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Relatos Ardientes

Visité a mi amigo y su madre me recibió a solas

Aquel sábado salí a andar en bicicleta sin rumbo fijo. Había pasado antes por casa de Diego, pero no estaba: toda su familia se había ido al club a pasar el día. La calle entera parecía vacía, ninguno de mis amigos daba señales de vida, así que pedaleé hasta el parque grande del centro y de ahí seguí sin pensar demasiado, dejando que las piernas decidieran por mí.

Crucé el barrio de Las Acacias y, casi sin darme cuenta, terminé frente a la casa de Andrés, un viejo compañero del colegio al que hacía tiempo que no veía. Habíamos compartido varios años de clases, hasta que nos separaron en salones distintos y dejamos de coincidir salvo en los recreos. Frené, apoyé un pie en el cordón de la vereda y me quedé mirando la fachada, dudando si tocar el timbre o seguir de largo.

No me hizo falta decidirme. La puerta se abrió y salió su hermana mayor, apurada, con las llaves en la mano. Apenas me saludó con un gesto antes de subirse a un coupé negro y arrancar. Detrás de ella, todavía en el umbral, estaba Lorena, la madre de Andrés.

—¡Tú por aquí! —dijo, sorprendida y con una sonrisa amplia—. Hace una eternidad que no te veía.

—Sí, ya hace tiempo, señora. Como nos pusieron en salones distintos, dejamos de cruzarnos más que en los descansos —respondí, con un pie todavía en el pedal.

—Pasa, no te quedes ahí afuera con este calor.

Metí la bicicleta y entré detrás de ella. Se conservaba igual que en mi recuerdo: caderas amplias, una cintura que parecía imposible debajo de ellas y un escote que insinuaba sin mostrar. Caminaba delante de mí y no pude evitar mirarle las caderas moverse bajo la falda. Sigue siendo la misma de entonces, pensé, y sentí el primer aviso de una excitación que ya conocía.

—Andrés no está —me explicó mientras me llevaba hacia adentro—. Le habría encantado verte. Todavía habla de cuando lo invitaste al equipo de fútbol. Eso tengo que agradecértelo, ¿sabes?

—Fue idea de Sergio, en realidad —dije—. Pero él se mudó a Houston el año pasado.

—Cuéntame qué has hecho de tu vida. ¿Quieres un refresco? Hace un calor insoportable.

—Te lo acepto, gracias. Venía con la bicicleta y me acordé de Andrés. Hace mucho que no lo veo, desde que dejó el colegio.

—Entró a la academia militar y le tocó quedarse interno —contó, sirviendo dos vasos en el antecomedor—. Viene recién el próximo fin de semana. Si quieres, te pasas y te quedas a comer con nosotros.

—Con gusto —dije, y bebí un trago largo para disimular hacia dónde se me iban los ojos.

Nos sentamos uno frente al otro. Ella apoyó los codos en la mesa, juntó los brazos de un modo que su escote quedó todavía más a la vista, y me miró con una chispa burlona.

—¿Ya te olvidaste de mi nombre?

—No —contesté—. Lorena, ¿cierto?

—Así es. Entonces, ¿por qué me dices señora? Sabes que no me gusta. —Estiró la mano y me acarició el antebrazo al decirlo—. Qué bueno que te apareciste. ¿Y qué cuentas? ¿Sigues con el fútbol?

—Ahora hago lucha y un poco de gimnasia. El fútbol lo dejé cuando entré a la universidad; allá no hay canchas, solo básquet.

—Con razón te has puesto así de fuerte. —Me apretó el brazo, evaluándome sin disimulo—. Estás hecho todo un hombre. Ven, vamos a la sala, que ahí estaremos más cómodos y me sigues contando.

Se levantó alisándose la falda con las dos manos, un gesto lento que recorrió sus caderas de arriba abajo. La seguí con el vaso en la mano, consciente de que aquello no era una conversación cualquiera y de que los dos lo sabíamos.

Se sentó en el sofá y la falda, ya de por sí corta, se le subió un poco por encima de las rodillas. Palmeó el cojín de al lado para que me sentara junto a ella.

—¿Así que lucha? Sigue, sigue, que me gusta escucharte.

Le hablaba de mis entrenamientos sin perder de vista la línea de sus muslos. Ella se reacomodó, dobló una pierna sobre el sofá para quedar de frente a mí, y esa postura me puso nervioso y me encendió a partes iguales: la falda oscura dejaba ver el borde de su ropa interior rosa, un contraste que me costó ignorar.

