirriaba, el cabecero golpeaba contra la pared, y ella no paraba de gemir mi nombre mezclado con puteadas.

—Daniel nunca me dio así… —se le escapó entre jadeos—. Eres mío, todo mío, no pares…

Escucharla decir eso me prendió aún más. La tumbé boca arriba otra vez, le agarré las piernas y se las abrí como una tijera, con los talones apoyados en mis hombros. Duré mucho más que la primera vez, saboreando cada segundo, mirándole la cara transformada de placer, viéndole el coño estirado alrededor de mi polla cada vez que me retiraba. Ella se agarraba las tetas y se apretaba los pezones, mirándome con los ojos entrecerrados.

—Vente adentro, mijo, vente adentro que quiero sentirte…

Fue lo último que necesité. Le clavé la polla hasta el fondo con un último empujón profundo y me vacié dentro de ella, corriéndome a chorros mientras me abrazaba con las piernas para que no me saliera. Sentí cómo su coño me apretaba una y otra vez, exprimiéndome, hasta que caí encima de ella, sin fuerzas, con la cara enterrada entre sus tetas mojadas de sudor.

Nos quedamos así un rato largo, ella acariciándome el pelo, yo respirándole en el cuello.

***

Después de esa tarde, algo cambió en Carmen. Ya no era la mujer asustada que se escondía en la cocina; ahora se sentía dueña de la situación, y eso me encantaba todavía más. Empezó a mandarme ella los mensajes. «Hoy a las tres.» «Ven por atrás, Daniel está en el fútbol.» Nuestros encuentros se volvieron casi una rutina secreta, aprovechando cualquier descuido, cualquier media hora en que la casa quedaba vacía. La cogía contra la lavadora, contra la mesa de la cocina, en el baño con la ducha corriendo para tapar los gemidos, de rodillas chupándomela en el garaje mientras Daniel dormía la siesta a diez metros.

Lo más intenso era cómo aprendimos a aparentar. Carmen le servía el café a Daniel con cara de esposa tranquila diez minutos después de que yo la había tenido contra la pared, con mi semen aún caliente escurriéndole entre los muslos debajo de la falda. Yo me tomaba una cerveza con él como si nada.

—Este es como un hijo más —decía ella sin que le temblara la voz, mientras por debajo de la mesa me rozaba la pierna con el pie descalzo, subiéndomelo hasta la entrepierna.

Esos momentos eran pura adrenalina: yo la miraba recordando cómo gemía mi nombre en cuatro, y ella me sostenía la mirada el tiempo justo antes de volver a su papel de señora de la casa.

Con los meses, claro, las cosas se enfriaron. El miedo a que Mateo se diera cuenta nos obligó a espaciar los encuentros, y un buen día conocí a una chica de mi edad que me dio la estabilidad que Carmen, casada y atada a esa casa, jamás podría darme. Pero ninguna tarde se me borró de la memoria. Carmen me enseñó, sin proponérselo, que el deseo no entiende de edades ni de prudencia, y que las cosas más prohibidas son siempre las que arden por más tiempo.

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Valora este relato

Comentarios(8)

NachoPosta

Excelente, de los mejores que lei en esta categoria. Se siente real.

Gustavo_Mor

Me quede con ganas de saber como sigue todo... hay segunda parte o no?

MatiasRos

Esta historia me llegó, sin exagerar. Bien escrita y con ritmo

HoracioT_lector

Me gusta cuando los relatos tienen ese trasfondo de soledad y no son solo una escena caliente. Se siente mas creíble, mas humano. Seguí así

Rodrigo_ba

increible!! uno de los mejores que encontre aca

Tonito_Baires

Seguiii por favor, necesito la segunda parte ya jaja

ClaudioRos

Los detalles del ambiente hacen todo. Como lo describis da la sensacion de que realmente paso, o casi

PablitoCba

La tension que construís antes de que pase algo es lo que mas me gustó. Ese tipo de escritura no es fácil. Escribi mas!

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