—La verdad es que no hay mucho que contar de mí —dijo, abriendo los brazos—. Esta es mi vida: la de un ama de casa que pasa demasiado tiempo sola. Mi hijo interno, mi hija para arriba y para abajo con el novio, mi marido metido en sus negocios. —Volvió a posar la mano en mi muslo y esta vez la deslizó despacio, hacia arriba, hasta detenerse cerca de la ingle—. Por eso me alegró tanto verte. Me trajo recuerdos muy buenos.

La miré fijo. Sabía exactamente a qué recuerdos se refería; los dos los teníamos presentes desde el momento en que crucé la puerta. Mi cuerpo ya había respondido por mí, y tener a esa mujer tan cerca, con esas piernas y ese escote, no dejaba mucho margen para fingir.

—Seguramente tú ni te acuerdas —añadió, jugando—. Con tantas chicas jóvenes alrededor…

—Claro que me acuerdo, Lorena —dije, y acerqué mi cara a la suya—. Fue de las mejores cosas que me pasaron.

La besé mientras deslizaba la mano entre sus piernas. Ella me rodeó el cuello, separó los labios buscando mi lengua y, atrayéndome hacia sí, me susurró al oído:

—Tócame. Siente cómo estoy.

Pasé los dedos por encima de la tela. Estaba húmeda, ardiendo, y se sentía suave bajo la prenda que apenas la contenía. Ella bajó la mano hasta mi entrepierna, me apretó por encima del pantalón y se separó un instante, con la voz quebrada.

—Ven, vamos arriba.

Me tomó de la mano y subimos a su habitación.

***

Apenas entramos, se pegó a mí y volvió a besarme, esta vez sin contenerse, moviendo las caderas contra mi cuerpo. Bajé las manos de su cintura a sus nalgas y apreté; ella suspiró y se apretó más contra mí. Le abrí el cierre de la falda y empezamos a desnudarnos uno al otro, sin prisa al principio y con torpeza después, riéndonos entre botones y mangas.

Le solté la blusa y encontré un sostén de broche delantero que hacía juego con la ropa interior rosa, de un encaje fino. Pasé la lengua por el borde de la tela, por la línea del escote, y solté el broche con cierta dificultad. Tomé sus pechos con las manos, los besé despacio, recorrí sus pezones con la lengua antes de llevármelos a la boca uno tras otro.

Ella jadeaba mientras me desabrochaba el cinturón. El pantalón cayó al piso y me lo saqué con los pies. Su mano se coló dentro de mi ropa interior y me rodeó.

—Qué duro estás —murmuró, sorprendida y satisfecha a la vez.

Se apartó lo justo para quitarse la falda y quedó solo con la prenda rosa. Entonces fue bajando, las manos recorriendo mi pecho y mi abdomen, hasta arrodillarse frente a mí. Tiró de mi ropa interior hacia abajo y me observó un segundo antes de tomarme con la mano.

—Tal como te recordaba —dijo, y se inclinó.

Lo que siguió me hizo apretar los dientes. Su boca era cálida y paciente; subía y bajaba sin apuro, se detenía para mirarme y volvía a empezar. Le acaricié el pelo, traté de apartarla cuando sentí que aquello iba demasiado rápido, pero ella negó con la cabeza sin soltarme.

—Quédate así —pidió un segundo, y siguió.

—Espera —logré decir—. Quiero hacerlo entre tus pechos.

Se sentó en el borde de la cama. Me acerqué y acomodé mi sexo entre sus pechos; ella los juntó con las manos y empecé a moverme. La sensación, sumada a la forma en que me miraba desde abajo, me llevó al límite en pocos minutos.

—Ya casi —avisé.

Ella volvió a llevárselo a la boca justo a tiempo y recibió todo allí, sin apartarse, hasta el final. Cuando levantó la cara, tenía los ojos brillantes.

—Tenía tantas ganas de volver a sentir esto —dijo.

Ahora me tocaba a mí. La empujé con suavidad sobre la cama y bajé besándole el vientre, deteniéndome en su ombligo, lo que la hizo reír y estremecerse al mismo tiempo. Le quité la última prenda, que la humedad mantenía pegada a la piel, y separé sus piernas. La recorrí con la lengua de abajo arriba, despacio, encontrando el centro de su placer y demorándome ahí.

Trabajé con calma, alternando la lengua y dos dedos que entraban y salían a su ritmo. Ella enredó los dedos en mi pelo, arqueó la espalda y empezó a moverse contra mi boca cada vez con menos control, hasta que un orgasmo la sacudió de golpe.

—Así, no pares —pidió con la voz rota, las piernas temblando a los costados de mi cabeza.

Seguí hasta que poco a poco se fue calmando. Entonces me incorporé, le levanté las piernas sobre mis hombros y la penetré despacio, dejándola sentir cada centímetro. Abrió la boca, echó la cabeza hacia atrás y me clavó las uñas en los antebrazos.

—Qué bien se siente tenerte de nuevo —susurró, contrayéndose alrededor de mí—. Me hacías falta.

Empecé a moverme, primero pausado y luego más firme. Nos besábamos entre embestidas, le besaba el cuello y los pechos, y sus piernas me rodeaban la cintura para atraerme más adentro. La giré de costado, le acaricié la cadera y el muslo sin dejar de moverme, y ella siguió suspirando contra mi hombro.

En algún momento me empujó para girarnos y quedó encima. Apoyó las manos en mi pecho, entrelazó sus dedos con los míos y empezó a subir y bajar, marcando ella el ritmo, cada vez más rápido, hasta que sentí que no aguantaba más y terminé dentro de ella. Cayó jadeando sobre mi pecho, todavía moviéndose apenas.

—Te viniste adentro —dijo de pronto, levantando la cabeza—. ¿Y si me embarazas?

Debí poner una cara de pánico tremenda, porque soltó una carcajada.

—No te asustes, no pasa nada —dijo riéndose—. Tendrías que haberte visto.

Nos quedamos un rato así, recuperando el aliento. Le acariciaba las nalgas, le besaba los pechos, y ella jugaba con la mano entre mis piernas hasta que, sin proponérnoslo, volvimos a buscarnos con más calma y más ganas. Su mano me devolvió la firmeza y la mía encontró de nuevo su centro.

Me coloqué entre sus piernas y la penetré otra vez, en una postura más frontal. Ella levantó las piernas para sentirme entero y empecé a embestir con fuerza, alternando golpes profundos y lentos con otros rápidos, cambiando el ritmo justo cuando notaba que se acercaba al borde, alargándole el placer. En esos momentos era ella la que se movía con verdadero frenesí.

La llevé hasta la orilla de la cama, le sostuve las piernas en alto y la penetré profundo y rápido. El orgasmo la atravesó con un grito que seguro se escuchó en toda la casa vacía; su cuerpo se retorció y sus piernas temblaron en el aire.

Le pedí que se pusiera en cuatro. Quería verla así, sentir el movimiento de sus caderas contra mí mientras la tomaba por detrás. Mis manos iban de sus nalgas a sus pechos, que se balanceaban al compás, hasta que volví a terminar, esta vez agotado de verdad, con el cuerpo pegado al suyo.

Nos quedamos quietos unos segundos, sin palabras, antes de meternos a la ducha. Bajo el agua, ella tomó la esponja y me enjabonó entero, recorriéndome sin prisa. Cuando todo parecía terminado, se inclinó una última vez y me arrancó un final que no esperaba, mientras yo le acariciaba la espalda mojada.

Terminamos de bañarnos casi en silencio, con esa complicidad rara de quienes comparten algo que nadie más debe saber. Me vestí, recogí la bicicleta del recibidor y me despedí en la puerta.

—Acuérdate de venir el otro fin de semana —dijo, apoyada en el marco, con la misma sonrisa del principio—. Andrés se va a alegrar de verte.

—Ahí estaré —contesté.

Pedaleé de vuelta a casa con las piernas flojas y la cabeza dándome vueltas. De todas las visitas que podría haber hecho aquel sábado, ninguna habría terminado como esa. Y, aunque nunca se lo conté a nadie, cada vez que pienso en aquella tarde de calor y casa vacía, vuelvo a sentir exactamente lo mismo.

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Comentarios (4)

DiegoRiver22

tremendo relato!!! necesito la segunda parte ya

PatriLectora

Me encanto como lo contaste, se siente completamente real. Ese detalle de la bicicleta al principio le da un toque muy especial.

Nando_BA

jajaja la cara que se le debe haber puesto cuando abrio la puerta... genial

Marcos_78

Excelente. Esas situaciones inesperadas son las mejores, y vos lo describiste a la perfeccion. Sigue escribiendo!

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